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TRANSEXUALES, TRANSESPECIE…

Que la decadente sociedad occidental tiene un severo problema con la realidad y ha perdido por completo la noción de adaptación al medio, que es la clave última de la supervivencia, es evidente.

El activismo irresponsable y fanático de cierto mal llamado «progresismo» en pro de lo que se consideran falsamente «avances sociales» está conduciendo a la sociedad a su destrucción. De seguir así, en menos de una década habremos sido sometidos por nuestros enemigos.

Habrá que recordar, e imponer como premisa básica de la educación y la acción social, que es el individuo el que debe adaptarse a la realidad y no al revés.

La realidad, nos guste o no, marca el límite objetivo de nuestro desarrollo. Naturalmente que es una obligación moral hacer evolucionar la realidad de tal modo que resulte lo más benéfica y cómoda para la mayor parte posible de la gente, pero fomentar el infantilismo egoísta de unos cuantos aprovechando su debilidad mental para construir una sociedad que crezca de espaldas a la realidad objetiva conculcando el inalienable principio de adaptación al medio conduce a la decadencia primero y a la autodestrucción después.

Por ese motivo, todo ese impulso que ciertas corrientes políticas y sociales (cuya financiación, por cierto, urge investigar, quizá sus propios militantes se llevarían sorpresas al respecto encontrando al otro lado del hilo a Pequín, Riad, Moscú o Teherán) a la moda de lo trans representa en sí mismo un peligro social que debe frenarse en seco.

La moda del transexualismo y de la ideología queer está causando verdaderos estropicios mentales en muchos adolescentes y, en general, tiende a fomentar el egoísmo autorreferencial como negativa a madurar en relación con el medio, con la verdad objetiva que representa (y que puede constatarse con un simple análisis genital, mejor con estimulación. Porque nada explica mejor qué se tiene ahí abajo y para que nos sirve que experimentar con ello, pero, y ahí nos duele también, somos tristes herederos de una ola de puritanismo anglosajón que se nos ha impuesto…de los anillos de pureza y las campañas contra el sexo adolescente y la masturbación, aquellos no-polvos, estos lodos de confusión y distorsión sexual). En suma: hay instituciones parasitadas por militantes de ideologías sectarias y nocivas que, so capa de defender la libertad individual, están conduciendo a la destrucción social mediante el fomento de la inadaptación al medio de los sujetos esgrimida como derecho personal. Y, naturalmente, hay que acabar de raíz con eso e imponer, por las buenas o por las malas, la premisa que ha permitido a la especie sobrevivir y evolucionar: aceptar la realidad, buena o mala, y adaptarse a ella.

El segundo escalón de este infantilismo peterpanesco está empezando a surgir ahora con el alborozo y promoción de la prensa liberal y progresista: los individuos transespecie. Ahora ya no se niega el propio sexo, sino la propia identidad humana para reclamarse perro, oso, lagarto o extraterrestre…¿tendré que argumentar al respecto? Es evidente que no, pero sí haré una pregunta: ¿debemos gastar tiempo y dinero en los caprichos de individuos que se niegan a madurar y que en lugar de plantearse cómo pueden ser útiles a la sociedad se empecinan en el egoísmo autorreferencial y el acaparamiento indebido de recursos y atención?

Vamos mal y hay que rectificar.

¿Decir esto me convierte en un fascista o en un ultraderechista? No, esos son los argumentos sectarios del fanatismo queer-trans-progre para victimizarse, criminalizar las críticas e imponer su ideología totalitaria y destructiva.

Acabaré este artículo insistiendo en la necesidad de investigar a fondo la financiación de esos movimientos. No hay nada inocente en la geopolítica.

© Fernando Busto de la Vega.

LA FALACIA DEL BLOQUEO PARLAMENTARIO

Cuando el partidismo y los intereses fácticos y espurios se imponen al patriotismo y la responsabilidad, se contraen gravísimas responsabilidades y se cometen delitos de lesa patria que no pueden ser perdonados ni reparados, solo castigados. Hablamos de traición.

Hoy, justo después de las elecciones del 23 de julio de 2023 en España, los dirigentes de los dos grandes partidos (PSOE y PP) incurren, una vez más, en los delitos arriba descritos.

Únicamente por sus intereses partidistas y su inercia de politicastros al servicio de sus propias ambiciones y no de los intereses generales de la nación, nos andan vendiendo por un lado el cuento del bloqueo parlamentario y, por el otro, la necesidad de pactar con partidos que son enemigos de España, traidores y nocivos al bien común.

Nos mienten diciendo que la situación política y parlamentaria es complicada e insalvable y esta mentira constituye traición. Y habría que empezar a recordarle a todo el mundo, especialmente a nuestros representantes públicos, que la traición se paga con la vida. Claro: en un régimen liberal diseñado para convertir a España en un Estado fallido, no. Cuando llegue la restitución del orden, entonces sí.

