Archivo por meses: noviembre 2024

LOS EXTRAÑOS RESORTES DEL ÉXITO

Hoy en día el mundo está lleno de bocazas, charlatanes, cantamañanas y estafadores haciendo apología del éxito (eufemismo que utilizan para hablar de la especulación, la avaricia, la vanidad y la miseria moral) y presentando (previo pago) todo tipo de procedimientos y trucos infalibles para alcanzarlo. Demuestran con ello, además de mucha cara dura, su total ignorancia sobre la realidad de la vida y los recovecos del destino. Por ello he creído útil traer aquí dos concisos ejemplos de cómo alcanzaron el verdadero éxito dos hombres de acción que lograron llegar a la cima del poder y del Estado.

El primero es Julio César.

Hasta que César cruzó el Rubicón no era otra cosa que un funcionario exitoso, un político ambicioso y bien situado, pero comparable a otros muchos. Solo el hecho de desafiar al Senado, cruzar el río que separaba su provincia de Italia y comenzar una guerra civil que podía haber acabado con él, pero le encumbró al poder absoluto, le permitió erigirse en una figura política e histórica singular y señera.

La decisión de cruzar o no el Rubicón era crucial y difícil de tomar, por ese motivo César se detuvo a la orilla del río, indeciso.

La historia oficial nos cuenta que al cabo resolvió arriesgarse y dio orden de invadir la Italia senatorial y dar inicio a la guerra civil. Pero el propio Tito Livio nos cuenta otra versión de los hechos. No fue Julio César, sino uno de sus centuriones, un exaltado que perdió los nervios, quien se lanzó a cruzar el río dando gritos de victoria. Sus legionarios le siguieron, luego se sumaron otros centuriones, más legionarios y César acabó cruzando el Rubicón siguiendo a sus tropas, no encabezándolas. Lo demás, ya lo sabemos.

Hablemos ahora del general Espartero.

En diciembre de 1836 la Primera Guerra Carlista se encontraba en una de sus fases decisivas. Los carlistas estaban asediando Bilbao y el gobierno liberal encargó al general Espartero, que en ese momento se encontraba en Burgos, que acudiera a romper el cerco de la ciudad, liberándola e impidiendo que Don Carlos entrase en ella. Enseguida se puso en movimiento con sus tropas. Las condujo al Cantábrico entre incesantes tormentas de viento y nieve, las embarcó en Castro Urdiales y las condujo por mar hasta Portugalete.

Una vez allí, y con el tiempo empeorando (aquel mes de diciembre fue atroz en el norte: nieve continua, ventiscas salvajes, terreno congelado o enlodado) Espartero comenzó a intentar romper el cerco de Bilbao. Primero lo intentó por una de las riberas del Nervión, siendo derrotado. Luego probó por la otra que representaba mayor dificultad puesto que implicaba atravesar el río por un puente de barcas que la tempestad destruyó y hubo de ser reconstruido más al interior lo que impidió que la caballería y la artillería se unieran a su ataque. Peor aún: el día en que debía tener lugar él cayó enfermo y hubo de ceder el mando a su jefe de estado mayor, el general Oráa, que tras horas de lucha quedó frenado por los carlistas en el lodo y la nieve. Tan grave se tornó la situación de los liberales que Espartero en plena noche y después de toda una jornada de lucha, todavía enfermo, hubo de levantarse de la cama y acudir al otro lado del río por el puente de barcas reconstruido con refuerzos. La idea era que las tropas de refresco sustituyeran a los diezmados, agotados y congelados batallones que habían estado combatiendo sin pausa durante más de doce horas.

Una vez en posición, Espartero dio la orden lógica: relevo. Sin embargo, un corneta novato y nervioso se equivocó y tocó la orden de carga. De inmediato ambos sectores del ejército, los que llegaban de refresco y los que llevaban todo el día combatiendo, corrieron al asalto de las alturas que defendían los carlistas que, sorprendidos, fueron arroyados de tal forma que huyeron levantando el cerco de Bilbao y otorgando a Espartero la victoria decisiva que le elevaría a la gloria y le conduciría incluso a la regencia. Él se limitó a ordenar el relevo seguramente con intención de dejar a Oraá al frente del combate y regresar a su cama, sin embargo el error de un corneta cambió las cosas y Espartero se encumbró anotándose una victoria en la cual su papel se limitó a seguir a sus valientes soldados cuando se lanzaron al asalto de las alturas de Luchana.

Así funciona muy a menudo el éxito (y el fracaso) hay que tenerlo en cuenta. El destino y los dioses (también la suerte) siempre juegan su papel.

© Fernando Busto de la Vega.

NACIDOS PARA PERDER, LUCHEMOS.

