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NACIDOS PARA PERDER, LUCHEMOS.

Nacemos para perder. Hagamos lo que hagamos, acabaremos muertos. Esta es una realidad indiscutible. Por eso mismo resulta estúpido tener miedo. Y lo malo del caso es que vivimos acojonados.

Nos lavan el cerebro con el espejismo del triunfo pretendiendo que no nos percatemos de la realidad completa. Hasta el mayor de los triunfadores ha perdido mil veces, hasta el más rotundo éxito conduce al fracaso. La cima es el inicio de la decadencia. Quizá podamos construir un imperio, pero seguramente moriremos con él. O, en cualquier caso, moriremos y de nada habrá servido nuestro esfuerzo. Porque tarde o temprano todos los imperios caen y ninguno de nuestros herederos agradecerá nuestro legado, simplemente lo aceptará como un derecho.

Insisto, pues: nacemos para perder y hagamos lo que hagamos acabaremos muertos, derrotados y olvidados. Entonces ¿de qué sirve el miedo?

Teniendo en cuenta que nuestro tiempo es finito y que acabaremos en el desastre carece de sentido tener miedo. Ya estamos muertos y vencidos, luchemos y vivamos. Seamos grandes de espíritu y dejemos en el mundo la huella de nuestra grandeza, que no es necesariamente la de nuestro poder. Tanto el emperador como el mendigo tienen el mismo compromiso consigo mismos: sonreír con calma ante el dolor y los desafíos y triunfar ante las tentaciones inducidas por el miedo, la pequeñez de espíritu y la ignorancia. Todo lo demás, con riqueza o pobreza, en el poder y la gloria o en la base de la pirámide, en la marginalidad, es desperdiciar la vida.

Vas a morir, aprovecha la vida. Vas a sufrir, combate con valentía y disfruta los buenos momentos. Se grande, se generoso, se benéfico, se indulgente…lo demás, no importa. Tal es el camino hacia la divinidad.

© Fernando Busto de la Vega.

ERREJÓN, IGLESIAS, ALGUNA DE SUS CHURRIS Y UNA LECCIÓN POLÍTICA

La estrategia leninista solo resulta realmente efectiva si puede recurrir a la violencia y la represión. Lenin y Stalin sobrevivieron y alcanzaron su posición de tiranos deificados por la izquierda mundial por la capacidad de alcanzar el poder, establecer una férrea dictadura y erigirse en sanguinarios tiranos dedicados a exterminar a sus detractores y aplastar a sus pueblos y a los pueblos sometidos a su agresivo imperialismo.

Cuando la estrategia leninista es de vía estrecha, utiliza los métodos demagógicos y torticeros habituales, pero no conquista el poder y establece una dictadura sanguinaria, consigue algunos éxitos para sus ambiciosos promotores, pero acaba fracasando porque no alcanza el monopolio de la verdad y la mediocridad, falta de ética y de espíritu de clase y patriotismo de sus promotores no pueden esconderse.

Nadie, y lo digo en voz alta, con conocimiento de causa y como sentencia política y filosófica firme, que considere e implemente la utilización de tácticas leninistas para auparse al poder es otra cosa que un demagogo oportunista y mediocre, de calidad humana deleznable. Alguien carente de moralidad y patriotismo, poseído por su propia vanidad y ambición. Gentuza, en suma. De ahí la necesidad que tiene de alcanzar el poder absoluto y utilizarlo para la represión del pueblo y el exterminio de sus colaboradores que, desde el primer instante, son sus rivales.

