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MIS PROBLEMAS CON LA BENEFICIENCIA Y LA CARIDAD

Man in blue suit giving coins to elderly woman in slum pathway

No cabe la menor duda de que la miseria y la indigencia representan un fracaso de la humanidad y de cualquier sistema político y económico, además de representar un cuadro evidente de injusticia y tiranía política. Ningún régimen que albergue en su seno (e incluso propicie, como el capitalismo) la indigencia y la miseria puede ser considerado legítimo y, por lo tanto, debe ser combatido sin tregua.

Dicho esto, añadiré que, como pagano, sigo las enseñanzas de Homero, que advertía en la Odisea que los pobres son de Zeus y deben ser tratados como si fueran él mismo en persona y como caballero (sí, soy tan primitivo que todavía creo y sigo las enseñanzas ancestrales de la Orden de Caballería, que no necesariamente es cristiana) estoy educado para utilizar mi fuerza, mi voluntad y mis recursos para proteger a los débiles. Más allá de eso, mi madre, Diamantina, me enseñó con el ejemplo a no desamparar a nadie, a no permitir que nadie sufra ni pase necesidades a tu alrededor. Momentos hubo en los que las circunstancias la obligaron a trabajar dieciocho horas diarias para sacarme adelante (yo era un niño todavía y mi padre había muerto) y, a pesar de ello, siempre se preocupaba por los demás, daba de comer a quien lo necesitara y a menudo pagaba o contribuía a pagar, según sus posibilidades, alquileres o facturas de gente más necesitada, por lo general, madres jóvenes y solteras que en la época carecían de apoyo.

Esa es la moral que me conforma y la educación que recibí. Sin embargo, no puedo evitar mantener objeciones sobre la beneficencia y la caridad.

En gran medida, claro está, por la experiencia. El ejemplo de mi madre y el modo en que muchas de aquellas personas «necesitadas» y a muchas de las cuales tuve que parar los pies y echarlas de mi casa en cuanto fui alcanzando la adolescencia (con gran enfado de mi madre, que me consideraba insensible ), abusaban de su bondad para no mover un dedo en su propio beneficio, tiene un peso no escaso en este posicionamiento. Aquellas jóvenes madres o personas necesitadas que venían a llorar a mi casa para llevarse comida, ropa o un sobre con billetes no solían ser proactivas en la resolución de sus problemas. Si mi madre les pagaba el alquiler, no se molestaban en buscar trabajo para pagar el del mes siguiente, les bastaba con recorrer en llanto las estaciones que podían ordeñar. Las jóvenes madres tampoco solían preocuparse de sus hijos, en lugar de ello, demasiado a menudo, dedicaban sus esfuerzos a procrearles hermanos con padres diferentes e igualmente indiferentes aumentando en progresión geométrica sus problemas y dificultades. Todo ello me llevó a identificar un tipo humano de indigente recurrente que se regodea en la incuria y coacciona la moral ajena para vivir a costa de los buenos. Con el tiempo trabajé en los Servicios Sociales y me encontré a menudo este género de parásito sin ambición, dignidad ni propósito. Recuerdo un caso en concreto: cierto tipo cercano a los treinta años que llevaba tutelado por el Estado desde su infancia y que incluso había tenido un hijo y vivía mantenido (piso, subsidios, etc.) por las instituciones fue obligado a trabajar para que se hiciera cargo de su propia vida. Su jornada laboral comenzaba a las siete y media de la mañana, a las ocho menos cuarto del primer día ya estaba en la sede de los Servicios Sociales con su ropa e instrumentos de trabajo indignadísimo y gritándole a la asistente que se ocupaba de su caso. Resultaba que aquella gente que le había contratado pretendía que trabajase y eso le parecía inadmisible. No hubo modo de que regresara al trabajo ni que admitiera nunca más el más ligero intento de hacerlo trabajar. Vivía, con su mujer y su hijo, a mesa puesta con piso y sueldo fijos a costa del contribuyente. Es un caso extremo, pero elocuente.

