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EL VALOR DE LA DERROTA

Young man sitting on curb in urban alley looking distressed with head in hands

No soy en absoluto aficionado a esa nueva suerte de pancracio que resultan ser las artes marciales mixtas, pero debo confesar que me hubiera encantado ver a Ilia Topuria, con su bandera española y entrando en liza con Antonio Banderas cantando la Canción del Mariachi derrotando en las narices del racista Trump al gringo de turno. No ha podido ser, resignación.

Sin embargo, el asunto nos sirve para abordar una interesante reflexión: la del valor de la derrota.

Hasta ayer Ilia Topuria era un campeón invicto, hoy es un hombre sabio y mejor práctico de su actividad. La derrota es devastadora y nos hace envejecer (la vejez en muchos casos tiene más que ver con las experiencias que con la edad), pero nos enseña.

Un campeón (o un general ) invicto, por mucho brillo que expanda a su alrededor no es sino un proyecto a medio terminar. La derrota enseña más que la victoria continua. Sobre todo, que somos humanos y sometidos a nuestras propias insuficiencias. También que la soberbia del invicto es solo un aspecto ridículo de una adolescencia tardía. Nos guste o no, hemos nacido para ser derrotados y, a pesar de ello, seguir peleando. Esa es la verdadera naturaleza de la vida: sobrevivir a pesar de nuestras limitaciones, seguir luchando incluso cuando nos han apaleado y humillado. Saber que, llegado un punto, solo vamos hacia abajo. La culminación es siempre el inicio de la decadencia.

Pero el éxito del ser humano, en realidad de cualquier ser vivo, es sobrevivir a pesar de la decadencia. Persistir a pesar de las derrotas. Sobrevivir.

Es ahora, cuando ha dejado de ser invencible, que Ilia Topuria (y recurro a él como simple ejemplo extensible a todos nosotros) debe demostrar que es grande. No es lo mismo ser victorioso que grande. La victoria no demuestra nada, la grandeza nos constituye…si la poseemos y la sabemos implementar.

El valor de la derrota es, filosófica y humanamente, impagable. Rezad por ella cuando os creáis los mejores. Y dejad de serlo para ser, simplemente, grandes.

© Fernando Busto de la Vega.