Lo confieso: estoy al borde de la herejía. Soy reo de profundas tentaciones de atentar contra la pureza de alguno de los más intocables sacramentos organolépticos patrios y de ganarme el anatema de todo el integrista (en cuestiones gastronómicas) Reino de Valencia. Estoy a punto de elaborar un cóctel de horchata…De horchata de chufa.
La culpa, naturalmente, la tienen los mexicanos que, a falta de chufas, decidieron elaborar un agua de sabor similar a base de arroz que luego sazonan con azúcar y canela obteniendo un resultado muy similar al arroz con leche licuado, lo que no deja de ser, al mismo tiempo, un sacrilegio (en todos los sentidos desde los que se quiera abordar el aspecto epistemológico del asunto y el brebaje) y una genialidad.
Hacen más, los pinches mitoteros y fufurufos: mezclan ese bebedizo borde e hijodetal con ron creando un combinado que a mí me recuerda un tanto a la leche de pantera legionaria.
Y aquí estoy, al final del verano, viendo cómo liquidar los excedentes de horchata valenciana con algo de originalidad y al borde mismo de la tentación. Es más: pienso incluso en una leche de pantera con horchata en lugar de con leche condensada. La llamaría leche de tigresa o algo así…lo dicho: al borde mismo de la más imperdonable herejía. ¿Lo haré, no lo haré?
Tengo dos impenitentes diablillos pendientes de mis decisiones, paseándose por mi casa ligeras de ropa y animándome a cometer todos estos crímenes gastronómicos y organolépticos. Incluso me piden para comer una paella con chorizo y longaniza. Son así…malvadas, preciosas e irreverentes.
Avisaré al lector si caigo en alguna de estas tentaciones.
Hay por esos mundos de Dios todo un doctor en Historia reducido a la triste condición de profesor de instituto (los profesores de instituto, casta engreída y endogámica tendente a la negación de la realidad, suelen creerse una élite intelectual, un cuerpo sagrado que constituye la base de la intelligentsia patria, pero son en realidad el epítome más triste de la mediocridad funcionarial, la entrega a los lugares comunes, la vulgaridad intelectual y la indigencia cultural y, por lo tanto, su condición es deleznable e indeseable) que en la facultad solía desayunar un croissant mojado en cerveza. Ahora lo niega taxativamente, en especial delante de sus hijos, y presume de ser un entendido en los caldos de Borgoña (aunque, lo digo, deja bastante que desear en lo que respecta a los vinos del Rin y lo ignora todo sobre el tokay, que mira con prevención a causa de haber sido originado por la esposa de un príncipe de Transilvania a la que sigue confundiendo obstinadamente con Erszebeth Bathory).
Viene esto a cuento por el cierto revuelo que, contra todo pronóstico, ha venido generando en ciertos círculos, una inocente confesión hecha en este mismo blog allá por finales de junio de este mismo año en el que me describía bebiendo ron con zumo de melocotón.
Hay cohortes enteras de amigotes bebedores y espontáneos aficionados al bebercio que andan opinando, sin probar el mejunje, y rechazando inquisitorialmente la ocasional y dulce mixtura. En todas estas semanas el único apoyo que he recibido (y es raro, porque suele ser un tocapelotas impenitente) es el de mi amigo Censorino Purujosa (alias Francisco), que me aportó datos y recetas para contrarrestar las arremetidas de mis críticos. Del mismo modo que estos han dado en denominar el «bustivega» a esa combinación de ron y zumo de melocotón, yo denominaré «censorino» a la receta que trasegaba mi amigo durante la forzada reclusión del Covid-19. El encierro le cogió a contrapié y acabó aficionándose a un combinado de circunstancias que ahora aprecia sobremanera compuesto a base de whisky DYC de quince años y zumo de manzana Hacendado.
En mis tiempos de adolescente engreído, entregado a Dante y Dostoievski y empecinado en la esgrima, el ciclismo y el ajedrez me las daba de purista (máscara habitual del ignorante) y únicamente aceptaba aquello que consideraba adecuado para un hombre de mundo. En consecuencia, solía esgrimir una pomposa copa de calvados cuando dedicaba largas horas a jugar al ajedrez con otros tipos raritos, por supuesto en ausencia de mis padres, y miraba con desdén a una de mis novias de entonces que, por el contrario, se daba con fruición a una mezcla de anís dulce y peppermint, que la mantenía siempre feliz y con la mirada acarameladamente turbia obligándome, de paso, a inventar explicaciones sobre la excepcional capacidad de evaporación de ciertos espirituosos para contrarrestar las sospechas paternas sobre la rápida desaparición del contenido de tales o cuales botellas en el mueble-bar del salón azul de casa (teníamos otro blanco, con fantasma incorporado, pero sin almacenamiento alcohólico).
Quiero, aparte de rellenar blog en tiempos estivales de visitantes poco interesados en asuntos serios y profundos y de continuar una tradición sobre cócteles de este blog escrito, curiosamente, por alguien que, en realidad, apenas bebe, poner de manifiesto una idea cardinal sobre «lo socialmente correcto» y la felicidad en libertad.
Todos conocemos la mueca de desdén del sumiller de un buen restaurante cuando rechazamos su propuesta de maridaje y elegimos un vino diferente (¿acaso un heterodoxo blanco?) para acompañar un ya pasado de moda rosbif o algún otro género más a la moda de receta de carne.
Ese sumiller es la más moderna encarnación de la ortodoxia social, de lo más estrictamente aceptado y correcto y muy pocos se atreven a desacatarlo temerosos de ser tenidos por poco elegantes, rudos o ignorantes.
Yo, personalmente, paso. Hago lo que quiero y disfruto de lo que considero bueno en cada ocasión, en todos los aspectos de la vida.
Sirva esto, de paso, como desacato público a esos amigos conservadores que habitualmente me predican contra mi propensión a los escarceos con mujeres casadas y jovencitas que «podrían ser mis hijas».
Volviendo al principio: amigo C., vuelve a mojar el croissant en la caña, si eso te hace feliz (y prueba el tokay). A los demás: romped las cadenas, disfrutad del mejor modo posible y de la manera que os apetezca, vienen mal dadas y es posible que el año que viene estemos todos muertos, o en la miseria.