En España la Hispanidad ha de ser una columna vertebral de la ideología social e institucional. Por supuesto, dirigida hacia el exterior, cosa que puede y debe hacerse (salvo, como es el caso, que suframos un régimen ilegítimo e intruso como el de 1978 y una sucesión de gobiernos básicamente antiespañoles) y que ya se hizo eficazmente en el pasado. Pero, sobre todo, esta militancia hispana, habida cuenta de la situación desesperada a la que nos está llevando el régimen ilegítimo de 1978 y sus gobiernos disolventes y antiespañoles, debe ser interna.
No pueden tolerarse por más tiempo, si pretendemos revertir la decadencia que padecemos y la destrucción que nos aguarda, movimientos separatistas que cuestionan la indiscutible unidad de la nación, movimientos antihispanistas como son todos los internacionalistas (desde los izquierdistas a los liberales y trumpistas), intelectuales y asociaciones que ponen en cuestión el legado español o movimientos políticos que a lo largo de la historia han demostrado ser caballos de Troya antiespañoles (republicanos, marxistas, anarquistas y demás ralea roja). Eso tiene que acabar.
Y no va a acabar dentro del régimen intruso y antiespañol de 1978. Necesitamos una nueva organización estatal que sea militantemente hispanista y de cariz acentuadamente social.
Yo ya veo una España Nueva. Pero tenemos que luchar por ella, por su instauración. Se acabó la moderación y el conformismo. Comienza la lucha.
Quienes me conocen saben que no soy demasiado partidario del autobombo (y ese es mi talón de Aquiles a la hora de venderme y darme a conocer), pero también insisten en que debo informar a mis lectores de hechos satisfactorios que pueden considerarse éxitos y, por una vez en la vida, les haré caso.
La cosa es que precisamente a comienzos de este mes de octubre de 2026 este blog que estás leyendo ha alcanzado, y superado amplísimamente, el número anual de visitas y lectores de toda su historia. Estamos todavía en octubre y ya he recibido muchas más visitas que los años anteriores en diciembre. El acumulado en este periodo de actividad, desde que dimos los primeros pasos en febrero de 2022 (si no recuerdo mal) también resulta satisfactorio.
Solo queda, por lo tanto, una sola cosa: dar las gracias a quienes han hecho (y hacen ) esto posible. A vosotros, los lectores y visitantes. Gracias. Seguimos.
NOTA.- Dadas las circunstancias el Autor sube a la red una fotografía suya mirando con reflexiva superioridad al destino. Además de feo (lo que resulta evidente) está afectado de una cierta y solapada egolatría muy común en individuos de su calaña literaria.
No cabe la menor duda de que es indispensable, para la salvación de España, poner coto a la colonización, siempre nociva, de los fondos buitre y de los especuladores inmobiliarios, cambiar de raíz el modelo económico obsoleto, cleptocrático y extractivo que padecemos en nuestro país y erradicar sin contemplaciones el capitalismo liberal de origen anglosajón y protestante que tanto ha contribuido a la decadencia de la nación. Esta es mi más íntima convicción y parecería que, haciendo honor a la más estricta coherencia ideológica, debería salir de inmediato a la calle para sumarme a la movilización que estamos viendo estos días. Pero no lo haré. Ni siquiera en defensa lisa, llana y cruda de mis intereses más inmediatos como alquilado.
¿Por qué?
Porque esos mismos que ahora gritan en las calles en defensa de cambios en el mercado inmobiliario hace exactamente un mes (escribo el 2 de octubre recordando las innobles contramanifestaciones del 2 de septiembre) se dedicaban a insultar a los patriotas que nos manifestábamos a cientos de miles en defensa de Ceuta y la integridad territorial de España.
Porque al salir ahora a las calles a gritar por los derechos de los inquilinos no hacen otra cosa que tratar de tapar el peligro que corre Ceuta y sé que no les importaría ver desmembrada a la nación y venderían nuestra independencia y nuestra continuidad histórica por la simple posibilidad de alcanzar el poder e imponer sus maximalismos tiránicos (y por lo tanto son enemigos de España y del pueblo y deben ser combatidos).
