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SIESTA Y JARANA

La felicidad es esto: la temperatura se acerca a los cuarenta grados y solo una cierta brisa alivia al mundo de cocerse y asfixiarse en pleno resistero. Es día de fiesta y el sol incendia el cielo que parece un océano fundido de lapislázuli y zafiros.

¿Qué hacer?

Sencillo ( y no solo es la felicidad, también un modo de estar en el mundo, un acto de afirmación nacionalista si se quiere): gazpacho, un plato de sardinas asadas acompañado por una sencilla ensalada a base de lechuga, tomate y pepino regado con excelente y frío albariño y, de postre, higos en sazón, sandía y melón, cerezas y un cafecito con hielo, todo ello aderezado con excelente compañía, risas y buena charla.

Luego una larga siesta y, más tarde, tras un vaso de horchata bien fría, jarana hasta la madrugada.

Y claro está: hay que contar a las chicas y el mar.

Nada más que decir ni comentar. Me vuelvo a la cama, a completar mi siesta.

© Fernando Busto de la Vega.

SOBRE PIZZAS Y HAMBURGUESAS

Cuantos me conocen están al cabo de la calle sobre mi preferencia de salir con chicas menores de treinta años y mi aversión por las cuarentonas que, o bien están divorciadas o bien solteras, en ambos casos por evidentes taras de su carácter personal y moral exacerbadas por su proximidad a la decadencia. Soy así, no cabe darle más vueltas y, de momento, contra todo pronóstico, voy saliéndome con la mía, de modo que soy feliz y me importa poco el juicio de las puritanas amargadas (siempre son mujeres las que juzgan, critican y persiguen) que puedan ofenderse con esta entrada.

Pero, hay que decirlo, el asunto de las contradicciones generacionales siempre está presente en ese tipo de relaciones. Por supuesto en lo concerniente a eso que ellas llaman música. No obstante, esa es una batalla amortizada. Desde que aparecieron el reguetón, el trap y demás milongas con Autotune mejor ni disputar. Ahora bien, cuando ya nos adentramos en terrenos gastronómicos…

A ver, seamos claros, en el campo de la comida las mujeres son molestas a todas las edades, todas están a dieta o experimentan repugnancias patológicas por unos alimentos u otros y todas se creen nutricionistas de pro, especialmente las que practican algún tipo de deporte (aunque se putañear y juntarse con malas compañías en el gimnasio o salir a correr en bragas por el parque), pero las chicas de veinte años…¡Ay, las chicas de veinte años!

Es sábado por la mañana, he dormido poco y quizá por ello sigo entre el enfado y el trauma irónico. Quizá porque hay algunas señoritas que me han exigido (más que pedir) que escribiera sobre ellas en este blog a la máxima brevedad y estoy convencido de que pensaban que lo haría elogiosa y obsequiosamente, pero se equivocaban.

Hay generaciones enteras que no han sido educadas por sus familias (y este es un fracaso impulsado por el feminismo que alienta la inmadurez emocional y personal así como la falta de compromiso de las mujeres) y, por lo tanto, no saben comer. No tienen ningún tipo de cultura, menos aún gastronómica. Solo conocen lo que han visto en televisiones estimuladas por ese modelo estadounidense que nuestras cadenas replican una y otra vez en un proceso de aculturación y empobrecimiento del acerbo cultural español que en algún momento deberá castigarse severamente en sus impulsores. De modo que para algunas generaciones todo son hamburguesas y pizzas.

Pero existiendo los bocadillos, las empanadas e incluso las empanadillas ¿alguien me quiere decir qué papel ocupan las pizzas en el mundo? Salvo que seas un estadounidense inculto o un memo aculturado por años de imitar el modelo de esos anglos asilvestrados e ignorantes o estés en Nápoles u otra ciudad italiana, ninguno.

Lo mismo podemos decir de las hamburguesas en relación con los filetes rusos (mucho más versátiles) y el steak tartar.

Y, precisamente, el steak tartar me tiene a mí traumatizado y enfadado esta luminosa y preciosa mañana de sábado.

Estos son los hechos que expongo para mi escarnio y la hilaridad desdeñosa de mis lectores.

Hete aquí que, en un alarde milagroso, consigo que dos chicas «más bien verosímiles» (cito la Verbena de la Paloma, y en ese mismo ámbito podría decir: una morena y una rubia) vengan a cenar a mi casa. Vamos a experimentar una noche con cierto toque de clase, incluyendo cócteles (y fui a mi trastero secreto en el quinto pino para rescatar mis adminículos de coctelero además de invertir una cierta cantidad de dinero en licores que, dada mi condición de abstemio prácticamente constante, no suelo tener en casa) y, siguiendo las indicaciones de mis amables invitadas, que pensaron primero en el sushi y luego lo descartaron, un chic plato de steak tartar.

