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¿POR QUÉ SE TUMBÓ EL CABALLO? HEGEL LE ZURRA A SCHOPENHAUER.

En 1820, a sus cincuenta años, Georg Wilhem Friedrich Hegel era la indiscutible estrella de la Filosofía alemana y disfrutaba de su fama y su prestigio como catedrático en la Universidad de Berlín, entonces capital del reino de Prusia. Acababa de publicar dos de sus obras más importantes: Ciencia de la Lógica (1816) y Enciclopedia de las ciencias filosóficas (1817) y no tardaría en publicar Filosofía del Derecho (1821). Nadie le disputaba abiertamente su posición y mucho menos después de la muerte de Fichte en 1814.

Pero no todo el mundo estaba satisfecho con esa situación. El joven filósofo de origen germano-polaco Arthur Schopenhauer, que tenía treinta y dos años en 1820, odiaba a Hegel y consideraba su preminencia en la Filosofía alemana una falacia, casi una ofensa personal. Después de haberse doctorado en la Universidad de Jena y pasado un tiempo en Weimar, donde se hizo amigo de Goethe, se trasladó a Dresde, capital del reino de Sajonia, en 1814. Allí redactó la obra que creía iba a revolucionar el panorama de la Filosofía alemana acabando con el reinado de Hegel: El mundo como voluntad y representación.

El libro, publicado en Leipzig a comienzos de 1819 y que en la segunda mitad del siglo XIX y durante el XX sería uno de los más influyentes, pasó por completo desapercibido en aquel momento. No movió ni una sola brizna de hierba del paisaje filosófico alemán. Hegel ni siquiera parpadeó. Humillado y ofendido, Schopenhauer dio un portazo y abandonó Dresde para olvidar viajando a Italia como había hecho en el pasado su amigo Goethe. El viaje de Goethe, que era consejero privado del duque de Weimar y disfrutaba de una desahogada posición económica, duró dos años entre 1786 y 1788. Schopenhauer no pudo pagarse más allá de unos meses en Italia en aquel 1819 (nótese que el libro de Goethe sobre su viaje se publicó en 1817).

De regreso a Alemania, Schopenhauer tenía dos prioridades: resolver su situación laboral y económica y desquitarse con Hegel. De modo que decidió presentarse, en la primavera de 1820, a una oposición para conseguir plaza de profesor de Filosofía en la Universidad de Berlín, donde reinaba Hegel y él mismo había estudiado un par de cursos con el ya difunto Fichte.

Llegó a Berlín entre alharacas sin querer ser discreto ni humilde y lanzando pestes contra Hegel al que se empeñaba en destronar. Todo el mundo se enteró de sus pretensiones y muchos las acogieron con regocijo. El espectáculo era prometedor porque, entre otras cosas, el propio Hegel iba a formar parte del tribunal que determinaría su admisión o no en la facultad de Filosofía de la universidad.

El 23 de marzo de 1820 Schopenhauer se presentó a la prueba de acreditación como profesor de la Universidad de Berlín y expuso sus tesis de manera brillante. Hegel le escuchó con educada displicencia y, cuando le llegó el turno de hacer preguntas, se limitó a hacer la siguiente:

—Si un caballo se tumba en la calle ¿Cuál será el motivo?

A lo que Schopenhauer respondió:

—Los motivos serían dos: por una parte, el suelo se encuentra bajo él. Por otra, el cansancio, que es una característica del estado interior del caballo. Si en lugar de en la calle se hubiera encontrado al borde de un abismo no se hubiera tumbado.

Ahí le estaba esperando Hegel para iniciar su contrataque, para barrerlo y zanjar su hostilidad impidiendo, humillantemente gracias a su argumentación, que pudiese alcanzar su plaza de profesor en Berlín. De modo que comenzó su objeción:

—¿Cuenta usted también las funciones animales entre los motivos? Esto es, los latidos del corazón, la circulación sanguínea…¿son consecuencia de motivos?

Pero Schopenhauer era un hueso duro de roer, disfrutaba de una formación sólida, extensa y en diversos campos del saber y pudo zafarse saliéndose por la tangente: extendiendo su respuesta a otras materias ajenas a la pura Filosofía:

—Estas no se denominan funciones animales. En psicología se denomina así a los movimientos conscientes del cuerpo animal. Y con esto no hago otra cosa que remitirme a la Psicología de Haller.

De todos modos, Hegel estaba dispuesto a tomar su presa, a machacar a aquel arrogante advenedizo recién llegado de Dresde (la capital de un reino rival, un duro competidor de Prusia, si bien el propio Hegel había nacido en Stuttgart capital del reino de Baden-Württemberg) e insistió en su argumentación:

—¡Ah! ¡Pero si eso que dice usted no es lo que se entiende bajo la denominación de funciones animales!

