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NOTKER BALBULUS, UN INNOVADOR MUSICAL DEL SIGLO IX

Vivimos tiempos de ignorancia y oscuridad, razón por la cual el común de los mortales ha olvidado a grandes figuras de nuestra historia y nuestra cultura, personajes que fueron determinantes y significativos en la evolución de esta Europa nuestra ahora amenazada de nuevo por la barbarie y, lo que resulta todavía más triste y preocupante, nadie tiene el más mínimo interés en recordarlos o aprender sobre ellos. Sé, de hecho, que este es uno de esos artículos que nadie leerá, pero no me rindo. Uno de mis empeños es ilustrar al ciudadano común, de cultura media, sobre momentos históricos y culturales y personajes señeros que desconoce y, a pesar del generalizado desinterés y la sospechosa enemistad del algoritmo (hay mucho que hablar sobre el sesgo ideológico y proyanqui de los algoritmos) no cesaré en mi lucha.

Por lo tanto, hoy escribiré sobre Notker el Tartamudo, que eso significa su apodo de Balbulus.

Fue un monje del monasterio de San Galo, en Suiza, que, además de escribir una crónica histórica sobre Carlomagno que todavía hoy, junto con la de Eginardo, es la mayor fuente de información sobre las Francias occidental y oriental en el siglo IX, revolucionó la música culta de su tiempo (la eclesiástica) sumándose a la corriente de introducción de tropos en la misma e inventando, o al menos dando carta de naturaleza y popularidad en Alemania e Italia, a la secuencia.

Sabemos poco de Notker (o Notquero, si quisiéramos españolizar su nombre), pero lo suficiente para asegurar que debemos su genialidad y sus enormes aportaciones a la cultura europea a una tremenda desgracia infantil o juvenil. Algo horrible, no sabemos qué (¿una enfermedad? ¿un acto de violencia?) le provocó un severo trauma físico y mental que le inhabilitó para la vida seglar conduciéndolo a la monástica.

Notker nació en torno al año 840 (en tiempos de Luis II el Germánico) en el actual territorio suizo, que entonces era todavía parte de la Francia Oriental (futura Alemania), en el seno de una acaudalada familia que poseía tierras en Turgovia, junto al lago Constanza, al lado mismo de la importantísima abadía de San Galo (fundada en 612 por un monje irlandés de ese nombre, compañero de San Columbano y en la cual funcionaba una importante escuela monástica, equiparable en cierto modo a las universidades modernas, para entendernos, desde los tiempos de Pipino el Breve), y, por lo tanto, parecía destinado desde la cuna a convertirse en un señor secular dedicado a la política y la guerra, pero, como sabemos, algo sucedió. En su infancia o primera adolescencia Notker sufrió la pérdida de sus dientes y el trauma le produjo una pronunciada tartamudez. Esto le incapacitó para la vida secular y le llevó a buscar refugio en la cercana abadía de San Galo donde fue formado en la ya citada escuela monástica hasta convertirse en un erudito.

Dispuso allí de maestros de gran talento, algunos discípulos del mismísimo Alcuino de York, uno de los activos más importantes del renacimiento carolingio, y dedicó años junto con otros condiscípulos que alcanzarían también la fama y el debido reconocimiento (Tuotilo, Ratpert, nombres que no os dirán nada, pero de los que seguramente nos ocuparemos en un futuro) a formarse intelectualmente en la severa disciplina benedictina que imperaba en la abadía de San Galo. Con el tiempo alcanzaría en ella altos puestos (entre otros, el de bibliotecario en 890) y se convertiría en apreciado consejero del emperador Carlos III el Gordo (reputado por inepto en todo el ámbito carolingio, pero al cabo su soberano) que llegó a hacerle el enorme honor de visitarle en su propia abadía en diciembre del año 883.

No obstante, como el propio Notker dejó escrito, su formación, especialmente la musical, no dejaba de traerle problemas. Como monje, una de sus ocupaciones era cantar varias veces al día los oficios divinos y eso, a mediados del siglo IX, no resultaba sencillo. El canto llano, que llamamos gregoriano, llevaba al menos dos siglos sufriendo una evolución de lo neumático a lo melismático, en pocas palabras: acumulando notas y más notas sobre sílabas únicas y esto convertía el canto, en una época en que las melodías se confiaban casi absolutamente a la memoria, en algo complejísimo y difícil de recordar. El instinto melódico ya no servía para cantar adecuadamente, y esto le resultaba extraordinariamente engorroso a Notker, que se desesperaba.