(NO SON ESTAS, PERO SE LES PARECEN) QUERÍAN QUE UTILIZARA UN SELFIE SUYO, PERO POR RAZONES LEGALES, NUNCA SE SABE CUANDO VAMOS A DISCUTIR, ES MEJOR NO CAER EN ESA TRAMPA. NO OBSTANTE, AMBAS HAN ACEPTADO ESTA REPRESENTACIÓN QUE RECUERDA A ALGUNAS FOTOS QUE SE HAN HECHO JUNTAS. E INSISTEN EN QUE DIGA QUE ELLAS SON MÁS GUAPAS. SEA.

Total, que en mi papel de cocinero de postín, decidí no ahorrar pasos y convertir la elaboración del plato estrella de la cena en un espectáculo de primer orden. En lugar de comprar la pieza de ternera picada, la compré entera y la piqué frente a ellas con un tenedor y un afiladísimo cuchillo de cocina: primer drama. El proceso les daba asco, empezaron las arcadas, la una contagiaba a la otra y acabaron haciendo sitio para la cena empujándose y alternándose en el monopolio de la taza del retrete.

Consecuencia: finalicé el show y concluí el proceso a escondidas y con una picadora.

Segundo drama:

—Fer, amor, no has cocinado las hamburguesas.

—Niñas, es un steak tartar.

—¿Y no se cocina? ¿Tampoco el huevo?

—Se cocina sin fuego, los propios ingredientes…

Nueva ronda de vómitos, grititos histéricos y visajes de repugnancia.

Al cabo hube de convertir el steak tartar ya macerado en hamburguesas fritas, aliñadas con mostaza (francesa, en eso me planté) y mermelada de tomate (también me negué en redondo al ketchup, ingrediente que, de todos modos, no se encuentra en mi cocina).

Menos mal que dentro de lo malo no dejaron de reírse y divertirse y que los cócteles ulteriores vinieron a arreglar la noche.

Estuvo bien, pero sigo enfadado y traumatizado por mucho que mis invitadas se rían al leer por encima de mi hombro esta entrada que les parece graciosa y yo estimo tristísima.

© Fernando Busto de la Vega.

MARY GERONTÓFILA

Que uno no acaba de conocer nunca a las personas es una verdad como un templo. Que la vida te da sorpresas, también. Y yo no salgo de mi asombro a causa de algo que estoy conociendo estos días y que no puedo dejar de consignar. Es personal, pero merece una reflexión y unas risas.

Hay una señora, a la que llamaremos Mary, que en el último año ha dado un giro total a su vida. Antes era una profesional seria, aparentaba una larga serie de virtudes y llevaba una existencia normal y, seguramente, aburrida. Tanto que, a espaldas de su marido, fue creándose otra totalmente distinta y a su gusto. Fue cuando empezaron a aparecer a su alrededor los viejecitos. ¿Pero quien podía sospechar?

Hasta donde sabemos, la vida sexual de Mary anduvo siempre dentro de las lindes de la normalidad, era incluso convencional y aburrida. Pero en un momento dado algo se disparó en su interior (quizá provocado por el consumo de drogas, muchas de las cuales conseguía de forma legal alegando dolores y lesiones que los médicos avalaban bien por su encanto innegable, bien por miedo a sus afamadas querellas, es follonera y revolvedora) y la fue sumiendo en un marasmo de deseos inconfesados e inconfesables que fueron sacando a la luz sus filias más profundas.

En suma: aprovechando que su marido trabajaba desde las siete de la mañana a las once de la noche y que ella vivía ociosa, de la mano de dos pérfidas influencias (una amiga intimísima y malmetedora y quizá su primer viejo, que empezó a perseguirla cuando aún estaba casada y se hizo hueco a su lado con mil excusas) fue dejándose arrastrar al abismo de sus fantasías. De pronto descubrió que necesitaba libertad y que el matrimonio (sobre todo el marido, con sus exigencias de fidelidad y normalidad) la agobiaban y preparó un divorcio a traición.

Una vez libre, se compró una casita (para el pecado) con jardín y se lanzó a la vida alegre.

Su marido, que entonces era amigo mío, apostaba que la primera experimentación de Mary en su nueva soltería sería el lesbianismo y puede que tuviera razón, aunque ella lo negaba (como negará lo de la gerontofilia). Sin embargo, tanta amistad, complicidad y secretismo con la citada amiga…que nadie se equivoque: nada que objetar, cada cual es muy dueña. Estamos narrando hechos, no juzgando personas.

Lo que resulta indudable es que el viejo elevado desde al menos dos años antes de su divorcio a la condición de privado, consejero y mentor, consiguió su propósito y su galardón. Durante algún tiempo en exclusiva, al cabo de meses han ido disputándole el puesto otros octogenarios más decrépitos que él.

