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UNO DE VILLANCICOS

Parece que en fechas como estas uno debe ponerse a tono. De modo que subiré un breve texto hablando de mis villancicos favoritos.

Confieso que siempre fui raro, excéntrico y, cuando niño y adolescente, un tanto repelente. Ya entonces tenía gustos extraños y cuando las visitas me pedían que les cantase un villancico yo me arrancaba con este del siglo XVI, compuesto por Mateo Flecha el Viejo y conservado en el Cancionero de Upsala: Riu Riu Chiu.

La gente me miraba raro, se intercambiaba miradas desilusionadas porque no me había decidido por Mira como beben los peces en el río o el Tamborilero (rompompompóm), suspiraba y casi le daba las condolencias a mi madre, que sonreía sin pronunciarse. Décadas más tarde sigo cantando, ahora con voz de barítono atenorado y escaso tino musical, este mismo villancico.

Pero tengo otros favoritos como este moderno de John Rutter intitulado All Bells In Paradise y que expone todas mis deficiencias en la pronunciación del inglés cuando intento cantarlo:

Y, naturalmente, Carol of the bells:

Y ciertas versiones de Gaudete:

En fin: uno tan nacionalista y tan asquerosamente britanizado en gustos de música navideña. Tan pagano y haciendo entradas sobre villancicos.

En fin, acabaré con un villancico profano del siglo XVI tomado del Cancionero de Palacio:

Ahí lo dejo. ¡A cenar!

© Fernando Busto de la Vega.

GRINGO, UNA PRECISIÓN HISTÓRICA Y LINGÜÍSTICA

CARLOS III DE ESPAÑA. EN SU ÉPOCA YA HABÍA «GRINGOS»

Los mexicanos, que tienden al nacionalismo excesivo y a creerse exentos del común de la Hispanidad, renegando a menudo de su innegable herencia española, suelen decir que el origen de la palabra «gringo» se encuentra en la invasión sufrida por parte de Estados Unidos en 1846-1848 en la que, por cierto, perdieron la mitad del territorio que les legamos los españoles (buenos herederos han resultado). Aseveran que las unidades de caballería gringa que marchaban en vanguardia iban vestidas de verde y que atacaban al grito de «go greens!» de donde les vino el apelativo a los yanquis al sur de la nueva frontera de Río Grande.

Está bien traído, pero es mentira.

Por razones que no hacen al caso ando estos días repasando mucha correspondencia y fuentes primarias españolas del siglo XVIII y he encontrado una carta en la que José Nicolás de Azara hablando de los ministros extranjeros de Carlos III (Wall, Esquilache, Grimaldi…) se refiere a ellos como gringos a mediados de la década de 1760, unos ochenta años antes de la invasión yanqui a México, luego el origen de la palabra es claramente anterior.

Qué se le va a hacer…

UN GRINGO CUALQUIERA

© Fernando Busto de la Vega.

UNA CENA ENIGMÁTICA

QUIÉN SABE…CON UN POCO DE SUERTE…

Lo sé: está mal escuchar las conversaciones ajenas por la calle, pero hay momentos en que cuando los demás están medio sordos y se dedican a gritar en la acera de una callecita tranquila y no demasiado ancha uno no puede evitarlo y, claro, eso tiene sus consecuencias.

Me ha sucedido hoy, de regreso a casa. Una señora mayor, a todas luces dura de oído, hablaba por el móvil, con el manos libres, con otra en no mejores condiciones físicas. Esta segunda afirmaba que ya había comprado la cena de Nochebuena y procedía a congelarla. La primera mostraba su aprobación y preguntaba en qué consistía, a lo que la señora al otro lado del aparato gritó:

—Una de esas cosas del mar, larga y con ganchos.

—¿Larga y con ganchos?

—Sí.

—¿Una cigala?

—No, naranja no; roja.

—¿Carabineros, calamares?

—¡Ay, chica, no sé! No me acuerdo, en el congelador está…ya veremos en Nochebuena.

Y, lo confieso: la intriga me corroe. Lo peor de todo es que jamás conoceré la respuesta. Lo mejor, que no estoy sometido a la incertidumbre ni al más que posible chasco del 24 de diciembre.

¿Qué será lo que ha comprado la vieja? ¿Por qué se refería a ello en singular?¿Habrá para todos?

Nunca lo sabremos.

Estas son mis dudas existenciales en estos días.

© Fernando Busto de la Vega.

SAN EXPEDITO, ESE PAGANO

Como saben bien quienes me siguen, soy pagano y, sin embargo, devoto de San Expedito. Nadie debe extrañarse, un pagano, por definición, respeta y rinde culto a todos los dioses mayores y menores y a los espíritus poderosos especialmente si son ayudadores y milagrosos como San Expedito. Un pagano sabe también que un mito (existe la firme sospecha entre los propios cristianos de que San Expedito nunca existió, de que es uno de tantos santos inventados por el mentiroso y descarado Eusebio de Cesárea) cumple funciones de realidad divina y, al tiempo, de enseñanza espiritual y teológica (esto es algo que ignoran los cristianos y, todavía más los musulmanes, Mahoma era un ignorante sin profundidad teológica, filosófica ni espiritual y las sectas surgidas de él mantienen esa ignorancia, exceptuando a ciertos sufíes, no todos).

Si existe el mito y la acción divina y espiritual del ente, importa poco si tuvo realidad carnal e histórica o no. Hay entidades que vienen del mundo espiritual y se manifiestan en el físico como realidades míticas y no por ello son menos reales (salvo para aquellos que no entienden nada y se aferran simplemente a una realidad unidimensional). En ese sentido, para mí San Expedito, fuera o no un centurión romano martirizado en Melitene (actual Malatya, Turquía) es un espíritu poderoso, un dios menor dispuesto a ayudar a los menesterosos y eso (y algunos de sus favores) me basta para reverenciarlo.

