Archivo de la etiqueta: anécdota

PRECISIONES NECESARIAS

PRECIOSA CABRA, CAPAZ DE SEDUCIR A ALGÚN ATOLONDRADO SIN MESURA NI CRITERIO

Agosto, ya se sabe, es mes abonado para las noticias chuscas. Desde ovnis al monstruo del lago Ness o anécdotas variopintas. Y yo, como soy un canalla envuelto en piel de cordero, he acabado por fijarme en una de cariz picante (¿a alguien le sorprende?), pero de derivadas interesantes en lo tocante a las necesarias precisiones de los titulares.

En los últimos días ha habido un incidente ferroviario en Tarragona que, como no podía ser de otro modo, ha alcanzado cierta difusión en la prensa estival. Un tren de cercanías salió media hora tarde porque el conductor, al llegar a su puesto, se encontró al revisor allí manteniendo relaciones sexuales.

Ante tamaño desafuero, el conductor bajó del tren y se negó volver a subir (afectado y traumatizado ¿sería un ataque de cuernos?) a la locomotora incluso cuando el revisor libidinoso fue convenientemente desalojado de la misma. Se hizo necesario habilitar una nueva locomotora y un nuevo maquinista para poner en marcha el tren.

INCLUYO FOTO DE MUJER PARA AQUELLOS QUE NO TENGAN DATOS SUFICIENTES PARA DISTINGUIRLAS DE LAS CABRAS. LAS MUJERES SUELEN IR MEJOR DEPILADAS Y NO TENER CUERNOS, AL MENOS A LA VISTA.

Bien, la anécdota (salvo en el caso de los pasajeros del convoy, condenados a esperar y perder el tiempo por la incuria de un funcionario ¿pero, después de todo, quién no ha follado alguna vez en el trabajo? Hay que ser indulgente con los calentones ajenos) es divertida, picante y muy apropiada para el mes de agosto. Lo llamativo del caso, y es a lo que voy, son las precisiones necesarias de casi todos los titulares de prensa que se hicieron eco del hecho. La práctica mayoría especificaban muy puntualmente que el revisor estaba practicando sexo…¡con una mujer!…lo que no deja de ser tranquilizador, si lo hubieran encontrado practicándolo con una cabra o un extraterrestre la cosa cambiaría, y mucho.

Analizar los titulares (y, lo sabemos, los pies de foto) es siempre un interesante ejercicio de psicología social. Un buen entretenimiento y una fuente inagotable de hilarantes erratas y disparates conceptuales. Ahí lo dejo.

© Fernando Busto de la Vega.

LA DESCONFIANZA DEL FEO

Esta entrada podría titularse también «La desconfianza del viejo (o de la madurez, para no resultar tan ofensivo)» o «Gato escaldado del agua fría huye».

Pues señor (obsérvese el guiño, que la mayoría de vosotros no captaréis, a Romualdo Nogués) uno, a pesar de estar lejos de esa condición, ha adquirido algunas costumbres de jubilado. La más conspicua, la de pasear cuando tiene tiempo libre por el parque cercano a su casa y hasta calentar banquillo durante largo rato para meditar y reflexionar sobre qué escribir o cómo hacerlo.

Estando en ello, este domingo sucedió algo reseñable. Incluso, diría, milagroso y supercalifragilísticoespialidoso rozando con lo chiripitifláutico ( y ojo: ambas son referencias muy anteriores a mí).

Hallábase este pobre escribidorcete sentado en un banco mirando a las avutardas (con gesto altivo y noble, casi napoleónico, eso sí) y haciendo anatomía de sus entrañas (esta es cita de Cervantes) cuando una inmarcesible y preciosísima rubia, que recreo con aproximación en la foto adjunta, paró su bici a mi altura, me saludó y comenzó a hablar conmigo.

En otra época, no tan lejana, el que suscribe, se hubiera ilusionado, puesto cara de ternerillo no por romántico menos erotómano y pensado:

—¡Ya está! ¡Ya he ligado!

Hoy, en cambio, le he lanzado a la rubia una mirada asesina, he medio levantado el lado derecho del labio con desdén y he respondido a su «hola» con una especie de rebuzno a medio camino entre la cortesía y el asco que ha venido a sonar:

—Ñieck…hmmlá.

Todo ello pensando:

—¿Qué querrá sacarme esta?

En mi favor debo advertir al lector que, en meses pasados, sentado en ese mismo banco, se me acercaron otras mujeres: una quiso enrolarme en su secta, otra tasó justiprecio sobre sus encantos y servicios, la tercera me confundió con un invasor de la galaxia X-62 y quiso combatirme. Tuve que huir de su furia, por desgracia no encontré mi nave espacial y acabé escondido, agachado, entre unos setos y una fuente, mientras ella me buscaba con su desintegrador especial y espacial, que se parecía sospechosamente a un martillo.

De modo que el hecho de que una preciosa rubia desconocida detuviese su bicicleta ante mí y me saludase con una sonrisa afable no me tranquilizó en absoluto, más bien todo lo contrario.

Pero hubo suerte: se trataba de una antigua alumna de cierto instituto de secundaria en el que trabajé y que me recordaba de hace apenas unos pocos años. Ahora ha crecido, está en la universidad…nos hemos tomado un café (y lo ha pagado ella).

No todo iba a ser malo.

Pero la moraleja del gato escaldado ahí queda.

Cierro la entrada con fotos de rubias en bicicleta descartadas para ilustrar la entrada, ninguna de ellas traducía con precisión el concepto que pretendía transmitir al lector, pero, oye, no están mal como fotos, ni como rubias:

© Fernando Busto de la Vega.