A Mary, que es alta, de grandes tetas, porte rollizo y culo descontrolado, se la ve a menudo paseando y frecuentando terrazas y bares con viejecitos que apenas pueden con los pantalones y que presenta como familiares y amigos. También, me he informado, se los lleva a su casita con jardín. Parece que allí no hay sexo propiamente identificable, entre otras razones porque sus compañeros no están ya para erecciones ni empentones, pero Mary se pasea ligera de ropa o en cueros, luciendo palmito, deja que la manoseen y la babeen…ellos son felices y ella parece que ha encontrado, sin abandonar a la amiga que la indujo al divorcio, su verdadera filia y es feliz así.

Como decía, nada que objetar. Cada cual es feliz a su manera, solo me sorprende la deriva de una mujer que conocí como seria, formal y convencional. También me pregunto, sé que va justa de dinero, si directa o indirectamente sus actividades le reportan alguna propinilla o si el tiempo le deparará alguna herencia. No es fenómeno nuevo, ya en la antigua Roma había izas de este estilo, lean el Satiricón.

Y lo dejo aquí. La única intención de esta entrada es manifestar el asombro por cómo cambian las vidas y cómo la madurez nos brinda nuestro propio yo que, en ocasiones, es el de ninfómana gerontófila. El camino hacia la felicidad es largo y retorcido.

NOTA—Esta historia daría para una novelita golfa y somardona que yo no escribiré, dejo el argumento para quien lo quiera.

NOTA 2—Reflexionando me he dado cuenta de que es posible que nos encontremos en los prolegómenos de una historia mejor. Alguien debería asegurarse de que en torno a esta gerontófila (sea mercenaria o solo perversa) no empiezan a morir viejecitos en un ratio superior a la media dejándole sus cosas…estaríamos entonces ante una envenenadora y esa sí sería una buena novela que quizá yo escribiera.

¿Qué quieren que les diga? La literatura es así.

© Fernando Busto de la Vega.

UNO DE VILLANCICOS

Parece que en fechas como estas uno debe ponerse a tono. De modo que subiré un breve texto hablando de mis villancicos favoritos.

Confieso que siempre fui raro, excéntrico y, cuando niño y adolescente, un tanto repelente. Ya entonces tenía gustos extraños y cuando las visitas me pedían que les cantase un villancico yo me arrancaba con este del siglo XVI, compuesto por Mateo Flecha el Viejo y conservado en el Cancionero de Upsala: Riu Riu Chiu.

La gente me miraba raro, se intercambiaba miradas desilusionadas porque no me había decidido por Mira como beben los peces en el río o el Tamborilero (rompompompóm), suspiraba y casi le daba las condolencias a mi madre, que sonreía sin pronunciarse. Décadas más tarde sigo cantando, ahora con voz de barítono atenorado y escaso tino musical, este mismo villancico.

Pero tengo otros favoritos como este moderno de John Rutter intitulado All Bells In Paradise y que expone todas mis deficiencias en la pronunciación del inglés cuando intento cantarlo:

Y, naturalmente, Carol of the bells:

Y ciertas versiones de Gaudete:

En fin: uno tan nacionalista y tan asquerosamente britanizado en gustos de música navideña. Tan pagano y haciendo entradas sobre villancicos.

En fin, acabaré con un villancico profano del siglo XVI tomado del Cancionero de Palacio:

Ahí lo dejo. ¡A cenar!

© Fernando Busto de la Vega.

UNA CENA ENIGMÁTICA

QUIÉN SABE…CON UN POCO DE SUERTE…

Lo sé: está mal escuchar las conversaciones ajenas por la calle, pero hay momentos en que cuando los demás están medio sordos y se dedican a gritar en la acera de una callecita tranquila y no demasiado ancha uno no puede evitarlo y, claro, eso tiene sus consecuencias.

Me ha sucedido hoy, de regreso a casa. Una señora mayor, a todas luces dura de oído, hablaba por el móvil, con el manos libres, con otra en no mejores condiciones físicas. Esta segunda afirmaba que ya había comprado la cena de Nochebuena y procedía a congelarla. La primera mostraba su aprobación y preguntaba en qué consistía, a lo que la señora al otro lado del aparato gritó:

—Una de esas cosas del mar, larga y con ganchos.

—¿Larga y con ganchos?

—Sí.

—¿Una cigala?

—No, naranja no; roja.

—¿Carabineros, calamares?

—¡Ay, chica, no sé! No me acuerdo, en el congelador está…ya veremos en Nochebuena.

Y, lo confieso: la intriga me corroe. Lo peor de todo es que jamás conoceré la respuesta. Lo mejor, que no estoy sometido a la incertidumbre ni al más que posible chasco del 24 de diciembre.

¿Qué será lo que ha comprado la vieja? ¿Por qué se refería a ello en singular?¿Habrá para todos?

Nunca lo sabremos.

Estas son mis dudas existenciales en estos días.

© Fernando Busto de la Vega.