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IGUALDAD Y DERECHOS

En una democracia, en realidad en cualquier organización política, los derechos son fruto de las obligaciones asumidas por el ciudadano. No existen por sí mismos según tratan de hacernos creer algunos demagogos iletrados generalmente adscritos a las opciones progresistas y de izquierdas y con el fin último de erosionar el poder de occidente en aras de imperialismos externos como el chino o el ruso.

En ese sentido la igualdad no es en sí misma un concepto válido. Son iguales los que asumen idénticos deberes y se ven beneficiados por idénticos derechos. Pretender los derechos sin asumir los deberes es inmoral, ilegal, despreciable y, si alguien lo consigue, conduce a la decadencia del Estado y la sociedad.

Desgraciadamente tal desmán viene ocurriendo desde hace más de un siglo. Pensemos, por ejemplo, en el voto femenino. Los hombres de la era del sufragio universal masculino adquirían su derecho a voto por sus funciones militares: cumplían el servicio militar e iban a ser mutilados y muertos por la patria cuando había una guerra. Las sufragistas, en cambio, pretendían y obtuvieron el voto sin asumir las obligaciones militares. Tan solo pontificando, creando disturbios callejeros y retorciendo argumentos para salirse con la suya. El resultado de aquello fue una insaciable sed de privilegios (obtener un derecho que otros obtienen por la asunción de sus obligaciones sin contrapartida es un privilegio) y una constante renuncia a las obligaciones propias del ciudadano (no, está claro, de la ciudadana). Ahora no solo quieren un acceso más sencillo a empleos para los que no están capacitadas, y sueldos iguales con menos trabajo y más beneficios (toda esa serie de permisos y exenciones que exigen por el mero hecho de ser mujeres) sino que, además, desertan de su más elemental función social y natural: la maternidad.

En resumen: hemos de devolver los conceptos de Igualdad y Derechos a su verdadero límite político: un ciudadano adquiere derechos en virtud de las obligaciones que asume, y estas obligaciones no se quedan en los impuestos. El primer paso es un servicio militar universal y obligatorio del que las mujeres no puedan escapar y en el que se les exija lo mismo que a los varones. Un servicio militar evaluable y que acredite los derechos a disfrutar por el futuro ciudadano.

La era de la demagogia, si queremos sobrevivir en el mundo hostil en el que ya nos encontramos, debe acabar.

Restablezcamos la autoridad y la exigencia. Dinamitemos y machaquemos a los demagogos a sueldo de los imperios enemigos.

© Fernando Busto de la vega.

SUBIR EL SALARIO MÍNIMO

Subir el salario mínimo está bien. Sin embargo, por sí solo, representa una medida empobrecedora.

En primer lugar, y resulta evidente, esta medida tiene una incidencia directa sobre el crecimiento de la inflación y, por ende, es un germen de empobrecimiento general.

En segundo lugar, si el salario mínimo crece, pero el resto de los salarios permanecen igual lo que se consigue es la compresión de la escala social por el lado inferior. Algunos, pocos, experimentan un avance en su poder adquisitivo (de poco calado real, aunque lo sea en el ámbito proporcional y porcentual, debido a su efecto en el incremento de la inflación), pero la inmensa mayoría acaba viendo amortizados todos sus avances económicos y sociales desde el inicio de su actividad profesional y constriñéndose en el fondo social dando al traste con la clase media e incidiendo en la polarización económica y social y, por ende, desestructurando la nación y la sociedad.

Dicho de otro modo: la ideología es muy bonita en su enunciación, pero puede llegar a ser muy contraproducente y hasta nociva en su aplicación.

En suma: necesitamos menos fanatismo y menos demagogia y más realismo.

No lo tendremos. Los políticos que padecemos a derecha e izquierda no piensan en el pueblo, en la viabilidad nacional ni en los intereses generales, solo en la implementación de dogmas prestablecidos y el control del poder y los fondos públicos para el beneficio de determinadas facciones.

Por eso no nos sirven ni los unos ni los otros. Necesitamos un cambio de régimen y una profunda regeneración moral e intelectual en la política.

© Fernando Busto de la vega.