Por supuesto, había muchos otros monjes en su situación a lo largo y ancho de la Europa carolingia y algunos, especialmente en el noroeste de la Francia Occidental, venían reaccionando al exceso melismático con métodos asertivos de origen mnenotécnicos que evolucionaron rápidamente hacia la creación poética, llenando los huecos de las largas fluctuaciones de notas sobre una sola sílaba con palabras que aliviaran la sucesión de gorgoritos inútiles. Es decir: mediante la técnica del tropo (o de los tropos, puesto que al menos hay tres tipos de ellos que no vamos a detallar aquí).

Muchos monjes de la Francia Oriental, que debieron huir de sus monasterios cuando los destruyeron los vikingos, buscaron seguridad y refugio tierra adentro, donde suponían que estos ataques no llegarían, se refugiaron en numerosos monasterios de Alemania y, por supuesto, también en San Galo llevando consigo esta nueva técnica (y moda) de los tropos, que entusiasmó a Notker quien la adoptó de inmediato para poder, por fin, memorizar los inacabables melismas que debía ejecutar en el coro.

Pero la cosa no quedó ahí. Para entonces ya era un erudito reconocido y disfrutaba del suficiente prestigio como para que las autoridades monásticas y episcopales le permitieran innovar y para que sus innovaciones se extendieran de abadía en abadía por toda Alemania e Italia, fue así como, experimentando, pasó de los tropos a la secuencia generando toda una nueva corriente en el canto llano que afectó al modo en que se rezaba, se cantaba y hasta se componía poesía (incluso popular, aunque esta no ha llegado hasta nosotros) en toda Europa. De hecho, llegó incluso a modificar la estructura de la misa.

Murió hacia el año 912, ya en los estertores de la dinastía Carolingia y en los albores de la Otoniana, una nueva época que él mismo había contribuido a crear. En la Iglesia Católica ha alcanzado tan solo el grado de beato, pero en la Ortodoxa Griega se le considera oficialmente un santo.

Espero que este pequeño resumen os anime a preocuparos más detalladamente por esta señera figura de nuestra cultura.

© Fernando Busto de la Vega.

VANIA (UN CUENTO VAMPÍRICO)

¿La amaba? Es posible, pero eso no evitó que, llegado el momento, le clavara aquella estaca en el corazón.

Digo que es posible que la amara porque nada estaba claro en la penumbra negativa y ominosa que Vania irradiaba minando y envenenando su entorno, una penumbra que iba apartándote poco a poco de la realidad, arrastrándote, si lo permitías, hacia su torbellino autorreferencial, a su abismo de egoísmo y parasitismo. Una penumbra llena de fantasías y promesas de felicidad que nunca se cumplían porque solo existían como señuelo para la caza.

Vania era capaz de sumergirte en grandes representaciones que parecían la realidad misma. Abandonándote a su abyecto influjo podías vivir grandes y lujosas fiestas que surgían de la nada en medio de la noche, idílicos momentos que parecían tan reales, los placeres y pasiones más exaltadas, experimentar vívidamente con ella las más arrebatadoras escenas y promesas de amor…Pero toda esa realidad, que parecía la verdadera realidad sin serlo, aquel mundo estupefaciente y adictivo, ella misma resultaba adictiva cuando lo deseaba con su belleza, su sonrisa de niña inocente, su voz dulce y seductora, iba difuminándose con el avance de la madrugada. Según se acercaba el amanecer iba quedando en ella solo el egoísmo, el ansia de sangre, la depredadora, la criatura salvaje y psicopática que buscaba alimentarse no tanto por necesidad como por vicio.