De modo que sí, una de mis primeras objeciones a la beneficencia y la caridad es que difícilmente llega a las personas dignas que la necesitan de verdad (porque por regla general ni la buscan ni la aceptan) y nutre toda una casta de parásitos indolentes y a menudo inmorales a los cuales dicha beneficencia no ayuda más allá de lo mínimo. Los mantiene sin trabajar, pero en la indigencia, y, desde luego, alejados de cualquier ambición de mejora moral o personal lo cual repercute negativamente en su avance personal y pudre a la sociedad. Por ese motivo soy más partidario de dar formación, trabajo y oportunidades que rentas y dádivas o, en caso necesario, supeditar estas a la redención moral y social de los receptores. La vagancia y el parasitismo son en sí mismos males morales, políticos y sociales que no deben tolerarse ni fomentarse (tampoco entre los ricos). La riqueza, para ser legítima, ha de ser útil y tender a la grandeza moral de su propietario y de la sociedad en la que prospera, si tiende al lujo y la molicie debe ser censurada y castigada.

Pero más allá de todo esto, lo he comprobado (a lo largo de toda mi vida he tenido inquietudes sociales, políticas, intelectuales y espirituales y esto último me condujo a conocer y analizar a numerosos benefactores y filántropos de todo tipo, género, origen y condición) el problema moral de la beneficencia y la caridad (también de los servicios sociales) es que se desenvuelve en una dicotomía viciada y perjudicial en la que los intereses del parásito crónico vienen a fomentar el ego del benefactor estableciéndose un «yo» autocomplaciente y autocomplacido en su superioridad social y moral que más o menos inconscientemente desprecia a quienes ayuda mientras quienes son ayudados desprecian, manipulan y engañan a su benefactor para mantener sus vicios y su indolencia y, amigos, ahí anda el Diablo corrompiendo y confundiendo la verdad espiritual y conduciendo a unos y a otros por caminos dorados que llevan a cualquier parte menos a la redención espiritual de unos y otros.

A buen entendedor pocas palabras bastan. No diré más. Pensad, vigilad.

QUIZÁ, PARA MEDITAR SOBRE LO DICHO CONVENGA VOLVER A VER ESTA EXCELENTE PELÍCULA DE LUIS BUÑUEL: VIRIDIANA.

© FERNANDO BUSTO DE LA VEGA.

LOS REGALOS DE LAS ORCAS Y OTRAS OBSERVACIONES ETOLÓGICAS.

Parece que la nueva comidilla de la prensa sensacionalista (es decir: de la prensa toda en sus páginas secundarias) es un estudio sobre las orcas que determina un nuevo y hasta ahora nunca descrito comportamiento que hace hiperventilar a los etólogos y desvariar a los periodistas (que, hay que decirlo, deberían mejorar su formación humanística y científica, las nuevas hornadas salidas de las Facultades de Ciencias de la Información pueden ser águilas en ese campo, pero denotan en cada párrafo que escriben o en cada frase que enuncian sus profundas carencias en áreas tan importantes, indispensables para cualquiera que quiera explicar el mundo, aunque sea desde la humildad de la crónica diaria) amenazando con convertirse en la magufada del verano.

Hete aquí que ahora las orcas (se documentó primero el comportamiento en Oceanía, pero la prensa española asegura que también se da entre el grupo de orcas que hasta ahora eran conocidas por atacar barcos en el estrecho de Gibraltar) se dedican a hacer regalos a los barcos. Partes de sus presas son ofrecidas a los humanos, aparentemente con buena voluntad, y de este hecho andan los expertos sacando conclusiones, entre ellas la que parece más importante y aceptada es la que demuestra el reconocimiento de las orcas a la mente humana. Explican que esos regalos vienen a decir: «sabemos que sois inteligentes como nosotras y este es un regalo para demostrar esa equiparación y el respeto que conlleva». No lo niego, pudiera ser.

Sin embargo, en contacto con especies depredadoras no deberíamos descartar la posibilidad del señuelo y el tanteo. En cualquier caso, yo no sería el primero en lanzarme al mar para interactuar con las orcas amistosas que hacen regalos.

Por otro lado, tampoco cabe descartar una moda. Las orcas, las ballenas y delfines en general, no cabe dudarlo, son especies inteligentes y expresan comportamientos culturales (creo que ya no puede existir discusión al respecto y tampoco en referencia a los grandes simios, aunque yo lo extendería a las aves en general y a muchas otras especies, claro que yo no soy un etólogo). Ya previamente se han documentado comportamientos asimilables a modas. Por ejemplo aquella orca que en el verano de 1987 se puso un atún muerto en la cabeza a guisa de sombrero y dio en pasearse así por el océano. En cuestión de semanas todas las orcas en centenares de kilómetros a la redonda la imitaban. Luego, llegado el otoño, la moda cesó y no quedó rastro de ella hasta que en 2008 se recuperó brevemente. Es un caso curioso, existen muchos más que no puedo detallar aquí.

