Lo confieso: estoy al borde de la herejía. Soy reo de profundas tentaciones de atentar contra la pureza de alguno de los más intocables sacramentos organolépticos patrios y de ganarme el anatema de todo el integrista (en cuestiones gastronómicas) Reino de Valencia. Estoy a punto de elaborar un cóctel de horchata…De horchata de chufa.
La culpa, naturalmente, la tienen los mexicanos que, a falta de chufas, decidieron elaborar un agua de sabor similar a base de arroz que luego sazonan con azúcar y canela obteniendo un resultado muy similar al arroz con leche licuado, lo que no deja de ser, al mismo tiempo, un sacrilegio (en todos los sentidos desde los que se quiera abordar el aspecto epistemológico del asunto y el brebaje) y una genialidad.
Hacen más, los pinches mitoteros y fufurufos: mezclan ese bebedizo borde e hijodetal con ron creando un combinado que a mí me recuerda un tanto a la leche de pantera legionaria.
Y aquí estoy, al final del verano, viendo cómo liquidar los excedentes de horchata valenciana con algo de originalidad y al borde mismo de la tentación. Es más: pienso incluso en una leche de pantera con horchata en lugar de con leche condensada. La llamaría leche de tigresa o algo así…lo dicho: al borde mismo de la más imperdonable herejía. ¿Lo haré, no lo haré?
Tengo dos impenitentes diablillos pendientes de mis decisiones, paseándose por mi casa ligeras de ropa y animándome a cometer todos estos crímenes gastronómicos y organolépticos. Incluso me piden para comer una paella con chorizo y longaniza. Son así…malvadas, preciosas e irreverentes.
Avisaré al lector si caigo en alguna de estas tentaciones.
Este año, por empeño de las dos alegrías de mi vida presente (Aura y Luna), he retomado una vieja costumbre de juventud abandonada hacía ya casi dos décadas: nadar al amanecer en el Cantábrico, en cualquier playa del Cantábrico que me pille cerca.
No negaré que después de tanto tiempo sin ejercitar tan saludable como bucólica costumbre, incluso sin nadar en absoluto, me dominaba la preocupación. Al principio, todavía oscurecido, me limitaba a dar saltitos en la orilla huyendo con grititos ridículos de las olas y haciéndome el indolente y el reservón con la esperanza de que mis acompañantes se aburrieran y me permitiesen abdicar de este intempestivo regreso a la juventud (por cierto, he de reconocerlo, los bañadores ya no me quedan igual… ¿habré engordado desde entonces?), pero mis chicas son inasequibles al desaliento y hasta creo que tienen un punto de sadismo `a deux que las convierte en muy pesadas e implacables. Quiero decir…siempre me impulsan y se empeñan en no permitirme prescindir de lo que suelen denominar «experiencias vitales únicas» , las muy… adorables.
Resumiendo: que yo remoloneaba en la orilla quejándome de la oscuridad y de la temperatura del agua mientras ellas, con sus minúsculos biquinis (ignoro para qué los usan si el área que cubren es prácticamente despreciable… en tamaño, no en interés), reían implacables y tiraban de mí hacia el mar con hechuras de sirenas inflexiblemente crueles, relamiéndose quizá mientras pensaban en el suculento festín que podía llegar a resultar. Como el amanecer avanzaba también con decisión inmisericorde y era de temer que adentrándose en la mañana comenzaran a llegar testigos incómodos e indeseables, opté por el riesgo y la firmeza. Aparté a mis preciosas (pero tiránicas y despiadadas) acompañantes y con decisión y desdén ante las aguas frías y los riesgos esperables me adentré en el mar adoptando un continente heroico y estoicamente despreocupado. Pronto dejé de hacer pie y descubrí que podía flotar y desplazarme. Cierto que no con la energía, la habilidad y la elegancia de antaño, pero sin desmerecer de cualquier perrito nadador o cualquier marsopa decidida a haraganear un rato. Me gustó la cosa, y seguí haciéndola.
Poco después mis chicas me hacían compañía, venían a jugar conmigo, y todo parecía idílico y maravilloso…
Pero los dioses tienen su sentido del humor, que a menudo intuyo, pero no entiendo, y como en tantas otras ocasiones en mi vida tornaron lo idílico en surrealista.
