Archivo de la etiqueta: enfrentamientos generacionales

JOVELLANOS EN SEVILLA

En la primavera de 1767, con veintitrés años y recién adquirido el título de bachiller en Cánones por la Universidad de Alcalá de Henares, Gaspar Melchor de Jovellanos llegó a Sevilla para ocupar el cargo de juez (alcalde) sorprendiendo y hasta escandalizando a sus colegas e incluso a toda la ciudad con su aspecto.

A menudo creemos que los choques generacionales y la reivindicación de ideas y reformas sociales mediante un atuendo y un tipo de corte de pelo determinado es cosa de nuestra época. Y nos equivocamos. Ya en el siglo XVIII había viejos que despotricaban contra los jóvenes por su ruidosa música y jóvenes desmelenados frente a viejos empelucados. Jovellanos fue, precisamente, uno de estos. Llegó a Sevilla y empezó a ejercer sin usar peluca, tan solo con el pelo crecido y rizado artificialmente por la parte de la nuca. Además, prescindió a menudo del manteo y demás prendas que conformaban el uniforme judicial del momento, se negó a cobrar los habituales porcentajes que sus colegas solían llevarse por las multas impuestas y comenzó a introducir nuevas doctrinas legales como las de Beccaria. En suma: toda una revolución social en marcha. Lo que en términos del siglo XX casi podríamos definir como un juez yeyé o hippy, un moderno.

Es interesante que el lector se sitúe en la perspectiva adecuada, que se imbuya del espíritu del momento, que llegue a comprender la sonada ruptura que la llegada de aquel joven juez sin peluca ni uniforme, con ideas y prácticas nuevas, causó en un estamento tan conservador e inmovilista como el judicial y, por ende, en la sociedad sevillana del momento. Naturalmente, su actitud y atuendo generaron muchísimas críticas y no pocas protestas. Pero Jovellanos permaneció en su puesto, e incluso fue ascendió, hasta 1778 cuando le ascendieron todavía más nombrándole miembro de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte de Madrid.

Evidentemente, y esta es la parte importante de la anécdota que inspira este artículo, el joven Jovellanos no se presentó con aquel atuendo y aquella actitud por su cuenta y riesgo en Sevilla, imprudencia que le hubiera costado la carrera. Lo hizo impulsado por el mismísimo conde de Aranda, en aquel momento presidente del Consejo de Castilla (máximo órgano legal y ejecutivo del país) que le recibió en su despacho de Madrid antes de marchar a Sevilla y le aconsejó que prescindiera de la peluca y el manteo y que diese rienda suelta a sus ideas innovadoras.

No fue casualidad. Acababa de tener lugar el Motín de Esquilache (1766) que impulsó al conde de Aranda, entonces capitán general de Valencia, al apoteosis político del momento. Como sabemos, el rey (Carlos III) hubo de huir de Madrid a Aranjuez, y el conde de Aranda invadió Castilla la Nueva con sus tropas interponiéndolas entre el rey y los amotinados en un acto espontáneo y que respondía a la lógica de proteger al rey, pero que tuvo mucho de pronunciamiento militar. En apariencia, los cimientos de la monarquía no se conmovieron, pero la figura regia hubo de ceder su poder y su protagonismo, siquiera transitoriamente, al pueblo amotinado primero y a una figura militar, la del conde de Aranda, después. Todo el asunto, aunque sería largo demostrarlo, se nos presenta como un antecedente directo de lo que sería el siglo XIX con todos sus pronunciamientos militares, especialmente de signo liberal.

De hecho, la llegada al poder del conde de Aranda está en la raíz misma de la irrupción del liberalismo en España. Entonces, en 1766, faltaban todavía más de cuarenta años para que este movimiento político (absolutamente perjudicial para España porque desde finales del siglo XVIII cayó bajo control inglés a través de Lord Holland, y de la masonería con la irrupción de los franceses en 1808 llevando a la destrucción del imperio español y amenazando todavía hoy la integridad de lo que queda de la nación y su viabilidad). Pero las raíces se encuentran precisamente en ese «pronunciamiento» del conde de Aranda en 1766. Con él llegó al poder el llamado Partido Aragonés, una extensa nómina de nobles, funcionaros, intelectuales y juristas de ese origen que seguían imbuidos del espíritu foral del Reino y Corona de Aragón, eliminados por al absolutismo borbónico con los Decretos de Nueva Planta en 1707.

En el foralismo constitucional aragonés nunca hubo cabida para el absolutismo monárquico y el rey vivía sometido a la ley y en perpetuo equilibrio con las Cortes y el Justicia Mayor, nada más opuesto al absolutismo afrancesado de los Borbones. Hay que notar que en el Partido Aragonés figuraban la condesa de Montijo y sus hijos, uno de los cuales, Cipriano, se convirtió (además de en partidario de José Bonaparte y padre de Eugenia de Montijo) en primer gran maestre de la masonería española durante su estancia en Granada.

Pues bien, ese foralismo soterrado de Aranda, que se convirtió en instrumento de la alta nobleza para nivelar el excesivo poder del absolutismo monárquico, evolucionó con la llegada de Lord Holland (no en vano miembro de la Cámara de los Lores y buen amigo de Jovellanos y enemigo de Godoy) a Madrid en 1803 en un proyecto político claramente anglófilo: con el rey sometido, como en Aragón, a las leyes y las instituciones y un ordenamiento constitucional que incluía (como sucedería en todos los proyectos liberales a partir de 1812) un senado, una cámara alta donde estuvieran representados los nobles en consonancia con una cámara baja, donde se representase al común. Exactamente igual que en Inglaterra y en la Edad Media, porque no debemos equivocarnos: el constitucionalismo parlamentario liberal de origen anglosajón tiene muy poco de moderno y mucho de arcaico, clasista y estamental.

Previamente, Carlos IV trató de defenderse del poder del Partido Aragonés y su soterrado constitucionalismo de base foral, potenciando su absolutismo a través de la dictadura arbitraria de un valido: Godoy, al que Jovellanos detestaba (y que acabó encarcelándolo en Mallorca en 1801). El Partido Aragonés, arrinconado por Godoy (aunque ya había empezado a perder poder cuando el conde de Aranda fue cesado como presidente del Consejo de Castilla y enviado como embajador a París en 1773), nucleó su oposición en torno al Príncipe de Asturias, el futuro Fernando VII, que luego traicionó a estos partidarios erigiéndose a partir de 1814 en el mayor absolutista de todos los Borbones.

Todo este proceso político se traslucía ya en la llegada del joven juez asturiano sin peluca ni uniforme a la Sevilla de 1767. Para entonces, las ideas, más allá del foralismo o el absolutismo, no estaban perfectamente definidas y muchas de las políticas de Godoy (entre ellas los intentos de desamortización) podrían haber sido subscritas por el Partido Aragonés y, de hecho, fueron copiadas por los gobiernos liberales a partir de 1820.

Nos encontramos, claro está, ante un proceso denso y complejísimo que no podemos detallar en el reducido espacio de este blog. Pero conviene, en aras de ir conociendo y comprendiendo mejor nuestra historia, dejar pinceladas como esta. Comprender lo que significaba la llegada de un joven rompedor y moderno como Jovellanos a la importante plaza de Sevilla en 1767, el impacto social y profesional que supuso y la carga de profundidad política e ideológica que llevaba incorporada y venía teledirigida desde Madrid por un general y presidente del Consejo de Castilla de casi cincuenta años que había llegado al poder mediante un oportuno movimiento de tropas.

Lo dejo aquí.

© Fernando Busto de la Vega.