Debo decir a ese respecto, que las modas y comportamientos que podemos denominar culturales o tentativos (según el contexto en que deseemos enmarcarlos) no se dan únicamente en los mamíferos marinos o las aves (¿cabe recordar aquí aquellos mirlos de Gran Bretaña que en los años cincuenta aprendieron a abrir las botellas de leche que los lecheros dejaban en las puertas de las casas para ingerir su contenido?) si no también los peces. Tan solo hay que caminar y ver, mirar con atención a lo que nos rodea. Pondré un ejemplo desconocido: como todo el mundo sabe, el Ebro está infestado de enormes siluros. Hace años se hizo famosa su costumbre de acechar a las palomas que iban a beber en el tajamar del Puente de Piedra a su paso por Zaragoza. La costumbre cesó cuando las palomas trasladaron sus reales a una mejana existente pasado dicho puente donde el escaso fondo de la orilla y la claridad de las aguas les permite beber sin peligro. En consecuencia, hace años que no existen siluros acechando en los tajamares y la diversión que su caza ofrecía a los humanos que se asomaban al puente y las riberas, se difuminó.

No obstante, en años posteriores, y solo durante uno o dos veranos, los siluros adoptaron otra técnica de caza: saltaban del agua al paso de las golondrinas y aviones que hacían vuelos rasantes por la superficie del mismo río en la misma zona. Desde que me percaté del comportamiento y hasta que dejó de estar de moda nunca vi que resultara exitoso. Para cuando el siluro sacaba su cabeza o incluso gran parte de su cuerpo del agua, el pájaro hacía tiempo que había pasado y quizá por el constante fracaso, la técnica se abandonó, pero no deja de ser un interesante ejemplo de tentativa que puede llevar al cambio del comportamiento de una especie en concreto en un entorno determinado. Conviene tenerlo en cuenta para sacar las conclusiones adecuadas.

Por otro lado, he podido observar, y seguramente no seré el único, que gorriones y mirlos, ambas especies urbanas y en estrecho contacto con el ser humano, cuando obtienen un buen botín (generalmente un grueso escarabajo o una cucaracha enorme entre los gorriones, un cúmulo de lombrices entre los mirlos) suelen colocarse en algún lugar visible y mostrarle orgullosamente su botín a los humanos que pasan (y que en su mayoría, ciegos ante el mundo que les rodea, les ignoran), pero también es un comportamiento interesante y a tener en cuenta. Gorriones y mirlos gustan de presentar su prosperidad a los humanos con los que conviven. También esto merece un estudio profundo y las conclusiones adecuadas.

Acabaré esta entrada hablando de los patos. Vivo en un barrio en el que, hasta que la nociva alcaldesa de mi ciudad lo destruyó con obras e intervenciones destinadas en apariencia a la modernización, pero en realidad a la privatización del espacio público y el beneficio especulativo de las grandes empresas en detrimento del ciudadano, los patos se paseaban asiduamente por las calles. Esto daba lugar a una convivencia simpática que permitía admirar las normas de urbanidad de los patos. Era frecuente cruzarse en una acera o en una esquina con una familia completa de anátidas con toda su prole que al cruzarse con el humano de turno saludaban con un «cuac» específico acompañado de una mirada concreta. Cuando se les respondía con un «hola» las mamás meneaban la cola con satisfacción.

Es algo que he vivido. Lo cuento y dejo una última reflexión: urge replantearse la percepción de la conciencia de los animales que nos rodean y, en consecuencia, nuestra relación con ellos.

© Fernando Busto de la Vega.

LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL NO ES EL FUTURO

Giant robot exploding on city street with people running away and debris flying

La mayor parte del negocio digital consiste en vender humo deformando la realidad con añagazas propagandísticas basadas en el desconocimiento técnico de inversores y clientes. Esta es la realidad.

Cuando un espejismo deja de tener gancho o demuestra sus limitaciones de inmediato se crea otro y, a la postre, consiste todo en ir arrebatando a la gente (llámalo mercado, llámalo pueblo) su autonomía, su independencia y su privacidad para consolidar poderes omnímodos que no diferencian demasiado lo privado de lo público, el Estado de las grandes corporaciones. Es, en definitiva, tanto en oriente como en occidente, un método de asentar un totalitarismo de magnates y oligarcas en el que la mayor parte de la población esté en manos de unos pocos tiranos preapocalípticos. Por ese motivo, deberíamos ir poniéndole límites en nuestras vidas (y con nuestras leyes) al excesivo protagonismo tecnológico.

