LA CRISIS DE LA AVENA Y LA BICICLETA

Karl Von Drais.

Todos conocemos el famoso tropo de que en el idioma mandarín, crisis y oportunidad son en realidad la misma palabra. Ignoro su grado de certeza, pero reconozco que es un cuento consolador y estimulante.

También reconozco que soy un friqui de la Historia y que ante cualquier situación actual acabo mirando hacia el pasado para comprenderla mejor.

Hoy, en plena subida de energía y carburantes, de carestía del gas y de todas las demás calamidades que nos afectan he hecho lo mismo (durante mi paseo matutino, y después de desayunar, me he permitido descansar a la fresca en un banco debajo de un árbol y eso siempre tiene consecuencias escritas) y he encontrado un interesante paralelismo y antecedente.

Las guerras napoleónicas crearon una situación de crisis muy parecida a la actual. El precio de los semovientes, debido a la enorme demanda militar, se disparó y, además, lo hizo también el de la avena para alimentarlos. Para colmo, el año sin verano (1816) multiplicó la carestía de los escasos cereales acentuando la crisis.

Los vehículos tirados por animales comenzaron a ser insostenibles y empezó a fraguarse una demanda de vehículos automóviles que la tecnología no pudo resolver hasta ochenta años más tarde con la irrupción del coche con motor de explosión.

Sin embargo, hubo un notable inventor alemán Karl Von Drais, que aprovechó la tesitura para impulsar públicamente un vehículo de su invención: la draisiana.

DRAISIANA

En realidad, Drais no tenía intención de solucionar ningún problema energético ni de transporte.

El hombre, que pensaba y observaba, cayó en la cuenta de que uno de los factores más relevantes que limitaban la velocidad de los caminantes era su propio peso, de modo que determinó aumentarla y disminuir la fatiga de los mismos anulando el factor peso y, para ello, inventó un soporte con dos ruedas que vino a ser la draisiana y el antecedente directo de la bicicleta.

La cosa no hubiera pasado de ahí si la crisis de la avena y el encarecimiento de los semovientes no hubieran generado una demanda de vehículos automóviles. Así que en 1817 hizo la primera demostración de su invento en Mannheim y a partir de ahí se desató la demanda solo limitada por lo incómodo del aparato (sin cámaras ni amortiguación) y lo impracticable de los caminos.

No obstante, se abrió un nuevo derrotero que acabaría conduciendo a la bicicleta, pero esto es ya otra historia.

© Fernando Busto de la Vega.

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