Archivo por meses: enero 2024

AVISTAMIENTO DE UN PÁJARO IMPOSIBLE

PETROICA DE CHATHAM, AVE EN PELIGRO DE EXTINCIÓN QUE VIVE EN NUEVA ZELANDA

Entre las muchas inquietudes de mi juventud que luego no se tradujeron en estudios reglados ni en actividades formales, si bien permanecieron como aficiones y actividades marginales, se cuenta la zoología.

Aunque la Historia y la Literatura absorben gran parte de mi interés y esfuerzo actual, el estudio de la fauna y su interpretación en mi entorno habitual sigue constituyendo una parte importante de mis paseos.

En ese ámbito cualquier observación interesante me entusiasma y me lleva a comentarla si bien, en general, mis interlocutores se limitan a encogerse de hombros con indiferencia. A nadie le entusiasma que, como sucedía hace algunos años, hubiera un martín pescador anidando y zambulléndose justo bajo las torres del Pilar o que un cernícalo primilla anidase en la cúpula del Edificio Pignatelli, o que en ciertos tramos del Canal Imperial ya inmersos en la ciudad de Zaragoza se detectasen deyecciones de nutria, lo que demostraba su subrepticia presencia…

Incluso hubo, y esto lo comento casi a guisa de venganza porque luego las investigaciones serias de ornitólogos vinieron a darme la razón, quien se me rio en la cara cuando le aseguré, a finales del siglo pasado, que había contemplado con estos ojitos que se han de comer la tierra y unos buenos prismáticos ejemplares de gaviota de Delaware en la playa de San Lorenzo en Gijón, en su extremo oriental, donde desemboca el Piles.

EJEMPLAR DE GAVIOTA DE DELAWARE, OBSÉRVESE SU PARTICULAR ANILLO NEGRO EN EL PICO.

Pues bien, hoy, domingo 28 de enero de 2024, paseando entre la niebla por el parque Grande de Zaragoza, he avistado (y desgraciadamente no he podido fotografiar) un ejemplar melánico de petirrojo que no se encuentra entre la fauna local. De hecho, titulo esta entrada como el avistamiento de un «pájaro imposible» porque hasta donde alcanza mi parco conocimiento (y agradeceré cualquier información seria que me desengañe) la única especie identificable con esta descripción es la de Petroica Traversi, la petroica de las chatham, un ave paseriforme cuya fotografía encabeza este artículo y cuyo área de dispersión se reduce a un minúsculo archipiélago en Nueva Zelanda, las islas Chatham. Se trata de un ave en peligro de extinción y cuya única manera de llegar hasta Zaragoza, en España, es alguna forma de contrabando. Sea como fuere, atestiguo haberla encontrado en el dicho parque Grande saliendo de entre la niebla matutina y me aplico desde este mismo instante a intentar localizarla de nuevo y fotografiarla.

Comprendo que este pequeño lance y la exigua aventura a la que da lugar no le interesará a nadie, pero para mí es un hecho lo suficientemente relevante como para inscribirlo en estas páginas.

Y seguiré informando, si hay de qué.

© Fernando Busto de la Vega.

IGUALDAD Y DERECHOS

En una democracia, en realidad en cualquier organización política, los derechos son fruto de las obligaciones asumidas por el ciudadano. No existen por sí mismos según tratan de hacernos creer algunos demagogos iletrados generalmente adscritos a las opciones progresistas y de izquierdas y con el fin último de erosionar el poder de occidente en aras de imperialismos externos como el chino o el ruso.

En ese sentido la igualdad no es en sí misma un concepto válido. Son iguales los que asumen idénticos deberes y se ven beneficiados por idénticos derechos. Pretender los derechos sin asumir los deberes es inmoral, ilegal, despreciable y, si alguien lo consigue, conduce a la decadencia del Estado y la sociedad.

Desgraciadamente tal desmán viene ocurriendo desde hace más de un siglo. Pensemos, por ejemplo, en el voto femenino. Los hombres de la era del sufragio universal masculino adquirían su derecho a voto por sus funciones militares: cumplían el servicio militar e iban a ser mutilados y muertos por la patria cuando había una guerra. Las sufragistas, en cambio, pretendían y obtuvieron el voto sin asumir las obligaciones militares. Tan solo pontificando, creando disturbios callejeros y retorciendo argumentos para salirse con la suya. El resultado de aquello fue una insaciable sed de privilegios (obtener un derecho que otros obtienen por la asunción de sus obligaciones sin contrapartida es un privilegio) y una constante renuncia a las obligaciones propias del ciudadano (no, está claro, de la ciudadana). Ahora no solo quieren un acceso más sencillo a empleos para los que no están capacitadas, y sueldos iguales con menos trabajo y más beneficios (toda esa serie de permisos y exenciones que exigen por el mero hecho de ser mujeres) sino que, además, desertan de su más elemental función social y natural: la maternidad.

