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TRES POEMAS DE OMAR JAYAM (O KHAYYAM, SI QUERÉIS UTILIZAR GRAFÍA INGLESA)

En tiempos de incertidumbre como estos, lo mejor es refugiarse en el placer sereno (o en el tumultuoso si se tienen a mano un par de mujeres ardientes y complacientes con las que fornicar y reír) y no renunciar al vino ni a la belleza mientras se escuchan palabras de sabiduría milenaria. Personalmente, me gusta, a veces, brindar a través de los siglos con Omar Jayam y hoy quiero hacerlo públicamente, en esta charla intemporal y muda aderezada con buen vino, mejor talante y una sonrisa relajada nacida de la confianza en el infinito y el desprecio hacia lo contingente.

Así pues, reproduzco aquí tres de los poemas de Jayam, que no serán hueros e inútiles en tiempos como los que corren.

¿Temes lo que pueda traerte el mañana?
No te apegues a nada, 
no interrogues a los libros, ni a tu prójimo.
Ten confianza. De otro modo,
el infortunio no dejará de confirmar tus temores.
No te preocupes por ayer, ya ha pasado. 
No te angusties por mañana, aún no ha llegado. 
Vive sin nostalgia ni esperanza,
tu única posesión es el instante. 
Lámparas que se apagan, esperanzas que se encienden: amanece.
Lámparas que se encienden, esperanzas que se apagan: anochece. 
 

Cierra tu libro y piensa. Mira impasible al Cielo
y a la Tierra. Da al pobre la mitad de tus bienes,
perdona las ofensas, no le hagas daño a nadie
y apártate a un rincón si quieres ser dichoso.

Son los versos de mi amigo Omar en los que ahora meditaba, con mi copa de vino en la mano. Ya es de noche, pero sé con certeza que amanecerá.

Y no olvidemos a ese respecto al amigo Juan de la Cruz.

© Fernando Busto de la Vega.

MEDITANDO DESNUDAS

Estamos en agosto, hace calor y no nos apetece enfrascarnos en sesudas y profundas disquisiciones. Así que tiraré de anécdota un tanto infantil y bastante ramplona para rellenar esta página y unos minutos de asueto para mis lectores.

Ya he explicado varias veces en estas entradas que lo mío es el zen (no budista) y el estoicismo. Naturalmente, uno no puede decir esto sin haber pasado un buen puñado de horas sentado en meditación y efectuándola con otras muchas técnicas. Por algún motivo esta circunstancia a los varones y a las mujeres de cierta edad les resulta por completo indiferente mientras que a las jóvenes las atrae con una cierta pátina de reverencia. Es lo habitual: donde las mujeres con experiencia ven un gilipollas, las jovencitas bobas encuentran un tipo muy profundo e interesante.

Ello conduce a veces, lo confesaré, a experiencias mixtas entre el misticismo y la bellaquería que encuentran su traducción en poemas como este de El Gorrión en la Rama Desnuda:

Al alba, sentada en tanga para meditar,
dice:—guíame.
Respondo:—mata a Buda sin vacilar.
Hazlo, y bésame. 

Esa mezcla entre lo divino y humano, que tanto puede escandalizar a muchos, es, sin embargo, una utilísima enseñanza que no desgranaré aquí.

Pues bien, vamos a la anécdota (y, ojo, a su enseñanza):

Días pasados, en un breve viaje a Levante, mi joven anfitriona y sus amigas me pidieron que las guiara en una práctica de zazen (o similar) que yo encaucé por la técnica Shikantaza.

El zazen siempre se practica vestido, pero las chicas, con la intención de integrarse en la naturaleza, exigieron practicar desnudas. Me pareció bien. Tal determinación condujo a unas largas pesquisas para encontrar un lugar lo suficientemente retirado y discreto como para encontrarse en la naturaleza, pero sin mirones indeseados.

Finalmente, al anochecer, consintieron comenzar el ejercicio.

No hubo mirones, pero las chicas acabaron huyendo a la carrera del lugar entre gritos y manotazos: atraían a los mosquitos y estos se mostraban inmisericordes. No negaré que me reí a gusto. Su impulso místico acabó ahí, mientras huían en cueros por el campo, no lejos del mar, perseguidas por una miríada de insectos.