En ese contexto, la IA no es sino un espejismo más conducente a la imposición de la tiranía absolutista y totalitaria de las empresas que la impulsan y los Estados a su servicio (o, en el caso de China, del Estado y las empresas a su servicio, en este aspecto el orden de los factores apenas cambia el resultado final. Tan peligrosa es China para la libertad del mundo como Elon Musk, Mark Zuckerberg, los restantes oligarcas tecnológicos anglosajones y los Estados Unidos).

Ahora nos la venden como el santo grial, la respuesta a todas las preguntas…pero en modo alguno representa el futuro.

¿Por qué?

Muy sencillo: por dos factores claves.

El primero es que consume demasiada energía y requiere instalaciones masivas fácilmente accesibles al sabotaje y el ataque directo (acabar con la IA y con internet no precisa de sofisticados métodos electrónicos, basta con atacar la electricidad y el agua que mantienen en funcionamiento los grandes nodos de procesamiento de datos o, directamente, destruir estos y sus interconexiones, de modo que pequeños equipos analógicos y decididos podrían hacer saltar por los aires, incluso literalmente, no solo la Inteligencia Artificial, sino internet en su conjunto). Comandos organizados y armados con los medios e instrucciones de los años setenta bastarían para acabar con la IA atacando sus soportes físicos. Es tan sencillo como eso. Y da que pensar.

Por otro lado, insisto en el consumo de energía. El mantenimiento de los grandes centros de procesamiento de datos es, sencillamente, insostenible. Máxime en un contexto de calentamiento global que exija cada vez más refrigeración y, por ende, mayor consumo de agua y otros recursos primarios. Ergo, con el tiempo, la IA se vendrá abajo. Pasarán quizá décadas, pero su fin es ineluctable. Eso sin contar con la escasez de muchos de los componentes necesarios para hacer funcionar esta industria.

El segundo factor es su funcionamiento. Aunque pueda parecernos casi milagrosa, lo cierto es que la programación de la IA está dirigida a hacerla mediocre y la mediocridad siempre implosiona y se derrumba en la obsolescencia. Pensemos que la idea germinal de toda esa babel digital está en el funcionamiento de los hormigueros y los enjambres y que, por ende, se premia la ruta media. En otras palabras: la IA se nutre de senderos prefabricados por la media de los usuarios y no está dotada de mayores entendederas; es, por lo tanto, tendente a la mediocridad y la falta de originalidad en las respuestas a problemas complejos. Para obnubilarla y anularla bastará con presentarle señuelos aparentemente trascendentales y complejos, pero sin relevancia real mientras se la circunvala con operaciones menores preconcebidas en secuencia y con una finalidad determinada no previsible en los primeros pasos de dichas secuencias.

Pienso en un futuro próximo en el que quizá debamos sublevarnos contra los tiranos y luchar por nuestra libertad como especie e individuos. Yo, que soy previsor, ya me estoy preparando. Pero, tranquilos, mientras tanto sigamos utilizando la IA y, para predicar con el ejemplo, ilustraré esta entrada con imágenes elaboradas con ella.

Quiero terminar esta entrada citando a Futurama: « Tus labios, mis labios…¡El Apocalipsis!»

Rusty robot sitting on a stool smoking a pipe beside a broken robot in a workshop filled with mechanical parts.
En mis tiempos…cuando éramos los mejores…

© Fernando Busto de la Vega.

EL VALOR DE LA DERROTA

Young man sitting on curb in urban alley looking distressed with head in hands

No soy en absoluto aficionado a esa nueva suerte de pancracio que resultan ser las artes marciales mixtas, pero debo confesar que me hubiera encantado ver a Ilia Topuria, con su bandera española y entrando en liza con Antonio Banderas cantando la Canción del Mariachi derrotando en las narices del racista Trump al gringo de turno. No ha podido ser, resignación.

Sin embargo, el asunto nos sirve para abordar una interesante reflexión: la del valor de la derrota.

Hasta ayer Ilia Topuria era un campeón invicto, hoy es un hombre sabio y mejor práctico de su actividad. La derrota es devastadora y nos hace envejecer (la vejez en muchos casos tiene más que ver con las experiencias que con la edad), pero nos enseña.

