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EMILIA PÉREZ Y LA FALTA DE PATRIOTISMO DE LOS CINEASTAS ESPAÑOLES

A ver si lo entiendo: aparece una producción gabacha que se dedica a humillar e insultar a México y el memo de su guionista y director, ese indigente mental de Jacques Audiard se permite ir por ahí diciendo que el español es un idioma de pobres y subdesarrollados (olvidando, por cierto la cantidad de países míseros y paupérrimos que hablan francés y demostrando su incultura al olvidar también la inferioridad de la literatura y cultura francesa en relación con la hispana) y van los cenutrios de la Academia de Cine Español y se bajan los pantalones y adoptan postura felatoria otorgándole el premio a la mejor producción europea…¿Qué puede pensar cualquier hombre de honor de esa gentuza? Resulta evidente que es urgente limpiar el cine español de traidores e indocumentados, castigar con la mayor dureza a quienes dentro de esa industria trabajan al servicio de intereses extranjeros contra España y la hispanidad y dar ejemplos señeros y taxativos. El primer paso: fin de subvenciones, disolución de la academia, dimisión de todos los responsables del Ministerio de Cultura empezando por su titular que a la larga deberá pagar sus culpas, su condición de traidor despreciable, del único modo que pueden pagar sus culpas los traidores.

Pero no pasará nada. Este país es un Estado fallido, destrozado por los rojos y la cleptocracia al servicio de los yanquis. El régimen, es ilegítimo e intruso, como el de Pepe Botella. ¿Dónde están las barricadas? Destruidas por el adoctrinamiento en los institutos y las universidades.

Pero restauraremos el orden, que nadie lo dude. Los dioses están de nuestro lado.

© Fernando Busto de la Vega.

EL ORDEN Y EL PESO DE LAS PALABRAS

kirk Douglas en el personaje que bien pudo haberse llamado El Rubicundo Neurótico.

Obviamente, como escritor vivo obsesionado con la sintaxis y la gramática y dándole vueltas a asuntos quizá triviales que no revisten el menor interés para la mayoría de los mortales, pero ocupan parcelas extensas de mis cavilaciones. Una de esas materias absolutamente impopulares, arcanas incluso, totalmente esotéricas, es el peso y el orden de las palabras.

Pensemos, por ejemplo, en el título español de una película del Hollywood clásico: Lust for Life, dirigida en 1956 por Vincente Minelli y protagonizada por Kirk Douglas que interpreta a Vincent Van Gogh. Se trata de un biopic seguramente muy mejorable cuyo título se tradujo en Hispanoamérica, casi miméticamente, como «Sed de vivir» y en España como «El loco del pelo rojo». Y este último título será el que nos induzca a la breve meditación que pretendo sirva como ejemplo de otras más especiadas, extensas y profundas que ocupan a menudo mi pensamiento como individuo obligado a titular y empeñado en narrar historias con el efectismo deseado, aprovechando para ello el peso y el orden de las palabras.

Alguien con el pelo rojo es, obviamente, un pelirrojo. Hubiera sido más correcto un título semejante a El pelirrojo loco o El loco pelirrojo. Como sinónimos de pelirrojo podemos utilizar taheño o rubicundo, pero eso nos alejaría todavía más del concepto pretendido: El taheño loco, El Rubicundo loco…

Seguramente El pelirrojo loco se descartó porque induce a pensar en una comedia algo alocada y un tanto surrealista. El loco del pelo rojo suena más a drama y pompa.

El taheño loco carece de gancho ¿Quién sabe qué demonios es un taheño?…alguno llegaría a pensar en un toro (y quien dice toro, dice vaquilla) e imaginaría alguna charlotada cinematográfica con el Bombero Torero por banda.

En cuanto a El rubicundo loco (o, por buscar algún sinónimo también para loco: El rubicundo neurótico, o El rubicundo demente) ¿Qué historia podría sugerir? Dejo al lector que la imagine por su cuenta.