Ya he dicho que Vania y las falsas realidades que destilaba como telas de araña eran adictivas y confieso que yo me dejaba llevar, disfrutándolas. El secreto para sobrevivir radicaba en ser muy consciente de que se trataba de alucinaciones, de recreaciones destinadas a convertirte en víctima, en sujeto parasitado. Bastaba con estar atento a los primeros síntomas de su cambio para evitar ser mordido. Afortunadamente, ella también disfrutaba de aquellas fantasías en las que podía olvidar su verdadera naturaleza experimentando la ficción de ser la mujer encantadora, hermosa y enamorada que fingía ser para seducirme. Le gustaba la idea de amar y ser amada, de vivir la quimera que creaba para cazarme y eso me beneficiaba. Yo le seguía el juego, dejaba pasar la noche, disfrutaba, me divertía…y el amanecer iba acercándose, de modo que su tiempo para la caza se agotaba casi sin que se diera cuenta.

Yo iba distrayéndola con arrebatadoras palabras de amor, con divertidas historias, escenas románticas, placeres eróticos…y el tiempo pasaba. Éramos felices en la tela de araña que ella tejía para mí y su conversión, su ansia, su hambre iba posponiéndose. Al final, inevitablemente, aparecía. Pero yo la conocía y estaba preparado.

Cuando emergía su verdadera naturaleza me encontraba prevenido. Había signos previos que avisaban. Vania iba perdiendo atención e interés, las escenas que recreaba perdían nitidez y coherencia, comenzaban a desvanecerse, ella misma se tornaba paulatinamente más agresiva, egoísta y taciturna…la mujer encantadora iba disolviéndose en el éter y el oscuro y desagradable vampiro tomaba progresivamente posesión de su rostro encantador y su cuerpo delicioso. Resultaba sencillo prevenir el brote. Una víctima deslumbrada quizá podía ser engañada y parasitada. Yo siempre mantuve el control.

Para dominar la furia vampírica de Vania no hacían falta crucifijos ni ajos, eso forma parte del folclore. Bastaba mantenerse firme, negarse con determinación a sus deseos, a sus ansias de sangre. En ocasiones, si se ponía demasiado agresiva, era preciso recurrir a la intimidación física. Reducirla y arrastrarla sin contemplaciones a su sótano y encerrarla allí.

Entonces volvía a mostrarse dulce y seductora. Trataba de engañarme con su preciosa voz y su actitud humilde e insinuante para que le abriera. Naturalmente, nunca conseguía engañarme. Cuando comprendía que no iba a lograr seducirme, aparecía de nuevo la furia y la rabia del monstruo. Comenzaba a gritar, a insultar, a golpear la puerta con fuerza sobrehumana, buscando derribarla para saltar sobre mí y devorarme…hasta el amanecer, luego parecía difuminarse, o dormirse, o esconderse…no sé. Nunca cometí la estupidez de abrir la puerta para mirar.

Ya he dicho que me gustaba vivir la fantasía que Vania generaba y que, a la vez, jamás dejé de experimentar el halo de negatividad y egoísmo malvado que irradiaba envenenando el ambiente a su alrededor, por eso la soporte aquellos meses con la certeza absoluta de cual sería el final. O yo acababa con ella o ella acababa conmigo. No había más.

Al final, una bestia del averno es siempre una bestia del averno por muy hermoso cuerpo y rostro de mujer que adopte, por muy embriagadoras que sean sus fiestas y muy convincentes y dulces sus simulacros de amor y sus arrebatos de pasión. Por eso acabé ensartándole aquella estaca de madera en el corazón. Lo de la estaca no es folclore, funciona.

¿Cómo la conocí?

Apareció una noche sin más en mi trabajo. Soy vigilante de seguridad con turno nocturno en un caserón antiguo que el ayuntamiento va a convertir en museo.

Una noche la encontré sonriente y seductora, vestida de negro, en la oscuridad de un rincón. Tenía la apariencia de una mujer hermosa y agradable, pero supe desde el primer momento que no era de este mundo y que buscaba mi perdición. Me aburría, sin embargo, y sentí curiosidad. Le hablé. Poco a poco, mientras reconocía su existencia, su realidad, conversando y hasta bromeando con ella, su presencia se afianzó y fue tomando posesión del espacio, de la realidad, como una niebla oscura y amenazante, pero terriblemente seductora. Yo mismo le permití conscientemente traspasar el umbral entre los dos mundos…y yo mismo acabé con ella cuando me harte de aguantarla y se hizo insoportable.

