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CURIOSA COSA EL RAMADÁN

Yo interpreto y analizo el mundo desde lo que veo y vivo, desde mi propia experiencia. Naturalmente estoy atento a las ajenas y no dejo de hablar, escuchar, leer y estudiar por todos los medios posibles, pero a la postre la realidad cotidiana que suelo padecer más que disfrutar es el factor determinante en mi percepción del entorno en el que me muevo.

Y, en ocasiones, mejor dicho: con frecuencia, dicha realidad es compleja, ambigua y contradictoria llevando a conceptuar que esa, la complejidad contradictoria, es la verdadera naturaleza de la sociedad en la que vivimos y que cualquier aspiración a establecer teorías generales ordenadas y bien definidas es una gesta vana…quizá, incluso, innecesaria.

Hoy voy a explicar esta intuición, casi ya certeza, con un ejemplo un tanto pícaro, pero muy definitorio.

Tengo un par de jóvenes y hermosas amigas musulmanas (resulta más sencillo seducir y conquistar a las musulmanas en plural que en singular, puesto que la vigilancia «moral» y el cotilleo invasivo e inacabable relacionado con el «honor familiar» pone en serio peligro a cualquier chica díscola que no arrastre consigo a una o dos de sus mejores amigas con las que compartir el pecado bloqueando así la indeseada difusión de su «libertinaje») hartas de corretear y bailar desnudas por mi casa, saquearme la cerveza y acabarme el chorizo y el jamón que, sin embargo, se toman muy en serio el ramadán.

Desde que ha empezado andan por ahí con el pelo recogido (suelen llevar la melena al viento), ropas anchas (suelen ir ceñidas y, a menudo, en manga corta y enseñando el ombligo y hasta los riñones) y la mirada baja. Muy serias. Y han dejado de hablar conmigo. Como mucho me saludan de pasada sin descomponer su continente devoto. Podría decirse que ceden a la presión social de su comunidad y fingen para acreditar su virtud y no incurrir en anatema con los peligros físicos y morales que ello conlleva. Pero, no. No desmienten su actitud pública con su actitud privada. De hecho, han cortado todo contacto privado conmigo. Al menos hasta el Eid Al-Fitr…la fiesta del fin del ayuno, allá por el 8 de abril. Ya me lo habían avisado: son modernas, pero buenas musulmanas.

Interesante estampa de los tiempos que corren: confusos, contradictorios…quizá apasionantes.

© Fernando Busto de la Vega.

AMANTES SIN SEXO

El otro día pude asistir a una curiosa conversación mantenida por tres niñas de doce años. A dos de ellas las habían visto morreándose y sobándose y la tercera acudía a testimoniarles su sorpresa y su pasmo, no sabía que fueran novias, les dijo. La respuesta que recibió resultó antológica y, además de hacerme sonreír, no dejó de conducirme a la reflexión.

—No somos novias—le respondió muy convencida y llena de alborozo una de las interpeladas.

—Solo somos amigas que se besan…y a veces se magrean—sentenció la segunda, no con menos entusiasmo.

—Eso: nos besamos, nos abrazamos, nos sobamos y bueno…tú sabes, pero no…—corroboró la primera, jovial.

—¡Ah, ya me parecía a mí! No me pegaba nada que fuerais novias—suspiró con alivio la tercera sucediéndose un triple abrazo colectivo y entusiasta.

Todo ello me hizo pensar en los límites y definiciones de las relaciones afectivas y sexuales quizá en estos tiempos que corren más ambiguas y desdibujadas que nunca. Si bien, estoy convencido, la claridad taxativa a la que estamos acostumbrados los nacidos y crecidos en el siglo XX no dejaba de ser en su momento una simple convención, un modo de explicar situaciones complejas de un modo sencillo. Ya se sabe, y se decía ya en el siglo XX, que cada pareja es un mundo y a menudo su complejidad las hace incomprensibles a los demás siendo el modo más sencillo de zanjar la cuestión sin entrar en intimidades innecesarias simplificar la respuesta: somos novios, somos amantes, somos amigos con derechos, no somos nada…

Estas disquisiciones propias de escritor, inclinado por tanto al análisis casi entomológico de la conducta humana, sus abismos, complejidades, contradicciones, cambios y evoluciones, me poseyeron durante algunos minutos haciéndome flotar al pairo en el flujo creativo de mi propia mismidad.

Hubo un momento en que casi estuve dispuesto a iniciar una novela con semejante conversación, pero el entusiasmo pasó pronto. ¿Una novela erótico-sentimental protagonizada por dos niñas de doce años? ¿Quién me iba a publicar semejante cosa en un mundo histérico, pacato y puritano como el que padecemos?¿Quién iba a comprarla si se publicaba? ¿Cuántas amigas modernas, feministas y profundamente conservadoras creyéndose progres y modernas iban a dejar de hablarme y comenzar a zaherirme y denunciarme públicamente?…Por no aguantarlas…

En consecuencia, deseché pronto la idea de las dos «amigas de doce años que se morrean, se soban y se masturban mutuamente sin ser novias», he ahí un efecto flagrante y muy gráfico de la censura social impuesta por el neopuritanismo progre que nos controla encerrándonos en gulags virtuales y determinando el contenido último de la literatura y el arte.