Naturalmente, recurriendo al femenino y alterando el orden de las palabras y jugando con los sinónimos podríamos inventarnos otra película completamente distinta. Pensemos en La traviesa pelirroja…

Ahí lo dejo.

Soy muy moderado en la elección de la pelirroja traviesa por aquello de la omnipresente censura en internet. Para algunas cosas, y por culpa de la influencia del despreciable puritanismo anglosajón, seguimos en los años cincuenta.

© Fernando Busto de la Vega.

EL MEJOR WESTERN DE LA HISTORIA (LA BATALLA DE LAS COLINAS DEL WHISKY, THE HALLELUJAH TRAIL, 1965)

Me consta que los puristas del género y los fans de John Ford están en este momento rasgándose las vestiduras (aunque afirmo que El Sargento Negro, Sergeant Rutledge, 1960, no le va a la zaga a esta) y que el director de The Hallelujah Trail, John Sturges, es también el autor de una de las películas más racistas y despreciables de la historia (Los Siete Magníficos, 1960, adaptación de Los Siete Samuráis de Akira Kurosawa en la que los samuráis son mercenarios anglosajones y los campesinos, mejicanos en la miseria), pero nada de eso me importa. Es verano, hace calor y el eco trae recuerdos de aquellos entrañables cines al aire libre de la infancia. Hoy por hoy, deseando pasar un buen rato y recrearnos en la aventura, la comedia, una buena historia bien contada, con excelentes personajes y tensiones dramáticas perfectamente trazadas, música briosa y adecuada…hoy por hoy, digo, y por lo menos hasta octubre, sostengo que La Batalla de las Colinas del Whisky es el mejor western de la historia y merece la pena verlo en familia o con amigos.

Fuera de eso, como aficionado impenitente a la historia y la estrategia militar, sigo estudiando muy a fondo la táctica de la «dirección casi paralela» y el «contacto separado» que tan bien escenifica y explica Burt Lancaster en su papel de coronel Gearhart.

Por cierto, es preciso recordar aquí a los guionistas: William Gulick y John Gay y al autor de la banda sonora, Elmer Bernstein.

Un último apunte, este algo más pedante: que Sturges era un fiel alumno de Kurosawa y que aprovechaba sus enseñanzas se nota en esta película en el detalle del mapa para explicar la acción, artificio procedente sin duda alguna de Los Siete Samuráis (1954).

No molesto más por hoy.

© Fernando Busto de la Vega.

MARGARET RUTHERFORD (MISS MARPLE, OF COURSE)

Agatha Christie no se cuenta entre mis escritores favoritos. Detesto sus mecanismos de relojería, fríos, distantes, sin gracia, tan ingleses, tan vacuos, tan perversamente hipócritas y clasistas. Obviamente, tampoco experimento ninguna simpatía por sus personajes, todos ellos olvidables y detestables.

Sin embargo, existe una excepción cuyo mérito no es directamente atribuible a Doña Ágata sino a una intérprete de esas que se cuentan en el número de las características, señoras entradas en años, sin ninguna belleza física, damas alejadas en todo de lo que uno fantasea cuando piensa en actrices, pero tocadas por el talento y el encanto de las tías solteronas o las abuelas cariñosas, curtidas por décadas de experiencia sobre los escenarios y en estado de gracia. Me refiero en este caso, lógicamente, a Margaret Rutherford y sus interpretaciones de la señorita Jane Marple en el cine de consumo inglés de los años sesenta.

Recuerdo que estas películas, sin grandes pretensiones más allá del entretenimiento del público, se proyectaron en la televisión española allá por mi adolescencia y más adelante pude verlas en versión original (donde la actuación de Margaret Rutherford gana, como cabía esperar, quilates de calidad). Ahora yacen olvidadas. Quizá su simplicidad, su presentación en blanco y negro, su falta de alharacas técnicas las convierten en insípidas para un público moderno sin demasiado criterio, empachado por el exceso de efectos especiales y, es muy posible, que la falta de aprovechamiento adoctrinador que presentan para determinados poderes y sectas que nos gobiernan las releguen al almiar de lo olvidable, pero merece la pena recuperarlas. Es, si la última razón mencionada para su olvido resulta cierta, incluso un acto subversivo.

