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LOS EXTRAÑOS RESORTES DEL ÉXITO

Hoy en día el mundo está lleno de bocazas, charlatanes, cantamañanas y estafadores haciendo apología del éxito (eufemismo que utilizan para hablar de la especulación, la avaricia, la vanidad y la miseria moral) y presentando (previo pago) todo tipo de procedimientos y trucos infalibles para alcanzarlo. Demuestran con ello, además de mucha cara dura, su total ignorancia sobre la realidad de la vida y los recovecos del destino. Por ello he creído útil traer aquí dos concisos ejemplos de cómo alcanzaron el verdadero éxito dos hombres de acción que lograron llegar a la cima del poder y del Estado.

El primero es Julio César.

Hasta que César cruzó el Rubicón no era otra cosa que un funcionario exitoso, un político ambicioso y bien situado, pero comparable a otros muchos. Solo el hecho de desafiar al Senado, cruzar el río que separaba su provincia de Italia y comenzar una guerra civil que podía haber acabado con él, pero le encumbró al poder absoluto, le permitió erigirse en una figura política e histórica singular y señera.

La decisión de cruzar o no el Rubicón era crucial y difícil de tomar, por ese motivo César se detuvo a la orilla del río, indeciso.

La historia oficial nos cuenta que al cabo resolvió arriesgarse y dio orden de invadir la Italia senatorial y dar inicio a la guerra civil. Pero el propio Tito Livio nos cuenta otra versión de los hechos. No fue Julio César, sino uno de sus centuriones, un exaltado que perdió los nervios, quien se lanzó a cruzar el río dando gritos de victoria. Sus legionarios le siguieron, luego se sumaron otros centuriones, más legionarios y César acabó cruzando el Rubicón siguiendo a sus tropas, no encabezándolas. Lo demás, ya lo sabemos.

Hablemos ahora del general Espartero.

En diciembre de 1836 la Primera Guerra Carlista se encontraba en una de sus fases decisivas. Los carlistas estaban asediando Bilbao y el gobierno liberal encargó al general Espartero, que en ese momento se encontraba en Burgos, que acudiera a romper el cerco de la ciudad, liberándola e impidiendo que Don Carlos entrase en ella. Enseguida se puso en movimiento con sus tropas. Las condujo al Cantábrico entre incesantes tormentas de viento y nieve, las embarcó en Castro Urdiales y las condujo por mar hasta Portugalete.

Una vez allí, y con el tiempo empeorando (aquel mes de diciembre fue atroz en el norte: nieve continua, ventiscas salvajes, terreno congelado o enlodado) Espartero comenzó a intentar romper el cerco de Bilbao. Primero lo intentó por una de las riberas del Nervión, siendo derrotado. Luego probó por la otra que representaba mayor dificultad puesto que implicaba atravesar el río por un puente de barcas que la tempestad destruyó y hubo de ser reconstruido más al interior lo que impidió que la caballería y la artillería se unieran a su ataque. Peor aún: el día en que debía tener lugar él cayó enfermo y hubo de ceder el mando a su jefe de estado mayor, el general Oráa, que tras horas de lucha quedó frenado por los carlistas en el lodo y la nieve. Tan grave se tornó la situación de los liberales que Espartero en plena noche y después de toda una jornada de lucha, todavía enfermo, hubo de levantarse de la cama y acudir al otro lado del río por el puente de barcas reconstruido con refuerzos. La idea era que las tropas de refresco sustituyeran a los diezmados, agotados y congelados batallones que habían estado combatiendo sin pausa durante más de doce horas.

Una vez en posición, Espartero dio la orden lógica: relevo. Sin embargo, un corneta novato y nervioso se equivocó y tocó la orden de carga. De inmediato ambos sectores del ejército, los que llegaban de refresco y los que llevaban todo el día combatiendo, corrieron al asalto de las alturas que defendían los carlistas que, sorprendidos, fueron arroyados de tal forma que huyeron levantando el cerco de Bilbao y otorgando a Espartero la victoria decisiva que le elevaría a la gloria y le conduciría incluso a la regencia. Él se limitó a ordenar el relevo seguramente con intención de dejar a Oraá al frente del combate y regresar a su cama, sin embargo el error de un corneta cambió las cosas y Espartero se encumbró anotándose una victoria en la cual su papel se limitó a seguir a sus valientes soldados cuando se lanzaron al asalto de las alturas de Luchana.

Así funciona muy a menudo el éxito (y el fracaso) hay que tenerlo en cuenta. El destino y los dioses (también la suerte) siempre juegan su papel.

© Fernando Busto de la Vega.

