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UN MUNDO MEJOR

«Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé…» No lo digo yo: es la letra del tango Cambalache de Enrique Santos Discépolo, popularizado por Carlos Gardel y compuesto en 1934 (para ser prohibido por la dictadura militar del momento en 1943), pero ya entonces no descubría nada nuevo. Que el mundo fue y será una porquería lo sabían ya los sumerios y tampoco les suponía entonces, hace unos cinco mil quinientos años, ninguna novedad.

De ahí que todos llevemos en el ADN la idea de un mundo mejor, de mejorar la realidad. Y ahí radica uno de los graves problemas de la Humanidad.

Querer mejorar el mundo es un deseo loable. Sin embargo, como enseña la sabiduría popular, el infierno está repleto de buenas intenciones.

Nunca he conocido a nadie que quisiera «cambiar el mundo», «conseguir un mundo mejor» que no fuera un tirano en potencia. Todas nuestras utopías ( y recomiendo aquí, in itinere, leer el libro de Tomás Moro) pasan por imponer nuestras creencias, incluso por la fuerza, a los demás y se coronan con una posición de poder omnímodo del salvador de turno. Eso sin contar a los estafadores cuya ambición utópica pasa por usar sexual, laboral y económicamente a sus seguidores sin pretensión real alguna de cambiar nada, salvo su posición de poder y abuso y su cuenta corriente (a ser posible en un paraíso fiscal). Y en este rubro cabe encuadrar a todas las religiones (incluyendo todas las ramas cristianas, budistas e islámicas).

En cualquier caso, el resultado distópico de una pretensión de utopía ya ha sido objeto de muchas reflexiones filosóficas y literarias con Aldous Huxley y su Mundo Feliz (Brave New World, 1932) a la cabeza, no es preciso abundar en ello.

Quizá ese afán utópico no es otra cosa que un subproducto de la ignorancia e inadaptación de la adolescencia correspondiendo el realismo desencantado a la resignación de la edad adulta y anticipo inequívoco de la vejez. Importa poco. Volviendo a Cambalache: «siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos, contentos y amargaos, valores y dublé(…) vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos» y no parece que vaya a cambiar la cosa.

Y lo peor de todo es que ni sueño con un salvador ni lo deseo. ¿Salvadores? No, gracias. Los salvadores lo empeoran todo.

¿Renunciamos entonces a mejorar el mundo?…¡Ni por asomo!…Hay que hacerlo, precisamos una revolución. ¿Una revolución sin salvadores, sin utopías?…¡Qué difícil es el equilibrio entre el ansia de mejora y justicia y el sentido común!…He aquí un profundo objeto de meditación filosófica. Quizá dentro de algunos años (si encuentro una solución factible) escriba un libro al respecto. Un libro que nadie leerá.

En fin…aun quedan días de agosto para vaguear y no pensar en nada.

¡Mierda! y por alguna razón desconocida llegados a este punto me asalta el recuerdo de Karina (¿por qué conozco estas canciones?): « Al fin del camino en ti llevarás la fe y la ilusión de vivir, tus sueños siempre se harán realidad en un mundo nuevo y feliz, en un mundo nuevo y feliz, EN UN MUNDO NUEVO Y FELIZ, EN UN MUNDO NUEVO Y FELIZ…

© Fernando Busto de la Vega.

LOS SONETOS DEL QUIJOTE Y LA ORTODOXIA LITERARIA

La fama literaria, intelectual, moral o científica, hay que decirlo, no es sino un colegueo, una convención social orquestada desde el poder. Ojo: no digo desde el Gobierno de turno, que también influye, sino desde el poder fáctico, la suma de intereses creados y correlacionados que dictan la ortodoxia, aquello que se establece como paradigma básico al servicio del mantenimiento del statu quo. Eso que Félicien Marceau denominaba » El Huevo» en su obra de teatro del mismo nombre estrenada en el Théâtre de l´Atelier de París el 27 de diciembre de 1957. Aunque a este respecto conviene citar también Los Intereses Creados de Jacinto Benavente, estrenada en el Teatro Lara de Madrid el 9 de diciembre de 1907.

No hay que darle más vueltas. La fama literaria es fruto de los intereses creados y conforma una ortodoxia y una doxología conveniente para la clase dominante. Nadie ajeno al «huevo», al merengue que, citando el tango de Enrique Santos Discépolo, conforma el lodo en el que todos nos revolcamos manoseados.

¿Quién es grande y merece ser leído, editado, alabado y premiado? Quien el poder decide, de este modo se va generando eso que los rusos denominan la intelligentsia, cuyos miembros dependen del poder y del conjunto de intelectuales y artistas célebres e integrados para ser ensalzados y confieren, a su vez, legitimidad al poder y al conjunto de intelectuales y artistas que los ensalzan.

