El domingo 26 de julio de 1806, en Winkel, con Maguncia a la izquierda y Bingen (la abadía de Hildegarda) a la derecha, ambas en la orilla opuesta, la joven poetisa de 26 años Karoline Von Günderrode, desesperada por no conseguir que su amante, Georg Friederich Creuzer, que tendría el mal gusto de sobrevivirla hasta 1853, abandonara a su mujer, buscó un tranquilo y adecuado paraje en la rivera del Rin y llegó hasta él con un llamativo vestido rojo. Una vez allí, tras asegurarse de que se encontraba sola, extrajo de su faltriquera un estilete de plata y se lo clavó en el corazón dejándose caer, como una Ofelia travestida en amapola, en la corriente impetuosa del río, que la arrastró durante días hasta que la encontraron en un remanso. Había dejado escrito el siguiente poema:
Hasta ahora que lo he hecho por primera vez, las personas que rompían por WhatsApp me parecían despreciables, ridículas y patéticas. En cambio, probada la experiencia, confieso que he disfrutado (resulta cómoda, rápida y aséptica) y, además, me siento de lo más moderno, cool e in. ¡Por fin he entrado en el siglo XXI!
La cosa fue sencilla. Le envié a la destinataria en cuestión una acumulación de emoticonos y símbolos que venían a decir: «me aburres, no te aguanto más, hasta aquí hemos llegado, que te den» y, acto seguido, la bloqueé sin posibilidad de réplica. Nada de discutir ni soportar las amargas críticas y acerbos insultos del enemigo.
Si la ruptura se hubiera realizado en persona la bronca habría alcanzado niveles estratosféricos y al final hubiéramos acabado reconciliándonos. Siempre nos reconciliamos.
De haber recurrido al tradicional método literario, la cosa habría transitado por derroteros inútilmente eruditos y versallescos tales como: «No eres ni frío ni caliente y por tibio te escupirá Dios de su boca, cita del Apocalipsis que Prisciliano dedicó a su detractor y perseguidor Itacio como definición de su personalidad y que yo debo aplicarte a ti, cariño (bueno: ex-cariño). Tú también eres tibia y por eso te esputo de mi vida, excretándote con determinación y sin remordimiento alguno. Además, tienes las tetas pequeñas…el culo magnífico, eso sí». Y luego seguirían veinte o treinta párrafos cada vez más farragosos y confusos…me internaría por los cerros de Úbeda y quizá el mensaje se perdiera entre las anfractuosidades de un texto complejo y largo que ella jamás leería hasta el final, motivo por el cual quizá no llegase nunca a enterarse de que la dejaba.
Mucho mejor el WhattsApp…
Por cierto, cari, ya te hecho de menos ¿volvemos?
Lástima que ella, por principios ideológicos (y ganas de tocar los cojones), nunca lea este blog de un «escritor pijo» como yo. La he perdido para siempre…(¡snif!).
El otro día pude asistir a una curiosa conversación mantenida por tres niñas de doce años. A dos de ellas las habían visto morreándose y sobándose y la tercera acudía a testimoniarles su sorpresa y su pasmo, no sabía que fueran novias, les dijo. La respuesta que recibió resultó antológica y, además de hacerme sonreír, no dejó de conducirme a la reflexión.
—No somos novias—le respondió muy convencida y llena de alborozo una de las interpeladas.
—Solo somos amigas que se besan…y a veces se magrean—sentenció la segunda, no con menos entusiasmo.
—Eso: nos besamos, nos abrazamos, nos sobamos y bueno…tú sabes, pero no…—corroboró la primera, jovial.
—¡Ah, ya me parecía a mí! No me pegaba nada que fuerais novias—suspiró con alivio la tercera sucediéndose un triple abrazo colectivo y entusiasta.
Todo ello me hizo pensar en los límites y definiciones de las relaciones afectivas y sexuales quizá en estos tiempos que corren más ambiguas y desdibujadas que nunca. Si bien, estoy convencido, la claridad taxativa a la que estamos acostumbrados los nacidos y crecidos en el siglo XX no dejaba de ser en su momento una simple convención, un modo de explicar situaciones complejas de un modo sencillo. Ya se sabe, y se decía ya en el siglo XX, que cada pareja es un mundo y a menudo su complejidad las hace incomprensibles a los demás siendo el modo más sencillo de zanjar la cuestión sin entrar en intimidades innecesarias simplificar la respuesta: somos novios, somos amantes, somos amigos con derechos, no somos nada…
Estas disquisiciones propias de escritor, inclinado por tanto al análisis casi entomológico de la conducta humana, sus abismos, complejidades, contradicciones, cambios y evoluciones, me poseyeron durante algunos minutos haciéndome flotar al pairo en el flujo creativo de mi propia mismidad.
