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GUSTAV HOLST, LA ASTROLOGÍA Y LA MÚSICA

GUSTAV HOLST (1874-1934), COMPOSITOR BRITÁNICO CUYA SUITE LOS PLANETAS (1919) RECOMIENDO VIVAMENTE AL LECTOR, ASÍ COMO EL RESTO DE SU OBRA.

Hoy haremos una entrada breve, solo para constatar, como nos gusta hacer aquí de vez en cuando, el misterio de la creación y el modo en el que los mismos estímulos afectan de modo diferente a cada individuo revelando lo que en realidad esconde, su verdadera naturaleza.

Hemos de trasladarnos a unas vacaciones en Mallorca en abril de 1913. Cuatro amigos ingleses discuten sobre astrología. Son el compositor aludido, Gustav Holst, su amigo y protector Henry Balfour Gardiner (también compositor, hijo de un acaudalado hombre de negocios y gracias a ello promotor de una serie de conciertos en el Queen´s Hall de Londres sucedidos entre 1912 y 1913 en los que dio a conocer a una larga serie de compositores británicos contemporáneos, entre los que se contaba el propio Holst) y los hermanos Arnold y Clifford Bax (compositor el primero, y también promocionado en los citados conciertos por Balfour Gardiner, escritor el segundo).

En ese momento Holst estaba estudiando el sánscrito en busca de estímulos musicales, pero a raíz de aquella conversación entre jocosa y supersticiosa muy propia de los anglos del momento, imbuidos de un pensamiento mágico muy poco estudiado en sus implicaciones sociales, culturales y políticas (recomiendo en este punto la lectura de mi ensayo ¡Esta vivo! …Espera, no que algo dice al respecto), cambia de objeto de estudio y se pasa con armas y bagajes a la astrología.

Seis años más tarde, además de haberse convertido en uno de los más eficaces elaboradores de cartas astrales y pronósticos de Gran Bretaña, Gustav Holst estrena en el Queen´s Hall, la Suite Los Planetas, que merece la pena escuchar.

Así, desde la charla informal y anárquica, además de un tanto fatua y pseudocientífica, en unas vacaciones mallorquinas llegamos a la creación de una obra artística señera. He ahí el misterio de la creación y de cómo los mismos estímulos revelan la verdadera naturaleza de distintos individuos (si en el grupo hubiera habido un potencial asesino en serie probablemente la conversación le hubiera conducido a asesinatos relacionados con el horóscopo y si hubiera habido un aficionado a la repostería, quizá disfrutaríamos de unos pastelitos «planetarios» que, ahora que lo pienso, me parecen una excelente idea y quizá me ponga a crearlos creando la costumbre de los pasteles-zodiaco).

Lo dejo aquí.

©Fernando Busto de la Vega.

DOS MISTERIOS DE LA LITERATURA

Una novela o un poema jamás son necesarios, muchos incluso pueden considerarse superfluos y, sin embargo, algunos acaban convirtiéndose en imprescindibles.

He aquí un misterio de la Literatura: cómo un efecto propio del ego individual (el escritor escribe porque quiere y lo necesita, el proceso literario es plenamente endógeno, aunque acabe convirtiéndose en exógeno) acaba convirtiéndose en patrimonio universal o, al menos, común.

Dicho esto podemos preguntarnos, dejándonos llevar por el romanticismo o el misticismo, si realmente la producción literaria es o no necesaria. Podríamos vivir sin la Ilíada o sin el Quijote ¿pero seríamos nosotros? Cuando estas obras se individualizaron y se construyeron en el magín de Homero y Cervantes ¿eran realmente un proceso endógeno e individual o, por el contrario, los autores fueron meros cauces de intereses mayores? He ahí otro misterio de la Literatura.

No es necesario profundizar más, baste la enunciación y la invitación a la reflexión como acto mistagógico. Lo demás llegará por sí solo.

© Fernando Busto de la Vega.

MARGARET RUTHERFORD (MISS MARPLE, OF COURSE)

Agatha Christie no se cuenta entre mis escritores favoritos. Detesto sus mecanismos de relojería, fríos, distantes, sin gracia, tan ingleses, tan vacuos, tan perversamente hipócritas y clasistas. Obviamente, tampoco experimento ninguna simpatía por sus personajes, todos ellos olvidables y detestables.

Sin embargo, existe una excepción cuyo mérito no es directamente atribuible a Doña Ágata sino a una intérprete de esas que se cuentan en el número de las características, señoras entradas en años, sin ninguna belleza física, damas alejadas en todo de lo que uno fantasea cuando piensa en actrices, pero tocadas por el talento y el encanto de las tías solteronas o las abuelas cariñosas, curtidas por décadas de experiencia sobre los escenarios y en estado de gracia. Me refiero en este caso, lógicamente, a Margaret Rutherford y sus interpretaciones de la señorita Jane Marple en el cine de consumo inglés de los años sesenta.

Recuerdo que estas películas, sin grandes pretensiones más allá del entretenimiento del público, se proyectaron en la televisión española allá por mi adolescencia y más adelante pude verlas en versión original (donde la actuación de Margaret Rutherford gana, como cabía esperar, quilates de calidad). Ahora yacen olvidadas. Quizá su simplicidad, su presentación en blanco y negro, su falta de alharacas técnicas las convierten en insípidas para un público moderno sin demasiado criterio, empachado por el exceso de efectos especiales y, es muy posible, que la falta de aprovechamiento adoctrinador que presentan para determinados poderes y sectas que nos gobiernan las releguen al almiar de lo olvidable, pero merece la pena recuperarlas. Es, si la última razón mencionada para su olvido resulta cierta, incluso un acto subversivo.

Son apenas cinco películas estrenadas entre 1961 y 1965: Murder, She Said (1961), Murder At The Gallop (1962), Murder Most Foul (1964), Murder Ahoy! (1964) y The Alphabet Murders (1965), totalmente irrespetuosas con el canon de Agatha Christie y tocadas por el humor y el encanto de la actriz protagonista, que pasaba de los setenta cuando las protagonizó y hubo de retirarse después de la última aquejada por el alzhéimer.

Hay que verlas.

© Fernando Busto de la Vega.