Decía llamarse Vania y no recordar el origen de su naturaleza parasitaria. Simplemente afirmaba que había aparecido en aquel rincón oscuro porque me amaba y el amor que sentía por mí la había traído a la vida (pero yo sabía que era mentira).

Decía que necesitaba, ansiaba, mi sangre para consumar una unión mística en la que todas las fantasías que era capaz de conjurar cada noche se convertirían en realidad eterna. Fui más listo que ella, nunca la obtuvo y, llegado el momento, la eliminé.

© FERNANDO BUSTO DE LA VEGA.

LIBROS DE AGOSTO

Esta va a ser una entrada más sentimental que literaria, pero no por ello dejará de tener algún interés para el lector desocupado ávido de encontrar algún libro más o menos clásico al que hincarle el diente.

Sucede siempre, en cuanto se acerca el mes de agosto me asaltan deseos de colocar sobre mi mesilla de noche (donde ahora tengo una biografía de Negrín y un estudio sobre la guerra de la Vendée, y los habituales volúmenes de Basho, San Juan de la Cruz y Rumi) dos libros: Últimas Tardes con Teresa, de Juan Marsé y Tuareg, de Alberto Vázquez Figueroa. Son, sin duda, dos grandes novelas. Dos lecturas amenas y apasionantes cada una en su categoría, pero la verdadera razón de este deseo, como he dicho, es puramente sentimental.

En lo tocante a Tuareg, de Vázquez Figueroa, me recuerdo a los trece años, en el viejo y amplio caserón con fantasma incluido en el que vivíamos entonces mi madre y yo, leyéndolo con fruición. Puesto que la historia transcurría en pleno desierto, para ambientarme mejor, me parapetaba en uno de los balcones, cobijándome del sol bajo una de aquellas añosas y maravillosas persianas de madera, entre las cuatro y las seis de la tarde, en medio del calor más acuciante y feroz del día. Mi madre, Diamantina, me reñía y me invitaba a dormir la siesta o, al menos, refugiarme en la fresca sombra de mi habitación, yo la ignoraba e integraba el sudor y la intensa canícula en la que parecía fundirse el lapislázuli del cielo para disfrutar mejor de aquella historia sahariana…hasta que, a eso de las seis, mi amor de entonces, la que sería mi primera novia, Belén (un ángel de larga melena rubia, grandes ojos verdes y rostro de anuncio) regresaba de la piscina y, pasando bajo mi balcón, me llamaba…ahí terminaba la literatura y comenzaba el verano.

Son estos intensos recuerdos de primera adolescencia y no tanto el libro en sí, lo que me llama a retomar la lectura de Tuareg, cosa que casi nunca hago. Lo que sí se repite cada año es la lección aprendida entonces. Yo con trece años ya quería ser escritor. Ya lo era, de hecho. Y Vázquez Figueroa me enseñó una lección fundamental: se puede ser buen escritor, escribir grandes libros, trascendentales incluso, sin encastillarse en la pedantería y la erudición vacua y sin sentido. Escribir, y este es un mantra y un mandamiento para mí, es como practicar sexo y cocinar. Ciertamente hay que disfrutar, pero pensando también en los demás, en quienes van a participar de la liturgia (sea esta literaria, sexual o gastronómica) y ponérselo fácil. Eso, en parte, lo aprendí a los trece años con Tuareg de Vázquez Figueroa.

Últimas Tardes con Teresa es harina de otro costal. De hecho, debo confesarlo, Juan Marsé es uno de los pocos escritores contemporáneos por el que siento algún respeto y esto debe notarse en mi día a día.

En este caso la melancolía me conduce a otro verano, el de los quince años.

Fue un verano de mucha limonada y aún más café con hielo, de esconderse por los rincones y quemar las madrugadas, de creer en la música como vía de escape hacia las estrellas y componer y cantar canciones con los amigos, como tantos otros chavales de nuestra edad. Un verano que creí adulto y fue la quintaesencia de la adolescencia exaltada.