Hubo un momento en que casi estuve dispuesto a iniciar una novela con semejante conversación, pero el entusiasmo pasó pronto. ¿Una novela erótico-sentimental protagonizada por dos niñas de doce años? ¿Quién me iba a publicar semejante cosa en un mundo histérico, pacato y puritano como el que padecemos?¿Quién iba a comprarla si se publicaba? ¿Cuántas amigas modernas, feministas y profundamente conservadoras creyéndose progres y modernas iban a dejar de hablarme y comenzar a zaherirme y denunciarme públicamente?…Por no aguantarlas…
En consecuencia, deseché pronto la idea de las dos «amigas de doce años que se morrean, se soban y se masturban mutuamente sin ser novias», he ahí un efecto flagrante y muy gráfico de la censura social impuesta por el neopuritanismo progre que nos controla encerrándonos en gulags virtuales y determinando el contenido último de la literatura y el arte.
Pero seguí pensando sobre las relaciones, sus complejidades y sus ambigüedades llegando a otros puertos, alguno sin duda fruto de los años y la experiencia.
Es probable que nunca llegue a escribir ninguna novela sobre el asunto, pero mucho más interesante y productivo que el de las «amigas adolescentes que se besan» es el de los amantes, no los cónyuges, que ya no follan.
Que el sexo dentro del matrimonio es cada vez un acontecimiento más extraño según pasan los años es un lugar común, incluso del humor cotidiano y popular. Se habla mucho menos de los amantes que van dejando de verse desnudos y refocilarse mutuamente, acaso porque se sobrentiende que cuando eso sucede dejan de ser amantes y se convierten en amigos o extraños. Puede ser.
Por regla general, el fin de la pasión significa el fin del amor y de la relación en las parejas incursas en el adulterio. Pero no siempre es así. La complejidad y la ambigüedad también atacan a dichas parejas. A veces, la pasión, la diversión y el entusiasmo lúbrico que surgen al principio, quizá a los treinta y cinco de ella y los cuarenta de él, se ven interrumpidos por los hechos fortuitos de la vida: un cambio de residencia, una enfermedad, dificultades para verse sin riesgo, miedo a romper el matrimonio y las consecuencias económicas y personales subsiguientes…y al cabo de los años, dos, tres, cinco, siete…como por arte de magia, el sexo desaparece. Sigue todo lo demás: el amor, la vinculación, la confianza, incluso el deseo (dormido o aplazado, pero persistente)… aunque los actos puramente físicos se extinguen. Se convierten en amantes sin sexo. ¿O son ya solo buenos amigos, muy íntimos, que en otros tiempos se vieron desnudos pero ya no follan? Pienso que la diferencia radica en los celos y la sinceridad. Si cualquiera de ellos toma nuevas parejas sexuales sin ocultarlo y sin que el otro se ofenda, son ya viejos amigos (y amigos viejos), de lo contrario…
En fin, meditaciones laberínticas de un escritor que, lo sé, no debería compartir con sus lectores.
EL VISIONARIO ACTIVISTA CONTRA LA DISCRIMINACIÓN ROLF EDEN EN ACTO DE SERVICIO.
Sucedió en octubre de 2007 y es un hecho poco conocido que, sin embargo, podría haber cambiado el mundo convirtiéndolo en un paraíso para los viejos y viejas jacarandosos, los feos y feas salidillos y los desesperados y desesperadas de todo jaez. Y, eso sí, en un infierno para los guapos, guapas y macizorros de ambos sexos. En cualquier caso en un hito contra la discriminación erótica y sexual que sufrimos los poco agraciados y con excesivo recorrido vital.
Hete aquí que un cantamañanas al que la prensa reputaba como playboy, que tenía siete hijos con siete mujeres diferentes, que presumía de haber seducido a más de 3000 hembras de la especie y disfrutaba de fama como empresario del ocio nocturno en Berlín, la belleza y notoriedad de algunas de sus novias y su mediocre carrera como autor, nuestro ensalzado visionario, Rolf Eden, salió una noche más de caza. Quería ligar y fijó su atención en una hermosa joven que se dejó querer.
En este punto quizá sería oportuno añadir un par de datos relevantes. Nuestro ensalzado visionario y venerado referente, Rolf Eden, había cumplido ya los 77 años y la chica, Katherina, tenía 19. Nuestro hombre era ambicioso, optimista y con buen gusto.
EL VISIONARIO ACTIVISTA CONTRA LA DISCRIMINACIÓN Y FIGURA A REIVINDICAR ROLF EDEN EN ACTO DE SERVICIO Y MARCANDO TERRITORIO.
Katherina, como hemos dicho, se dejó querer. Acompañó al más que otoñal seductor a diversos locales nocturnos (donde pagó él, es de suponer: si, además, se hubiera hecho invitar sería ya un genio sin parangón) y luego, ya entrada la madrugada, le acompañó a su casa donde Herr Eden, era alemán y la historia sucedió en Berlín, la siguió invitando a champán y hasta tocó el piano y cantó para ella…llegado el momento crucial, y como no podía ser de otro modo, el galán le solicitó a la joven continuar la fiesta en el dormitorio y ella, muy respetuosamente, le respondió:
—Verá: es que es usted demasiado mayor para mí.
Ahí acabó la fiesta y comenzó el visionario activista contra la discriminación que, de haber triunfado en su empresa, hubiera cambiado el mundo para todos. Desde 2007 todo sería distinto y muchos y muchas inmensamente más felices a costa, eso sí, de la desesperación de otros y otras.
