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MARGARET RUTHERFORD (MISS MARPLE, OF COURSE)

Agatha Christie no se cuenta entre mis escritores favoritos. Detesto sus mecanismos de relojería, fríos, distantes, sin gracia, tan ingleses, tan vacuos, tan perversamente hipócritas y clasistas. Obviamente, tampoco experimento ninguna simpatía por sus personajes, todos ellos olvidables y detestables.

Sin embargo, existe una excepción cuyo mérito no es directamente atribuible a Doña Ágata sino a una intérprete de esas que se cuentan en el número de las características, señoras entradas en años, sin ninguna belleza física, damas alejadas en todo de lo que uno fantasea cuando piensa en actrices, pero tocadas por el talento y el encanto de las tías solteronas o las abuelas cariñosas, curtidas por décadas de experiencia sobre los escenarios y en estado de gracia. Me refiero en este caso, lógicamente, a Margaret Rutherford y sus interpretaciones de la señorita Jane Marple en el cine de consumo inglés de los años sesenta.

Recuerdo que estas películas, sin grandes pretensiones más allá del entretenimiento del público, se proyectaron en la televisión española allá por mi adolescencia y más adelante pude verlas en versión original (donde la actuación de Margaret Rutherford gana, como cabía esperar, quilates de calidad). Ahora yacen olvidadas. Quizá su simplicidad, su presentación en blanco y negro, su falta de alharacas técnicas las convierten en insípidas para un público moderno sin demasiado criterio, empachado por el exceso de efectos especiales y, es muy posible, que la falta de aprovechamiento adoctrinador que presentan para determinados poderes y sectas que nos gobiernan las releguen al almiar de lo olvidable, pero merece la pena recuperarlas. Es, si la última razón mencionada para su olvido resulta cierta, incluso un acto subversivo.

Son apenas cinco películas estrenadas entre 1961 y 1965: Murder, She Said (1961), Murder At The Gallop (1962), Murder Most Foul (1964), Murder Ahoy! (1964) y The Alphabet Murders (1965), totalmente irrespetuosas con el canon de Agatha Christie y tocadas por el humor y el encanto de la actriz protagonista, que pasaba de los setenta cuando las protagonizó y hubo de retirarse después de la última aquejada por el alzhéimer.

Hay que verlas.

© Fernando Busto de la Vega.

CINCO AÑOS BASTAN PARA LA GLORIA: LA CARRERA NOVELÍSTICA DE DASHIELL HAMMETT.

RETRATO DE DASHIELL HAMMETT (1894-1961)

Cinco años y cinco novelas entre el 1 de febrero de 1929 y el 8 de enero de 1934, en periodo tan breve y canon tan parco se cimenta la posteridad de un autor como Dashiell Hammett, que nació en 1894 y murió alcoholizado en 1961. A lo largo de su trayectoria vital le dio tiempo a dejar la escuela con trece años, ejercer diversas profesiones, incluida la de rompehuelgas a sueldo de la Agencia Pinkerton, participar en dos guerras mundiales, casarse, divorciarse, tener varias amantes, hacerse comunista…y escritor.

Su llegada a la literatura, y esto resulta asombroso desde España, donde el escritor, sea quien sea, casi con seguridad se condena al hambre y la miseria, tuvo condicionamientos puramente crematísticos. Casado en 1921 necesitaba ingresos y comenzó a escribir bajo seudónimo (se trataba de un trabajo vergonzante) para la revista popular y sensacionalista Black Mask desde 1922. En aquellos cuentos ocasionales nacieron sus personajes más aclamados (El Agente de la Continental, Sam Spade…) y se decantó su estilo sencillo, conciso y directo.

