Archivo de la categoría: espiritualidad

NACIDOS PARA PERDER, LUCHEMOS.

Nacemos para perder. Hagamos lo que hagamos, acabaremos muertos. Esta es una realidad indiscutible. Por eso mismo resulta estúpido tener miedo. Y lo malo del caso es que vivimos acojonados.

Nos lavan el cerebro con el espejismo del triunfo pretendiendo que no nos percatemos de la realidad completa. Hasta el mayor de los triunfadores ha perdido mil veces, hasta el más rotundo éxito conduce al fracaso. La cima es el inicio de la decadencia. Quizá podamos construir un imperio, pero seguramente moriremos con él. O, en cualquier caso, moriremos y de nada habrá servido nuestro esfuerzo. Porque tarde o temprano todos los imperios caen y ninguno de nuestros herederos agradecerá nuestro legado, simplemente lo aceptará como un derecho.

Insisto, pues: nacemos para perder y hagamos lo que hagamos acabaremos muertos, derrotados y olvidados. Entonces ¿de qué sirve el miedo?

Teniendo en cuenta que nuestro tiempo es finito y que acabaremos en el desastre carece de sentido tener miedo. Ya estamos muertos y vencidos, luchemos y vivamos. Seamos grandes de espíritu y dejemos en el mundo la huella de nuestra grandeza, que no es necesariamente la de nuestro poder. Tanto el emperador como el mendigo tienen el mismo compromiso consigo mismos: sonreír con calma ante el dolor y los desafíos y triunfar ante las tentaciones inducidas por el miedo, la pequeñez de espíritu y la ignorancia. Todo lo demás, con riqueza o pobreza, en el poder y la gloria o en la base de la pirámide, en la marginalidad, es desperdiciar la vida.

Vas a morir, aprovecha la vida. Vas a sufrir, combate con valentía y disfruta los buenos momentos. Se grande, se generoso, se benéfico, se indulgente…lo demás, no importa. Tal es el camino hacia la divinidad.

© Fernando Busto de la Vega.

EL COLOR (Y LA RELIGIÓN) DEL HAMBRE

NO SOY CRISTIANO, NI JUDÍO, NI MAGO, NI MUSULMÁN, NO SOY DEL ESTE NI DEL OESTE (…) MI RELIGIÓN ES EL AMOR. (YALAL AD-DIN MUHAMMAD RUMI Y EL ABAJO FIRMANTE)

Hace apenas unos días comentaba con mi amiga Isabel M. una de las cosas que más me enfurecen y me llenan de rabia y de frustración en esta vida: el hecho de que a las obligaciones éticas y humanas se las asocie demagógica o fanáticamente con una ideología determinada.

En el contexto de una recogida de alimentos para los refugiados en Grecia llevada a cabo en colegios e institutos le explicaba cómo detesto que en determinados centros privados se apropien del gesto ciertas sectas y que en los públicos hagan lo propio los activistas de determinadas corrientes políticas mostrándoles a los niños y los jóvenes la bajeza de vincular sus obligaciones morales con la militancia y de atraerlos a la misma mediante el ejercicio de la solidaridad y los valores respetables en lugar de enseñarles la indeclinable grandeza de ser fuertes, generosos y honorables al margen de la religión y la política. Antes que nada somos humanos, una familia. Y como humanos estamos obligados a la grandeza. Y no nos engañemos, esta grandeza está hecha de grandes principios (honor, generosidad, valor, lealtad, solidaridad…) independientes de la ideología y las creencias que son secundarias, opinables y destinadas a hacernos más pequeños, más despreciables, a alejarnos de nuestra integridad como seres humanos. A alejarnos, incluso, si pretendemos ser religiosos, de los dioses, de cualquier dios.

Lo digo claro y es una de mis creencias fundamentales: Ningún dios respeta ni ha respetado nunca a los fanáticos ni a los mezquinos, a los débiles, los cobardes y los egoístas. Cualquier dios es bondad, amor y compromiso por encima de todo (de lo contrario no es un dios, es un demonio exaltado fraudulentamente a los altares).

Decía Vespasiano, cuando le afeaban implantar un impuesto por el uso de los retretes públicos, que el dinero no tiene olor. Pues bien: el hambre no tiene (o no debe tener) color, religión ni ideología. Ni siquiera especie…si un animal padece hambre el hombre de honor está obligado a alimentarle, si está herido o enfermo, a darle protección y curarle. Cuánto más le incumbe esta obligación con los de su propia especie. Incluso sus enemigos.