Por supuesto la ingrata «velina», hermosa y gorrona, fue despedida del apartamento del más que otoñal seductor que quedó dolido y terriblemente afectado por la desconsideración hacia sus sentimientos sufrida. Porque él se autopercibía como un robusto y atractivo empotrador y no concebía que la realidad, encarnada en cruel jovenzuela, contradijera dicha autopercepción. De modo que a la mañana siguiente, sin haber podido dormir, corrió a ver a sus abogados e incontinenti (espero que no incontinente, aunque a ciertas edades…) demandó a la muchacha por discriminación.
La demanda no prosperó. Jueces y prensa, demostrando muy poca sensibilidad, hicieron picadillo al visionario activista y convirtieron en chiste su acción legal.
Pero ¿y si hubiera habido un lobby de octogenarios salidos que hubiera armado el suficiente revuelo mediático, o si la sociedad no sufriera de edadismo y gerontofobia sin sentirse culpable por ello y la demanda hubiera salido adelante?
La joven Katherina se habría visto obligada por los jueces a satisfacer los libidinosos deseos del carcamal Rolf Eden y todos los viejos y feos del mundo de ambos sexos hubiéramos obtenido el derecho de demandar a los guapos y macizos, igualmente de ambos sexos, que nos atrajeran sometiéndolos a nuestros caprichos eróticos. La discriminación que los guapos y las guapas ejercen sobre los feos y medianillos y la que los jóvenes (y especialmente las jóvenes) ejercen contra los maduros y viejos habría terminado. Las calientapollas y los mojabragas habrían visto acabado su imperio y los pagafantas y quasimodos estudiarían colectivamente derecho.
Por desgracia (formo en las filas de los quasimodos) el edadismo y la gerontofobia de la sociedad alemana dio al traste con los esfuerzos del visionario activista contra la discriminación y esta permanece. Propongo reivindicar la figura de Rolf Eden, empecinarnos en nuestra autopercepción de bellos empotradores, asociarnos, erigirnos en moralmente superiores, coaccionar a la sociedad y a la prensa y formar asociaciones que busquen la subvención del Estado. Si lo han hecho las feministas y los maricas, los quasimodos podemos seguir esa misma senda.
Unión y activismo para combatir la discriminación de las jóvenes hermosas contra los tipos viejos y feos. Y la de los jóvenes apolíneos contra las tipas viejas y feas y cualquier variación posible del tema. Ese es el camino…preparaos esquivas, que estoy aprestando a mis abogados para una larga serie de demandas…
Con todo, para ilustrar mejor el asunto, y por si alguien tiene dudas, añado las fotos de algunas posibles demandadas.
Es broma, claro.
Y que sea preciso aclararlo dice ya mucho de la escasa inteligencia y poco sentido del humor de la época que vivimos.
UN RETRATO IDEALIZADO Y FAVORECEDOR DE QUIEN ESTO ESCRIBE.
Uno, es parte del oficio, anda siempre buscando argumentos e historias que le ayuden a poner en pie narraciones interesantes y que, sin perder el agrado de sus lectores, permitan algún tipo de reflexión vital y un cierto filosofar oculto en la acción y el implacable desarrollo de la trama.
Ayer, rebuscando en viejas historias japonesas, encontré la semilla de una de esas novelas magníficas que jamás escribiré, pero cuyo argumento quiero, no obstante, compartir aquí y legar a quien le pueda interesar.
La historia, hay que decirlo, es real y ocurrió en un pasado ya remoto, pero puede actualizarse fácilmente.
Es la siguiente: un apuesto joven recién salido del cascarón (o de la universidad), llega como secretario a casa de un prócer (nos vale desde un ministro hasta un traficante de drogas o un especulador inmobiliario) ya cercano a la jubilación casado con una hermosa mujer mucho más joven, pero unos quince mayor que el nuevo secretario.
Hay un flechazo. La esposa madura, pero todavía atractiva y seductora, se fija en el joven que ha llegado a la casa y este, un pipiolo bobo al cabo, le corresponde ardientemente. Inician unas relaciones adulterinas…y, cierto día, el marido, un tipo celoso y peligroso, los sorprende en plena acción. Hay un forcejeo, quizá el cornudo saca un arma, y el pipiolo, guiado por el miedo, la pasión y la inconsciencia se la arrebata y le mata.
Los amantes han de huir.
Las circunstancias les obligan a sobrevivir como delincuentes y es en esa tesitura donde poco a poco el joven secretario va descubriendo la verdadera naturaleza de su amante madura. Se trata de una mujer violenta, cruel, avariciosa, egoísta, manipuladora, llevada más de la pasión física que del amor…llega a despreciarla y odiarla. Acaba asesinándola en una violenta discusión a causa del destino y reparto de uno de sus botines.
He ahí un drama tremendo, tremebundo incluso, y hasta tremendista que puede escribirse con prosa ligera, abundancia de anécdotas violentas y sexuales y proponer como objeto de meditación filosófica sin parecer en exceso pedante. Un tema que me vendría como anillo al dedo, pero que no escribiré.