En ese punto yo recordé otro poema de El Gorrión en la Rama Desnuda:

Calor feroz de estío, medito.
Las moscas que revolotean mi calva
¿me martirizan o me salvan?

Naturalmente no les hablé a las chicas de este poema ni de la enseñanza que conlleva. No lo hubieran comprendido. En lugar de eso se vistieron y buscamos una terraza agradable. Lo demás ya no resulta de interés para el lector.

© Fernando Busto de la Vega.

QUEVEDO SIGUE PRESENTE

Confieso que siempre tuve a don Francisco de Quevedo como maestro y referencia (sin desmerecer, por supuesto, a Cervantes, Lope y otros grandes hoy tan olvidados o más que estos).

Contaré aquí que el primer tomo de obras completas de un autor que compré, y no en librería sino en el rastro, una mañana de sábado primaveral, acaso con no más de quince años y llevando de la cintura a una de las muchachas que amaba entonces y me amaban, fue precisamente el de poesías de Don Francisco.

Hoy en día sigo teniéndole muy presente y hago mías, por desgracia, casi cuatrocientos años después, sus preocupaciones, que reproduzco aquí recitadas por quienes, sin duda, declaman mejor que yo.

¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

No he de callar…

© Fernando Busto de la Vega.

TRES POEMAS DE MIGUEL LABORDETA

Miguel Labordeta (Zaragoza 1921-Zaragoza 1969), hermano mayor del más conocido José Antonio Labordeta (Zaragoza 1935-Zaragoza 2010), es sin duda uno de los mejores poetas de su generación. Debido a su condición de aragonés y su empeño de no salir de Zaragoza para integrarse en las capillas poéticas de moda en Madrid y Barcelona (algunos de cuyos miembros, como Cirlot, tuvieron que venir a Zaragoza para iniciarse en las vanguardias, mal que les pese a muchos popes del bicentralismo cultural español) suele ser ignorado y menospreciado demasiado a menudo. Hoy quiero recordar algunos de sus poemas. El primero (Retrospectivo Existente) por partida doble: por escrito y recitado por su hermano José Antonio en su disco En Directo de 1977.

RETROSPECTIVO EXISTENTE

Me registro los bolsillos desiertos
para saber dónde fueron aquellos sueños.
Invado las estancias vacías
para recoger mis palabras tan lejanamente idas.
Saqueo aparadores antiguos,
viejos zapatos, amarillentas fotografías tiernas,
estilográficas desusadas y textos desgajados del Bachillerato,
pero nadie me dice quién fui yo.


Aquellas canciones que tanto amaba
no me explican dónde fueron mis minutos,
y aunque torturo los espejos
con peinados de quince años,
con miradas podridas de cinco años
o quizá de muerto,
nadie, nadie me dice dónde estuvo mi voz
ni de qué sirvió mi fuerte sombra mía
esculpida en presurosos desayunos,
en jolgorios de aulas y pelotas de trapo,
mientras los otoños sedimentaban
de pálidas sangres
las bodegas del Ebro.


¿En qué escondidos armarios
guardan los subterráneos ángeles
nuestros restos de nieve nocturna atormentada?
¿Por qué vertientes terribles se despeñan
los corazones de los viejos relojes parados?
¿Dónde encontraremos todo aquello
que éramos en las tardes de los sábados,
cuando el violento secreto de la Vida
era tan sólo
una dulce campana enamorada?
Pues yo registro los bolsillos desiertos
y no encuentro ni un solo minuto mío,
ni una sola mirada en los espejos
que me diga quién fui yo.

