
En 1801 John Jervis, nombrado por Jorge III primer conde de San Vicente a causa de su victoria en el cabo de tal nombre sobre una flota española allá por 1797, fue elevado a Primer Lord del Almirantazgo inglés por el primer ministro Henry Addington, que llegaba para acabar con la era de Pitt y se manifestó tan incompetente que el resultado de sus tres años en el cargo fue el regreso triunfal del propio Pitt, al que había logrado tumbar en 1801.
Jervis no resultó mucho más eficaz que su primer ministro. El conde de San Vicente era un tipo ordenancista, estricto y honesto a rajatabla. Durante su ya larga carrera en la Armada había venido observando los tejemanejes de los contratistas civiles que aportaban madera para la reparación y construcción de barcos dentro de un sistema corrupto a más no poder. Enjuagues que crecían en número y gravedad a medida que la madera de los bosques británicos se acababa y era preciso traerla desde países remotos o, directamente, establecer astilleros en puertos como Bombay, rodeados de feraces selvas. De modo que, al llegar al Almirantazgo, zanjó por lo sano. Conocía todos los trucos y los erradicó de raíz con un resultado indeseado: los grandes asentistas, especialmente Larking y Bowsher, decidieron dejar de suministrar madera a la Armada británica y esta pasó tres años, hasta la caída de Jervis y Addington, sin poder reparar ni un solo barco, mucho menos construirlos.
Para 1804 un tercio de la flota de guerra inglesa estaba deteriorada, hacía aguas… si la estricta honradez de Jervis se hubiera mantenido un año más, su protegido (fue él uno de los más conspicuos impulsores de su carrera) Nelson se hubiera llevado la del pulpo en Trafalgar y la victoria hubiera sido española a pesar de la incompetencia y cobardía de nuestros aliados franceses. Simplemente, la flota inglesa no hubiera estado a la altura técnica del acontecimiento. De hecho, en 1805, cuando tuvo lugar dicha batalla, nada menos que 17 de los 27 navíos de Nelson habían sido reparados desde que Addington y Jervis cayeron y Pitt regresó al poder poniendo al frente del almirantazgo a Lord Melville que recuperó los suministros volviendo a tolerar la corrupción y la especulación de Larking y Bowsher.
A veces la Historia nos desarbola la moral con sus retruécanos. Todos, en principio, simpatizaríamos con la política estricta de Jervis…pero fue la tolerancia con la corrupción de los especuladores anti-patriotas la que permitió realmente el triunfo nacional de la armada británica. Da para pensar.
© Fernando Busto de la Vega.
