UNA GUIRI CON UNA SARDINA

Woman holding a fish toward an unimpressed man on a busy beach
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Este año, por empeño de las dos alegrías de mi vida presente (Aura y Luna), he retomado una vieja costumbre de juventud abandonada hacía ya casi dos décadas: nadar al amanecer en el Cantábrico, en cualquier playa del Cantábrico que me pille cerca.

No negaré que después de tanto tiempo sin ejercitar tan saludable como bucólica costumbre, incluso sin nadar en absoluto, me dominaba la preocupación. Al principio, todavía oscurecido, me limitaba a dar saltitos en la orilla huyendo con grititos ridículos de las olas y haciéndome el indolente y el reservón con la esperanza de que mis acompañantes se aburrieran y me permitiesen abdicar de este intempestivo regreso a la juventud (por cierto, he de reconocerlo, los bañadores ya no me quedan igual… ¿habré engordado desde entonces?), pero mis chicas son inasequibles al desaliento y hasta creo que tienen un punto de sadismo `a deux que las convierte en muy pesadas e implacables. Quiero decir…siempre me impulsan y se empeñan en no permitirme prescindir de lo que suelen denominar «experiencias vitales únicas» , las muy… adorables.

Resumiendo: que yo remoloneaba en la orilla quejándome de la oscuridad y de la temperatura del agua mientras ellas, con sus minúsculos biquinis (ignoro para qué los usan si el área que cubren es prácticamente despreciable… en tamaño, no en interés), reían implacables y tiraban de mí hacia el mar con hechuras de sirenas inflexiblemente crueles, relamiéndose quizá mientras pensaban en el suculento festín que podía llegar a resultar. Como el amanecer avanzaba también con decisión inmisericorde y era de temer que adentrándose en la mañana comenzaran a llegar testigos incómodos e indeseables, opté por el riesgo y la firmeza. Aparté a mis preciosas (pero tiránicas y despiadadas) acompañantes y con decisión y desdén ante las aguas frías y los riesgos esperables me adentré en el mar adoptando un continente heroico y estoicamente despreocupado. Pronto dejé de hacer pie y descubrí que podía flotar y desplazarme. Cierto que no con la energía, la habilidad y la elegancia de antaño, pero sin desmerecer de cualquier perrito nadador o cualquier marsopa decidida a haraganear un rato. Me gustó la cosa, y seguí haciéndola.

Poco después mis chicas me hacían compañía, venían a jugar conmigo, y todo parecía idílico y maravilloso…

Pero los dioses tienen su sentido del humor, que a menudo intuyo, pero no entiendo, y como en tantas otras ocasiones en mi vida tornaron lo idílico en surrealista.

Hete aquí, que una vez ganada confianza y mientras Aura y Luna volvían a salir del agua para acostarse en la arena a los primeros rayos del sol matinal (que emergía ocasionalmente de entre su celaje de nubes grises), me decidí a alejarme un tanto más de la costa, mar adentro, recordando la consabida canción de Héroes del Silencio, y mis ya lejanas hazañas juveniles. Y entonces sucedió.

No, no fue el esperable calambre que hace preciso un salvamento inmediato haya salvavidas o no en la playa ni ese cruzarse con un atlético surfista (no te digo ya si es chica) que te mira desde su tabla y su neopreno con el mismo desdén que un millonario lo hace desde su Ferrari cuando te cruzas con él montando una bicicleta eléctrica. No, fue peor. Y más raro.

De pronto, en lontananza, apareció una Zodiac que se dirigió en derechura hacia mí. Su rumbo era agresivo y determinado. En la proa de la embarcación, erguida y con una inconcebible pamela color aguamarina y unas gafas de sol con ridículos cristales del mismo color, venía una robusta vikinga de vaya usted a saber qué costas con una enorme sardina colgando de su mano derecha. Sardina que parecía ofrecerme agitándola mientras se dirigía a mí en una jerigonza extraña, melosa y pronunciada en voz agudísima.

Cuando llegó hasta mí, que sacaba la cabeza del agua y la miraba con el ceño fruncido, no cambió de actitud: siguió ofreciéndome la sardina con zalamera solicitud. La mandé de inmediato a un lugar poco delicado, pero nada cambió. De modo que le di la espalda y nadé con desdén en dirección contraria. No sirvió de nada. Me siguió. El tipo que dirigía la barca prescindió del motor y utilizó un remo. La guiri, pesada y rubia, seguía ofreciéndome la sardina. Hubo un momento en que me volví y le espeté:

—Ásala por lo menos, tía plasta. ¡So petarda!

Pero no me entendió, de modo que enderecé hacia la playa donde mis chicas ya atisbaban con curiosidad la Zodiac que me perseguía a remo.

En cuanto me puse en pie y comencé a andar, el interés de la guiri en mí pareció desvanecerse. Simplemente dejó escapar un desilusionado:

—¡Oh!

Y dirigiéndose a su acompañante algo así como:

—Deter inter sel

Y enseguida la Zodiac se alejó mar adentro. Creo que hablaba en sueco, pero prefiero no saber lo que decía.

¿En serio habré engordado tanto?

© Fernando Busto de la Vega.

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