FOTOGRAMA DE EL HALCÓN MALTÉS (1941)

El éxito de estos cuentos, que se compilarían a partir de los años cuarenta en libros destinados a aprovechar económicamente la fama alcanzada por Hammett como novelista, le abrieron las puertas de las editoriales que le despreciaban como producto cultural (si bien estaba destinado a revolucionar el concepto de «producto cultural» y crear todo un nuevo género, el de la novela negra) pero, como sucede ahora con muchas editoriales que cuentan el número de seguidores en redes de sus autores, le codiciaban como fuente de ingresos. Llegaron así, como disparos sucesivos, sus cinco únicas novelas: Cosecha Roja (1929), La Maldición de los Dain (1929), El Halcón Maltés (1930), La Llave de Cristal (1931) y El Hombre Delgado (1934)… nótese que en puridad el grueso de su obra vio la luz no en cinco, sino en dos años (1929-1931). Además, como correspondía a un autor que dirigía su obra hacia el público que podemos definir como «popular», sus obras fueron pronto llevadas al cine. Todos conocemos la versión de El Halcón Maltés que protagonizó Humphrey Bogart en 1941, pero antes de eso hubo dos versiones, hoy olvidadas, en 1931 y 1936, Cosecha Roja se llevó al cine en 1930, La Llave de Cristal en 1935 y 1942, El Hombre Delgado en 1934 y 1936…

En resumen: cinco novelas y cinco años (en realidad, lo hemos visto, apenas dos) bastaron para sustentar la inmortalidad de un escritor que no deseaba serlo (ya hablamos en otras ocasiones de la contradicción entre los deseos del autor y la realidad social y literaria), crear un nuevo y fecundo género literario y cambiar la percepción cultural mundial.

Ahí es nada.

© Fernando Busto de la Vega.

UNA PELÍCULA INJUSTAMENTE OLVIDADA: QUERIDÍSIMOS VERDUGOS (BASILIO MARTÍN PATINO, 1973)

LOS TRES VERDUGOS, NO LO OLVIDEMOS: HONORABLES FUNCIONARIOS, ACTIVOS EN EL TARDOFRANQUISMO EN UNA DE LAS CHARLAS QUE COMPARTEN ANTE LA CÁMARA DE BASILIO MARTÍN PATINO.

Nada, absolutamente nada, supera a la realidad pura y dura, al encuentro con los personajes fautores de la cotidianidad, con las personas en su propia circunstancia. Y ni siquiera son necesarias alharacas estilísticas ni admoniciones maximalistas. Basta poner una cámara neutral (si es que una cámara puede serlo, en la narración sea esta oral, escrita o audiovisual sucede lo que con las partículas subatómicas: la observación implica siempre modificación y sesgo) delante del individuo y dejarle hablar, expresarse. Lo demás sale por sí solo. En la vida corriente el equivalente es comer o tomarse un café con alguien. Un buen escritor conoce bien el proceso y sabe utilizarlo.

Pues bien, Basilio Martín Patino (1930-2017) hace poco más en la película documental que quiero recomendar hoy desde estas páginas. Logra, a base de dinero, como alguno de los participantes reconoce en el metraje, reunir a los tres verdugos activos durante el tardofranquismo y hacerles hablar entre ellos delante de la cámara. Nada produce mayor impresión, nada expresa mejor su nivel moral, su mismidad, su anodina y al tiempo terrible condición. Paralelamente (y no sé si aquí entra la manipulación política y el amarillismo melodramático) se intercalan entrevistas a familiares de ajusticiados y a los de un condenado a muerte. Basta con eso.

La película se rodó clandestinamente (más por afán peliculero del director y ansias de figurar en el imaginario heroico de la siempre hiperventilada y camandulera mítica libertaria que por necesidad: nadie se oponía a su rodaje, simplemente no se hubiera podido estrenar) allá por 1973.

Se estrenó en abril de 1977, en plena Transición, y cosechó apenas 250 000 espectadores pasando en gran medida desapercibida. Más tarde, en los ochenta y quizá en los noventa, se emitió alguna vez por televisión en horarios de madrugada. Poco más.

Sin embargo, es una película, un documental, absolutamente imprescindible. Un documento vivo de la realidad que pretende narrar, sin manierismos, sin afectaciones moralistas, sin la deriva histérica, mixtificadora y populista de los actuales documentales dirigidos por niñatos (más bien niñatas) sin experiencia vital ni formación cultural adecuada.

