
No deja de resultar significativo que el barrio de los teóricos y activistas de izquierdas y de la progresía no sea nunca un barrio pobre, de clase popular. Ya desde el conde de Saint-Simon, incluyendo a Marx (que estaba casado con una baronesa prusiana a cuya costa vivió) y a Bakunin y Kropotkin (que pertenecían a la nobleza rusa) y alcanzando el elíseo de Galapagar, los demagogos de izquierdas han sido siempre ricos. Por ello suelen tener muy poca perspectiva sobre la realidad de la clase obrera e imponer férreos fanatismos en absoluta desconexión con el sentido común y los hechos objetivos.
Es por eso que la izquierda siempre fracasa. Porque es una revolución impuesta de arriba a abajo por activistas que, en el fondo, son rehenes de su clasismo y consideran que ellos son mejores que las masas y por ello deben dirigirlas, mangonearlas y vivir a su costa, explotándolas.
Uno de los fanatismos más radicales del izquierdismo, de ese izquierdismo de ricos que nunca piensa en los intereses nacionales ni en los de la clase obrera, sino tan solo en utopías irrealizables cuya consecución se supedita siempre al poder tiránico de los demagogos que las proponen de espaldas al mundo, es el de la inmigración.
Para empezar, en este aspecto, como en todos, para asegurar su hegemonía y fingir superioridad moral, juegan siempre al maniqueísmo. Ellos poseen la verdad absoluta y son los buenos y quienes no les acatan se convierten de inmediato en ultraderechistas y fascistas.
Desgraciadamente para mí, yo creo en la razón, la realidad y el sentido común y, al contrario que esos apóstoles de la progresía, me codeo con gusto con todo tipo de gente, desde los más bajos estratos sociales a los más altos (antes más, últimamente solo veo a los ricos de lejos) y ello me aporta una perspectiva más amplia y certera.
Y debo decir que no soy excesivamente optimista en cuanto a la inmigración.
Pondré dos ejemplos que hablan por sí solos. Por razones que no hacen al caso, mantengo cierta amistad con algunas adolescentes de origen marroquí, hijas, por lo tanto, de inmigrantes, que han nacido y se han criado en España, donde han gozado de todos los derechos y beneficios que el país otorga a sus naturales. Uno llegaría a creer que estas chicas se sentirían identificadas con España o, al menos, experimentarían una cierta simpatía por ella. No sucede así. Hablan español, se han librado del hiyab, estudian, a sus dieciséis y diecisiete años están lejos de verse obligadas a un matrimonio forzado…pero jamás pronuncian la palabra España. Y, cuando se refieren a ella, es siempre con desprecio y el pulgar hacia abajo sin querer escuchar qué habría sido su vida de no haber salido de Marruecos. Si esto es así con estas chicas, y no son las únicas que he conocido en semejantes circunstancias, imagínense qué sucederá con los chicos a quienes, además, imbuyen en las mezquitas de los valores coránicos directamente enfrentados a la igualdad entre sexos.
Si alguien ha soñado alguna vez con una integración posible es que no ha estado nunca a pie de calle. La estación final de este intento de asimilación es el ejemplo de Francia…y ya sabemos que conduce a la islamización y a la sustitución del elemento europeo por el africano.
Pondré otro ejemplo.
Conozco y suelo hablar con algunas asistentes y trabajadoras sociales que experimentan la realidad a pie de calle, en primera línea de fuego, y tampoco se muestran demasiado esperanzadas. En ellas, la ilusión y las expectativas de antaño se van convirtiendo poco a poco en pesimismo.
Estas amigas se ocupan de asesorar a eso que viene en llamarse menas subsaharianos, o sea: negros adolescentes africanos que llegan a España con la idea de enriquecerse rápidamente y regresar en Mercedes a sus aldeas.
El primer problema con el que se encuentran estos chicos, aparte de la ilegalidad de su acceso al país, es el de la educación. Cualquier joven español o criado en España ha pasado por la enseñanza obligatoria desde la infancia hasta los dieciséis años y, por lo tanto, les lleva una media de doce años de instrucción. Hasta el más tarugo de los educados en España aventaja al más avispado de los menas subsaharianos en más de una década de instrucción. Pero este es un hecho que los negros africanos no quieren escuchar ni aceptar…
Teniendo en cuenta dicho abismo educativo, incluso derivarlos a cursos de formación profesional que les garanticen unas mínimas posibilidades de encontrar un empleo medianamente útil a su supervivencia resulta muy difícil por no decir imposible. Están condenados de antemano, por mucho empeño que ponga el Estado, a ser temporeros de baja cualificación y, por lo tanto, a no alcanzar sus sueños perpetuándose en la marginalidad y el fracaso.
Por otro lado, su desconocimiento del idioma y de los usos sociales les aparta del contacto habitual con el resto de los ciudadanos que habitan España y los aísla en guetos autorreferenciales. De ahí que, cuando consiguen algo de dinero, en lugar de adquirir la ropa que vestiría cualquier español, compren prendas deportivas de vivos colores y marcas rimbombantes procurándose una apariencia llamativa y ridícula que incide de nuevo en el aislamiento y la dificultad de integración y consecución de un trabajo normal. Su propia ignorancia les condena, y no quieren escuchar, especialmente si son mujeres, las trabajadoras sociales, blancas quienes tratan de ilustrarles.
No entraré aquí, porque se nos va el tiempo, en los sudamericanos que, habiéndose criado e incluso nacido en España, no prescinden de las gorras de béisbol y los atuendos pandilleros y acaban integrados en bandas de delincuentes latinos.
Es triste decirlo, y hay que añadir que siempre existen excepciones, pero la perspectiva de la integración de los inmigrantes es pesimista.
La solución es que las mujeres españolas reasuman su papel biológico y social y se dediquen de nuevo a dar hijos a la patria…y aquí chocamos de nuevo con otro dogma fanático de la izquierda. Una izquierda manipulada y sostenida por nuestros enemigos.
Una izquierda que me tachará de fascista sin querer comprender que lo que expongo aquí no viene dictado por el odio ni por la ideología, sino por la experiencia y la observación objetiva. Al contrario que ellos, yo sí habito en los barrios obreros.
© Fernando Busto de la Vega.