Quien no se encuentra en esas redes (explicitadas en el siglo XX en aquellas latosas y jerárquicas tertulias de escritores en las que los autores de relumbrón peroraban entre el pelotilleo de los aspirantes que, en caso de ser bendecidos y protegidos, a menudo a cambio de servicios poco dignos o dádivas poco confesables, veían el inicio de su ascenso; y en el reparto de premios amañados entre autores de la propia editorial o entre editoriales) no es nadie. Hablábamos a ese respecto en artículos pasados del mérito de Javier Marías, el significado de las ferias del libro o el ninguneo al que viene siendo sometido todavía hoy Felipe Trigo.

Todo esto, naturalmente, no es nuevo. Constituye la esencia básica del mundo literario desde que Dionisio de Siracusa se rodeó de una corte de poetas y filósofos propagandistas para blanquear su tiranía, si no antes.

De modo que conviene ser bastante escéptico con los fastos y los ídolos literarios y tener siempre presentes las grandes figuras exaltadas en sus épocas que hoy nadie recuerda y cuantos, todavía aplaudidos (no citaré nombres) no pasan del gaznate del lector medio que solo finge haberlos leído porque da prestigio intelectual haberlo hecho.

Pero, amigos, cuando un libro necesita exégetas, o no consigue hacerse entender y disfrutar fácilmente por el gran público, permitiendo a la vez que lo disfruten y aprecien los eruditos, ese libro (y su autor, por muy pagado de sí mismo que esté y mucho que lo jaleen los críticos y santones de la cultura) ha fracasado. Es un truño, una mierda que carece de otro valor que el simplemente subjetivo de quienes, diciendo que lo aprecian, se exaltan a sí mismos como grandes intelectuales distanciándose de la masa.

¿Pero qué pasa cuando el autor está fuera del enjuague, cuando es ignorado o marginado por la intelligentsia dominante? ¿Debe aceptar la ortodoxia?¿Rendirse, humillarse?…Si conoce el paño, evidentemente no. Los pomposos solo son ruido de fondo, sombras proyectadas por el sol del poder, al cambio: nada.

Esto supo verlo muy bien el denostado, en su tiempo, Don Miguel de Cervantes.

En los siglos XVI y XVII la señal de estar dentro del merengue literario era conseguir que autores famosos elogiasen tu libro con sonetos laudatorios que colocar al principio del mismo (un equivalente de los actuales prólogos a cambio de los cuales he visto a más de uno poner el culo en pompa, acuclillarse con los labios en «o» y a alguna moza lozana, no sé si andaluza, ejercer el más viejo oficio del mundo, en ocasiones con alguna vieja pasa de Corinto o cualquier otra isla griega que todos conocemos…es así, lo he visto, no me lo han contado. También he visto pagar ingentes cantidades por tales prólogos y otros géneros de patronazgo…). Cervantes, cuando fue a publicar su Don Quijote, no consiguió que nadie le proporcionase uno de estos sonetos. Esta humillación hubiera quebrado las piernas de otro menos bragado, menos experimentado y menos seguro de sus dotes literarias. Él lo solucionó mediante la ironía y el desdén hacia los relumbrones de su época: haciendo que los sonetos que encabezaban su libro fueran burlescos y firmados por figuras igualmente famosas, pero ficticias, como Amadís de Gaula, Orlando Furioso o Belianís de Grecia.

Que la primera parte del Quijote, nunca bendecido por la intelligentsia del momento, se convirtiera en un éxito de ventas sentó tan mal en las altas esferas literarias del momento que hasta se intentó sabotear las ventas de la segunda parte editando una apócrifa (la de Avellaneda) que en su mismo prólogo reconocía que salía a la luz para privar a Cervantes de las ganancias que pudiera obtener con esa segunda parte legítima.

Bien: hoy todos sabemos quién es Cervantes y hemos olvidado a casi todos los autores de relumbrón que no quisieron escribirle sonetos laudatorios para el Quijote.

Así son las cosas.

Nada hay más tóxico, limitado, ridículo y aburrido que el mundillo literario ni nada más humillante de conseguir (salvo que vengas con pedigrí de fábrica, siendo hijo o sobrino…o ahijado de algún modo más o menos santo de alguna péñola de fama y poder) que los parabienes de sus próceres.

El buen escritor, sobre todo ahora que la tecnología y las circunstancias abren nuevas vías a la independencia, debe dar la espalda a los cenáculos de los Parnasos prefabricados, hacer bien su trabajo y entregarse a su reducido público sin tratar de adularlo ni dejarse arrastrar por él. Lo demás…se verá.

© Fernando Busto de la Vega.