SALMÓN CON SALSA HOLANDESA Y ENSALADA (Y UN BUEN ALBARIÑO BIEN FRÍO)

Existe un personaje veraniego que, a pesar de simpático, no deja de resultar cargante: aquel que te acosa con sus fotos en la playa o de las sabrosas comidas que va a degustar en su particular paraíso estival.

Esta gente, como las cuarenta en el guiñote, no joden, pero atormentan y dan mucho por donde amargan los pepinos (no quiero salirme de los símiles gastronómicos y todavía menos utilizar la palabra culo en esta entrada). Cuando dichos personajes son amiguetes, en el fondo, no pasa nada: las imágenes son de unos tipos peludos, medio calvos, algo barrigones (sí, tenéis que aceptarlo), rodeados de birras frías y organizando unas enormes y pantagruélicas parrilladas que representan la hecatombe del cerdo y algunos otros herbívoros. Uno mira estas fotografías con divertida ternura, les envía unos cuantos exabruptos festivos a los cabrones que le provocan envidia y morriña y busca en el calendario una fecha para coincidir con ellos en otra similar. Luego come cualquier cosa sencilla de preparar, se sienta en el sofá y se dedica a la siesta “touristica”, la que provoca a ratos la transmisión del Tour de Francia. Lo normal.

Ah, pero cuando las que hacen eso son chicas, la cosa cambia por completo. Y lo sé por experiencia.

Hoy he recibido dos mensajes de ese tipo desde diferentes puntos de la geografía española. En el primero mi amiga Isa, preciosa con su tanga azul celeste y sus grandes ojos verdes, me mostraba desde Valencia la monumental y apetecible paella casera que degustó ayer con su familia en la piscina de su chalet. En el segundo, dos amigas de Lanzarote, más osadas, en top less, me envían una foto similar con el atún en adobo y el bienmesabe con helado que disfrutaron ayer, en la playa o sus cercanías.

Claro está que ambos mensajes han tenido efectos devastadores en mi moral. Por un lado: tan hermosas, tan placenteras y tan lejos…tanta nostalgia…

Pero por otro, y ahí está el drama, el ansia de emulación y la vergüenza por mi falta de sofisticación gastronómica. Yo que iba a comer este domingo cualquier cosa frita acompañada por una ensalada y un par de botellines fríos de sidra barata…

Desgraciadamente, me he picado. Y aquí estoy, escribiendo estas líneas absurdas mientras clarifico la mantequilla para preparar una salsa holandesa y dejo enfriar una botella de albariño que caerá entera, no tendré misericordia y la siesta “touristica” será más profunda y prolongada que de costumbre, esperemos que no haya batalla.

Es obvio que les ahorraré a mis amigas (y a mis lectores) una fotografía mía en bañador presentando el salmón con salsa holandesa y ensalada ilustrada que voy a empujarme este medio día con su botellita de fresco y refrescante albariño. Es obvio también que aquí, en el infierno canicular zaragozano, me encuentro muy lejos de cualquier playa, no obstante mis corresponsales playeras lo han conseguido: picado por ellas he abandonado la desidia del solterón de mierda (hay solteros de oro y solterones de mierda, categoría en la que nos ubicamos la mayoría) y abrazado el postureo del cocinero en edad de merecer y con presencia en redes sociales.

Tal es la naturaleza humana.

¡Con este calor y ahora me toca hacer la reducción de agua y vino blanco para la dichosa salsa holandesa!….En fin…

© Fernando Busto de la Vega.

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