MILEI, LAS DOCTRINAS ULTRALIBERALES Y LA PROSTITUCIÓN INFANTIL

Javier Milei tiene razón: las propuestas socio-liberales y socialdemócratas han fracasado, sobre todo en Argentina. Son ya un arsenal caduco frente a la realidad actual. Empeñarse en su defensa y en el pensamiento que las acompaña es apostar a seguir fracasando.

Pero Javier Milei tiene un problema: las ideas ultraliberales que él defiende y las ideas a ellas asociadas son un arsenal todavía más antiguo, caduco e ineficaz frente a esa misma realidad. Regresar a la época de Oliver Twist no parece un horizonte ni demasiado deseable ni en absoluto estimulante. Además, los resultados de ese tipo de políticas despiadadas, egoístas y de puro darwinismo social están bien a la vista en toda la América hispana sometida desde el sigo XIX a las doctrinas del capitalismo anglosajón: mafias, niños en la calle, delincuencia, atraso, inseguridad ciudadana, encastillamiento forzado de los ricos en guetos no por lujosos menos asediados…

Combatir el fracaso de unas ideologías caducas con otras que lo son aún más, y mucho más perjudiciales, no parece el camino de un hombre sensato. Podemos, pues, tachar a Javier Milei con epítetos poco halagüeños para su inteligencia e integridad. Sobre todo porque tiene la edad suficiente para conocer un ejemplo palmario de un experimento económico y social como el que él propone. Un experimento del que conocemos perfectamente las consecuencias.

En 1991 Boris Yeltsin se empeñó en pasar del comunismo al capitalismo en 500 días.

Lo hizo y la consecuencia, que ya nadie parece recordar y que a nadie parece importar, fue la extensión de la miseria a millones de familias. Yo estuve en Moscú y Kiev inmediatamente después de aquel desafuero y vi los centenares de miles de niños malviviendo abandonados en las calles. Vi a las niñas de nueve a once años que vestiditas de fiesta, con sus moños y sus grandes lazos eran llevadas a los hoteles de lujo para prostituirse con turistas occidentales, en gran medida japoneses, pero también europeos, árabes y americanos. También había niños, aunque pasaban más desapercibidos. La homosexualidad nunca estuvo bien vista en la esfera soviética y las mujeres maduras y viejas que gustan de revolcarse con impúberes tienden a ser mucho más discretas que los hombres que pagan para gozar de niñas. Pero, no nos engañemos, también había niños que acudían a aquellos hoteles de lujo acompañados por sus chaperonas eslavas, generalmente mujeres todavía jóvenes de gran clase y no escasa belleza física. Y estos, los niños y las niñas que eran llevados a los hoteles de lujo, eran los privilegiados, los que no tenían que vivir en la calle y prostituirse en los bosques de los que, a menudo, no regresaban. Porque torturar y asesinar a un niño o una niña que está en la calle y del que nadie se preocupa resulta sencillo y, por lo general, acaba en la más absoluta impunidad del criminal. Es así de triste, así de crudo.

Paralelamente, como también sucede en la América hispana sometida durante siglos a la ortodoxia ultraliberal anglosajona, impuesta a menudo mediante crueles y sanguinarias dictaduras, las mafias aparecen y se fortalecen y no tardan en convertir en negocio propio la prostitución de niños y niñas en los hoteles de lujo para turistas extranjeros.

Ese es el problema de Javier Milei: se enfrenta al fracaso de la socialdemocracia proponiendo como alternativa la ideología cuyo fracaso azuzó el desarrollo de dicha socialdemocracia, es decir: frente a unas ideas caducas defiende otras todavía más caducas e ineficaces que, además, lo sabemos desde el siglo XIX y nos lo demostró su adopción en Europa oriental después de la caída del comunismo, solo acarrean miseria y horror. Una situación que podemos sintetizar en aquellas niñas preciosas de mirada triste que con sus lacitos en el pelo y sus vestidos de domingo eran llevadas a las habitaciones de los turistas occidentales en Moscú y Kiev para ser violadas…

En mis novelas me gusta entrar en detalles escabrosos porque es un modo crudo y expeditivo de poner ante los ojos del abotargado lector occidental la realidad de la vida, la cruel realidad del mundo en el que vivimos y no queremos ver. Aquí no lo haré, pero imagine el lector lo que sucedía en aquellas habitaciones de los hoteles de Moscú o Kiev en 1993,1995, 1996…imagine lo que sucederá con los niños y niñas argentinos en habitaciones similares de Buenos Aires en 2025, 2026, 2027…¿Eso queremos? Eso es lo que traerán las anquilosadas y destinadas al fracaso medidas de Milei. Es triste y parece que ya irremediable.