LETANÍA DEL IMPERFECTO

Sed antigua abrasa mi corazón de lentitudes.
En música y llanto mi ubre roída de pastor.
Tumbas de aguas y sueño,
soledad, nube, mar.
Doncellas en flor, cementerio de estrellas,
cuadrúpedos hambrientos de paloma y de espiga,
en náusea y en fuga de amargos pobladores oscuros,
mineros desertores de la luz insaciable.
Cráteres de lluvia. Volcanes de tristeza y de hueso,
despojos de pupilas y hechizos desgajados.
«Me gustas como una muerte dulce…»
Arrebatado. Sido. Aurora y espanto de mí mismo.
Viejos valses con calavera de violín
en la cintura de capullo con sol ciego de ti.
«Pero me iré…
debo irme… pues el jardín no es leopardo aún
y tu caricia una onda vaga tan sola
en los suelos secretos del atardecer…»
Canes misteriosos devoran mi perdón.
Mi distancia se pierde en las columnas de tu abril jovencito.
Cero. Vorágine. Desistimiento.
Nueva generación de hormigas dulces cada agosto.
Viento y otoños por los puentes romanos derruidos.
Golpeo a puñetazos besos de miel y desesperanza
en pavesas radiantes de futuras abejas.
Veintisiete años agonizantes
sonríen largamente a lo lejos.
Buceo. Soles y órbitas indagando los cubos del olvido.
El misterio. Eso siempre.
El misterio a las doce en punto del día
y en su centro de asfalto
yo
impertérrito.

Y para terminar, un tercer poema solamente recitado que me parece de la máxima actualidad en los tiempos que corren. Por supuesto, también de Miguel Labordeta.

TANGAS Y HAIKUS

Amigos no lectores, porque este será un artículo poco visitado, hoy me encuentro en uno de esos días. Hoy sonreiré en silencio y dejaré que otros me expresen. Hoy es un día de haikus que quiero compartir con vosotros…si es que entráis aquí.

HAIKUS

Luciérnaga en vuelo;
—¡Mira!— iba a decir,
pero estoy solo.
 Tan Taigi

Sufría y sudaba 
y, al alcanzar la cima, 
¡Zarzas en flor!
  Yosa Buson

Aquí estoy,
simplemente,
cae la nieve.
  Kobayashi Issa

Día de primavera:
de un tiesto olvidado,
brota una flor. 
  Masaoka Shiki

No me detendré, 
si he de caer que sea
entre los tréboles.

  Kawai Sora

Cuando parta,
dejadme ser, como la luna,
amigo del agua.
  Mizuto Masahide

Día de primavera,
gorriones en el jardín
bañándose en arena. 
  Uejima Onitsura

Tras su reflejo
vuela por el arroyo
una libélula
  Kaga No Chiyo.

Subes despacito al Fuji, 
pero subes, caracolito. 
Kobayashi Issa.

Es todo en este apartado, hago notar que no he citado a Basho, quizá por lo que expliqué aquí.

Pero, a pesar de todo, aunque todavía oculta, yo también tengo mi voz y quizá me decida hoy a murmurar algunas cosas. Quiero advertir que jamás escribí ni deseo escribir haikus, que están muy bien para los japoneses, pero no sirven para expresar mi punto de vista. No por ello estoy del todo lejos de la filosofía del haiku, aunque a mis garabatos prefiero denominarlos “tangas” porque son una minúscula pieza llamativa que resalta la belleza circundante sin vulnerar los necesarios enigmas subyacentes. Pueden parecer simples, pero ocultan más de lo que muestran, y mucho más importante. Dejaré aquí una pequeña muestra.

TANGAS (DE EL GORRIÓN SOBRE LA RAMA DESNUDA)

© De los tangas siguientes, Fernando Busto de la Vega.

Niebla y río
son el mismo frío.


Pétalos de almendro y copos de nieve
danzando en torbellinos salvajes y alegres. 


Ama y sonríe, 
se humilde, se simple. 


Ser mariposa un solo día...
La muerta oruga ¿ qué diría?


Aún es fría el alba de primavera,
cárdenas lejanías de nubes severas.


TANGAS (DE EL OTOÑO Y TODAS SUS FLORES)

El color de la sandía
¿es verde, es rojo?
sonrisa de vida sin enojo.


Soledad, hojas, charcos y barro,
camino de lodo y guijarros.


¿Hay peces en este río?
murmullo de cristal y frío.

Luz, ese milagro cambiante,
cada eternidad, un instante. 


El humilde, turbio, sucio charco
refleja el límpido cielo zarco. 

Y cese aquí.

© Fernando Busto de la Vega