En resumen: hemos de devolver los conceptos de Igualdad y Derechos a su verdadero límite político: un ciudadano adquiere derechos en virtud de las obligaciones que asume, y estas obligaciones no se quedan en los impuestos. El primer paso es un servicio militar universal y obligatorio del que las mujeres no puedan escapar y en el que se les exija lo mismo que a los varones. Un servicio militar evaluable y que acredite los derechos a disfrutar por el futuro ciudadano.

La era de la demagogia, si queremos sobrevivir en el mundo hostil en el que ya nos encontramos, debe acabar.

Restablezcamos la autoridad y la exigencia. Dinamitemos y machaquemos a los demagogos a sueldo de los imperios enemigos.

© Fernando Busto de la vega.

SUBIR EL SALARIO MÍNIMO

Subir el salario mínimo está bien. Sin embargo, por sí solo, representa una medida empobrecedora.

En primer lugar, y resulta evidente, esta medida tiene una incidencia directa sobre el crecimiento de la inflación y, por ende, es un germen de empobrecimiento general.

En segundo lugar, si el salario mínimo crece, pero el resto de los salarios permanecen igual lo que se consigue es la compresión de la escala social por el lado inferior. Algunos, pocos, experimentan un avance en su poder adquisitivo (de poco calado real, aunque lo sea en el ámbito proporcional y porcentual, debido a su efecto en el incremento de la inflación), pero la inmensa mayoría acaba viendo amortizados todos sus avances económicos y sociales desde el inicio de su actividad profesional y constriñéndose en el fondo social dando al traste con la clase media e incidiendo en la polarización económica y social y, por ende, desestructurando la nación y la sociedad.

Dicho de otro modo: la ideología es muy bonita en su enunciación, pero puede llegar a ser muy contraproducente y hasta nociva en su aplicación.

En suma: necesitamos menos fanatismo y menos demagogia y más realismo.

No lo tendremos. Los políticos que padecemos a derecha e izquierda no piensan en el pueblo, en la viabilidad nacional ni en los intereses generales, solo en la implementación de dogmas prestablecidos y el control del poder y los fondos públicos para el beneficio de determinadas facciones.

Por eso no nos sirven ni los unos ni los otros. Necesitamos un cambio de régimen y una profunda regeneración moral e intelectual en la política.

© Fernando Busto de la vega.

MILEI, LAS DOCTRINAS ULTRALIBERALES Y LA PROSTITUCIÓN INFANTIL

Javier Milei tiene razón: las propuestas socio-liberales y socialdemócratas han fracasado, sobre todo en Argentina. Son ya un arsenal caduco frente a la realidad actual. Empeñarse en su defensa y en el pensamiento que las acompaña es apostar a seguir fracasando.

Pero Javier Milei tiene un problema: las ideas ultraliberales que él defiende y las ideas a ellas asociadas son un arsenal todavía más antiguo, caduco e ineficaz frente a esa misma realidad. Regresar a la época de Oliver Twist no parece un horizonte ni demasiado deseable ni en absoluto estimulante. Además, los resultados de ese tipo de políticas despiadadas, egoístas y de puro darwinismo social están bien a la vista en toda la América hispana sometida desde el sigo XIX a las doctrinas del capitalismo anglosajón: mafias, niños en la calle, delincuencia, atraso, inseguridad ciudadana, encastillamiento forzado de los ricos en guetos no por lujosos menos asediados…

Combatir el fracaso de unas ideologías caducas con otras que lo son aún más, y mucho más perjudiciales, no parece el camino de un hombre sensato. Podemos, pues, tachar a Javier Milei con epítetos poco halagüeños para su inteligencia e integridad. Sobre todo porque tiene la edad suficiente para conocer un ejemplo palmario de un experimento económico y social como el que él propone. Un experimento del que conocemos perfectamente las consecuencias.

En 1991 Boris Yeltsin se empeñó en pasar del comunismo al capitalismo en 500 días.

Lo hizo y la consecuencia, que ya nadie parece recordar y que a nadie parece importar, fue la extensión de la miseria a millones de familias. Yo estuve en Moscú y Kiev inmediatamente después de aquel desafuero y vi los centenares de miles de niños malviviendo abandonados en las calles. Vi a las niñas de nueve a once años que vestiditas de fiesta, con sus moños y sus grandes lazos eran llevadas a los hoteles de lujo para prostituirse con turistas occidentales, en gran medida japoneses, pero también europeos, árabes y americanos. También había niños, aunque pasaban más desapercibidos. La homosexualidad nunca estuvo bien vista en la esfera soviética y las mujeres maduras y viejas que gustan de revolcarse con impúberes tienden a ser mucho más discretas que los hombres que pagan para gozar de niñas. Pero, no nos engañemos, también había niños que acudían a aquellos hoteles de lujo acompañados por sus chaperonas eslavas, generalmente mujeres todavía jóvenes de gran clase y no escasa belleza física. Y estos, los niños y las niñas que eran llevados a los hoteles de lujo, eran los privilegiados, los que no tenían que vivir en la calle y prostituirse en los bosques de los que, a menudo, no regresaban. Porque torturar y asesinar a un niño o una niña que está en la calle y del que nadie se preocupa resulta sencillo y, por lo general, acaba en la más absoluta impunidad del criminal. Es así de triste, así de crudo.