Un campeón (o un general ) invicto, por mucho brillo que expanda a su alrededor no es sino un proyecto a medio terminar. La derrota enseña más que la victoria continua. Sobre todo, que somos humanos y sometidos a nuestras propias insuficiencias. También que la soberbia del invicto es solo un aspecto ridículo de una adolescencia tardía. Nos guste o no, hemos nacido para ser derrotados y, a pesar de ello, seguir peleando. Esa es la verdadera naturaleza de la vida: sobrevivir a pesar de nuestras limitaciones, seguir luchando incluso cuando nos han apaleado y humillado. Saber que, llegado un punto, solo vamos hacia abajo. La culminación es siempre el inicio de la decadencia.

Pero el éxito del ser humano, en realidad de cualquier ser vivo, es sobrevivir a pesar de la decadencia. Persistir a pesar de las derrotas. Sobrevivir.

Es ahora, cuando ha dejado de ser invencible, que Ilia Topuria (y recurro a él como simple ejemplo extensible a todos nosotros) debe demostrar que es grande. No es lo mismo ser victorioso que grande. La victoria no demuestra nada, la grandeza nos constituye…si la poseemos y la sabemos implementar.

El valor de la derrota es, filosófica y humanamente, impagable. Rezad por ella cuando os creáis los mejores. Y dejad de serlo para ser, simplemente, grandes.

© Fernando Busto de la Vega.

REFLEXIONES CRUELES (¿PERO CIERTAS?)

Ancient Greek people looking up at a glowing divine figure in the sky

Nada como la vida cotidiana para poner al borde del abismo al filósofo.

Escucho una noticia terrible, trágica, desastrosa incluso: dos hombres sin hogar, dos vagabundos (de los que no deberían existir en ningún país, pero están siempre presentes en todos ellos, incluidos los más avanzados y ricos, cosa que debe inducir también a reflexión) se han enfrentado en las cales de Madrid. De los gritos han pasado a los golpes y las navajas y uno de ellos ha asesinado al otro.

Terrible, como decíamos.

Y, sin embargo, al escuchar una noticia tan luctuosa, tan conmovedora, tan desoladora, quien estas páginas escribe ha hecho una reflexión cruel e inmediata: bien mirado, ambos vagabundos han tenido suerte. El muerto porque ya no sufrirá más. Se acabaron el hambre, el desamparo, la humillación, la deshumanización…en fin: todo lo que representa estar en la calle (en muchos casos, hay que recordarlo, no por demérito del excluido social sino por la inhumanidad y la falta de oportunidades de una sociedad capitalista esencialmente inmoral, injusta y con rasgos colectivos de psicopatía, recordemos a este respecto la letra del tango: «la indiferencia del mundo, que es sordo y es mudo…»). El asesino por una razón similar: ya no dormirá en la calle expuesto a que le quemen vivo unos niñatos pijos o a ser mordido por ratas, desde ahora al menos comerá tres veces al día, podrá ducharse y dormirá bajo techo. Bien mirado, su acto es una siniestra promoción social.

Comprendo que esta reflexión es dura, es cruel, es, lo admito, casi inhumana. Pero, por desgracia, no deja de ser cierta y, como decía al principio, no deja de poner al filósofo a la más descarnada intemperie y cara a cara con lo abisal de la existencia.

Hoy no pensaré mucho en ello porque es viernes y me voy a cenar con dos chicas encantadoras (a las que tengo que citar porque leen el blog y les gusta figurar: Aura y Luna). Mañana no madrugaré y quizá una cierta resaca me ponga fuera de combate. Pero la serenidad llegará…y entonces tendré mucho en lo que pensar sobre la realidad de la existencia y lo que podemos entender como suerte y presunta providencia divina.

Y esta es otra: ¿Puede la Divinidad ser misericordiosa siendo cruel? El teólogo también se encuentra con un cenagal al hilo de esta noticia y las preguntas que implica.

Three people smiling and eating pasta and pizza at a wooden table in a warm restaurant
Lo dicho: el mundo, que es sordo y es mudo… La hipocresía del escritor que mira un instante la desgracia ajena, filosofa un rato para hacerse el guay y luego sigue con su vida cómoda y disipada. No escribo, ni esto ni nada, con la intención de parecer mejor de lo que soy, sino de exponer la crueldad y la indiferencia de la realidad. También la mía.

© Fernando Busto de la Vega.