Porque en sus concentraciones se ondea la tricolor republicana (no olvidemos que el morado de la misma alude a las sectas masónicas, siempre enemigas de España y responsables de la pérdida de nuestro imperio) y se reclama su legado, siempre innoble, sangriento, desestabilizador, antiespañol y conducente a la decadencia social, moral, cultural, política y espiritual de la nación y se abuchea la rojigualda, símbolo de unidad, permanencia y grandeza futura del Estado.
Porque jamás me uniré a demagogos que se autodenominan en femenino y aprovechan el apoyo de los gobiernos moralmente deleznables de la izquierda para sembrar en los institutos públicos dementes programas de ideología sexual y de género que arrastran a los adolescentes a problemas mentales y personales de gran calado contribuyendo a la destrucción de nuestro capital futuro y, en el mismo sentido, nunca caminaré con quienes apoyan estúpidamente el reemplazo genético y cultural en lugar de defender a ultranza nuestro legado en todos los campos de batalla que pudieran presentarse y menos aún apoyaré a quienes consideran que la civilización europea ( y española) tienen el mismo valor que las subculturas atrasadas de otros lugares del mundo.
Porque, y lo digo alto y claro, por alguna razón difícil de comprender en las manifestaciones y movilizaciones de la izquierda solo hay individuas feas e histéricas (al menos en las de la derecha puede uno conocer chicas con clase, buena educación y no mal físico, lo que no es razón huera ni de poco peso para lanzarse a una revolución, cualquiera que esta sea) que revuelven el estómago y deprimen el ánimo.
Y, finalmente, porque hay que tener mucho cuidado con las compañías y las celadas.
Lo que está sucediendo en España con este Sindicato de Inquilinas y todos sus satélites del submundo rojo-aberchale, antiespañol e independentista, es similar a cuando un grupo de adolescentes malintencionados, tratan de convencer a la guapa de la clase para que salga con ellos poniéndose la piel de cordero y ofreciéndole planes aparentemente deseables, pero con la intención de drogarla, bajarle las bragas y sodomizarla en comandita en cualquier edificio abandonado.
Hay que saber quien nos invita a salir y si nos conviene aceptar o no.
En este caso, no nos conviene. El problema inmediato, urgente, sigue siendo la amenaza de nuestros enemigos (entre quienes se cuentan, en el frente interior, estos alborotadores de los que hablamos) sobre la integridad y continuidad de España.
NOTA (4 de octubre de 2026).- No cabía esperar otra cosa: sobre esta entrada está actuando la censura del SEO y de la promoción, eso deja muy claro, de nuevo, la falta de libertad que experimentamos los patriotas y al servicio de qué intereses e ideología están las empresas tecnológicas. No resulta ninguna sorpresa, pero es bueno recordarlo, aun sabiendo lo limitado de nuestra voz en este ecosistema adverso.
Vivimos tiempos de ignorancia y oscuridad, razón por la cual el común de los mortales ha olvidado a grandes figuras de nuestra historia y nuestra cultura, personajes que fueron determinantes y significativos en la evolución de esta Europa nuestra ahora amenazada de nuevo por la barbarie y, lo que resulta todavía más triste y preocupante, nadie tiene el más mínimo interés en recordarlos o aprender sobre ellos. Sé, de hecho, que este es uno de esos artículos que nadie leerá, pero no me rindo. Uno de mis empeños es ilustrar al ciudadano común, de cultura media, sobre momentos históricos y culturales y personajes señeros que desconoce y, a pesar del generalizado desinterés y la sospechosa enemistad del algoritmo (hay mucho que hablar sobre el sesgo ideológico y proyanqui de los algoritmos) no cesaré en mi lucha.
Por lo tanto, hoy escribiré sobre Notker el Tartamudo, que eso significa su apodo de Balbulus.