TRAFALGAR, EL TRIUNFO DE LA CORRUPCIÓN BRITÁNICA

En 1801 John Jervis, nombrado por Jorge III primer conde de San Vicente a causa de su victoria en el cabo de tal nombre sobre una flota española allá por 1797, fue elevado a Primer Lord del Almirantazgo inglés por el primer ministro Henry Addington, que llegaba para acabar con la era de Pitt y se manifestó tan incompetente que el resultado de sus tres años en el cargo fue el regreso triunfal del propio Pitt, al que había logrado tumbar en 1801.

Jervis no resultó mucho más eficaz que su primer ministro. El conde de San Vicente era un tipo ordenancista, estricto y honesto a rajatabla. Durante su ya larga carrera en la Armada había venido observando los tejemanejes de los contratistas civiles que aportaban madera para la reparación y construcción de barcos dentro de un sistema corrupto a más no poder. Enjuagues que crecían en número y gravedad a medida que la madera de los bosques británicos se acababa y era preciso traerla desde países remotos o, directamente, establecer astilleros en puertos como Bombay, rodeados de feraces selvas. De modo que, al llegar al Almirantazgo, zanjó por lo sano. Conocía todos los trucos y los erradicó de raíz con un resultado indeseado: los grandes asentistas, especialmente Larking y Bowsher, decidieron dejar de suministrar madera a la Armada británica y esta pasó tres años, hasta la caída de Jervis y Addington, sin poder reparar ni un solo barco, mucho menos construirlos.

Para 1804 un tercio de la flota de guerra inglesa estaba deteriorada, hacía aguas… si la estricta honradez de Jervis se hubiera mantenido un año más, su protegido (fue él uno de los más conspicuos impulsores de su carrera) Nelson se hubiera llevado la del pulpo en Trafalgar y la victoria hubiera sido española a pesar de la incompetencia y cobardía de nuestros aliados franceses. Simplemente, la flota inglesa no hubiera estado a la altura técnica del acontecimiento. De hecho, en 1805, cuando tuvo lugar dicha batalla, nada menos que 17 de los 27 navíos de Nelson habían sido reparados desde que Addington y Jervis cayeron y Pitt regresó al poder poniendo al frente del almirantazgo a Lord Melville que recuperó los suministros volviendo a tolerar la corrupción y la especulación de Larking y Bowsher.

A veces la Historia nos desarbola la moral con sus retruécanos. Todos, en principio, simpatizaríamos con la política estricta de Jervis…pero fue la tolerancia con la corrupción de los especuladores anti-patriotas la que permitió realmente el triunfo nacional de la armada británica. Da para pensar.

© Fernando Busto de la Vega.

CUANDO LA HISTORIA (Y NAPOLEÓN) TE PASAN POR ENCIMA (SOMOSIERRA, 30 DE NOVIEMBRE DE 1808)

EN LA IMAGEN, Y ANTE LA DIFICULTAD DE ENCONTRAR UN RETRATO DEL GENERAL SAN JUAN, UN LANCERO DEL VÍSTULA.

El general Benito de San Juan no era un cualquiera. Tenía una honrosa carrera militar a sus espaldas y había cumplido debidamente en todos sus puestos operativos y administrativos.

Siendo teniente coronel sirvió en la Guerra de las Naranjas como segundo del regimiento de Húsares Españoles (fundado en 1795) distinguiéndose de tal modo en la acción de Arronches que Godoy se fijó en él y lo ascendió a coronel poniéndolo al frente de su guardia personal: la Guardia del Generalísimo (sí: hubo generalísimos antes que Franco. Godoy fue el primero, Wellington, para nuestra deshonra, el segundo). En 1805 era ya mariscal de campo y en 1806 fue enviado a Vizcaya como gobernador político y militar para acabar con la sublevación conocida como Zamacolada.

En 1807 regresó a Madrid como inspector general de Infantería y allí le pillaron el motín de Aranjuez y la invasión francesa. Pudo sobrevivir a la caída de Godoy porque tenía lazos con los Palafox.

