Quienes me conocen saben que no soy demasiado partidario del autobombo (y ese es mi talón de Aquiles a la hora de venderme y darme a conocer), pero también insisten en que debo informar a mis lectores de hechos satisfactorios que pueden considerarse éxitos y, por una vez en la vida, les haré caso.
La cosa es que precisamente a comienzos de este mes de octubre de 2026 este blog que estás leyendo ha alcanzado, y superado amplísimamente, el número anual de visitas y lectores de toda su historia. Estamos todavía en octubre y ya he recibido muchas más visitas que los años anteriores en diciembre. El acumulado en este periodo de actividad, desde que dimos los primeros pasos en febrero de 2022 (si no recuerdo mal) también resulta satisfactorio.
Solo queda, por lo tanto, una sola cosa: dar las gracias a quienes han hecho (y hacen ) esto posible. A vosotros, los lectores y visitantes. Gracias. Seguimos.
NOTA.- Dadas las circunstancias el Autor sube a la red una fotografía suya mirando con reflexiva superioridad al destino. Además de feo (lo que resulta evidente) está afectado de una cierta y solapada egolatría muy común en individuos de su calaña literaria.
Vivimos tiempos de ignorancia y oscuridad, razón por la cual el común de los mortales ha olvidado a grandes figuras de nuestra historia y nuestra cultura, personajes que fueron determinantes y significativos en la evolución de esta Europa nuestra ahora amenazada de nuevo por la barbarie y, lo que resulta todavía más triste y preocupante, nadie tiene el más mínimo interés en recordarlos o aprender sobre ellos. Sé, de hecho, que este es uno de esos artículos que nadie leerá, pero no me rindo. Uno de mis empeños es ilustrar al ciudadano común, de cultura media, sobre momentos históricos y culturales y personajes señeros que desconoce y, a pesar del generalizado desinterés y la sospechosa enemistad del algoritmo (hay mucho que hablar sobre el sesgo ideológico y proyanqui de los algoritmos) no cesaré en mi lucha.
Por lo tanto, hoy escribiré sobre Notker el Tartamudo, que eso significa su apodo de Balbulus.
Fue un monje del monasterio de San Galo, en Suiza, que, además de escribir una crónica histórica sobre Carlomagno que todavía hoy, junto con la de Eginardo, es la mayor fuente de información sobre las Francias occidental y oriental en el siglo IX, revolucionó la música culta de su tiempo (la eclesiástica) sumándose a la corriente de introducción de tropos en la misma e inventando, o al menos dando carta de naturaleza y popularidad en Alemania e Italia, a la secuencia.
Sabemos poco de Notker (o Notquero, si quisiéramos españolizar su nombre), pero lo suficiente para asegurar que debemos su genialidad y sus enormes aportaciones a la cultura europea a una tremenda desgracia infantil o juvenil. Algo horrible, no sabemos qué (¿una enfermedad? ¿un acto de violencia?) le provocó un severo trauma físico y mental que le inhabilitó para la vida seglar conduciéndolo a la monástica.
Notker nació en torno al año 840 (en tiempos de Luis II el Germánico) en el actual territorio suizo, que entonces era todavía parte de la Francia Oriental (futura Alemania), en el seno de una acaudalada familia que poseía tierras en Turgovia, junto al lago Constanza, al lado mismo de la importantísima abadía de San Galo (fundada en 612 por un monje irlandés de ese nombre, compañero de San Columbano y en la cual funcionaba una importante escuela monástica, equiparable en cierto modo a las universidades modernas, para entendernos, desde los tiempos de Pipino el Breve), y, por lo tanto, parecía destinado desde la cuna a convertirse en un señor secular dedicado a la política y la guerra, pero, como sabemos, algo sucedió. En su infancia o primera adolescencia Notker sufrió la pérdida de sus dientes y el trauma le produjo una pronunciada tartamudez. Esto le incapacitó para la vida secular y le llevó a buscar refugio en la cercana abadía de San Galo donde fue formado en la ya citada escuela monástica hasta convertirse en un erudito.
