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LAS FRONTERAS INVISIBLES Y LOS RITUALES DE PASO

Que nadie se asuste por el título, ni voy a ponerme pedante ni extenderme demasiado en fechas como estas. Simplemente voy a cumplir con el uso higiénico de escribir un poco en la mañana de un día de noche prolongada y, espero, alocada.

Hace no mucho tiempo le pregunté a una chica, en la mañana de su decimo octavo cumpleaños, qué había cambiado y se encogió de hombros un poco decepcionada. Su primer día como mayor de edad era igual en todo al de su último día de minoría. Y, sin embargo, todo había mutado. Aquella noche la fiesta de celebración del tránsito oficializó y dio credibilidad a la transición, a la nueva etapa abierta.

Lo mismo sucede en todo instante liminal: matrimonio, graduación…Nochevieja.

Nada parece cambiar y, sin embargo, de un modo u otro, todo lo hace. Solo el ritual de paso, en nuestros días básicamente una celebración, oficializa el tránsito y nos lo hace creíble.

Nosotros tenemos la cena, las uvas y las largas fiestas. Aprovechémoslas como ritual de paso y divirtámonos cuanto podamos para dejar atrás este 2023 e iniciar el 2024 con buen ánimo…por mucho que la razón nos dicte que va a ser peor año que el anterior.

Parafraseando a Jayam: Bebamos…porque ya hemos envejecido.

Y, de hecho, jamás volveremos a ser tan jóvenes como esta noche. Aprovechémoslo, incluso si estamos ya con un pie en la tumba. Hay que disfrutar hasta el telele final. Es mi lema. Y recuerdo aquí a Sora Kawai: «seguiré corriendo, si caigo que sea entre los tréboles.»

© Fernando Busto de la Vega.

CRISTINA PEDROCHE Y EL PIXELADO

La cobardía y la hipocresía me pueden, no las soporto. Tampoco siento especial interés por los ídolos y productos televisivos. Ni para bien, ni para mal. Pero cuando todos estos factores se convierten en síntomas de una sociedad enferma creo obligado, entre mimosa y mimosa (estos días de fin de año sustituyen en mi vida al café con leche con churros como desayuno), echar un terapéutico cuarto a espadas.

Ya conocemos todo ese revuelo perfectamente provocado y concertado por la mercadotecnia en torno al anzuelo del vestido (y cuanto enseña) de Cristina Pedroche en las campanadas de Nochevieja. Se trata de una acertada campaña de promoción y no deja de ser curiosa y entrañable la inocencia con la que tantos y tantas entran al trapo tomándose en serio lo que no deja de ser una boutade. (Hasta yo estoy dejándome arrastrar a la red, como veis…pero hay que contemporizar y aligerar contenidos en fechas como estas).

No obstante, hablábamos de cobardía e hipocresía, y ahí es donde quería llegar. También se ha puesto de moda, como apoyo a la campaña del vestidito de marras, promocionarla con algún vídeo de esta señora paseándose desnuda por ahí…pero, eso sí: pixelada.

El pixelado se ha convertido, no solo en este caso, en uno de los más repugnantes lugares comunes de la sociedad puritana a la que nos encaminan las grandes multinacionales anglosajonas y el histerismo feminista. La cosa es muy sencilla: ¿no comulgas con el desnudo, te parece indecente, impúdico e inmoral? bien: pues no saques a la gente desnuda. Pero si sacas a gente desnuda, no la pixeles. O en misa o repicando. El quiero y no puedo, la hipocresía y la cobardía (y el retroceso puritano de las costumbres y la censura que nos imponen desde las altas esferas y por completo a espaldas de la realidad social) me producen arcadas y no voy a pasar sin denunciarlos…aunque calmaré mi ira con otra mimosa…soy de buen natural.

He aquí un par de mimosas sin pixelar.

PD.- ¿Os habéis dado cuenta de que hemos vuelto a la ñoñería cutre de los años sesenta? ¿Al refrán aquel de «con Fraga hasta la braga?…¿Al querer y no poder? ¿Al presumir de modernos y aplicar la censura más rancia?…Me río yo del siglo XXI.

© Fernando Busto de la Vega.