Iñigo Errejón, Pablo Iglesias y unas cuantas de sus churris (muy feministas, pero sumidas en los círculos femeninos de adoración a machos alfa tan frecuentes en las universidades, manadas conformadas en torno a intelectuales de pacotilla con ínfulas de tipos guais y revolucionarios y conformadas por alumnas y becarias devotas y sometidas; muy feministas, pero subidas por método inguinal y felatorio a los cargos y ascensos que sus caudillos de harén han podido y querido repartirles) han sido víctimas de esta realidad. De su propia mediocridad, de su propia falta de moral, de su hipocresía, de su ambición, de su estrechez de miras, de su vanidad infinita…y de su absoluta estupidez. No hablo de ideologías ni de siglas ni de partidos, hablo de estrategias políticas y realidades humanas. Han fracasado, y acabarán fracasando por completo como individuos y como grupo por su propia ineptitud, por su absoluta ignorancia, por creerse tiburones oceánicos cuando apenas son sardinillas en un minúsculo barril.

Uno a uno han ido siendo expulsados por la fuerza centrífuga de los círculos que asedian el poder y todos por el mismo motivo, el mismo estúpido, perverso y ridículo error de cálculo: utilizar los métodos leninistas de asalto al poder sin tener la posibilidad real ni el valor para alcanzarlo…y ya lo hemos explicado: sin lograr establecer una dictadura sanguinaria y salvaje que oculte la inmoralidad y la mediocridad de los integrantes del clan que asalta la cumbre política con dichas estrategias ambas quedan inevitablemente al descubierto y el demagogo acaba expuesto, ridiculizado, amortizado y fracasando como político.

Estos tipos, y sus churris asociadas, admiran a Lenin, han estudiado a Lenin, pero no lo han asimilado y no han tenido el valor suficiente para lanzarse a fondo en su apuesta por el poder. Son estúpidos y cobardes. Y lo más imperdonable y despreciable de todo: mediocres, vulgares, grises, anodinos.

© Fernando Busto de la Vega.

¿POR QUÉ SE TUMBÓ EL CABALLO? HEGEL LE ZURRA A SCHOPENHAUER.

En 1820, a sus cincuenta años, Georg Wilhem Friedrich Hegel era la indiscutible estrella de la Filosofía alemana y disfrutaba de su fama y su prestigio como catedrático en la Universidad de Berlín, entonces capital del reino de Prusia. Acababa de publicar dos de sus obras más importantes: Ciencia de la Lógica (1816) y Enciclopedia de las ciencias filosóficas (1817) y no tardaría en publicar Filosofía del Derecho (1821). Nadie le disputaba abiertamente su posición y mucho menos después de la muerte de Fichte en 1814.

Pero no todo el mundo estaba satisfecho con esa situación. El joven filósofo de origen germano-polaco Arthur Schopenhauer, que tenía treinta y dos años en 1820, odiaba a Hegel y consideraba su preminencia en la Filosofía alemana una falacia, casi una ofensa personal. Después de haberse doctorado en la Universidad de Jena y pasado un tiempo en Weimar, donde se hizo amigo de Goethe, se trasladó a Dresde, capital del reino de Sajonia, en 1814. Allí redactó la obra que creía iba a revolucionar el panorama de la Filosofía alemana acabando con el reinado de Hegel: El mundo como voluntad y representación.

El libro, publicado en Leipzig a comienzos de 1819 y que en la segunda mitad del siglo XIX y durante el XX sería uno de los más influyentes, pasó por completo desapercibido en aquel momento. No movió ni una sola brizna de hierba del paisaje filosófico alemán. Hegel ni siquiera parpadeó. Humillado y ofendido, Schopenhauer dio un portazo y abandonó Dresde para olvidar viajando a Italia como había hecho en el pasado su amigo Goethe. El viaje de Goethe, que era consejero privado del duque de Weimar y disfrutaba de una desahogada posición económica, duró dos años entre 1786 y 1788. Schopenhauer no pudo pagarse más allá de unos meses en Italia en aquel 1819 (nótese que el libro de Goethe sobre su viaje se publicó en 1817).

De regreso a Alemania, Schopenhauer tenía dos prioridades: resolver su situación laboral y económica y desquitarse con Hegel. De modo que decidió presentarse, en la primavera de 1820, a una oposición para conseguir plaza de profesor de Filosofía en la Universidad de Berlín, donde reinaba Hegel y él mismo había estudiado un par de cursos con el ya difunto Fichte.

