CÓCTEL DE HORCHATA

Friends laughing while a bartender shakes a cocktail at a seaside bar

Lo confieso: estoy al borde de la herejía. Soy reo de profundas tentaciones de atentar contra la pureza de alguno de los más intocables sacramentos organolépticos patrios y de ganarme el anatema de todo el integrista (en cuestiones gastronómicas) Reino de Valencia. Estoy a punto de elaborar un cóctel de horchata…De horchata de chufa.

La culpa, naturalmente, la tienen los mexicanos que, a falta de chufas, decidieron elaborar un agua de sabor similar a base de arroz que luego sazonan con azúcar y canela obteniendo un resultado muy similar al arroz con leche licuado, lo que no deja de ser, al mismo tiempo, un sacrilegio (en todos los sentidos desde los que se quiera abordar el aspecto epistemológico del asunto y el brebaje) y una genialidad.

Hacen más, los pinches mitoteros y fufurufos: mezclan ese bebedizo borde e hijodetal con ron creando un combinado que a mí me recuerda un tanto a la leche de pantera legionaria.

Y aquí estoy, al final del verano, viendo cómo liquidar los excedentes de horchata valenciana con algo de originalidad y al borde mismo de la tentación. Es más: pienso incluso en una leche de pantera con horchata en lugar de con leche condensada. La llamaría leche de tigresa o algo así…lo dicho: al borde mismo de la más imperdonable herejía. ¿Lo haré, no lo haré?

Tengo dos impenitentes diablillos pendientes de mis decisiones, paseándose por mi casa ligeras de ropa y animándome a cometer todos estos crímenes gastronómicos y organolépticos. Incluso me piden para comer una paella con chorizo y longaniza. Son así…malvadas, preciosas e irreverentes.

Avisaré al lector si caigo en alguna de estas tentaciones.

Vale.

© Fernando Busto de la Vega.

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