Una reliquia de cuando hasta los anarquistas como Basilio Martín Patino eran señores inteligentes, con clase y cultura. Flor de otras épocas y silencioso escarnio de la actual.

Hay que verla.

© Fernando Busto de la Vega.

UN PAR DE PELÍCULAS JAPONESAS QUE VER EN ESTOS TIEMPOS DE FEMINISMO PURITANO DE ORIGEN ANGLOSAJÓN.

MEIKO KAJI HUYENDO POR TOKIO DEL POLICÍA QUE HA LOGRADO ESPOSARLA EN EL METRO, PERO AL QUE LE HA CORTADO EL BRAZO A NAVAJAZOS PARA LIBRARSE DE ÉL. JOSHUU SASORI: KEMONO-BEYA (1973).

Quienes me siguen, y oye: no son pocos ni pocas, lo cual agradezco y me sorprende en estos tiempos de decadencia moral, cultural y política, ya saben que estoy hasta los cojones (permítaseme la locución vulgar) de las beatas de sacristía reconvertidas en burguesas progres y que han camuflado su pacato puritanismo en altisonante palabrería feminista. Ya lo he dicho muchas veces: son la misma mierda con diferente vestido.

Por eso, porque es necesario desengrasar, salir del lodo tóxico, castrante y traumatizante de esas feminazis progres de sacristía, las clásicas solteronas o malcasadas retorcidas, amargadas y deseosas de imponer sus problemas mentales al mundo, es preciso contrarrestar su hegemónica propaganda con saludables bocanadas de aire fresco, irreverente y en todo contrario a sus discursos ponzoñosos y paroxísticamente ridículos y enfermizos.

En ese sentido, de momento, nos queda Japón como país libre (aunque no por ello incólume a los arrebatos del puritanismo anglosajón, omnipresente y psicopático). Y hacia allí voy a mirar hoy para recomendar a mis lectores, y lectoras, algunas películas que necesitan ver sí o sí para desintoxicarse del pútrido ambiente feminista y puritano que nos imponen.

En primer lugar quiero reivindicar la carrera cinematográfica de Meiko Kaji en los setenta. Ya Tarantino nos la rescató como cantante en Kill Bill, pero Tarantino no deja de ser un yanqui gazmoño. Es preciso ir mucho más allá.

En esta entrada he comenzado con el principio de la tercera entrega de la serie Prisionera Escorpión, porque siempre me ha apasionado ese comienzo de película y esas escenas en las que la rea perseguida, esposada por un policía en el metro, logra salir del mismo dejando al madero en el interior del vagón y cortándole el brazo a navajazos para huir después, con el brazo cortado colgando de las esposas, por Tokio, pero toda la serie merece la pena ser vista.

En ella, y la anterior, conocida internacionalmente como Stay Cat Rock, no existe la pacatería ni la ñoñería del feminismo woke. Las protagonistas femeninas (interpretadas por Meiko Kaji) habitan un mundo brutal que las agrede, las viola y las machaca, pero logran hacerle frente con valor y salvajismo saliendo adelante y triunfando. No necesitan hablar de feminismo, porque son mujeres fuertes que triunfan y sobreviven. En ese sentido, hay que decirlo, se parecen mucho a mis personajes femeninos.

Meiko kaji en la piel de sus personajes: ¿objeto sexual? Puede, pero desafiante y vengativa, muy lejos de las muñequitas de porcelana hipersensibles y tocadas del ala del actual feminismo.

En esa misma línea de mujeres fuertes sin afectación histérica ni melindres ridículos, víctimas permanentes de todo lo que sucede a su alrededor y no pueden someter a sus órdenes inmediatas y a sus preocupantes fobias indicadoras de una enfermedad mental ya cada vez menos latente, quiero recomendar la película Gun Woman, de 2014, protagonizada por Asami Sugiura y cuya trama dejaré en silencio para quien desee conocerla lo haga por su cuenta y riesgo. Tan solo, como indicación y demostración de lo que estoy diciendo, acabaré esta entrada con un fotograma casi final de dicha película y su protagonista.