E iba a seguir destrozando al aspirante cuando intervino un médico que se encontraba entre el numeroso público que se había dado cita para asistir a aquel debate, el doctor Lichtenstein, catedrático de zoología de la Universidad de Berlín desde 1811 y director del zoológico de la misma ciudad desde 1813, un experto reconocido, y terció en defensa de Schopenhauer:

—Señor doctor—dijo dirigiéndose a Hegel—discúlpeme si me entrometo, pero he de decir que el señor Schopenhauer tiene la razón en este asunto. Nuestra ciencia denomina animales a las funciones por él indicadas.

Hegel quedó en ridículo, guardo humillante e imagino resentido silencio y Schopenhauer consiguió su puesto de profesor de Filosofía en la Universidad de Berlín. Si hubiera sido menos orgulloso y prepotente a lo mejor le hubiera ido bien, pero continuó insensatamente con su cruzada y estableció sus clases en los mismos horarios que las de Hegel pensando que podría arrebatarle al menos parte de los numerosos alumnos que acudían a las mismas. No lo consiguió. Seis meses después debía abandonar Berlín humillado y aplastado por el éxito y la fama de Hegel. Volvió a Italia dejando en Berlín a su nueva amante, la cantante de ópera de diecinueve años Caroline Medon, con la que mantuvo un largo y tormentoso romance con una serie de hijos de dudosa atribución, pero esta es ya otra historia (que contaremos más adelante, porque somos cotillas y nos gustan los culebrones).

© Fernando Busto de la Vega.

UN LÍO (¿INCESTUOSO?) DE GOETHE

JOHANN WOLGANG GOETHE (FRANCFORT DEL MENO, 1749-WEIMAR,1832)

Lo confieso: experimento por Goethe la misma animadversión que Beethoven y prácticamente por los motivos motivos: su mundana hipocresía, su falso encanto y la especiada impostura de su obra.

Y sí, el asunto del Werther forma parte de la áspera antipatía que experimento por el autor alemán. Es cierto que ese mismo asunto, como traslación de la realidad a la literatura (del yo real al yo literario) y, después, de la literatura a la realidad, me fascina. Como sin duda sabrá el lector, la novela Las Penas del Joven Werther (Leipzig,1774) está basada en los desafortunados amoríos del joven Goethe con Charlotte Buff, que le dio calabazas.

En la novela Werther es también rechazado y se convierte en una a modo de amigo gay y pagafantas de la joven homenajeada y acaba por suicidarse. El éxito de la novela fue tal que, durante décadas, muchos jóvenes románticos se suicidaron por amor, entre ellos nuestro Larra, en 1837…pero Goethe vivió hasta los 83 años y tuvo otros muchos amoríos y romances, hasta se casó (y de eso hablaremos luego). Bien es cierto que, consciente del efecto de su novela, más tarde (en La Campaña de Francia y El Sitio de Maguncia, Leipzig 1822) se disculparía alegando que él solo había despertado el espíritu de una época. Que la mayor parte de los jóvenes alemanes del momento estaban ofuscados y frustrados y que de ahí surgieron muchos de los suicidios que ponían como excusa el amor y su novela…sea.

Tampoco ayudan en mi poca simpatía por él hechos absolutamente arbitrarios y subjetivos como que su cumpleaños, el 28 de agosto, sea también la fecha de la muerte de mi madre. Todo hay que confesarlo. La irracionalidad juega también un papel fundamental en nuestras filias y fobias. Y yo, que soy absolutamente racional, experimento sin querer remediarlo profundas y oscuras corrientes irracionales que escoran el barco de velas impolutas de mi cordura. Navego tempestades con el velamen desplegado y aparente indiferencia. Para mí el Cabo de Hornos nunca ofrecerá mayor peligro ni dificultad que el estanque del Retiro…soy así.

MI APARENTE CORDURA NAVEGANDO AGITADOS MARES DE IRRACIONALIDAD

Sin embargo, hay que decirlo, de haber coincidido, sé que nos hubiéramos llevado bien. El tipo era simpático, divertido, cortés, culto, juerguista y mujeriego…hubiéramos tenido mucho de lo que charlar y muchas ocasiones de pasarlo bien de alifara en alifara. Eso hace que mi antipatía se compense con mucho de complicidad y de simpatía póstuma…nunca he ocultado mi complejidad psicológica y no os puede extrañar ahora esta ambivalencia. Es por ello, por esa dualidad entre el desdén y la afinidad, que no logro deshacerme del todo de Goethe y su obra. Es por ello que quiero dedicarle esta pequeña entrada llena de maledicencia y chismes.

Hemos de situarnos en Winkel, localidad suiza del cantón de Zurich, el 26 de julio de 1806. Ese día, desesperada por haber sido abandonada por su amante, Georg Friederich Creuzer (que prefirió su cátedra en Heidelberg y su matrimonio a fugarse con ella a Alejandría), la joven poetisa Karoline Von Günderrode, se viste un elegante vestido rojo y se atraviesa el corazón con un estilete de plata cayendo en las aguas del Rin. Tenía 26 años.

Este suicidio impresionó especialmente a su amiga Bettina Brentano (1785-1859), hermana del poeta Clemens Brentano (1778-1842) que llegaría a casarse con el también poeta, Achim Von Arnim (1781-1831), entonces joven de 21 años.