Contra lo que suele afirmarse, Godoy era un buen político y un aceptable general. De hecho, sin mediar el golpe de Aranjuez encabezado por el traidor e inepto príncipe de Asturias (futuro Fernando VII) que incluso corrió a los brazos de Napoleón, hubiera zanjado en pocos meses la invasión de 1808. Es más: con él ya prisionero y aplicando su plan de concentración de tropas en el sur y contrataque el ejército patriota estuvo muy a punto de conseguirlo. El 19 de julio de 1808 el general Castaños (eficazmente secundado por el general suizo Reding y el walón Coupigny, ambos al servicio de España y leales a la patria) derrotó por primera vez en campo abierto a un ejército napoleónico (no lo hicieron ni los ingleses, ni los alemanes, ni los austriacos, ni los rusos, fueron los españoles). Después el ejército unido avanzó hacia el norte. José I hubo de huir de Madrid, que fue reconquistada, y los franceses huyeron en masa al norte del Ebro, hacia Pamplona y Barcelona, donde se habían hecho fuertes, levantando de paso el sitio de Zaragoza. El siguiente jalón del plan fue la batalla de Tudela (23 de noviembre de 1808) que se perdió por la indisciplina y traición de José de Palafox y sus hermanos. De haberse ganado, y pudo haberse ganado de no mediar la traición de los Palafox, que no deseaban ver encumbrado a Castaños, el siguiente paso hubiera sido la invasión de Francia y muy probablemente España hubiera derrotado a Napoleón y restablecido a los Borbones en Francia antes que los ingleses y se hubieran evitado siete años más de guerra.

Pero los Palafox seguían sus propios intereses políticos y prefirieron el aniquilamiento del ejército español a ver triunfar al general Castaños ejecutando un plan diseñado por el generalísimo Godoy.

Destrozado el ejército español en Tudela solo pudo retirarse en desbandada. Los franceses volvieron a cruzar el Ebro hacia el sur y a asediar Zaragoza. El propio Napoleón viajó a España para hacerse cargo del mando directo de sus ejércitos y acompañó a su hermano José camino de la reocupación de Madrid.

En efecto, Madrid volvía a estar en peligro, era preciso frenar a los franceses antes de que pudieran cruzar la sierra y ocuparlo de nuevo. La misión se le ofreció al general Elío, que muy consciente de su dificultad (la derrota y la dispersión del ejército de Castaños así como la destrucción del Ejército de la Izquierda dirigido por el general Joaquín Blake, había dejado el centro de la península casi desguarnecido y había muy pocas tropas que reunir para aquella gesta frente al propio Napoleón), se excusó de aceptarla. Por lo tanto el marrón, permítasenos la expresión vulgar, le cayó al general San Juan, a la postre inspector general de Infantería y sin duda el jefe militar de más alto calibre que se encontraba en Madrid.

Y lo cierto es que San Juan no lo hizo mal. Reunió una docena de batallones y 16 cañones y salió de Madrid para bloquear el paso de Somosierra. Menos de una semana tardó en plantarse allí Napoleón después de la derrota española de Tudela. A esas alturas los ingleses del general Moore que habían entrado desde Portugal huían hacia Galicia, donde se embarcaron a principios de 1809 en La Coruña y Vigo, lo que restaba del Ejército de la Izquierda intentaba frenar inútilmente a los franceses entre Vizcaya y Burgos, Palafox volvía a encastillarse en Zaragoza, Castaños era defenestrado por las insidias e influencias de los Palafox y lo que restaba de su ejército se replegaba rápidamente sobre La Mancha. El general San Juan estaba solo.

Una vez en Somosierra estableció un dispositivo defensivo inobjetable. Tres líneas de defensa en profundidad y ganando cotas de altura con la artillería dominando el único puente practicable para salvar los barrancos del puerto. Durante toda la mañana del 30 de noviembre de 1808 este dispositivo frenó eficazmente a los franceses. El general San Juan estaba derrotando al mismísimo Napoleón Bonaparte. Finalmente este acabó recurriendo a un escuadrón de los Lanceros del Vístula una unidad de caballería polaca mandada por el capitán Kozietulski que lanzó una carga suicida y frontal contra la primera línea defensiva española. La artillería y la fusilería de San Juan diezmaron el escuadrón polaco, pero los jinetes lograron cruzar el puente y saltar sobre los cañones lanzándose sin detenerse contra la segunda línea, que contra todo pronóstico, tomaron también lanzándose contra la tercera a la que llegaron apenas veinte lanceros ya sin oficiales, porque todos yacían muertos o gravemente heridos en el camino. En esas condiciones se les hubiera rechazado fácilmente, pero Napoleón había lanzado tras ellos a los húsares y la caballería ligera y la tercera línea fue desbaratada también obligando al general San Juan a retirarse con los restos de sus tropas, la historia, Napoleón y 216 lanceros polacos le habían pasado por encima.

Al general San Juan ni se le ocurrió regresar a Madrid (que fue tomado el 4 de diciembre siendo defendido por 300 soldados españoles que se enfrentaron a los 55000 de Napoleón). Con lo que restaba de su columna se retiró a Segovia primero (desde donde uniéndose con las tropas del brigadier Heredia procedentes del aniquilado ejército de Blake intentó avanzar hacia Madrid, aunque no llegó a tiempo) y de allí a Talavera de la Reina donde un motín acabó con su vida el 7 de enero de 1809. Quienes le asesinaron y arrastraron su cadáver por las calles hasta colgarlo de un gran olmo a las afueras de la población fueron soldados del regimiento de Montesa a cuyo coronel, Sardeñ, San Juan había acusado de cobarde al no obedecerle cuanto le ordenó a finales de noviembre acudir a ayudarle en Somosierra.