Sin embargo, es frecuente encontrarse con esa repugnante mezquindad que induce a considerar la obligación moral como una opción regulable en función de nuestra afinidad ideológica con el que sufre.

Hace años, lo confieso, tuve mucho más que palabras con un tipejo despreciable que en época de crisis económica y pobreza extendidísima defendía (y practicaba) el reparto de comida solo para españoles. Le convencí expeditivamente de su error, modifiqué, bien es cierto que con métodos un tanto cuestionables, su política de reparto (y la de sus amiguitos, lo que no dejó de traerme algunos problemas) y afirmo con la cabeza alta que estoy orgulloso de ello. Pero la gente no cambia.

Hoy mismo, en el transcurso de la mencionada recogida de alimentos para los refugiados de Grecia (de la que yo solo soy un espectador interesado), una señora musulmana antes de decidirse a donar me ha estado preguntando quién recibiría la ayuda. Le preocupaba que no fuese exclusivamente dirigida a musulmanes. Naturalmente, desde el más profundo desprecio, le he mentido y le he dicho que iba destinada solamente para los refugiados de Gaza y del Líbano y así la he convencido no solo de que done sino de que sea generosa (o lo pretenda, ya se verá el alcance de su limosna).

Me revienta que pudiendo estar tan cerca de los dioses muchos de nosotros nos quedemos a la altura indigna de las hienas por puro fanatismo, puro partidismo. Tengo ya una edad y nunca fui un ingenuo, pero sigo amargándome con ciertos comportamientos, con ciertas actitudes. Y lo peor es que cuando hablo nadie me entiende, todos identifican mis críticas con mi pertenencia a otro partido, a otra religión al enemigo… Así de difícil es pregonar la grandeza y el acercamiento a los dioses, a nuestra condición de tales aún en vida, cosa que se logra con la práctica de la Virtud.

En fin…paciencia, y perdonad que me desahogue con vosotros.

© Fernando Busto de la Vega.

DOS MISTERIOS DE LA LITERATURA

Una novela o un poema jamás son necesarios, muchos incluso pueden considerarse superfluos y, sin embargo, algunos acaban convirtiéndose en imprescindibles.

He aquí un misterio de la Literatura: cómo un efecto propio del ego individual (el escritor escribe porque quiere y lo necesita, el proceso literario es plenamente endógeno, aunque acabe convirtiéndose en exógeno) acaba convirtiéndose en patrimonio universal o, al menos, común.

Dicho esto podemos preguntarnos, dejándonos llevar por el romanticismo o el misticismo, si realmente la producción literaria es o no necesaria. Podríamos vivir sin la Ilíada o sin el Quijote ¿pero seríamos nosotros? Cuando estas obras se individualizaron y se construyeron en el magín de Homero y Cervantes ¿eran realmente un proceso endógeno e individual o, por el contrario, los autores fueron meros cauces de intereses mayores? He ahí otro misterio de la Literatura.

No es necesario profundizar más, baste la enunciación y la invitación a la reflexión como acto mistagógico. Lo demás llegará por sí solo.

© Fernando Busto de la Vega.

LA MISA MODERNA Y LOS DEMONIOS

Uno de mis amigos católicos se sorprendía no hace demasiados días cuando, charlando sobre lo humano, pero sobre todo sobre lo divino, le mostraba mi poca simpatía por el concilio Vaticano II y abogaba por desandar la mayor parte de sus caminos.

—No entiendo—me decía—como siendo tú un pagano seguidor de Zeus-Ahura Mazda, el Sol Invicto, Anahita y los demás dioses y diosas, negando la necesidad de salvación del ser humano y afirmando en cambio su posibilidad de convertirse en dios si ejerce en grado sumo las virtudes, te preocupes de lo que hacen o dejan de hacer los católicos.

—Como seguidor del Recto Orden—le respondí— soy también defensor de que todas las opiniones religiosas, no las sectas supersticiosas, acercan a la divinidad y deben preocupar a todos los espíritus religiosos y tengo entre mis obligaciones morales la caza y destrucción de demonios. Por lo tanto, es lógico que me preocupe del catolicismo, aunque no considere a Jesús mi salvador.

Y pasé a explicarle dos cosas.

La primera que el Vaticano II fue una imposición de los Estados Unidos, que habían ganado la II Guerra Mundial y establecido un orden colonial en Europa occidental. Un orden al que también los católicos debían reducirse. En ese sentido, el llamado aggiornamento propugnado por el Vaticano II no fue otra cosa que la adaptación del cristianismo heredado de Roma, y por lo tanto de la ortodoxia imperial, a los preceptos de los protestantes y masones que manejan Washington.

