
Que nadie se asuste por el título, ni voy a ponerme pedante ni extenderme demasiado en fechas como estas. Simplemente voy a cumplir con el uso higiénico de escribir un poco en la mañana de un día de noche prolongada y, espero, alocada.
Hace no mucho tiempo le pregunté a una chica, en la mañana de su decimo octavo cumpleaños, qué había cambiado y se encogió de hombros un poco decepcionada. Su primer día como mayor de edad era igual en todo al de su último día de minoría. Y, sin embargo, todo había mutado. Aquella noche la fiesta de celebración del tránsito oficializó y dio credibilidad a la transición, a la nueva etapa abierta.
Lo mismo sucede en todo instante liminal: matrimonio, graduación…Nochevieja.
Nada parece cambiar y, sin embargo, de un modo u otro, todo lo hace. Solo el ritual de paso, en nuestros días básicamente una celebración, oficializa el tránsito y nos lo hace creíble.
Nosotros tenemos la cena, las uvas y las largas fiestas. Aprovechémoslas como ritual de paso y divirtámonos cuanto podamos para dejar atrás este 2023 e iniciar el 2024 con buen ánimo…por mucho que la razón nos dicte que va a ser peor año que el anterior.
Parafraseando a Jayam: Bebamos…porque ya hemos envejecido.
Y, de hecho, jamás volveremos a ser tan jóvenes como esta noche. Aprovechémoslo, incluso si estamos ya con un pie en la tumba. Hay que disfrutar hasta el telele final. Es mi lema. Y recuerdo aquí a Sora Kawai: «seguiré corriendo, si caigo que sea entre los tréboles.»

© Fernando Busto de la Vega.