Llegó a Berlín entre alharacas sin querer ser discreto ni humilde y lanzando pestes contra Hegel al que se empeñaba en destronar. Todo el mundo se enteró de sus pretensiones y muchos las acogieron con regocijo. El espectáculo era prometedor porque, entre otras cosas, el propio Hegel iba a formar parte del tribunal que determinaría su admisión o no en la facultad de Filosofía de la universidad.

El 23 de marzo de 1820 Schopenhauer se presentó a la prueba de acreditación como profesor de la Universidad de Berlín y expuso sus tesis de manera brillante. Hegel le escuchó con educada displicencia y, cuando le llegó el turno de hacer preguntas, se limitó a hacer la siguiente:

—Si un caballo se tumba en la calle ¿Cuál será el motivo?

A lo que Schopenhauer respondió:

—Los motivos serían dos: por una parte, el suelo se encuentra bajo él. Por otra, el cansancio, que es una característica del estado interior del caballo. Si en lugar de en la calle se hubiera encontrado al borde de un abismo no se hubiera tumbado.

Ahí le estaba esperando Hegel para iniciar su contrataque, para barrerlo y zanjar su hostilidad impidiendo, humillantemente gracias a su argumentación, que pudiese alcanzar su plaza de profesor en Berlín. De modo que comenzó su objeción:

—¿Cuenta usted también las funciones animales entre los motivos? Esto es, los latidos del corazón, la circulación sanguínea…¿son consecuencia de motivos?

Pero Schopenhauer era un hueso duro de roer, disfrutaba de una formación sólida, extensa y en diversos campos del saber y pudo zafarse saliéndose por la tangente: extendiendo su respuesta a otras materias ajenas a la pura Filosofía:

—Estas no se denominan funciones animales. En psicología se denomina así a los movimientos conscientes del cuerpo animal. Y con esto no hago otra cosa que remitirme a la Psicología de Haller.

De todos modos, Hegel estaba dispuesto a tomar su presa, a machacar a aquel arrogante advenedizo recién llegado de Dresde (la capital de un reino rival, un duro competidor de Prusia, si bien el propio Hegel había nacido en Stuttgart capital del reino de Baden-Württemberg) e insistió en su argumentación:

—¡Ah! ¡Pero si eso que dice usted no es lo que se entiende bajo la denominación de funciones animales!

E iba a seguir destrozando al aspirante cuando intervino un médico que se encontraba entre el numeroso público que se había dado cita para asistir a aquel debate, el doctor Lichtenstein, catedrático de zoología de la Universidad de Berlín desde 1811 y director del zoológico de la misma ciudad desde 1813, un experto reconocido, y terció en defensa de Schopenhauer:

—Señor doctor—dijo dirigiéndose a Hegel—discúlpeme si me entrometo, pero he de decir que el señor Schopenhauer tiene la razón en este asunto. Nuestra ciencia denomina animales a las funciones por él indicadas.

Hegel quedó en ridículo, guardo humillante e imagino resentido silencio y Schopenhauer consiguió su puesto de profesor de Filosofía en la Universidad de Berlín. Si hubiera sido menos orgulloso y prepotente a lo mejor le hubiera ido bien, pero continuó insensatamente con su cruzada y estableció sus clases en los mismos horarios que las de Hegel pensando que podría arrebatarle al menos parte de los numerosos alumnos que acudían a las mismas. No lo consiguió. Seis meses después debía abandonar Berlín humillado y aplastado por el éxito y la fama de Hegel. Volvió a Italia dejando en Berlín a su nueva amante, la cantante de ópera de diecinueve años Caroline Medon, con la que mantuvo un largo y tormentoso romance con una serie de hijos de dudosa atribución, pero esta es ya otra historia (que contaremos más adelante, porque somos cotillas y nos gustan los culebrones).

© Fernando Busto de la Vega.

