
Nada como la vida cotidiana para poner al borde del abismo al filósofo.
Escucho una noticia terrible, trágica, desastrosa incluso: dos hombres sin hogar, dos vagabundos (de los que no deberían existir en ningún país, pero están siempre presentes en todos ellos, incluidos los más avanzados y ricos, cosa que debe inducir también a reflexión) se han enfrentado en las cales de Madrid. De los gritos han pasado a los golpes y las navajas y uno de ellos ha asesinado al otro.
Terrible, como decíamos.
Y, sin embargo, al escuchar una noticia tan luctuosa, tan conmovedora, tan desoladora, quien estas páginas escribe ha hecho una reflexión cruel e inmediata: bien mirado, ambos vagabundos han tenido suerte. El muerto porque ya no sufrirá más. Se acabaron el hambre, el desamparo, la humillación, la deshumanización…en fin: todo lo que representa estar en la calle (en muchos casos, hay que recordarlo, no por demérito del excluido social sino por la inhumanidad y la falta de oportunidades de una sociedad capitalista esencialmente inmoral, injusta y con rasgos colectivos de psicopatía, recordemos a este respecto la letra del tango: «la indiferencia del mundo, que es sordo y es mudo…»). El asesino por una razón similar: ya no dormirá en la calle expuesto a que le quemen vivo unos niñatos pijos o a ser mordido por ratas, desde ahora al menos comerá tres veces al día, podrá ducharse y dormirá bajo techo. Bien mirado, su acto es una siniestra promoción social.
Comprendo que esta reflexión es dura, es cruel, es, lo admito, casi inhumana. Pero, por desgracia, no deja de ser cierta y, como decía al principio, no deja de poner al filósofo a la más descarnada intemperie y cara a cara con lo abisal de la existencia.
Hoy no pensaré mucho en ello porque es viernes y me voy a cenar con dos chicas encantadoras (a las que tengo que citar porque leen el blog y les gusta figurar: Aura y Luna). Mañana no madrugaré y quizá una cierta resaca me ponga fuera de combate. Pero la serenidad llegará…y entonces tendré mucho en lo que pensar sobre la realidad de la existencia y lo que podemos entender como suerte y presunta providencia divina.
Y esta es otra: ¿Puede la Divinidad ser misericordiosa siendo cruel? El teólogo también se encuentra con un cenagal al hilo de esta noticia y las preguntas que implica.

© Fernando Busto de la Vega.