En realidad, la situación política española resulta muy sencilla. Lo principal es dejar fuera de las opciones de decisión a los enemigos de España, sean territoriales o sean extremistas financiados por poderes externos. La solución es una gran coalición centrada en un programa racional y factible que aporte una larga legislatura de estabilidad y progreso beneficiosa para el común del pueblo y la nación.

Negar esta posibilidad y fingir para conducir a España al bloqueo o a pactos con extremistas o independentistas es traición, lo repito. Demagogia, antipatriotismo. Exijo desde aquí la dimisión de todos aquellos que insistan en esa dicotomía artificial y se opongan a la necesaria gran coalición.

Sería el pueblo, en la calle, quien debería exigir esta solución. No se hará porque no vivimos en una verdadera democracia. Una verdadera democracia está compuesta por ciudadanos, el régimen español de 1978 se cimenta en una plebe sin formación y sin moral, es parte de su naturaleza que, como ya hemos explicado en otras artículos de este mismo blog, está diseñada por nuestros enemigos, especialmente el imperialismo yanqui, para conducirnos a la destrucción.

Y así estamos descendiendo un escalón más hacia la condición de Estado fallido por culpa de nuestros irresponsables políticos. Luego se quejarán cuando, por traidores, los llevemos al paredón (a unos y a otros, no habrá diferencia de siglas ni de colores).

© Fernando Busto de la Vega.

IBÁÑEZ HA MUERTO

Me enteré de la noticia mediante un correo electrónico de mi amigo Francisco que venía a decir: «Mecagüentó, que mierda de semanas». Y hay que darle la razón, esta sola noticia basta para considerarlas pésimas.

Sea como fuere, la cosa es cierta: Francisco Ibáñez (1936-2023) ha muerto y nos ha dejado huérfanos.

La parte buena es que, quizá, a partir de ahora la triste y desangelada «intelligentsia» de este país, esa caterva prácticamente inmunda de chisgaravises y merluzos que se las dan de intelectuales y reparten carnets de guay y enrollado al tiempo que ejercen la censura con su desprecio indiferente y a los que tanta cancha dan los medios del régimen (televisiones, periódicos, radios…) empezarán a reparar en su importancia (o, lo más probable: le olvidarán).

Estoy firmemente convencido de que, en esencia, esas mentes preclaras del vigente régimen no están preparadas para comprender la grandeza de Ibáñez y su contribución a la cultura española más allá de su máscara editorial de autor infantil de monigotes.

Ibáñez fue un producto típico del mundo editorial barcelonés, basado en el amiguismo, el enchufismo, la ideología catalanocentrista y la explotación de los autores, especialmente en el mundo del cómic y, más concretamente, en la editorial Bruguera. A pesar de ello, del encorsetamiento y la opresión en la que se desenvolvió (encorsetamiento y opresión que no procedían tanto de la dictadura de Franco como de la burguesía catalana en medio de su proyecto soterradamente nacionalista de inyectar parte de su capital en el mundo editorial y cultural para imponer su relato, y ya en varias ocasiones hemos hablado aquí de ello) logró desarrollar una personalidad propia, una libertad creativa arrasadora y una crítica social demoledora que le auparán en el futuro a un puesto insigne dentro de nuestra continuidad cultural hispana.

De momento, como digo: ha dejado huérfanas a varias generaciones de españoles. ¡Hay que joderse!

Por cierto: hago notar que cuando murió Antonio Gala hace poco más de un mes no se dijo ni una sola palabra en este blog. La razón es clara: Gala es olvidable y poco interesante, una de esas excrecencias culturales que a menudo jalean indebidamente los medios de comunicación (como en su momento Camilo José Cela o Terenci Moix) y que solo ocuparán una nota a pie de página de nuestra historia cultural, artística y literaria.

Es bueno ir deshaciendo mitos y buscando las verdaderas claves de bóveda de nuestra decadente y vergonzante época cultural.

© Fernando Busto de la Vega

LA POLICÍA INFILTRADA Y LOS INFORMES OFICIALES

Estamos en verano, época de noticias chuscas.

Y la que me ocupa hoy no deja de tener un cierto regustillo sórdido. Ha aparecido un tipo, un despreciable independentista catalán, que andaba coqueteando con el terrorismo y acaba de descubrir que la «novia» con la que lleva tres años de relación es una policía infiltrada en los movimientos filoterroristas del independentismo catalán y le ha utilizado para camuflarse en ellos y aumentar su red de contactos. Nada que no se haya visto mil veces en el historial policiaco.

La clave de este asunto es que, al parecer, la funcionaria llegó a mantener relaciones sexuales habituales con el investigado y eso la sitúa en un filo extremadamente resbaladizo.