Nacemos para perder. Hagamos lo que hagamos, acabaremos muertos. Esta es una realidad indiscutible. Por eso mismo resulta estúpido tener miedo. Y lo malo del caso es que vivimos acojonados.

Nos lavan el cerebro con el espejismo del triunfo pretendiendo que no nos percatemos de la realidad completa. Hasta el mayor de los triunfadores ha perdido mil veces, hasta el más rotundo éxito conduce al fracaso. La cima es el inicio de la decadencia. Quizá podamos construir un imperio, pero seguramente moriremos con él. O, en cualquier caso, moriremos y de nada habrá servido nuestro esfuerzo. Porque tarde o temprano todos los imperios caen y ninguno de nuestros herederos agradecerá nuestro legado, simplemente lo aceptará como un derecho.

Insisto, pues: nacemos para perder y hagamos lo que hagamos acabaremos muertos, derrotados y olvidados. Entonces ¿de qué sirve el miedo?

Teniendo en cuenta que nuestro tiempo es finito y que acabaremos en el desastre carece de sentido tener miedo. Ya estamos muertos y vencidos, luchemos y vivamos. Seamos grandes de espíritu y dejemos en el mundo la huella de nuestra grandeza, que no es necesariamente la de nuestro poder. Tanto el emperador como el mendigo tienen el mismo compromiso consigo mismos: sonreír con calma ante el dolor y los desafíos y triunfar ante las tentaciones inducidas por el miedo, la pequeñez de espíritu y la ignorancia. Todo lo demás, con riqueza o pobreza, en el poder y la gloria o en la base de la pirámide, en la marginalidad, es desperdiciar la vida.

Vas a morir, aprovecha la vida. Vas a sufrir, combate con valentía y disfruta los buenos momentos. Se grande, se generoso, se benéfico, se indulgente…lo demás, no importa. Tal es el camino hacia la divinidad.

© Fernando Busto de la Vega.

VALENCIA: LOS QUE VAN Y LOS QUE VUELVEN

Vivo en Zaragoza, una ciudad del interior de España situada a poco más de trescientos kilómetros de Valencia. Desde aquí, y desde todo el reino de Aragón, están partiendo cada día, centenares de personas (policías locales y nacionales, bomberos, militares, todos ellos fuera de servicio, en sus días festivos o vacacionales, pero también estudiantes, cocineros, albañiles…de todas las profesiones, sexos, religiones y orígenes: hay rumanos, y marroquíes, y americanos de diez o doce países, naturalmente españoles de pura cepa…) salen hacia la catástrofe del reino hermano de Valencia para ayudar.

En ese contexto se está produciendo un fenómeno acaso poco difundido, pero a mi modo de ver altamente significativo: jóvenes que desmantelan las casas de sus padres y de otros familiares (se llevan mantas, toallas, ropa, productos de limpieza, comida…en actos espontáneos de solidaridad…), he visto furgonetas parar en un punto concreto, en una calle cualquiera, para recoger bolsas con objetos necesarios, que aportaban amigos, familiares…parar solo un instante, cargar y seguir camino. He visto furgonetas entrar en centros educativos y en empresas privadas donde se les aportaba el material que se podía detraer, e incluso más, para montar cocinas o comedores de campaña, o lo que se necesitase…todo ello como iniciativa privada de los ciudadanos. He visto gente con su tarjeta de crédito comprando desde productos de limpieza hasta maquinaria que de inmediato se embarcaban en las consabidas furgonetas camino de Valencia.

He visto hombres jóvenes y fuertes llorar porque sus circunstancias del momento no les permiten subirse a una de esas furgonetas e ir, nunca mejor dicho, al fango (el trabajo, los hijos, los padres enfermos, la salud en ocasiones…)

Y he observado algo en los que parten y en los que regresan que me ha llenado de admiración, respeto y fe en el ser humano, incluso en España (esta España plural donde el inmigrante puede ser extranjero, pero sus hijos, sin perder sus raíces acaban diciendo, en lo que a Zaragoza respecta, co y maño), una España que sus políticos de todas las tendencias al servicio de intereses espurios y extranjeros se empeñan en destruir.

Los que van, lo hacen por impulso natural, sin afectación ni presunción. Simplemente agarran lo que pueden de sus casas, de sus amigos, de sus cuentas corrientes, se coordinan con compañeros de trabajo, de pandilla, con familiares y salen de naja hacia la catástrofe, solo para ayudar.

Los que regresan no presumen. Tampoco reblan (palabra aragonesa que significa rendirse), solo se recuperan, retoman sus obligaciones y preparan el regreso.

¡Cuanta grandeza en la gente normal! ¡Cuanta esperanza para el futuro!…¡Que asquerosa miseria e incompetencia en los políticos! ¿Sigue quedando alguna duda de que debemos derribar el corrupto régimen de 1978 (va por ti, Unga-unga) y reconstruir desde los cimientos otro que permita la máxima expresión de un pueblo tan grande?