Fue un monje del monasterio de San Galo, en Suiza, que, además de escribir una crónica histórica sobre Carlomagno que todavía hoy, junto con la de Eginardo, es la mayor fuente de información sobre las Francias occidental y oriental en el siglo IX, revolucionó la música culta de su tiempo (la eclesiástica) sumándose a la corriente de introducción de tropos en la misma e inventando, o al menos dando carta de naturaleza y popularidad en Alemania e Italia, a la secuencia.
Sabemos poco de Notker (o Notquero, si quisiéramos españolizar su nombre), pero lo suficiente para asegurar que debemos su genialidad y sus enormes aportaciones a la cultura europea a una tremenda desgracia infantil o juvenil. Algo horrible, no sabemos qué (¿una enfermedad? ¿un acto de violencia?) le provocó un severo trauma físico y mental que le inhabilitó para la vida seglar conduciéndolo a la monástica.
Notker nació en torno al año 840 (en tiempos de Luis II el Germánico) en el actual territorio suizo, que entonces era todavía parte de la Francia Oriental (futura Alemania), en el seno de una acaudalada familia que poseía tierras en Turgovia, junto al lago Constanza, al lado mismo de la importantísima abadía de San Galo (fundada en 612 por un monje irlandés de ese nombre, compañero de San Columbano y en la cual funcionaba una importante escuela monástica, equiparable en cierto modo a las universidades modernas, para entendernos, desde los tiempos de Pipino el Breve), y, por lo tanto, parecía destinado desde la cuna a convertirse en un señor secular dedicado a la política y la guerra, pero, como sabemos, algo sucedió. En su infancia o primera adolescencia Notker sufrió la pérdida de sus dientes y el trauma le produjo una pronunciada tartamudez. Esto le incapacitó para la vida secular y le llevó a buscar refugio en la cercana abadía de San Galo donde fue formado en la ya citada escuela monástica hasta convertirse en un erudito.
Dispuso allí de maestros de gran talento, algunos discípulos del mismísimo Alcuino de York, uno de los activos más importantes del renacimiento carolingio, y dedicó años junto con otros condiscípulos que alcanzarían también la fama y el debido reconocimiento (Tuotilo, Ratpert, nombres que no os dirán nada, pero de los que seguramente nos ocuparemos en un futuro) a formarse intelectualmente en la severa disciplina benedictina que imperaba en la abadía de San Galo. Con el tiempo alcanzaría en ella altos puestos (entre otros, el de bibliotecario en 890) y se convertiría en apreciado consejero del emperador Carlos III el Gordo (reputado por inepto en todo el ámbito carolingio, pero al cabo su soberano) que llegó a hacerle el enorme honor de visitarle en su propia abadía en diciembre del año 883.
No obstante, como el propio Notker dejó escrito, su formación, especialmente la musical, no dejaba de traerle problemas. Como monje, una de sus ocupaciones era cantar varias veces al día los oficios divinos y eso, a mediados del siglo IX, no resultaba sencillo. El canto llano, que llamamos gregoriano, llevaba al menos dos siglos sufriendo una evolución de lo neumático a lo melismático, en pocas palabras: acumulando notas y más notas sobre sílabas únicas y esto convertía el canto, en una época en que las melodías se confiaban casi absolutamente a la memoria, en algo complejísimo y difícil de recordar. El instinto melódico ya no servía para cantar adecuadamente, y esto le resultaba extraordinariamente engorroso a Notker, que se desesperaba.
Por supuesto, había muchos otros monjes en su situación a lo largo y ancho de la Europa carolingia y algunos, especialmente en el noroeste de la Francia Occidental, venían reaccionando al exceso melismático con métodos asertivos de origen mnenotécnicos que evolucionaron rápidamente hacia la creación poética, llenando los huecos de las largas fluctuaciones de notas sobre una sola sílaba con palabras que aliviaran la sucesión de gorgoritos inútiles. Es decir: mediante la técnica del tropo (o de los tropos, puesto que al menos hay tres tipos de ellos que no vamos a detallar aquí).
Muchos monjes de la Francia Oriental, que debieron huir de sus monasterios cuando los destruyeron los vikingos, buscaron seguridad y refugio tierra adentro, donde suponían que estos ataques no llegarían, se refugiaron en numerosos monasterios de Alemania y, por supuesto, también en San Galo llevando consigo esta nueva técnica (y moda) de los tropos, que entusiasmó a Notker quien la adoptó de inmediato para poder, por fin, memorizar los inacabables melismas que debía ejecutar en el coro.