Ahora bien, precisamente como pagano estoy en mejores condiciones para entender su mito y su significado que los propios cristianos. Porque el mito, el nombre del santo y su funcionalidad son plenamente paganas y marcan un importante hito en el desarrollo popular de esta religión en el tramo final de su libertad, antes de ser aplastada por las sectas cristianas.

De Expedito se cuenta que en cierta ocasión un cuervo se le presentó graznando la palabra «cras», «cras», esto es: mañana, mañana y él le pisó respondiendo:«hodie», «hodie», es decir: hoy, hoy. En el mito cristiano, que deforma y malinterpreta lo sucedido, se especifica que el cuervo, portador de mensajes diabólicos (en realidad lo es de Apolo y Odín) intentó detener la conversión del santo que estaba a punto de abrazar el cristianismo y este lo despreció sin atender a la argucia demoniaca.

En realidad, desde el paganismo el mito tiene otro significado: el cuervo es, efectivamente, un pájaro oracular que transmite la voluntad de los dioses, especialmente Apolo, a los humanos. Pero en el paganismo los humanos deben respetar a los dioses, no temerlos u obedecerlos ciegamente, luego la voluntad divina puede ser ignorada (el propio Ruy Díaz de Vivar en el Romance del Mio Cid tiene cuervos contrarios cuando sale de Castilla y rechaza el augurio con gestos de significado mágico y religioso) y triunfar a pesar de ello (ahí está Ulises luchando contra la furia de Hera y logrando regresar a Ítaca) y San Expedito (incluso con su propio nombre que significa el que elimina los obstáculos y abre los caminos) viene a ser un dios menor que ayuda al ser humano precisamente a eso: a ignorar la voluntad divina contraria, quebrar los malos augurios y conseguir aquello que se precisa y es justo. Ese es el verdadero significado de su mito, inscrito en la tradición prometeica y hercúlea.

No debemos a este respecto olvidar otro elemento del mito cristiano que nos remite directamente al paganismo. Según los hagiógrafos de Expedito, este pertenecía a la XII Legio Fulminata, fundada por Julio César, y cuyo mito trataron de apropiarse para el cristianismo. Se cuenta que esta legión llegó a encontrarse en una situación extrema, cercada por los enemigos y carente de agua que beber. En esa tesitura sus integrantes (que según los hagiógrafos eran cristianos y rezaron a su dios) invocaron la ayuda divina y fueron escuchados estallando una tormenta con poderosos truenos y relámpagos que espantó a sus enemigos y les proveyó del agua que necesitaban salvándoles tanto del cerco como de la sed. La interpretación cristiana atribuye el milagro a su dios, pero lo cierto es que el dios del trueno y el relámpago era Zeus, Júpiter si lo preferimos. El relato, es pues, plenamente pagano.

Ahí lo dejo.

© Fernando Busto de la Vega.

¿QUIÉN PIERDE EN UNA FUSIÓN BANCARIA?

La desvergüenza de los plutócratas es proverbial y obscena. Muestra sin ambages ni celajes su paupérrima condición moral, su exclusiva dedicación al lucro sin freno alguno y a justificar sus desafueros con toda clase de trucos, estafas y mentiras.

Estos días en España estamos asistiendo al colmo de los colmos. En el transcurso de una opa entre dos grandes bancos (que algunos quieren llamar fusión) el atacante ha lanzado una insistente campaña publicitaria para convencer a los accionistas del atacado para que se dejen sodomizar por el ímpetu avaricioso de los directivos del primero. Su argumento es sencillo: con la «fusión» todos ganan. Uniendo fuerzas serán más grandes, más poderosos…aunque mandarán los del banco atacante.

No deja de ser remarcable la desfachatez del banco atacante que deja de lado en su publicidad a sus clientes y usuarios (y demuestra así el respeto y la estima que les tiene, lógica dejadez en un escenario tendente al monopolio y que en cualquier caso es ya un oligopolio poco regulado y nada contenido por el Estado) para centrarse en los accionistas del rival.

También es de notar esa retórica del «todos ganamos» (aunque mandaremos nosotros, como es natural). Retórica notable y falsa. No todos ganan en una operación semejante. ¿Quién pierde? Pues, para empezar, los empleados. Ya sabemos que a toda fusión bancaria o empresarial sucede una riada de despidos. Mucha gente va a quedarse en la calle. Para seguir: los clientes. A toda fusión sigue un reajuste no solo de plantilla sino también de ubicaciones. En conclusión, habrá menos oficinas, menos cajeros, peor servicio (esto está implícito en la idea de fusión). Además, toda fusión es un paso hacia el oligopolio y finalmente hacia el monopolio y ello lleva consigo un creciente desprecio al cliente cuyas opciones electivas se van reduciendo hasta convertirle en sujeto inerme a merced de la depredación de las grandes corporaciones.

Así que digámoslo con claridad: con estas fusiones algunos ganan (unos más que otros) y casi todos perdemos.

Digámoslo también alto y fuerte: un mundo en que los banqueros tienen las manos libres y marcan las reglas de juego es un mundo mal organizado, inmoral, despreciable e injusto. Los usureros y especuladores han de ser contenidos, vigilados, eliminados incluso. Da igual la ideología…un régimen manejado por los banqueros, los especuladores y los explotadores es siempre inmoral y, por lo tanto, ilegítimo. Eso sucede con los regímenes liberal-capitalistas, urge, pues, derrocarlos y restablecer el orden.

© Fernando Busto de la Vega.