UN MUNDO MEJOR

«Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé…» No lo digo yo: es la letra del tango Cambalache de Enrique Santos Discépolo, popularizado por Carlos Gardel y compuesto en 1934 (para ser prohibido por la dictadura militar del momento en 1943), pero ya entonces no descubría nada nuevo. Que el mundo fue y será una porquería lo sabían ya los sumerios y tampoco les suponía entonces, hace unos cinco mil quinientos años, ninguna novedad.

De ahí que todos llevemos en el ADN la idea de un mundo mejor, de mejorar la realidad. Y ahí radica uno de los graves problemas de la Humanidad.

Querer mejorar el mundo es un deseo loable. Sin embargo, como enseña la sabiduría popular, el infierno está repleto de buenas intenciones.

Nunca he conocido a nadie que quisiera «cambiar el mundo», «conseguir un mundo mejor» que no fuera un tirano en potencia. Todas nuestras utopías ( y recomiendo aquí, in itinere, leer el libro de Tomás Moro) pasan por imponer nuestras creencias, incluso por la fuerza, a los demás y se coronan con una posición de poder omnímodo del salvador de turno. Eso sin contar a los estafadores cuya ambición utópica pasa por usar sexual, laboral y económicamente a sus seguidores sin pretensión real alguna de cambiar nada, salvo su posición de poder y abuso y su cuenta corriente (a ser posible en un paraíso fiscal). Y en este rubro cabe encuadrar a todas las religiones (incluyendo todas las ramas cristianas, budistas e islámicas).

En cualquier caso, el resultado distópico de una pretensión de utopía ya ha sido objeto de muchas reflexiones filosóficas y literarias con Aldous Huxley y su Mundo Feliz (Brave New World, 1932) a la cabeza, no es preciso abundar en ello.

Quizá ese afán utópico no es otra cosa que un subproducto de la ignorancia e inadaptación de la adolescencia correspondiendo el realismo desencantado a la resignación de la edad adulta y anticipo inequívoco de la vejez. Importa poco. Volviendo a Cambalache: «siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, valores y dublé(…) vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos» y no parece que vaya a cambiar la cosa.

Y lo peor de todo es que ni sueño con un salvador ni lo deseo. ¿Salvadores? No, gracias. Los salvadores lo empeoran todo.

¿Renunciamos entonces a mejorar el mundo?…¡Ni por asomo!…Hay que hacerlo, precisamos una revolución. ¿Una revolución sin salvadores, sin utopías?…¡Qué difícil es el equilibrio entre el ansia de mejora y justicia y el sentido común!…He aquí un profundo objeto de meditación filosófica. Quizá dentro de algunos años (si encuentro una solución factible) escriba un libro al respecto. Un libro que nadie leerá.

En fin…aun quedan días de agosto para vaguear y no pensar en nada.

¡Mierda! y por alguna razón desconocida llegados a este punto me asalta el recuerdo de Karina (¿por qué conozco estas canciones?): « Al fin del camino en ti llevarás la fe y la ilusión de vivir, tus sueños siempre se harán realidad en un mundo nuevo y feliz, en un mundo nuevo y feliz, EN UN MUNDO NUEVO Y FELIZ, EN UN MUNDO NUEVO Y FELIZ…

© Fernando Busto de la Vega.

LA LIMITACIÓN INTELECTUAL DE LOS ANGLOSAJONES

Me sucede a menudo: comenzar a leer cualquier voluminoso (y siempre pretencioso) ensayo anglosajón inducido por amigos entusiastas que cifran su formación e información en los engendros «culturales» de la anglosfera y acabar arrojándolo con desidia y desdén poco después de pasar las primeras cien páginas o, con suerte, las doscientas. ¿El motivo? Siempre el mismo: la limitación intelectual de los anglosajones y, por ende, su indigencia cultural y la falta de tino y de interés en sus conclusiones.

Cuando uno se enfrenta a cualquier tipo de ensayo procedente del mundo anglosajón sabe que van a suceder dos cosas: la primera, y muy significativa, es el absoluto borrado de los logros e influencias de España en cualquier campo cultural, filosófico, científico o político. En España se coció la modernidad desde el siglo XV hasta bien entrado el XVIII, pero eso jamás lo van a aceptar los anglosajones.