© Fernando Busto de la Vega.

EL SALARIO DE LOS JÓVENES

Por regla general todas las noticias que nos transmiten nuestros medios de comunicación vienen hábilmente sesgadas para generar fragmentación y alejar cualquier horizonte de unidad social.

Ando ahora leyendo que los salarios de los jóvenes (como siempre, por otra parte) son más bajos que los de aquellos pertenecientes a generaciones de mayor edad. Se nos presenta el asunto, en todos los periódicos, radios y televisiones, como algo dramático e injusto que debe remediarse. Bien.

En primer lugar, sabemos que a nadie le importa y que nadie lo remediará. Ni partidos políticos, ni sindicatos ni mucho menos las empresas periodísticas que se benefician como el resto de ese estado de cosas. Encontramos aquí un primer rasgo notorio y constante de nuestros medios de comunicación y, por extensión, de la sociedad en la que vivimos: la hipocresía siempre bien aderezada de sensacionalismo.

Se trata de poner el grito en el cielo sobre puntos concretos dejando en la penumbra el entramado general.

Se trata, además, de fomentar, disfrazando la acción de preocupación y solidaridad, los miedos de diversos colectivos y de atizar la sensación de angustia e injusticia que padecen para establecer la discusión en términos antagónicos: los buenos contra los malos, los jóvenes contra los viejos, los rojos contra los fachas…

En el fondo, aunque nos parezca inocente, es una estrategia maquiavélica para favorecer a la oligarquía corrupta y cleptocrática de siempre.

Analicemos la realidad completa en este punto llamativo de los salarios de los jóvenes (y de su precariedad). En efecto, se trata de una maniobra especulativa y explotadora del capital que busca ampliar los beneficios de los oligarcas del régimen haciendo descender el nivel de vida general del proletariado y la clase media generando un escenario de crisis (laboral, de vivienda, de todo tipo) que abarate los costos y amplíe los beneficios. Ahora bien, la maniobra no se dirige solo contra los jóvenes. Cada uno de esos jóvenes asalariados que ocupan un puesto de trabajo a menor precio ha desplazado de ese puesto a alguien de una generación anterior con un salario mayor en virtud de sus años de servicio irremisiblemente arrojado al paro y, casi con completa seguridad, de muy larga duración o ya definitivo porque nadie va a contratar a alguien de cincuenta años si alguien de veinticinco hace su trabajo más barato.

En otros tiempos, y todavía hoy, los inmigrantes eran el factor clave en este proceso de abaratamiento de costes y de explotación laboral, ahora lo son también los jóvenes.

Presentarnos el problema desde una perspectiva sesgada y sensacionalista, con su altisonante envoltorio de hipocresía, es tan solo un medio de ocultar una realidad completa que perjudica por igual a unos y a otros. Nos encontramos con el viejo «divide y vencerás» que la oligarquía que padecemos juega hábilmente contra la masa social en un acto antipatriótico de parasitismo crónico.

Decirlo, por desgracia, no sirve para nada. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Y , en nuestra casa, los hay a calderadas.

En resumen: estamos jodidos y es por culpa de los innumerables memos que pueblan nuestra geografía, corderitos que se dejan llevar al matadero mientras se enfrentan a otros corderitos conducidos al mismo lugar.

© Fernando Busto de la Vega.

CAMPANADAS Y QUEJAS (DE LAS DE SIEMPRE)

Ya sabemos que las feministas son un coñazo insoportable (además de estúpidas y poco formadas), sabemos también que son el trasunto moderno de las sempiternas beatas de sacristía. Esas harpías insatisfechas, acomplejadas y frustradas que vehiculan su complejo de inferioridad y el odio que les genera amargando a los demás e interfiriendo inquisitorialmente en las vidas ajenas para imponer sus criterios puritanos de un modo u otro. Cambian los tiempos y el decorado, pero no las realidades profundas. Las beatas y vecindonas de antaño son, lo repito, las feministas de hoy. Ahora activas en las redes sociales y reñidas con los curas, pero con el mismo soniquete represivo, invasivo y puritano.