Paralelamente, como también sucede en la América hispana sometida durante siglos a la ortodoxia ultraliberal anglosajona, impuesta a menudo mediante crueles y sanguinarias dictaduras, las mafias aparecen y se fortalecen y no tardan en convertir en negocio propio la prostitución de niños y niñas en los hoteles de lujo para turistas extranjeros.

Ese es el problema de Javier Milei: se enfrenta al fracaso de la socialdemocracia proponiendo como alternativa la ideología cuyo fracaso azuzó el desarrollo de dicha socialdemocracia, es decir: frente a unas ideas caducas defiende otras todavía más caducas e ineficaces que, además, lo sabemos desde el siglo XIX y nos lo demostró su adopción en Europa oriental después de la caída del comunismo, solo acarrean miseria y horror. Una situación que podemos sintetizar en aquellas niñas preciosas de mirada triste que con sus lacitos en el pelo y sus vestidos de domingo eran llevadas a las habitaciones de los turistas occidentales en Moscú y Kiev para ser violadas…

En mis novelas me gusta entrar en detalles escabrosos porque es un modo crudo y expeditivo de poner ante los ojos del abotargado lector occidental la realidad de la vida, la cruel realidad del mundo en el que vivimos y no queremos ver. Aquí no lo haré, pero imagine el lector lo que sucedía en aquellas habitaciones de los hoteles de Moscú o Kiev en 1993,1995, 1996…imagine lo que sucederá con los niños y niñas argentinos en habitaciones similares de Buenos Aires en 2025, 2026, 2027…¿Eso queremos? Eso es lo que traerán las anquilosadas y destinadas al fracaso medidas de Milei. Es triste y parece que ya irremediable.

© Fernando Busto de la Vega.

EL SALARIO DE LOS JÓVENES

Por regla general todas las noticias que nos transmiten nuestros medios de comunicación vienen hábilmente sesgadas para generar fragmentación y alejar cualquier horizonte de unidad social.

Ando ahora leyendo que los salarios de los jóvenes (como siempre, por otra parte) son más bajos que los de aquellos pertenecientes a generaciones de mayor edad. Se nos presenta el asunto, en todos los periódicos, radios y televisiones, como algo dramático e injusto que debe remediarse. Bien.

En primer lugar, sabemos que a nadie le importa y que nadie lo remediará. Ni partidos políticos, ni sindicatos ni mucho menos las empresas periodísticas que se benefician como el resto de ese estado de cosas. Encontramos aquí un primer rasgo notorio y constante de nuestros medios de comunicación y, por extensión, de la sociedad en la que vivimos: la hipocresía siempre bien aderezada de sensacionalismo.

Se trata de poner el grito en el cielo sobre puntos concretos dejando en la penumbra el entramado general.

Se trata, además, de fomentar, disfrazando la acción de preocupación y solidaridad, los miedos de diversos colectivos y de atizar la sensación de angustia e injusticia que padecen para establecer la discusión en términos antagónicos: los buenos contra los malos, los jóvenes contra los viejos, los rojos contra los fachas…

En el fondo, aunque nos parezca inocente, es una estrategia maquiavélica para favorecer a la oligarquía corrupta y cleptocrática de siempre.

Analicemos la realidad completa en este punto llamativo de los salarios de los jóvenes (y de su precariedad). En efecto, se trata de una maniobra especulativa y explotadora del capital que busca ampliar los beneficios de los oligarcas del régimen haciendo descender el nivel de vida general del proletariado y la clase media generando un escenario de crisis (laboral, de vivienda, de todo tipo) que abarate los costos y amplíe los beneficios. Ahora bien, la maniobra no se dirige solo contra los jóvenes. Cada uno de esos jóvenes asalariados que ocupan un puesto de trabajo a menor precio ha desplazado de ese puesto a alguien de una generación anterior con un salario mayor en virtud de sus años de servicio irremisiblemente arrojado al paro y, casi con completa seguridad, de muy larga duración o ya definitivo porque nadie va a contratar a alguien de cincuenta años si alguien de veinticinco hace su trabajo más barato.

En otros tiempos, y todavía hoy, los inmigrantes eran el factor clave en este proceso de abaratamiento de costes y de explotación laboral, ahora lo son también los jóvenes.

Presentarnos el problema desde una perspectiva sesgada y sensacionalista, con su altisonante envoltorio de hipocresía, es tan solo un medio de ocultar una realidad completa que perjudica por igual a unos y a otros. Nos encontramos con el viejo «divide y vencerás» que la oligarquía que padecemos juega hábilmente contra la masa social en un acto antipatriótico de parasitismo crónico.

Decirlo, por desgracia, no sirve para nada. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Y , en nuestra casa, los hay a calderadas.

En resumen: estamos jodidos y es por culpa de los innumerables memos que pueblan nuestra geografía, corderitos que se dejan llevar al matadero mientras se enfrentan a otros corderitos conducidos al mismo lugar.

© Fernando Busto de la Vega.