Hete aquí, que una vez ganada confianza y mientras Aura y Luna volvían a salir del agua para acostarse en la arena a los primeros rayos del sol matinal (que emergía ocasionalmente de entre su celaje de nubes grises), me decidí a alejarme un tanto más de la costa, mar adentro, recordando la consabida canción de Héroes del Silencio, y mis ya lejanas hazañas juveniles. Y entonces sucedió.
No, no fue el esperable calambre que hace preciso un salvamento inmediato haya socorrista o no en la playa ni ese cruzarse con un atlético surfista (no te digo ya si es chica) que te mira desde su tabla y su neopreno con el mismo desdén que un millonario lo hace desde su Ferrari cuando te cruzas con él montando una bicicleta eléctrica. No, fue peor. Y más raro.
De pronto, en lontananza, apareció una Zodiac que se dirigió en derechura hacia mí. Su rumbo era agresivo y determinado. En la proa de la embarcación, erguida y con una inconcebible pamela color aguamarina y unas gafas de sol con ridículos cristales del mismo color, venía una robusta vikinga de vaya usted a saber qué costas con una enorme sardina colgando de su mano derecha. Sardina que parecía ofrecerme agitándola mientras se dirigía a mí en una jerigonza extraña, melosa y pronunciada en voz agudísima.
Cuando llegó hasta mí, que sacaba la cabeza del agua y la miraba con el ceño fruncido, no cambió de actitud: siguió ofreciéndome la sardina con zalamera solicitud. La mandé de inmediato a un lugar poco delicado, pero nada cambió. De modo que le di la espalda y nadé con desdén en dirección contraria. No sirvió de nada. Me siguió. El tipo que dirigía la barca prescindió del motor y utilizó un remo. La guiri, pesada y rubia, seguía ofreciéndome la sardina. Hubo un momento en que me volví y le espeté:
—Ásala por lo menos, tía plasta. ¡So petarda!
Pero no me entendió, de modo que enderecé hacia la playa donde mis chicas ya atisbaban con curiosidad la Zodiac que me perseguía a remo.
En cuanto me puse en pie y comencé a andar, el interés de la guiri en mí pareció desvanecerse. Simplemente dejó escapar un desilusionado:
—¡Oh!
Y dirigiéndose a su acompañante algo así como:
—Deter inter sel
Y enseguida la Zodiac se alejó mar adentro. Creo que hablaba en sueco, pero prefiero no saber lo que decía.
El siglo XXI, no cabe negarlo ya, es un semillero de tontos. Es más: la estupidez y la estulticia han tomado el timón conduciéndonos hacia una decadencia irremediable. Parece que ya nada va a salvarnos, porque, entre otras cosas, se ha impuesto entre los pocos capaces de llevar la civilización adelante una resignación lánguida y fatalista en lugar de la lógica y necesaria indignación activa. En fin…es lo que hay: nos toca asistir pasivamente al ocaso de Occidente. Y ni siquiera tenemos a un Aecio hacia el que volver los ojos.
Y los síntomas de esta decadencia cuasi terminal están por todas partes. Sin ir más lejos, hoy me ha asaltado uno de ellos (he intentado cruzar de acera, pero me ha sorprendido al volver una esquina y no he tenido ocasión de escapar, me he tenido que tragar la indeseada conversación).
Como decía, al volver una esquina me he topado con una conocida. Una madre en la cuarentena que andaba correteando por ahí medio desnuda (con una braguita nimia que le marcaba claramente su natura femenina y un minúsculo top deportivo) delante de sus dos hijos (a la niña de unos doce años, la llevaba con atuendo similar) y del mundo. Me ha saludado orgullosa y contenta de encontrarme. Le complacía mostrarme su gran labor maternal y su modernidad puritana enseñándome la constancia y disciplina con la que semanalmente sacaba a sus hijos a hacer deporte.
En efecto, parece ser que todos los sábados los saca por la mañana de casa, ataviados con las ropas de deporte menos discretas, más a la moda y más caras, y les hace correr un circuito predeterminado en tiempos concretos. Con esto piensa que los está educando y cumpliendo bien con su labor de madre.
