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DE APAGONES Y DE TRENES

El buen gobierno es aburrido, no genera noticias. Simplemente todo funciona como es debido sin que nadie lo note ni le de importancia. Es más administración cotidiana del funcionamiento de la nación que altisonantes declaraciones políticas.

Evidentemente, siempre puede suceder un imponderable. Somos humanos. Ahora bien, cuando estos imponderables empiezan a acumularse bajo una misma administración es signo inequívoco de que esta es nefasta, está en decadencia y resulta perjudicial para sus administrados, para los ciudadanos y la nación.

En España tuvimos el año pasado un apagón general causado por la mala gestión de la red eléctrica y el énfasis demagógico en la implementación de un determinado modelo de producción y consumo y el descuido técnico en el mantenimiento de infraestructuras estratégicas claves. Hace poco, acabamos de tener un accidente ferroviario que no solo ha causado muertos y heridos sino que ha bloqueado las comunicaciones ferroviarias entre la meseta y Andalucía. Y este accidente ha sucedido una vez más por el énfasis ideológico en una determinada opción de gestión y explotación y por el descuido técnico en el mantenimiento de infraestructuras estratégicas claves. Ya no nos encontramos ante imponderables, sino ante un patrón de decadencia, incuria e incapacidad.

Una situación que, además, se resolverá con ese eufemismo tan arraigado en nuestra clase política de la «responsabilidad política». En otras palabras: unos cuantos próceres serán cesados o perderán las elecciones y se harán acreedores no a un castigo merecido por traición a la patria (la incuria y la demagogia deben ser tipificadas como tales) sino a una promoción por medio de eso que se han llamado «puertas giratorias» a ocupar lucrativos puestos directivos en empresas públicas y privadas.

Y lo peor es que, dentro del régimen, no existe alternativa. Gane quien gane las elecciones generales próximas llegaran al poder los mismos inútiles y los mismos traidores con distinto collar.

Esa es la España que tenemos. Insisto en que deberíamos cambiarla cuanto antes.

© Fernando Busto de la Vega.

AL BORDE DEL PRECIPICIO

No solemos pensar en ello porque el Estado y las empresas se encargan de proporcionarnos una falsa sensación de seguridad y estabilidad que nos permite olvidar que nuestro mundo funciona al límite de su operatividad, lo que implica que tarde o temprano sufriremos un evento traumático de consecuencias incalculables. Tranquilos, no estoy aventurando futuros apocalipsis ni profetizando algún género de snow crash, pero sí diciendo que el mundo actual tiende al funambulismo con las consecuencias que ello conlleva.

Hace solo unos días, la empresa Red Eléctrica Española hubo de pedir a las grandes empresas del país que se desconectaran de la red para garantizar el mantenimiento del consumo doméstico evitando un gran apagón. La petición se efectuó sobre las nueve de la noche, en la cresta del consumo doméstico, y decayó pasada la media noche cuando ya la gente estaba acostada en su mayor parte. La crisis sobrevino por la concatenación de algunos factores más o menos imprevistos e imprevisibles: la falta de viento que detuvo la generación eólica, los bajos niveles de los pantanos, que dificultaron la hidráulica (y conviene aquí anotar el hecho a menudo desdeñado de que, como el hombre neolítico, seguimos dependiendo de la naturaleza para sobrevivir) y la parada intempestiva de la central nuclear de Ascó para examinar cierta válvula sospechosa.

Al cabo no sucedió nada, pero pudo haber sucedido todo.

Me pregunto, eso sí: si las empresas que pararon su producción repercutirán en los salarios de sus empleados las pérdidas sufridas y qué sucederá con sus cotizaciones en bolsa y en lo relativo a la inflación, fue un pequeño incidente, pero todos conocemos el efecto mariposa. Me pregunto también qué hubiera sucedido si no se hubiera detectado la citada válvula defectuosa, que sucederá cuando se apaguen las centrales nucleares y dependamos solo de la lluvia y el viento para generar nuestra energía contando, además, con una flota de vehículos con millones de unidades eléctricas…¿Nadie ve los problemas que se aproximan?

Nos vamos a divertir en los próximos años, y a muchos niveles.

© Fernando Busto de la Vega.