GUN WOMAN (2014), UNA PELÍCULA QUE DEBERÍA EMITIR TVE EN PRIME TIME, PERO NO LO HARÁ, LA CENSURA DEL FEMINISMO WOKE PURITANO LO IMPEDIRÍA. LO HA IMPEDIDO HASTA AHORA. ES MOMENTO DE EMPEZAR A EXIGIR LIBERTAD Y PLURALIDAD. ¡ABAJO LA DICTADURA DEL PURITANISMO FEMINAZI!

© Fernando Busto de la Vega.

¿QUIÉN SE ACORDARÁ DE ALMODÓVAR DENTRO DE VEINTE AÑOS?

Si existe un ejemplo de triunfo coyuntural en el cine español es, sin duda, el de Pedro Almodóvar. Sin el apoyo gubernamental del felipismo a partir de 1982 dentro de su política propagandística que unió la idea de contraste acentuado con el franquismo y avance hacia la posmodernidad como filosofía superficial, materialista y desideologizada (es un decir: era ultraliberalismo puro) y el progresismo entendido como auge de la militancia identitaria y de género propiciado por los homosexuales de clase alta que después de 1975 asaltaron el poder cultural y mediático disfrazados de «modernos» en contraste con sus pares heteros, probablemente no hubiera logrado hacer más allá de un par de películas que, como la primera, no hubieran interesado a casi nadie.

El felipismo, con Pilar Miró a la cabeza como directora general de Cinematografía (puesto desde el que se encargó de desmantelar la parca industria cinematográfica nacional para someter al cine a la subvención y por ende la supervisión, el dirigismo y la censura) impulsó dos corrientes básicas de cine propagandístico con piel de cordero. Por un lado, la llamada Comedia Madrileña, en la que la burguesía acomodada y acomodaticia sustituía como protagonista a la clase obrera representada, y crítica, en las denostadas películas de Pajares y Esteso, por poner un ejemplo (y que que deben ser revisitadas al menos desde dos puntos de vista: la pureza del lenguaje y la crítica social y política ambas desaparecidas en el nuevo género impulsado desde el ministerio de Cultura), destinada al consumo interno y a difundir la ideología ultraliberal afín a la cultura del pelotazo que tanta corrupción engendró en apenas una década acabando por propiciar la quiebra del propio partido en el poder así como permitiendo la emergencia de personajes como Jesús Gil y otros de su calaña, y, de cara a la propaganda exterior, los engendros de Almodóvar, que se vendían bien en la anglosfera donde la intelectualidad llevaba décadas, controlada de cerca por la CIA, abandonando el barco de la lucha de clases para embarcarse en lo queer y el feminismo como fachada «progre» para el puritanismo de siempre. En ese marco, Almodóvar resultaba el producto perfecto para ser difundido y reverenciado en los círculos elitistas de la intelligentsia anglosajona y catapultado, por lo tanto, al éxito.

De ahí que su carrera se opacase con la caída del felipismo atravesando una larga transformación desde las películas propias de un mariquita gamberro e irreverente financiado por un gobierno que pretendía transmitir una imagen de país con esas características a las de una señora mayor aficionada a los culebrones y que se relanzara, curiosamente, con la llegada al poder de Zapatero, otro caudillo «progre» del PSOE.

No debe extrañarnos que Almodóvar sea un fanático del PSOE y su agenda «cultural» al margen de la cual no existiría.

Pero el PSOE, y el régimen, difícilmente sobrevivirán a Pedro Sánchez (quizá alguna década, pero poco más) y la función propagandística del cine de Almodóvar se hundirá con el partido y el régimen. Entonces, librado al mercado puro y duro y a la realidad, se producirá su olvido (ni siquiera su repudio).

Pedro Almodóvar, además de ser un baldón para la cinematografía española, es ya un cadáver putrefacto, el pasado triste y vergonzante.

© Fernando Busto de la Vega.