No voy a juzgarla aquí, si bien sus actos dentro del entorno laboral y mediante contraprestación económica la convierten en algo poco acorde con su primaria profesión policial. Tampoco voy a expresar mi decepción por el hecho de que una funcionaria de carrera lleve a extremos tan indignos sus servicios al Estado.

Lo único que me preocupa de todo este asunto tan sórdido como ridículo son los informes que remitía a sus superiores.

¿Cómo se escribe en un informe oficial me he liado con el investigado y me lo estoy follando para sonsacarle información? Lo pregunto en serio, por si alguna vez retrato una situación similar en una de mis novelas, porque no se me ocurre el modo.

Por otra parte ¿Qué cara se le habrá quedado a los padres, hermanos, familiares y amigos de esa policía infiltrada sabiendo hasta dónde ha llegado y en las condiciones en que lo ha hecho? Imagino que muchos no volverán a tratarla.

No deja de tener su enjundia literaria esta noticia chusca. Sin duda la tendré en cuenta para futuras novelas.

© Fernando Busto de la Vega.

SANFERMINES: LO PEOR QUE TE PUEDE OCURRIR

Bueno, sí, de acuerdo: lo peor que te puede pasar en Sanfermines es que te pille un toro y te despache al otro mundo de una cornada bien asestada…pero yo no escribo para decir obviedades.

No, estamos en verano, hay que mantener el espíritu alegre y ligero…

Claro, también puedes acabar, como le sucedió a mi amigo Rinconete (le llamábamos así), pillando una gonorrea de caballo tanto en las partes pudendas como en la garganta por andar al copo con un par de guiris jamonas y borrachas…curiosamente, desde aquello, la voz de Rinconete cambió, perdió dos octavas y adquirió un tonillo de carraspera bastante curioso.

Pero, no.

Lo peor que puede sucederte en los encierros de San Fermín no es que te alcance el toro, sino que tú alcances al toro.

Esto lo sé porque lo viví en primera línea en los tiempos heroicos en los que todavía solía nadar al amanecer en el Cantábrico y correr los Sanfermines si me convencían los amigos y había carne guiri de calidad que estremecer para conseguir posteriores faenas de lujo y arte en los cosos íntimos de las pensiones que se podían pagar…(o donde pillara).

No habría cumplido los veinte años y andaba por Pamplona (ciudad distante apenas 140 kilómetros de mi Zaragoza natal) en estas fechas de principios de julio, ya se sabe: fiesta y mucho calimocho, con otros tres o cuatro amigos cuando las circunstancias nos condujeron a la calle Mercaderes en las primeras horas de la mañana. Al encierro, vaya.

Por lo general, lo confieso, nuestros encierros eran puro postureo. Saltábamos a la calzada para que nos vieran nuestras ocasionales enamoradas y salíamos a la carrera en cuanto resultaba decoroso hacerlo procurando mantenernos lo más alejados posible de los toros. Pero, naturalmente, todo plan es susceptible de complicarse rápidamente y aquel año nos entretuvimos demasiado bromeando con las australianas de turno y enviándoles besitos y acabamos metidos en pleno fregado, con la manada partida delante y detrás de nosotros, que corríamos con sorprendente serenidad buscando, sin embargo, el más mínimo resquicio de escaqueo y fuga.

En esa tesitura mi amigo Carlos (no el Pequeño Copacabana, al que todavía no conocía, sino el que ahora es médico en Madrid) se encontró en una situación embarazosa. Uno de los toros le tomó cariño y le seguía muy de cerca. Él, en buena forma, casi ni se preocupaba, corría mirando hacia atrás dispuesto a hacerle un recorte en el mejor de los momentos cuando en la curva de Estafeta alcanzó sin desearlo al toro de delante.

El morlaco había medio resbalado, estaba retomando el rumbo y la carrera y Carlitos vino a estrellarse de morros en su trasero…debo explicar al lector poco instruido que los bóvidos tienen la mala costumbre de defecar, y en cantidades industriales, pero disponen de pocas ocasiones de limpiarse el culo y existe la posibilidad de que corran con el rabo levantado. Carlos se estrelló contra esa parte del animal y salió vivo, pero con la cara untada y sin dignidad ninguna.

De modo que sí: estoy convencido que lo peor que te puede pasar en Sanfermines es alcanzar a un toro por detrás…resulta sucio y humillante. Más aún si corres con la boca abierta para favorecer la respiración.

Un saludo, Carlos…y tranquilo, que jamás le contaré esta anécdota ni a tus hijos ni a tu amante, esa enfermera macizorra y guarrilla del Gregorio Marañón. Puedo decir esto último porque, lo sabes, tu mujer me odia y jamás leería algo que yo hubiera escrito.

© Fernando Busto de la Vega.