El problema anglosajón, que puede extenderse al común de los germánicos es, por un lado, su racismo, por otro su envidia y su odio a lo latino (y no hablo de los sudamericanos sino del mundo mediterráneo que implementó y vehiculó la civilización desde Atenas hasta El Escorial durante dos mil años) y su absoluto provincianismo, son paletos.

He explicado ya en algunas otras entradas de este blog como la repulsa de Lutero a lo que encontró en Roma durante su viaje de 1510 no se debía, como después quiso explicar, a la decadencia moral y espiritual de la ciudad. Lo que le horrorizó fue el Renacimiento, el retorno a la civilización que para un monje alemán racista y paleto solo podía suponer el anatema. Toda la reforma protestante, que en la práctica vino a suponer una vía de escape de los germanos a su sumisión moral, política y cultural a la civilización mediterránea, continúa esa línea hasta nuestros días: la repulsa a la civilización haciendo hincapié en el comarcalismo autorreferencial, limitado, xenófobo, supremacista y alicorto de la insulsa pedantería, vacua charlatanería y escasa profundidad intelectual del mundo germano, así como una exaltación de su avaricia y rapacidad.

Los germanos, hay que decirlo, fueron deficientemente civilizados. El hecho, triste, de que permanecieran fuera del Limes romano tuvo, y sigue teniendo, nocivas consecuencias políticas, sociales, culturales y de todo tipo que se traducen, ya en el Romanticismo, en la sesgada, limitada y ruin interpretación de la cultura y el arte europeos (dejando a España fuera y aceptando a Italia solo con reticencias a causa de la influencia de especialmente los músicos italianos en las lerdas y provincianas cortes alemanas) y continúa hasta nuestros días.

Como decíamos, cualquier ensayo o estudio de origen anglosajón que decidamos leer va a tener este defecto: la ignorancia (a menudo no voluntaria, sino ocasionada por la misma falta de conocimientos del pomposo autor habitualmente con doctorados y diplomas en las mejores universidades anglosajonas) de todo el legado mediterráneo y, especialmente, español. Pero no solo este defecto. Además, en su provincianismo autorreferencial que solo mediante el respaldo del poder imperial y económico oculto tras él no despreciamos universalmente (de hecho Inglaterra y Estados Unidos son los dos imperios más provincianos, menos universales y más anquilosados intelectualmente de la historia, incluyendo a los asirios y a los árabes), estos ensayos tienden a ignorar (de nuevo por desconocimiento de los autores, verdaderos eruditos en los parvos campos anglosajones, pero absolutos ignorantes en el resto del ancho mundo) las aportaciones, opiniones y avances de competidores. Ignoran todo sobre Rusia, no saben nada de China, del islam solo guardan imágenes estereotipadas…

En suma, y para no extenderme: es triste que nuestros intelectuales, a los que, como se sabe, desprecio con todo el alma (mientras ellos me ignoran y si llego a inquietarles recurrirán al desprestigio), se nutran precisa y casi exclusivamente de la cultura anglosajona y sigan considerando a la fauna intelectual y universitaria de los decadentes centros anglosajones a ambos lados del Atlántico como referencias principales y ciertas (por cierto que esto sucede tanto en la izquierda como en la derecha) de sus opiniones. Ello demuestra la tantas veces denunciada en estas páginas, decadencia moral e intelectual de nuestra «intelligentsia» y la urgente y perentoria necesidad de enviarla colectivamente al muladar de la historia para dar paso a un renacimiento hispano y civilizatorio.

Aviso: la próxima vez que un tipo culto (o una tipa culta, me de igual) me induzca a la lectura de un cantamañanas anglosajón abandonaré la educación y la moderación para ser didáctico a la antigua. ¡Vienen collejas, tontos del haba!… Y quien avisa no es traidor.

© Fernando Busto de la Vega.