Teniendo en cuenta que a pesar de su condición de secta, el catolicismo, dentro de todo el cristianismo, es la única procedente de la autoridad imperial y que los emperadores de Roma eran depositarios de la autoridad religiosa, debe considerarse la expresión más pura y estricta de su vía doctrinal siendo todas las herejías protestantes sectas ilegítimas y contrarias a la verdad espiritual y, por lo tanto, dignas de ser perseguidas y exterminadas. En ese contexto, que protestantes y masones impongan sus usos, costumbres y pensamientos al catolicismo en lugar de abandonar sus cismas y aceptar la tradición imperial y, por lo tanto, más próxima a la Verdad y el Orden, solo puede ser conceptuado como una abominación, algo aberrante y sucio, un anatema repugnante que mancha y deteriora dicha tradición y que, por lo tanto, ni desde el catolicismo, ni desde el paganismo ni desde el Recto Orden se debe aceptar.

En consecuencia es preciso desandar ese camino nefando.

Los católicos están lejos de la Verdad, pero masones y protestantes son servidores del mal, de los demonios.

Y ahí se produce uno de los actos más aberrantes del aggiornamento. Comprendo que al individuo moderno, alejado de lo sagrado y de la verdadera naturaleza de la religión, lo que voy a explicar le resulte indiferente por pura ignorancia, pero entre sabios y entendidos no debe pasarse por alto.

Misa en la Catedral de Sigüenza para celebrar el fin del Año Jubilar AYUNTAMIENTO (Foto de ARCHIVO) 19/6/2019

Tradicionalmente, como en el paganismo, el sacerdote católico rezaba a la cabeza de su comunidad a este lado del altar y frente a la divinidad. El Vaticano II cambió eso. Colocó al sacerdote de frente a la comunidad y al otro lado del altar, exactamente en el lugar de la divinidad y dándole la espalda. Esto es un acto contrario a la religión y al respeto debido porque detrás del crucifijo está Zeus-Ahura Mazda…o estaba, con los sacerdotes ocupando su lugar solo los demonios se acercarán ahora al altar. Y eso debe cambiar.

Sé que pocos entenderéis lo que digo, pero es necesario decirlo.

© Fernando Busto de la Vega.

UNA ESTAMPA DE LA (DES)INTEGRACIÓN

ZEUS, JUNTO CON APOLO Y ATENEA LA BASE DE NUESTRA CIVILIZACIÓN QUE DEBEMOS DEFENDER.

El concepto de multiculturalidad, como toda la ideología progresista, esconde, bajo el aspecto de loables principios humanitarios, el ponzoñoso veneno del maoísmo (el racismo anti-blanco impulsado por los chinos al servicio de sus intereses imperialistas) que de un modo un otro utilizan no solo Pequín, sino también Moscú y las potencias del Golfo y Teherán para disgregar, debilitar y paralizar hasta su disolución a las naciones occidentales. Es así, discutirlo resulta absurdo y solo pueden hacerlo aquellos que se benefician económica e institucionalmente de dichas ideologías o los fanáticos estúpidos incapaces de ver la realidad.

Para ilustrar a donde nos conduce esa trampa ideológica pondré un solo ejemplo que me ha comentado una amiga testigo presencial de los hechos.

Un instituto de secundaria: se lleva a los alumnos a ver una obra de teatro de carácter mitológico. Estos, menores, necesitan una autorización de sus padres. Y aquí viene la fotografía social que nos explica a las cara la (des)integración futura, a no más de diez años vista.

¿Quiénes acuden a la función? Los alumnos de origen español y europeo, sin excepción.

¿Quiénes no lo hacen? Los alumnos hispanoamericanos incursos en sectas evangelistas (no debería, por cierto, poder entrar en España ningún hispanoamericano que haya renunciado al legado español para asumir el imperialismo anglosajón a través del evangelismo, esa conversión es ya de por sí un acto hostil y antiespañol) y los musulmanes.

No hace falta ser muy listo para comprender como la multiculturalidad echará a perder no solo la convivencia sino hasta el legado histórico de Europa que, se quiera o no, hunde sus raíces en el paganismo indoeuropeo. Y eso antes de una década. Y ya no existe una solución pacífica y sencilla. El horror futuro está servido por la ignorancia y la malignidad de los progres.

© Fernando Busto de la Vega.