Pero la cosa no quedó ahí. Para entonces ya era un erudito reconocido y disfrutaba del suficiente prestigio como para que las autoridades monásticas y episcopales le permitieran innovar y para que sus innovaciones se extendieran de abadía en abadía por toda Alemania e Italia, fue así como, experimentando, pasó de los tropos a la secuencia generando toda una nueva corriente en el canto llano que afectó al modo en que se rezaba, se cantaba y hasta se componía poesía (incluso popular, aunque esta no ha llegado hasta nosotros) en toda Europa. De hecho, llegó incluso a modificar la estructura de la misa.
Murió hacia el año 912, ya en los estertores de la dinastía Carolingia y en los albores de la Otoniana, una nueva época que él mismo había contribuido a crear. En la Iglesia Católica ha alcanzado tan solo el grado de beato, pero en la Ortodoxa Griega se le considera oficialmente un santo.
Espero que este pequeño resumen os anime a preocuparos más detalladamente por esta señera figura de nuestra cultura.
Seguramente, el concepto icónico y determinante que nos ha dejado la invasión magrebí en Ceuta es el de todas esas mujeres y niñas españolas que, de pronto, han visto radical y salvajemente comprometida su seguridad y su libertad viéndose obligadas a modificar su vestimenta, restringir sus movimientos y protegerse con espráis de pimienta del acoso y los asaltos de los bárbaros del otro lado de la frontera ilegítimamente asentados (con la traidora y vergonzosa connivencia del Gobierno español de turno) en una ciudad plena e indiscutiblemente española.
Ahora bien, solo los muy ignorantes pueden sorprenderse con este desarrollo de los acontecimientos.
La permisividad de los gobiernos españoles de turno (a un lado y otro del decepcionante espectro parlamentario) con la instalación de magrebíes ( y musulmanes en general) en España tolerando que conviertan (como sucede por otro lado en Francia y en otros muchos países que han seguido similares e inconcebibles políticas de tolerancia que niegan todas las enseñanzas de la Historia en aras de unas ideologías nefastas y contrarias a los intereses de la civilización que Europa representa y, claramente, de sus pueblos autóctonos preteridos por las políticas oficiales en beneficio de neodamois indignos) barrios enteros en guetos y pueblen la geografía de mezquitas grandes y pequeñas destinadas no a la oración sino al adoctrinamiento y la financiación ilegal de muchas acciones hostiles a la patria que les acoge, hace mucho tiempo que ha perturbado la existencia de miles, quizá decenas de miles, de mujeres españolas que han visto coartada su libertad y su tranquilidad por la agresividad sexual de estos energúmenos circuncidados y sin domesticar.
Prescindiré aquí, como suelo hacer en estas páginas, de grandes datos estadísticos y de estudios pomposos (y generalmente sesgados a favor de la ideología dominante, cuando se abordan, que es rara vez porque un análisis siquiera somero de las consecuencias del establecimiento de musulmanes en Europa resulta siempre demoledor para las autoridades corruptas que lo permiten) y me centraré en lo que puedo atestiguar personalmente, en lo que he vivido.
Contaré, pues, unas pocas anécdotas del día a día que se remontan en algunos casos a décadas atrás.