En condiciones normales, por educación, yo hubiera sonreído, asentido, saludado y dicho adiós apresurado, pero como este es un asunto, el de la decadencia occidental, que me corroe, no he podido evitar hacerle algunas preguntas a madre tan moderna.
He eludido toda alusión al recato y el pudor, a lo apetecible que la niña resultaba con el atuendo deportivo minúsculo y ceñido que le había puesto, y me he limitado a preguntarle cuantas veces a la semana los llevaba a una biblioteca.
…Silencio y muecas de extrañeza.
Le he preguntado si les ha enseñado a jugar al ajedrez.
…Misma respuesta.
Le he preguntado también si les está enseñando a conocer y apreciar nuestra cultura y civilización, desde Sócrates u Homero hasta los últimos descubrimientos de la física cuántica pasando por el barroco, el renacimiento o la ópera.
…Aquí ya ha colapsado, los labios se le torcían hacia la derecha y el ojo izquierdo parecía tener un llamativo y cómico tic.
Finalmente, le he preguntado si les estaba enseñando a los niños a respetar lo sagrado y rendir culto a los dioses.
Claro que no.
He sonreído con desdén, le he guiñado el ojo a la hija, que ha sonreído coqueta y prometedora, y he seguido mi camino. Ante mí, en un escenario cotidiano, la decadencia total de Occidente encarnada en una madre moderna (y, por lo tanto, ignorante y estúpida).
La felicidad es esto: la temperatura se acerca a los cuarenta grados y solo una cierta brisa alivia al mundo de cocerse y asfixiarse en pleno resistero. Es día de fiesta y el sol incendia el cielo que parece un océano fundido de lapislázuli y zafiros.
¿Qué hacer?
Sencillo ( y no solo es la felicidad, también un modo de estar en el mundo, un acto de afirmación nacionalista si se quiere): gazpacho, un plato de sardinas asadas acompañado por una sencilla ensalada a base de lechuga, tomate y pepino regado con excelente y frío albariño y, de postre, higos en sazón, sandía y melón, cerezas y un cafecito con hielo, todo ello aderezado con excelente compañía, risas y buena charla.
Luego una larga siesta y, más tarde, tras un vaso de horchata bien fría, jarana hasta la madrugada.
Y claro está: hay que contar a las chicas y el mar.
Nada más que decir ni comentar. Me vuelvo a la cama, a completar mi siesta.
Cuantos me conocen están al cabo de la calle sobre mi preferencia de salir con chicas menores de treinta años y mi aversión por las cuarentonas que, o bien están divorciadas o bien solteras; en ambos casos por evidentes taras de su carácter personal y moral exacerbadas por su proximidad a la decadencia. Soy así, no cabe darle más vueltas y, de momento, contra todo pronóstico, voy saliéndome con la mía, de modo que soy feliz y me importa poco el juicio de las puritanas amargadas (siempre son mujeres las que juzgan, critican y persiguen) que puedan ofenderse con esta entrada.
Pero, hay que decirlo, el asunto de las contradicciones generacionales siempre está presente en ese tipo de relaciones. Por supuesto, en lo concerniente a eso que ellas llaman música. No obstante, esa es una batalla amortizada. Desde que aparecieron el reguetón, el trap y demás milongas con Autotune mejor ni disputar. Ahora bien, cuando ya nos adentramos en terrenos gastronómicos…
A ver, seamos claros, en el campo de la comida las mujeres son molestas a todas las edades, todas están a dieta o experimentan repugnancias patológicas por unos alimentos u otros y todas se creen nutricionistas de pro, especialmente las que practican algún tipo de deporte (aunque sea putañear y juntarse con malas compañías en el gimnasio o salir a correr en bragas por el parque), pero las chicas de veinte años…¡Ay, las chicas de veinte años!
Es sábado por la mañana, he dormido poco y quizá por ello sigo entre el enfado y el trauma irónico. Quizá porque hay algunas señoritas que me han exigido (más que pedir) que escribiera sobre ellas en este blog a la máxima brevedad y estoy convencido de que pensaban que lo haría elogiosa y obsequiosamente, pero se equivocaban.