Dispuso allí de maestros de gran talento, algunos discípulos del mismísimo Alcuino de York, uno de los activos más importantes del renacimiento carolingio, y dedicó años junto con otros condiscípulos que alcanzarían también la fama y el debido reconocimiento (Tuotilo, Ratpert, nombres que no os dirán nada, pero de los que seguramente nos ocuparemos en un futuro) a formarse intelectualmente en la severa disciplina benedictina que imperaba en la abadía de San Galo. Con el tiempo alcanzaría en ella altos puestos (entre otros, el de bibliotecario en 890) y se convertiría en apreciado consejero del emperador Carlos III el Gordo (reputado por inepto en todo el ámbito carolingio, pero al cabo su soberano) que llegó a hacerle el enorme honor de visitarle en su propia abadía en diciembre del año 883.
No obstante, como el propio Notker dejó escrito, su formación, especialmente la musical, no dejaba de traerle problemas. Como monje, una de sus ocupaciones era cantar varias veces al día los oficios divinos y eso, a mediados del siglo IX, no resultaba sencillo. El canto llano, que llamamos gregoriano, llevaba al menos dos siglos sufriendo una evolución de lo neumático a lo melismático, en pocas palabras: acumulando notas y más notas sobre sílabas únicas y esto convertía el canto, en una época en que las melodías se confiaban casi absolutamente a la memoria, en algo complejísimo y difícil de recordar. El instinto melódico ya no servía para cantar adecuadamente, y esto le resultaba extraordinariamente engorroso a Notker, que se desesperaba.
Por supuesto, había muchos otros monjes en su situación a lo largo y ancho de la Europa carolingia y algunos, especialmente en el noroeste de la Francia Occidental, venían reaccionando al exceso melismático con métodos asertivos de origen mnenotécnicos que evolucionaron rápidamente hacia la creación poética, llenando los huecos de las largas fluctuaciones de notas sobre una sola sílaba con palabras que aliviaran la sucesión de gorgoritos inútiles. Es decir: mediante la técnica del tropo (o de los tropos, puesto que al menos hay tres tipos de ellos que no vamos a detallar aquí).
Muchos monjes de la Francia Oriental, que debieron huir de sus monasterios cuando los destruyeron los vikingos, buscaron seguridad y refugio tierra adentro, donde suponían que estos ataques no llegarían, se refugiaron en numerosos monasterios de Alemania y, por supuesto, también en San Galo llevando consigo esta nueva técnica (y moda) de los tropos, que entusiasmó a Notker quien la adoptó de inmediato para poder, por fin, memorizar los inacabables melismas que debía ejecutar en el coro.
Pero la cosa no quedó ahí. Para entonces ya era un erudito reconocido y disfrutaba del suficiente prestigio como para que las autoridades monásticas y episcopales le permitieran innovar y para que sus innovaciones se extendieran de abadía en abadía por toda Alemania e Italia, fue así como, experimentando, pasó de los tropos a la secuencia generando toda una nueva corriente en el canto llano que afectó al modo en que se rezaba, se cantaba y hasta se componía poesía (incluso popular, aunque esta no ha llegado hasta nosotros) en toda Europa. De hecho, llegó incluso a modificar la estructura de la misa.
Murió hacia el año 912, ya en los estertores de la dinastía Carolingia y en los albores de la Otoniana, una nueva época que él mismo había contribuido a crear. En la Iglesia Católica ha alcanzado tan solo el grado de beato, pero en la Ortodoxa Griega se le considera oficialmente un santo.
Espero que este pequeño resumen os anime a preocuparos más detalladamente por esta señera figura de nuestra cultura.
Otro verano erre que erre con la elegía lorquiana. ¿Y dónde estará? ¿Aquí o allí?…
En primer lugar hay que decir que importa poco donde esté el cuerpo de Lorca. Hay otros muchos cuerpos de grandes luminarias de nuestra cultura, nuestro arte, nuestra poesía y nuestra literatura que han desaparecido y a nadie le importa. Hay tumbas (pocas) bien establecidas que nadie visita y que nadie se preocupa de cuidar.
Es preciso decirlo: en España el arte y la cultura importan un comino a todo el mundo y nadie se preocupa de donde andarán enterrados los grandes poetas, escritores, pintores, etc. España es un país de museos vacíos (salvo los famosos y gracias a los turistas) y de bibliotecas despobladas (salvo por los opositores y estudiantes universitarios en trance de examinarse). A nadie en este país le ha importado nunca un comino un poeta, un escritor, un pintor, un escultor, un compositor o un músico. Como mucho tal o cual general metido a político o tal o cual político metido a demagogo. Futbolistas y otros deportistas crean parroquia, pero solo cuando triunfan, luego caen en el mismo olvido que el resto.