© Fernando Busto de la Vega.

TRAFALGAR, EL TRIUNFO DE LA CORRUPCIÓN BRITÁNICA

En 1801 John Jervis, nombrado por Jorge III primer conde de San Vicente a causa de su victoria en el cabo de tal nombre sobre una flota española allá por 1797, fue elevado a Primer Lord del Almirantazgo inglés por el primer ministro Henry Addington, que llegaba para acabar con la era de Pitt y se manifestó tan incompetente que el resultado de sus tres años en el cargo fue el regreso triunfal del propio Pitt, al que había logrado tumbar en 1801.

Jervis no resultó mucho más eficaz que su primer ministro. El conde de San Vicente era un tipo ordenancista, estricto y honesto a rajatabla. Durante su ya larga carrera en la Armada había venido observando los tejemanejes de los contratistas civiles que aportaban madera para la reparación y construcción de barcos dentro de un sistema corrupto a más no poder. Enjuagues que crecían en número y gravedad a medida que la madera de los bosques británicos se acababa y era preciso traerla desde países remotos o, directamente, establecer astilleros en puertos como Bombay, rodeados de feraces selvas. De modo que, al llegar al Almirantazgo, zanjó por lo sano. Conocía todos los trucos y los erradicó de raíz con un resultado indeseado: los grandes asentistas, especialmente Larking y Bowsher, decidieron dejar de suministrar madera a la Armada británica y esta pasó tres años, hasta la caída de Jervis y Addington, sin poder reparar ni un solo barco, mucho menos construirlos.

Para 1804 un tercio de la flota de guerra inglesa estaba deteriorada, hacía aguas… si la estricta honradez de Jervis se hubiera mantenido un año más, su protegido (fue él uno de los más conspicuos impulsores de su carrera) Nelson se hubiera llevado la del pulpo en Trafalgar y la victoria hubiera sido española a pesar de la incompetencia y cobardía de nuestros aliados franceses. Simplemente, la flota inglesa no hubiera estado a la altura técnica del acontecimiento. De hecho, en 1805, cuando tuvo lugar dicha batalla, nada menos que 17 de los 27 navíos de Nelson habían sido reparados desde que Addington y Jervis cayeron y Pitt regresó al poder poniendo al frente del almirantazgo a Lord Melville que recuperó los suministros volviendo a tolerar la corrupción y la especulación de Larking y Bowsher.

A veces la Historia nos desarbola la moral con sus retruécanos. Todos, en principio, simpatizaríamos con la política estricta de Jervis…pero fue la tolerancia con la corrupción de los especuladores anti-patriotas la que permitió realmente el triunfo nacional de la armada británica. Da para pensar.

© Fernando Busto de la Vega.

SAQUEOS EN VALENCIA TRAS LA DANA

Algo ha cambiado en España. Hace apenas una década hubiera sido impensable que en un escenario de catástrofe y devastación como el que está sufriendo Valencia apareciesen saqueadores. Ahora los hay. Hay gente, especialmente jóvenes, que aprovechan la catástrofe para robar y saquear. No para apropiarse de bienes de primera necesidad que aseguren su supervivencia en un escenario dantesco y ante un panorama de saturación de los medios de rescate y auxilio, sino de objetos de lujo.

Hay bandas organizadas que están importando comportamientos delictivos de otros continentes. Que están convirtiendo España en un país peor, que están conduciéndolo a estándares tercermundistas (incluyendo en el Tercer Mundo a los Estados Unidos) y es preciso decirlo: existen culpables que deben pagar por esta transformación que estamos sufriendo.

Por supuesto, los culpables directos de los saqueos, pero, sobre todo, la casta política tanto de derechas como de izquierdas que han abandonado por completo sus deberes, la política a largo plazo y con un plan preconcebido, sus obligaciones como gestores y servidores públicos, que han traicionado al pueblo para dedicarse a la corrupción, a la implantación de ideas nocivas de ambos signos, que ponen por delante de la realidad y de la seguridad del pueblo sus intereses y sus ideologías, las que les imponen desde fuera, desde ámbitos y organismos internacionales a los que los españoles les importamos poco y , en general, desean vernos hundidos en la mierda.

España ha cambiado para mal en una década. Reaccionemos, busquemos a los culpables (nuestros políticos, activistas y empresarios) y castiguémoslos pronto y con dureza. Es preciso enderezar el rumbo, volver a vivir en un país en el que no hay saqueos cuando se producen catástrofes (y conocemos los saqueos a comercios, ¿llegaremos a conocer robos a ancianos en sus domicilios o violaciones?) …

Si no se actúa todo puede ir a peor. Todo irá a peor.

© Fernando Busto de la Vega.