
En su libro Cartas Finlandesas (1898), escrito durante su época de cónsul en Helsinki (entonces una ciudad bajo soberanía sueca), Ángel Ganivet hablaba, entre otras cosas, del famoso dramaturgo Bjorn Bjornson (1859-1942), nacido en Oslo, entonces también bajo dominio sueco, y afirmaba que, con ese nombre, que significaba Oso Hijo del Oso, en España no hubiera podido hacer carrera puesto que todo el mundo asumiría desde su cuna que era un tipo destinado a hacer el oso y se lo tomarían a guasa.
España es así. Pase lo que pase, hay cachondeo…y mucho escepticismo.
Eso puede verse ya en los romances y crónicas de la Edad Media. Allí donde en Francia y Alemania hay fabulación e inclinación a lo maravilloso, en España aparece el realismo más crudo. Está también en Velázquez y su interpretación de las fábulas mitológicas…

Es por eso que uno de los signos más nítidos de la aculturación en la que vivimos en esos aciagos días de decadencia terminal es la popularización del concepto de superhéroe y la ideología irracional, tendente a lo maravilloso y a la depreciación del mérito, el honor y la hidalguía individuales (los superhéroes no lo son por su propia valía, sino por accidente) que desde Marvel, Disney y otras compañías del imperialismo anglosajón vienen inculcándonos como fina lluvia ácida que amenaza con diluir en cal de olvido los vetustos, venerables y nobles mármoles de nuestra propia esencia.
Podría prolongar esta elegía jeremiaca durante decenas de párrafos, pero prefiero resumir el antagonismo entre lo que somos y estamos dejando de ser y lo que pretenden que seamos con una simple anécdota inventada.
¿Alguien imagina qué hubiera sucedido si un tipo en pijama y disfrazado de mamarracho se le hubiera presentado a nuestro abuelo o bisabuelo, el de la boina, la cachaba y el botijo diciéndole: «soy Batman»…?
Pues eso.

Alguien me dirá que la respuesta cultural a los superhéroes anglosajones es Superlópez…personaje dibujado por un leonés (Juan López Fernández) reconvertido en independentista catalán, lo que habla muy a las claras del batiburrillo patrio y lo urgente que es poner orden en la política, pero también en la cultura…alguien, decíamos, podría reclamar que el antagonismo con lo anglosajón perdura en Superlópez…y es posible, pero es un síntoma minúsculo (y mixtificado por la traición a España de su autor) en medio de un océano de propaganda enemiga. Eso sin contar que el mismo Superlópez es un ejemplo claro de aculturación: no existiría como parodia sin la contaminación del Supermán yanqui en la cultura española.
Vamos mal, y no hay signos de resistencia ni renacimiento. Es triste.
© Fernando Busto de la Vega.