Entonces ¿a qué viene el coñazo habitual con Federico (le llaman así como si le conocieran de toda la vida)?
Es un tic propagandístico de la izquierda española, a la que tampoco le importan un comino los poetas, los escritores o demás artistas, salvo que puedan utilizarlos a modo de promoción de sus siglas.
El PCE logró apropiarse de convenientes mártires como Antonio Machado, Miguel Hernández o Federico García Lorca y utilizarlos para ampliar su parroquia contándolos entre los suyos (aprovechando que estaban muertos y no podían opinar) y cada vez que agitaban el zamarrón de sus martirios en realidad estaban haciendo campañas de captación y dando a entender que ellos monopolizaban el campo de la cultura y el arte (lo que es falso: recordemos entre otras cosas que pocos regímenes son más inclinados a la censura y la represión de la libertad artística que los comunistas, incluyendo a los cenutrios de la CNT y el anarquismo en general), para hacerse, en definitiva, los buenos, los guays, los chachipirulis…
Machado y Hernández ya han pasado de moda, por eso la izquierda no los utiliza apenas para sus zancochos propagandísticos. Pero como en el caso de García Lorca el misterio de su cuerpo desaparecido sigue intrigando al populacho, continuan utilizándolo cual plañideras estereotipadas.
¡Ay, Federico, Federico…!
Un asco. La típica hipocresía ramplona y santurrona de la izquierda. Pero mientras lo puedan seguir utilizando para situarse entre los buenos y los cultos de este país y continuar demonizando al adversario…por cierto: recomiendo al lector que examine cuantos intelectuales y artistas no comunistas fueron ejecutados por los comunistas entre 1936 y 1939. Se sorprenderá. Más tarde, aprovechando el antiespañolismo y la filiación comunista de muchos editores barceloneses de los años cincuenta a setenta (es esta una etapa editorial en España que creó muchos ídolos con pies de de barro, incluyendo los popes del llamado Boom Latinoamericano y que debe ser impugnada en bloque para deshacer sus perversas consecuencias en la literatura y la cultura de la hispanosfera) se ocuparon de silenciar a muchos escritores y poetas que no comulgaban con ellos y hoy permanecen, por ese motivo, en la penumbra cuando no en la sombra.
En resumidas cuentas: el coñazo que dan todos los veranos con el cadáver de Federico es solo propaganda de la izquierda para seguir intentando hacer olvidar su vacuidad intelectual, su propensión a la represión y la censura y sus numerosos crímenes (muchos de los cuales, en forma de traición a España, siguen cometiendo hoy en día).
Ilustro esta entrada con una imagen de la serie de televisión rusa El Maestro y Margarita (2005), adaptación de la novela homónima de Bulgákov. No haré comentario alguno sobre el motivo, dejaré que el lector, si lo desea, ate cabos (por ejemplo con el Fausto de Goethe o el Frankenstein de Shelley) y llegue en sus conclusiones tan lejos como quiera.
Cine y literatura tienden (en un espasmo decadente de posromanticismo trasnochado y su admiración por el luciferismo) a construir personajes malvados con un aura de grandeza. Incluso simples asesinos en serie, violadores crueles o delincuentes habituales son presentados ante el público como individuos carismáticos y seductores. Esto es un error. Un error porque entra en conflicto directo con la realidad y un error de perspectiva artística y moral que solo conduce a la decadencia social, literaria y cultural.
Yo, a lo largo de mi vida, he conocido suficientes delincuentes para afirmar que ninguno de ellos tiene nada de seductor. Quien recurre a la violencia o la agresión (pensemos en los violadores o incluso en los asesinos en serie) para satisfacer su ego o sus impulsos no tiene nada de superior, es un ser despreciable e inferior incapaz de gestionar sus impulsos egoístas. Por lo tanto, lo podemos situar al nivel de los simios menos inteligentes.
Quizá posea una educación, una formación, un cierto encanto superficial, pero sus actos le colocarán siempre al nivel de los simios inferiores. Y así debe ser tratado y retratado.
