
La felicidad es esto: la temperatura se acerca a los cuarenta grados y solo una cierta brisa alivia al mundo de cocerse y asfixiarse en pleno resistero. Es día de fiesta y el sol incendia el cielo que parece un océano fundido de lapislázuli y zafiros.
¿Qué hacer?
Sencillo ( y no solo es la felicidad, también un modo de estar en el mundo, un acto de afirmación nacionalista si se quiere): gazpacho, un plato de sardinas asadas acompañado por una sencilla ensalada a base de lechuga, tomate y pepino regado con excelente y frío albariño y, de postre, higos en sazón, sandía y melón, cerezas y un cafecito con hielo, todo ello aderezado con excelente compañía, risas y buena charla.
Luego una larga siesta y, más tarde, tras un vaso de horchata bien fría, jarana hasta la madrugada.
Y claro está: hay que contar a las chicas y el mar.
Nada más que decir ni comentar. Me vuelvo a la cama, a completar mi siesta.
© Fernando Busto de la Vega.