La Junta Suprema envió al general Morillo (que años más tarde se distinguiría en la guerra contra el traidor a sueldo de los ingleses Simón Bolívar) que restableció el orden y apresó a Sardeñ.

© Fernando Busto de la Vega.

RUSIA Y LA OTAN: UNA GUERRA FUTURA

Más allá de la propaganda de guerra de la OTAN, necesitada de asustar a la población en momentos de intensa crisis geopolítica, parece que la cosa va en serio. Putin acaricia la idea de atacar algún país de la OTAN en los próximos dos o tres años. Esto sería un error, evidentemente.

Una vez que el golpe contra Ucrania fracasó enfangando a Rusia en una guerra larga y de desgaste en la que después de casi tres años no ha podido aplastar a un enemigo supuestamente inferior viéndose obligada a movilizar incluso a sus presos y a mercenarios y milicias afines con el impacto económico y social que eso conlleva y, por lo tanto, con la desafección popular que significa a pesar de la represión y la propaganda oficiales, pensar en desafiar a la OTAN por medios convencionales representa un suicidio.

¿Puede suceder? Lógicamente Putin, un señor de 73 años, está contra las cuerdas. Aceptar la derrota es perder el poder y, con él, la inmunidad de todos sus actos pasados (conocidos y por conocer). Es lógico que huya hacia adelante en una pretensión absurda y suicida para mantenerse sobre el caballo. La pregunta es ¿van a seguirle sus secuaces o asesarán y comenzarán a pensar en una salida que no les conduzca al abismo?

Si yo fuera Putin solo comería los higos de mi higuera y tendría muchísimo cuidado con los pretorianos. Aunque, como demuestra la historia de Roma, ninguna de las dos medidas suele evitar lo inevitable.

© Fernando Busto de la Vega.

DEJANDO CLARAS ALGUNAS COSAS

Lógicamente, los ficheros de algunas agencias nunca se cierran y los caminos de ciertos «Señores» son inescrutables y configuran de modo curioso la realidad.

De pronto, no sabes cómo, te encuentras en el parque al que sueles ir a pasear en tu ciudad de provincias, en la que vives retirado para no mancharte con las inmundicias de ciertos ambientes, una hermosa mujer que conociste hace demasiado tiempo en tierras lejanas. Ya no es tan joven como entonces, pero sigue siendo atractiva. Conocen tu talón de Aquiles. Te reconoce, te saluda…la miras con silenciosa ironía, intentando parecer cándido y sincero, como si no supieras a qué viene.

Te recalca, por si lo has olvidado, que no es rusa sino kazaja…aunque de los kazajos de origen ruso. Te invita a cenar, a unas copas…le dices claramente: «non serviam» y desaparece lindamente sin pagar la cuenta.

Estas cosas pasan a veces.

Recuerdo a este respecto cierta conversación en la Escalerona de Gijón cuando tenía diecisiete años con un coronel de vacaciones en la que ya dejé sentados bien claros algunos principios irrenunciables que me costaron la pérdida de la financiación de algún proyecto en el que, por otra parte, ya había perdido interés.

Ahora quizá sea preciso dejar por escrito, sin entrar en pormenores, algunos de ellos: jamás seguiré a quien no garantice la grandeza y unidad de España, jamás obedeceré a ningún tirano, jamás optaré por la guerra mientras existan caminos de paz…

Ignoro si en un futuro próximo tendremos que matarnos por las ambiciones y la estupidez de viejos mandatarios en Moscú, Washington (que deberíamos escribir Guasintón) o Pequín (no Beijing), pero sé que tarde o temprano deberemos reconciliarnos, establecer la paz entre nuestros pueblos más allá de la crueldad de los sátrapas del mal y, llegados a ese punto, y en este mismo instante como acto preventivo, quiero manifestar en este lado del mundo el verdadero pensamiento de la mayor parte de los rusos. Utilizaré para ello una canción del grupo disidente y perseguido Ic3peak que me parece lo suficientemente elocuente:

Bueno, dos canciones:

NOTA: Adoro la voz y las capacidades vocales de Nastya Kreslina, y me parece preciosa. Estas intimidades carecen de interés público, pero ya que hablo más de la cuenta, que sea con todas las consecuencias.

© Fernando Busto de la Vega.