El cine y la literatura actuales (especialmente los procedentes de ámbitos anglosajones y aquellos que padecen su influencia, incluso desde el progresismo) tienen el grave defecto de seguir anclados en el siglo XIX. En su inmensa mayoría, por muy modernas que las obras puedan parecer, tienen planteamientos arcaizantes y desarrollos dependientes de los tics más despreciables del Romanticismo. Eso se debe a que nuestras sociedades liberal-capitalistas (y especialmente las anglosajonas) no han evolucionado, siguen conformándose mediante esquemas mentales que tienen al menos trescientos años. El mundo anglosajón está atrasado y superado por la actualidad, solo puede, por ende, ofrecer productos degenerados procedentes de modelos caducos y moralmente contraproducentes. En otras palabras: bazofia. Y todos los que imitáis o aceptáis esos mismos modelos caducos solo producís eso: mierda.
Conviene ir replanteando, sobre todo en España (no hablo de las literaturas americanas, porque es obvio que en Hispanoamérica la dependencia de los modelos anglosajones o franceses es máxima y por ende sus producciones más degeneradas y despreciables que las peninsulares) presupuestos ideológicos y perspectivas morales nuevas y diferentes, que se anclen en nuestra tradición cultural y no en la anglosajona o la francesa. Hasta entonces, queridos (y queridas, las mujeres, especialmente las progres feministas que se creen la bomba por escribir imbecilidades sin profundidad filosófica ni conocimiento real de la vida y que se presumen cultísimas sin haber leído a Góngora, Ovidio o Plauto, son las que en mayor medida chapotean en ese asqueroso lodo) colegas que seguís en el lodo del posromanticismo germánico-evangelista, solo seréis basura literaria. El pasado, la nada. Por mucho que vendáis.
kirk Douglas en el personaje que bien pudo haberse llamado El Rubicundo Neurótico.
Obviamente, como escritor vivo obsesionado con la sintaxis y la gramática y dándole vueltas a asuntos quizá triviales que no revisten el menor interés para la mayoría de los mortales, pero ocupan parcelas extensas de mis cavilaciones. Una de esas materias absolutamente impopulares, arcanas incluso, totalmente esotéricas, es el peso y el orden de las palabras.
Pensemos, por ejemplo, en el título español de una película del Hollywood clásico: Lust for Life, dirigida en 1956 por Vincente Minelli y protagonizada por Kirk Douglas que interpreta a Vincent Van Gogh. Se trata de un biopic seguramente muy mejorable cuyo título se tradujo en Hispanoamérica, casi miméticamente, como «Sed de vivir» y en España como «El loco del pelo rojo». Y este último título será el que nos induzca a la breve meditación que pretendo sirva como ejemplo de otras más especiadas, extensas y profundas que ocupan a menudo mi pensamiento como individuo obligado a titular y empeñado en narrar historias con el efectismo deseado, aprovechando para ello el peso y el orden de las palabras.
Alguien con el pelo rojo es, obviamente, un pelirrojo. Hubiera sido más correcto un título semejante a El pelirrojo loco o El loco pelirrojo. Como sinónimos de pelirrojo podemos utilizar taheño o rubicundo, pero eso nos alejaría todavía más del concepto pretendido: El taheño loco, El Rubicundo loco…
Seguramente El pelirrojo loco se descartó porque induce a pensar en una comedia algo alocada y un tanto surrealista. El loco del pelo rojo suena más a drama y pompa.
El taheño loco carece de gancho ¿Quién sabe qué demonios es un taheño?…alguno llegaría a pensar en un toro (y quien dice toro, dice vaquilla) e imaginaría alguna charlotada cinematográfica con el Bombero Torero por banda.
En cuanto a El rubicundo loco (o, por buscar algún sinónimo también para loco: El rubicundo neurótico, o El rubicundo demente) ¿Qué historia podría sugerir? Dejo al lector que la imagine por su cuenta.
Naturalmente, recurriendo al femenino y alterando el orden de las palabras y jugando con los sinónimos podríamos inventarnos otra película completamente distinta. Pensemos en La traviesa pelirroja…
Ahí lo dejo.
Soy muy moderado en la elección de la pelirroja traviesa por aquello de la omnipresente censura en internet. Para algunas cosas, y por culpa de la influencia del despreciable puritanismo anglosajón, seguimos en los años cincuenta.