Hay generaciones enteras que no han sido educadas por sus familias (y este es un fracaso impulsado por el feminismo que alienta la inmadurez emocional y personal así como la falta de compromiso de las mujeres) y, por lo tanto, no saben comer. No tienen ningún tipo de cultura, menos aún gastronómica. Solo conocen lo que han visto en televisiones estimuladas por ese modelo estadounidense que nuestras cadenas replican una y otra vez en un proceso de aculturación y empobrecimiento del acerbo cultural español que en algún momento deberá castigarse severamente en sus impulsores. De modo que para algunas generaciones todo son hamburguesas y pizzas.
Pero existiendo los bocadillos, las empanadas e incluso las empanadillas ¿alguien me quiere decir qué papel ocupan las pizzas en el mundo? Salvo que seas un estadounidense inculto o un memo aculturado por años de imitar el modelo de esos anglos asilvestrados e ignorantes o estés en Nápoles u otra ciudad italiana, ninguno.
Lo mismo podemos decir de las hamburguesas en relación con los filetes rusos (mucho más versátiles) y el steak tartar.
Y, precisamente, el steak tartar me tiene a mí traumatizado y enfadado esta luminosa y preciosa mañana de sábado.
Estos son los hechos que expongo para mi escarnio y la hilaridad desdeñosa de mis lectores.
Hete aquí que, en un alarde milagroso, consigo que dos chicas «más bien verosímiles» (cito la Verbena de la Paloma, y en ese mismo ámbito podría decir: una morena y una rubia) vengan a cenar a mi casa. Vamos a experimentar una noche con cierto toque de clase, incluyendo cócteles (y fui a mi trastero secreto en el quinto pino para rescatar mis adminículos de coctelero además de invertir una cierta cantidad de dinero en licores que, dada mi condición de abstemio prácticamente constante, no suelo tener en casa) y, siguiendo las indicaciones de mis amables invitadas, que pensaron primero en el sushi y luego lo descartaron, un chic plato de steak tartar.
(NO SON ESTAS, PERO SE LES PARECEN) QUERÍAN QUE UTILIZARA UN SELFIE SUYO, PERO POR RAZONES LEGALES, NUNCA SE SABE CUANDO VAMOS A DISCUTIR, ES MEJOR NO CAER EN ESA TRAMPA. NO OBSTANTE, AMBAS HAN ACEPTADO ESTA REPRESENTACIÓN QUE RECUERDA A ALGUNAS FOTOS QUE SE HAN HECHO JUNTAS. E INSISTEN EN QUE DIGA QUE ELLAS SON MÁS GUAPAS. SEA.
Total, que en mi papel de cocinero de postín, decidí no ahorrar pasos y convertir la elaboración del plato estrella de la cena en un espectáculo de primer orden. En lugar de comprar la pieza de ternera picada, la compré entera y la piqué frente a ellas con un tenedor y un afiladísimo cuchillo de cocina: primer drama. El proceso les daba asco, empezaron las arcadas, la una contagiaba a la otra y acabaron haciendo sitio para la cena empujándose y alternándose en el monopolio de la taza del retrete.
Consecuencia: finalicé el show y concluí el proceso a escondidas y con una picadora.
Segundo drama:
—Fer, amor, no has cocinado las hamburguesas.
—Niñas, es un steak tartar.
—¿Y no se cocina? ¿Tampoco el huevo?
—Se cocina sin fuego, los propios ingredientes…
Nueva ronda de vómitos, grititos histéricos y visajes de repugnancia.
Al cabo hube de convertir el steak tartar ya macerado en hamburguesas fritas, aliñadas con mostaza (francesa, en eso me planté) y mermelada de tomate (también me negué en redondo al ketchup, ingrediente que, de todos modos, no se encuentra en mi cocina).
Menos mal que dentro de lo malo no dejaron de reírse y divertirse y que los cócteles ulteriores vinieron a arreglar la noche.
Estuvo bien, pero sigo enfadado y traumatizado por mucho que mis invitadas se rían al leer por encima de mi hombro esta entrada que les parece graciosa y yo estimo tristísima.