Como tienen que criticarlo todo para eludir su irrelevancia social, su condición de entes femeninos amortizados que no suscitan ningún interés ni disponen de ningún otro poder que su crítica agresiva y moralizante, pues critican también las campanadas.

Este año, puede que también algunos anteriores, andan subiéndose por las paredes por el tipo de equipo que eligen las diferentes cadenas para llevar a cabo las retransmisiones de la campanadas de fin de año. Ya se sabe: un tipo de mediana edad, más bien feo y vestido de etiqueta y una o varias churris de buen ver lo más sexys y encueradas posible, dentro de una elegancia ramplona y aceptable para los puritanos conservadores que imperan siempre y se quejan constantemente (como las feministas, mira tú).

En la práctica dicho binomio es el mismo de las antiguas revistas (el cómico feo enfrentado a la vedette despampanante) heredado además por muchas comedias, incluidas las de destape que, si lo consideramos bien, son una simple evolución cinematográfica y adaptada a los tiempos de la Transición del genero de la revista.

¿Por qué perdura el tal binomio? Sencillo: porque funciona. Y funciona porque arraiga en lo más profundo de nuestros anhelos y arquetipos como especie.

Lo decíamos antes: cambian los tiempos y los decorados, pero no las realidades profundas y esto es algo que las feministas no llegan a comprender. Nada va a cambiar, por mucho que ellas se empeñen, si va contra la naturaleza de la especie.

Si el binomio «señor-serio-con-pinta-de-solvente/chica-joven-hermosa-enseñando-carne» sigue funcionando, aparece incluso en las campanadas para escándalo de feministas/beatas puritanas, depresivas y antipáticas, se debe, simplemente, a que responde a nuestra propia naturaleza, y por ende se trata de un legado de nuestra estrategia de supervivencia como especie que sigue siendo válido. Las sociedades paleolíticas, de cazadores-recolectores, necesitaban machos maduros, en su plenitud de fuerza y juicio para llevar a cabo exitosamente la caza y la lucha contra grupos rivales, asociados reproductivamente a hembras jóvenes, lozanas, con buena salud, que ofreciesen, además de hijos viables y labores de recolección y mantenimiento del hábitat social, un ambiente agradable que permitiese al cazador-guerrero desentenderse del stress de la guerra y de la caza, un ambiente hogareño agradable y tendente a lo paradisiaco. Esa condición de hembras sanas y deseables que aportaban paz y lujo a la dura vida del guerrero-cazador les proporcionaba un estatus social a las jóvenes que se incluían en la tribu y, naturalmente, les agriaba el carácter cuando otras más jóvenes venían a sustituirlas en su papel relegándolas a otro secundario. Con el neolítico las cosas no cambiaron. El guerrero-agricultor se encontraba incluso más estresado y sometido a sus obligaciones por el ciclo agrario y los problemas asociados a él (desde los climatológicos al acoso de enemigos saqueadores) y el esquema se mantuvo.

Hoy, en nuestra plena modernidad, las cosas, aunque el decorado haya cambiado, siguen igual. De ahí que funcione el ya citado binomio (hombre-con-traje-caro/chica-placentera-ligera-de-ropa). Y tengo una mala noticia para las feministas (esas señoras arrumbadas a la segunda división social por su edad o falta de coeficiente placentero): nada va a cambiar por mucho que protestéis. La naturaleza, es así. ¿Cruel? Puede…pero es la especie y su supervivencia la protagonista del cuento, no vosotras.

El heteropatriarcado perdura por una simple razón: es la mejor estrategia de supervivencia de la especie. Aceptadlo de una vez.

Y consolaos, podía ser peor…en la foto Sandra Bustamante en la televisión mexicana. Diré que para mi gusto igual lleva demasiada ropa.

© Fernando Busto de la Vega.