Quiero recordar aquí a una compañera de trabajo, una de las mujeres que se encargaba de la limpieza del centro donde yo realizaba entonces mis labores de humilde servidor público, que vivía en un entorno islamizado y que debía salir acompañada por su marido para ir a trabajar cuando le tocaba el turno de mañana y se veía obligada a salir todavía de noche para llegar temprano a su quehacer laboral. Cerca de su casa había unos bancos que ocupaban los magrebíes desde el anochecer hasta el alba creando un clima de inseguridad y trapicheo de drogas y, si salía sola, la acosaban, la agredían y estuvo cerca de ser violada en más de una ocasión. No era una mujer especialmente joven ni espacialmente hermosa, y aun así, cuando los (no voy a decir putos moros) individuos aquellos la veían salir a ganarse honradamente la vida, la tomaban como presa para sus sucias mentalidades y sus impulsos animales. Como ella, todas las vecinas que se veían en sus mismas condiciones, incluso las adolescentes que regresaban del instituto o de sus actividades ya anochecido, sufrían similar acoso, igual peligro, sin que las autoridades (ni, por cierto, las feministas) hicieran nada en su favor. Imperaba, como en todos los guetos islamizados, la ley de los invasores y sus agresiones y acosos quedaban impunes, lo que, naturalmente, les envalentonaba.
Esto es moneda común, como digo, en todos los barrios con población musulmana.
Pondré ahora dos ejemplos que me tocan incluso más de cerca.
Cierta noche (serían las diez) regresando a mi casa del trabajo, pasé cerca de un Kebab. La calle estaba bien iluminada y razonablemente poblada, lo que no obstó para que uno de los camareros del local (en este caso un paquistaní) desocupado y aburrido, al ver pasar una muchachita de unos dieciséis o diecisiete años bastante bonita y con unos pantalones más o menos ceñidos, le saliese al encuentro y le agarrase violentamente la entrepierna con una sonrisa babosa mientras con la otra mano buscaba manosearle los pechos y sus dos colegas le jaleaban. Naturalmente, me vi obligado a intervenir y la cosa terminó como el rosario de la aurora. Finalmente intervino la policía y, creánlo, a punto estuve de ser yo el detenido. El paquistaní se fue de rositas y la chiquita llorando sin atreverse a denunciar. ¿Qué le hubiera sucedido de no intervenir yo? ¿Cuántas otras sufrieron un asalto similar?
Otro ejemplo más sangrante: en un supermercado uno de estos bachimozuques se atrevió a empujar a mi madre porque no le permitía colarse en una fila y hasta tuvo el atrevimiento de levantarle la mano. Para su desgracia yo andaba cerca…y no voy a contar las consecuencias de sus demasías, pero el honor quedó a salvo y el ejemplo firmemente establecido. Desde ese día, todos los (no los llamaré moros de mierda) vecinos del Magreb que se cruzaban con mi madre, le sonreían, le hacían reverencias y la saludaban untuosamente.
No quiero alargar en demasía esta entrada, de modo que terminaré poniendo de manifiesto un hecho para mí sangrante y paradójico.
Conozco jovencitas marroquíes y argelinas criadas en España que, a simple vista, nadie identificaría como musulmanas. En España visten y se comportan casi igual que las chicas españolas, pero cuando viajan a Marruecos o a Argelia, ellas mismas me han confesado que visten con ropas adecuadas, que se disfrazan, en sus propias palabras, de moras, con un solo designio: evitar se acosadas y violadas.
A pesar de ello, prefieren vivir en Marruecos o Argelia que en España, lo cual se debe al férreo adoctrinamiento de las mezquitas (en las que no solo se habla de religión, sino sobre todo de política) y la cerrazón de sus familias, que disimulan modernidad en España sin dejar de rumiar por dentro sus anacrónicos prejuicios africanos (y musulmanes). Eso es lo que hay.
Lo dejo aquí.
Bueno, no: una última cosa. Quiero dirigirme a esas oenegés dedicadas (a cambio de importantes réditos conseguidos del dinero público, lo que las convierte en entes parásitos del Estado) a defender a los invasores y fomentar sus fechorías. Solo quiero hacerles una pregunta, mejor: una afirmación evidente. Sois conscientes de que vuestras acciones innobles e indignas, además de constituir traición a España y a la Civilización, provocan las agresiones, el acoso y las violaciones de miles, quizá cientos de miles, de mujeres españolas, muchas de ellas niñas y adolescentes. Lo sabéis y persistís en vuestros crímenes ¿En qué os convierte eso? ¿Cuál creéis que será vuestro castigo, no institucional, sino personal, cada uno de vosotros deberá pagar individualmente por sus acciones, cuando se restablezca el orden?