Son apenas cinco películas estrenadas entre 1961 y 1965: Murder, She Said (1961), Murder At The Gallop (1962), Murder Most Foul (1964), Murder Ahoy! (1964) y The Alphabet Murders (1965), totalmente irrespetuosas con el canon de Agatha Christie y tocadas por el humor y el encanto de la actriz protagonista, que pasaba de los setenta cuando las protagonizó y hubo de retirarse después de la última aquejada por el alzhéimer.

Hay que verlas.

© Fernando Busto de la Vega.

CINCO AÑOS BASTAN PARA LA GLORIA: LA CARRERA NOVELÍSTICA DE DASHIELL HAMMETT.

RETRATO DE DASHIELL HAMMETT (1894-1961)

Cinco años y cinco novelas entre el 1 de febrero de 1929 y el 8 de enero de 1934, en periodo tan breve y canon tan parco se cimenta la posteridad de un autor como Dashiell Hammett, que nació en 1894 y murió alcoholizado en 1961. A lo largo de su trayectoria vital le dio tiempo a dejar la escuela con trece años, ejercer diversas profesiones, incluida la de rompehuelgas a sueldo de la Agencia Pinkerton, participar en dos guerras mundiales, casarse, divorciarse, tener varias amantes, hacerse comunista…y escritor.

Su llegada a la literatura, y esto resulta asombroso desde España, donde el escritor, sea quien sea, casi con seguridad se condena al hambre y la miseria, tuvo condicionamientos puramente crematísticos. Casado en 1921 necesitaba ingresos y comenzó a escribir bajo seudónimo (se trataba de un trabajo vergonzante) para la revista popular y sensacionalista Black Mask desde 1922. En aquellos cuentos ocasionales nacieron sus personajes más aclamados (El Agente de la Continental, Sam Spade…) y se decantó su estilo sencillo, conciso y directo.

FOTOGRAMA DE EL HALCÓN MALTÉS (1941)

El éxito de estos cuentos, que se compilarían a partir de los años cuarenta en libros destinados a aprovechar económicamente la fama alcanzada por Hammett como novelista, le abrieron las puertas de las editoriales que le despreciaban como producto cultural (si bien estaba destinado a revolucionar el concepto de «producto cultural» y crear todo un nuevo género, el de la novela negra) pero, como sucede ahora con muchas editoriales que cuentan el número de seguidores en redes de sus autores, le codiciaban como fuente de ingresos. Llegaron así, como disparos sucesivos, sus cinco únicas novelas: Cosecha Roja (1929), La Maldición de los Dain (1929), El Halcón Maltés (1930), La Llave de Cristal (1931) y El Hombre Delgado (1934)… nótese que en puridad el grueso de su obra vio la luz no en cinco, sino en dos años (1929-1931). Además, como correspondía a un autor que dirigía su obra hacia el público que podemos definir como «popular», sus obras fueron pronto llevadas al cine. Todos conocemos la versión de El Halcón Maltés que protagonizó Humphrey Bogart en 1941, pero antes de eso hubo dos versiones, hoy olvidadas, en 1931 y 1936, Cosecha Roja se llevó al cine en 1930, La Llave de Cristal en 1935 y 1942, El Hombre Delgado en 1934 y 1936…

En resumen: cinco novelas y cinco años (en realidad, lo hemos visto, apenas dos) bastaron para sustentar la inmortalidad de un escritor que no deseaba serlo (ya hablamos en otras ocasiones de la contradicción entre los deseos del autor y la realidad social y literaria), crear un nuevo y fecundo género literario y cambiar la percepción cultural mundial.

Ahí es nada.

© Fernando Busto de la Vega.