Y en esto: Teresa, el Pijoaparte, Maruja, la lucha de clases, la diferencia de barrios, las motos robadas, las chicas medio desnudas en las playas, la maldad de los celos, la desesperación de los deseos inalcanzables…el amor, las aspiraciones, el engaño, la mezquindad, la impostura…la lección literaria de que toda buena novela debe reflejar la miseria del ser humano, sus limitaciones físicas y morales. Otra gran lección para un escritor en ciernes. Un zangolotino de quince años que lo ignora todo, pero quiere aprender deprisa, que lleva dentro el fuego exaltado de la creación y la procreación, de la filosofía, el idealismo y el amor, de la pasión y el conocimiento absoluto de que la lucha puede conducir a la derrota, sin que ello importe demasiado. Al menos a los demás.

Son dos libros que vienen a mi en agosto por cuestiones sentimentales, pero que, en cualquier caso, recomiendo al lector. Especialmente al lector adolescente (si es que eso sigue existiendo).

Vale.

© Fernando Busto de la Vega.

DOS MISTERIOS DE LA LITERATURA

Una novela o un poema jamás son necesarios, muchos incluso pueden considerarse superfluos y, sin embargo, algunos acaban convirtiéndose en imprescindibles.

He aquí un misterio de la Literatura: cómo un efecto propio del ego individual (el escritor escribe porque quiere y lo necesita, el proceso literario es plenamente endógeno, aunque acabe convirtiéndose en exógeno) acaba convirtiéndose en patrimonio universal o, al menos, común.

Dicho esto podemos preguntarnos, dejándonos llevar por el romanticismo o el misticismo, si realmente la producción literaria es o no necesaria. Podríamos vivir sin la Ilíada o sin el Quijote ¿pero seríamos nosotros? Cuando estas obras se individualizaron y se construyeron en el magín de Homero y Cervantes ¿eran realmente un proceso endógeno e individual o, por el contrario, los autores fueron meros cauces de intereses mayores? He ahí otro misterio de la Literatura.

No es necesario profundizar más, baste la enunciación y la invitación a la reflexión como acto mistagógico. Lo demás llegará por sí solo.

© Fernando Busto de la Vega.

UN PROBLEMA DE AUDIENCIAS (LAS MUJERES QUE NO LEEN ESTE BLOG)

Hace poco hablaba con mi amiga Isabel, fiel seguidora de este blog (cosa que le agradezco), sobre las audiencias ocultas que genera: aquellos del entorno más o menos profesional y social que, negándolo, lo leen. Aquellos que por morbo, curiosidad o temor a verse aludidos entran subrepticiamente en estas páginas y luego las comentan en corrillos a la hora del café (y que lograron hace meses que dejara de contar ciertas andanzas íntimas que no les incumben, pero intuyen y les deleitaría conocer).

Hablando con ella sobre esto, decía, pensé en el otro círculo más íntimo, en todas aquellas mujeres que digamos «me conocen bien», empezando por la que inspiró el reciente artículo sobre romper por WhatsApp y acabando por las que se reúnen conmigo los viernes por la noche, y caí en la cuenta de que ninguna de ellas lee este blog.

Algunas son fieles seguidoras de mis novelas (otras ni siquiera eso), pero ninguna lee este blog.

Buscan mi compañía en la vida real, nos lo pasamos bien…las hay incluso que muestran su complacencia por que «esté en Google» o juegan con Chat GPT haciendo diferentes preguntas sobre mi, pero no leen este blog. Quizá aguantarme en la vida real y a la vez leerlo es demasiado.

No sé…mis amigos, en general, lo leen y me aguantan…tengo amigas que también, pero ni una sola de las que definiremos como «íntimas conocedoras» lo hace. ¿Qué querrá decir eso? ¿Deberé preocuparme?

Sea como fuere, mi autoestima de autor ha quedado por el hecho constatado tal que el dibujito que preside esta entrada: horrorizada, destrozada y a pique de una crisis psicótica con hechuras de jamacuco histérico.

¡Malas putas!

PD.- No preste atención el lector (o lectora) a los extraños testículos del monigote. Nada tienen que ver conmigo, son simples delirios de la IA generativa.

© Fernando Busto de la Vega.