EL COLOR (Y LA RELIGIÓN) DEL HAMBRE

NO SOY CRISTIANO, NI JUDÍO, NI MAGO, NI MUSULMÁN, NO SOY DEL ESTE NI DEL OESTE (…) MI RELIGIÓN ES EL AMOR. (YALAL AD-DIN MUHAMMAD RUMI Y EL ABAJO FIRMANTE)

Hace apenas unos días comentaba con mi amiga Isabel M. una de las cosas que más me enfurecen y me llenan de rabia y de frustración en esta vida: el hecho de que a las obligaciones éticas y humanas se las asocie demagógica o fanáticamente con una ideología determinada.

En el contexto de una recogida de alimentos para los refugiados en Grecia llevada a cabo en colegios e institutos le explicaba cómo detesto que en determinados centros privados se apropien del gesto ciertas sectas y que en los públicos hagan lo propio los activistas de determinadas corrientes políticas mostrándoles a los niños y los jóvenes la bajeza de vincular sus obligaciones morales con la militancia y de atraerlos a la misma mediante el ejercicio de la solidaridad y los valores respetables en lugar de enseñarles la indeclinable grandeza de ser fuertes, generosos y honorables al margen de la religión y la política. Antes que nada somos humanos, una familia. Y como humanos estamos obligados a la grandeza. Y no nos engañemos, esta grandeza está hecha de grandes principios (honor, generosidad, valor, lealtad, solidaridad…) independientes de la ideología y las creencias que son secundarias, opinables y destinadas a hacernos más pequeños, más despreciables, a alejarnos de nuestra integridad como seres humanos. A alejarnos, incluso, si pretendemos ser religiosos, de los dioses, de cualquier dios.

Lo digo claro y es una de mis creencias fundamentales: Ningún dios respeta ni ha respetado nunca a los fanáticos ni a los mezquinos, a los débiles, los cobardes y los egoístas. Cualquier dios es bondad, amor y compromiso por encima de todo (de lo contrario no es un dios, es un demonio exaltado fraudulentamente a los altares).

Decía Vespasiano, cuando le afeaban implantar un impuesto por el uso de los retretes públicos, que el dinero no tiene olor. Pues bien: el hambre no tiene (o no debe tener) color, religión ni ideología. Ni siquiera especie…si un animal padece hambre el hombre de honor está obligado a alimentarle, si está herido o enfermo, a darle protección y curarle. Cuánto más le incumbe esta obligación con los de su propia especie. Incluso sus enemigos.

Sin embargo, es frecuente encontrarse con esa repugnante mezquindad que induce a considerar la obligación moral como una opción regulable en función de nuestra afinidad ideológica con el que sufre.

Hace años, lo confieso, tuve mucho más que palabras con un tipejo despreciable que en época de crisis económica y pobreza extendidísima defendía (y practicaba) el reparto de comida solo para españoles. Le convencí expeditivamente de su error, modifiqué, bien es cierto que con métodos un tanto cuestionables, su política de reparto (y la de sus amiguitos, lo que no dejó de traerme algunos problemas) y afirmo con la cabeza alta que estoy orgulloso de ello. Pero la gente no cambia.

Hoy mismo, en el transcurso de la mencionada recogida de alimentos para los refugiados de Grecia (de la que yo solo soy un espectador interesado), una señora musulmana antes de decidirse a donar me ha estado preguntando quién recibiría la ayuda. Le preocupaba que no fuese exclusivamente dirigida a musulmanes. Naturalmente, desde el más profundo desprecio, le he mentido y le he dicho que iba destinada solamente para los refugiados de Gaza y del Líbano y así la he convencido no solo de que done sino de que sea generosa (o lo pretenda, ya se verá el alcance de su limosna).

Me revienta que pudiendo estar tan cerca de los dioses muchos de nosotros nos quedemos a la altura indigna de las hienas por puro fanatismo, puro partidismo. Tengo ya una edad y nunca fui un ingenuo, pero sigo amargándome con ciertos comportamientos, con ciertas actitudes. Y lo peor es que cuando hablo nadie me entiende, todos identifican mis críticas con mi pertenencia a otro partido, a otra religión al enemigo… Así de difícil es pregonar la grandeza y el acercamiento a los dioses, a nuestra condición de tales aún en vida, cosa que se logra con la práctica de la Virtud.

En fin…paciencia, y perdonad que me desahogue con vosotros.

© Fernando Busto de la Vega.

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