
Un escritor que se precie debe dedicar gran parte de su tiempo a la formación constante en todos los campos de la vida, las letras y las ciencias, debe hacerse preguntas y permitir que las intuiciones, aunque parezcan absurdas, se manifiesten y muestren caminos inexplorados. Un escritor es también una antena de lo metafísico y un explorador de los extrarradios del conocimiento científico. Ello le abre horizontes de interés para su obra que, a menudo, simplemente será una expresión literaria, pero llevando en su seno la semilla de nuevas realidades, de un desarrollo humano tanto de índole espiritual como científico.
Pues bien, en el habitual reflexionar del insomnio, que tan fecundo suele resultar para el escritor, al menos para quien esto escribe, meditando sobre algunos hechos desastrados acaecidos a personas cercanas, especialmente a algunas mujeres destacadamente hermosas, buenas y tan adorables como deseadas he alcanzado ese instante de intuición deslumbrante, de conexión con las misteriosas fuentes de información en bruto, indiferenciada e innombrada, pero útil y fecunda que cimenta el progreso humano en todos los campos y, desde luego, obra como fermento básico del acto literario, eso que los románticos denominaban inspiración.
Dichas mujeres, todavía jóvenes, víctimas de diversas enfermedades, mentales unas simplemente físicas otras, eran y siguen siendo hermosas. Además, sus personalidades son deslumbrantes: poseen encanto, inteligencia, son cariñosas, divertidas, solidarias, de altas exigencias morales…lógicamente captan muchas voluntades y brillan como hembras deseadas y deseables.
En dicho contexto que la enfermedad, ciertas enfermedades, las quiebren en plena plenitud como si un rayo las hendiese o un demonio envidioso les saltase a la yugular impregnándolas de infortunio, llena de espanto y desolación a su entorno. ¿Cómo es posible que desde las más altas cimas sean arrojadas a los más deleznables y horribles abismos?¿Y si no fuera una casualidad? Y he aquí la intuición quizá absurda y ridícula, pero deslumbrante, apabullante y terrorífica…¿y si ciertas enfermedades buscasen asegurar la reproducción de los individuos para garantizarse su replicación y pervivencia? Sabemos que el factor genético es relevante y hasta definitivo en la aparición y desarrollo de muchas enfermedades, el cáncer sin ir más lejos. ¿Entonces?
Puede parecer que ando diciendo tonterías, sin embargo existen parásitos que inducen al suicidio a sus huéspedes intermedios para alcanzar a los definitivos. Por ejemplo: Dicrocoelium dendriticum que se agazapa en los rastros de babas de los caracoles a la espera de ser ingerido, en su fase juvenil, por las hormigas alcanzando su cerebro y llevándolas a continuación a exponerse para ser ingeridas por los rumiantes, objetivo final del parásito que alcanzará su madurez en los estómagos bovinos reiniciando así su ciclo reproductivo. O Cardiocephaloides longicollis, trematodo parásito que infecta a los peces conduciéndoles después a aguas someras para dejarse capturar por las gaviotas, o Spinochordodes tellinii que hace que los saltamontes salten voluntariamente al agua para ahogarse y ser ingeridos por peces, o Toxoplasma Gondii que induce a los ratones a buscar la muerte a manos de sus depredadores…los casos son múltiples y no debemos descartar la posibilidad de que algunas enfermedades, incluso mentales, cuyo origen todavía no conocemos bien procedan precisamente de infecciones parasitarias que despreciamos en los diagnósticos o todavía ignoramos. Enfermedades insidiosas que nos manipulan, quizá haciéndonos más atractivos, para reproducirse en nuestra progenie antes de manifestarse en nosotros.
Es simplemente una intuición, pero hay que hacerse preguntas absurdas para encontrar realidades espeluznantes y los medios adecuados para domarlas y someterlas a nuestro control.
© Fernando Busto de la Vega.