Pero seguí pensando sobre las relaciones, sus complejidades y sus ambigüedades llegando a otros puertos, alguno sin duda fruto de los años y la experiencia.

Es probable que nunca llegue a escribir ninguna novela sobre el asunto, pero mucho más interesante y productivo que el de las «amigas adolescentes que se besan» es el de los amantes, no los cónyuges, que ya no follan.

Que el sexo dentro del matrimonio es cada vez un acontecimiento más extraño según pasan los años es un lugar común, incluso del humor cotidiano y popular. Se habla mucho menos de los amantes que van dejando de verse desnudos y refocilarse mutuamente, acaso porque se sobrentiende que cuando eso sucede dejan de ser amantes y se convierten en amigos o extraños. Puede ser.

Por regla general, el fin de la pasión significa el fin del amor y de la relación en las parejas incursas en el adulterio. Pero no siempre es así. La complejidad y la ambigüedad también atacan a dichas parejas. A veces, la pasión, la diversión y el entusiasmo lúbrico que surgen al principio, quizá a los treinta y cinco de ella y los cuarenta de él, se ven interrumpidos por los hechos fortuitos de la vida: un cambio de residencia, una enfermedad, dificultades para verse sin riesgo, miedo a romper el matrimonio y las consecuencias económicas y personales subsiguientes…y al cabo de los años, dos, tres, cinco, siete…como por arte de magia, el sexo desaparece. Sigue todo lo demás: el amor, la vinculación, la confianza, incluso el deseo (dormido o aplazado, pero persistente)… aunque los actos puramente físicos se extinguen. Se convierten en amantes sin sexo. ¿O son ya solo buenos amigos, muy íntimos, que en otros tiempos se vieron desnudos pero ya no follan? Pienso que la diferencia radica en los celos y la sinceridad. Si cualquiera de ellos toma nuevas parejas sexuales sin ocultarlo y sin que el otro se ofenda, son ya viejos amigos (y amigos viejos), de lo contrario…

En fin, meditaciones laberínticas de un escritor que, lo sé, no debería compartir con sus lectores.

© Fernando Busto de la Vega.

ÉTICA Y VEHÍCULOS AUTÓNOMOS

Mi amiga Silvia, que cavila demasiado y siempre anda proponiéndome angustiosos y complejos dilemas éticos, hubo una época en que se interesó por los que se derivan de la programación de los vehículos autónomos. Cosas tales como, si la inteligencia artificial ha de elegir entre la vida de quienes van a bordo o la de los peatones cual debe ser su decisión.

Dedicamos algunas horas y no pocos ociosos cafés a dilucidar estos asuntos.

Mi posición era siempre defender el subjetivismo. Decía que pensaría una cosa u otra dependiendo de cual fuera mi posición en el problema, si me encontrara a bordo del vehículo o fuera el peatón a punto de ser atropellado. Este tipo de conclusiones enervaban a Silvia que me acusaba de eludir el verdadero problema, el del programador.

Finalmente, y después de jugar un rato, yo acababa exponiendo mi verdadera postura, que no ha cambiado al respecto: tripular y usar un vehículo autónomo es una dejación de nuestra libertad y responsabilidad individual. En aras de la comodidad delegamos en un programador ajeno y en una inteligencia artificial tanto el placer de conducir nuestro propio destino como la responsabilidad inmediata de hacerlo. Y este es solo un síntoma de la infantilización y esquematización moral y social a la que estamos siendo sometidos, con nuestro muelle consentimiento, por la cada vez más deshumanizada era cibermoderna.

Nos estamos domesticando a nosotros mismos y no para ser perros de caza o de compañía sino para convertirnos en aves de corral encerradas en grandes recintos de explotación sin horizontes ni problemas, donde toda nuestra responsabilidad individual quedará bajo la supervisión de ese superego anónimo que, sin embargo, tiene razón social, intereses definidos y nos conduce a un solo lugar: el matadero.

Todo nos conduce en esa dirección. Hasta sectas polémicas como el feminazismo o el wokismo cuando reclaman «entornos seguros» (es decir: controlados) y claman contra la responsabilidad individual (aquello de volver sola y borracha a casa o abortar de inmediato y sin más reflexión si no se han sabido controlar los propios instintos uterinos) siguen esa senda: la de esquematizar e infantilizar al ser humano y la sociedad separando al ser humano de su libertad de acción y la consiguiente responsabilidad.

¿Digo con esto que debemos prescindir de los vehículos autónomos?

Digo que debemos seguir al frente de nuestro propio destino: aceptar los múltiples inconvenientes e incomodidades que ello comporta para disfrutar de las indudables ventajas y satisfacciones personales y morales que conlleva.

Seamos libres, seamos adultos.