BETTINA BRENTANO, DESDE SU MATRIMONIO VON ARNIM, (1785-1859), AMANTE Y QUIZÁ HIJA DE GOETHE, FAN DE BEETHOVEN, HERMANA DEL POETA CLEMENS BRENTANO, NIETA DE LA NOVELISTA SOPHIE LA ROCHE Y ESPOSA DEL POETA ACHIM VON ARMIN. EL IMPACTO DEL SUICIDIO DE SU AMIGA, LA POETISA KAROLINE VON GÜNDERRODE, LA ARROJÓ EN BRAZOS DE GOETHE, 36 AÑOS MAYOR QUE ELLA.

Hasta ese instante Bettina Brentano era fan del poeta Friederich Glottlieb Kolpstock al que, sin embargo, toma inmediata aversión por considerarlo fúnebre. Huye, pues, a Franckfort del Meno, donde se hace amiga de la madre de Goethe y se entrega por completo a él. A través de su madre llega a conocerle y puede visitarle en Weimar allá por 1807 convirtiéndose en su amante. El lance tiene su lado escabroso porque Goethe fue amante de su madre, Maximiliana Von La Roche, hija de la escritora Sophie La Roche, y Bettina estaba firmemente convencida de ser hija del poeta, a pesar de lo cual (y de que él también tiene sus dudas) se encaman durante varios años.

En cualquier caso, la relación estaba llamada al desastre. No solo el escándalo en Weimar, que podía acabar con la privanza de Goethe en la corte que le permitía vivir con desahogo y lujo, y en el resto de Alemania que amenazaba con desacreditarle por completo, les separaba. No solo los 36 años de diferencia de edad…al cabo fueron los celos los que dinamitaron su apasionada relación. Los de Christiane Vulpius primero amante y desde 1806 esposa de Goethe y los de este por Beethoven. Pero, sobre todo, la incapacidad del viejo poeta para comprender y apreciar la música del joven genio al que Bettina empezó a venerar desde 1810. Del mismo modo que alguien criado en el rock o el pop es incapaz de apreciar el reguetón, alguien que se había educado con la música de Cimarrosa, Paisiello y, a lo sumo, Mozart, no era capaz de adaptarse a Beethoven y ahí radicó gran parte del desencuentro entre Goethe y Bettina.

Ahí, y en los celos de Goethe.

Desde que Bettina conoció a Beethoven en 1810 no dejó de insistir para que su amante le conociese también permitiéndole poner música a alguno de sus poemas u obras de teatro, cosa a la que el poeta se opuso siempre. Es más: aunque no pudo evitar que la fama y la música de Beethoven llegaran a Weimar y él mismo hubo de soportarlas en algún salón y aun en su propia casa, Goethe jamás citó al compositor de Bonn ni en su obra ni en sus cartas. Le detestaba tan profundamente por el arraigo que habían conseguido en el alma y el corazón de Bettina que adoptó frente a él una constante y persistente actitud de negación. Cierto es que coincidieron en 1812 en Teplitz (actual República Checa) cuando Bettina ya no contaba en la vida de Goethe, pero resultó que no simpatizaron. Beethoven, revolucionario y antisocial, no pudo soportar los buenos modales del poeta y su contemporización con la realeza (olvidaba el músico que Goethe era consejero secreto del duque de Sajonia-Weimar y no podía permitirse otra cosa) y viceversa. Además, los celos, si bien subterráneos y secretos, persistían.

El año anterior, en 1811, Bettina y Goethe habían roto estrepitosamente por intermedio de Christiane Vulpius. Sucedió que Bettina y Christiane se odiaban. Ambas habían rivalizado por el mismo hombre y la segunda, después de haber dilapidado su reputación por él, temió seriamente verse sustituida en el altar por la primera, veinte años más joven que ella. Por su parte, Bettina despreciaba a Christiane considerándola poco culta, nada espiritual y escasamente sofisticada.

EL POETA LUDWIG ACHIM VON ARNIM (1781-1831), ESPOSO DE BETTINA BRENTANO DESDE 1811.

En el transcurso de su viaje de novios (Bettina había cedido a las conveniencias sociales casándose con el poeta Achim Von Armin, solo cuatro años mayor que ella y amigo de su hermano Clemens Brentano, sin por ello abandonar a Goethe ni dejar de adorar a Beethoven, el 11 de marzo de 1811) la joven pasó por Weimar para encontrarse con su amante y se permitió el lujo de ridiculizar los gustos pictóricos de Christiane en una galería de arte, estando ella presente. La bronca fue monumental y Goethe no tomó partido. Mantuvo un prudente silencio. Bettina se marchó triste de Weimar y, aunque durante más de una década siguió escribiéndole al viejo poeta, este jamás le respondió. Con todo, al año siguiente, la casualidad le reunió con Beethoven en Teplitz y no hubo química. El músico de Bonn también se dedicó a escribirle una larga sucesión de cartas a Goethe que este jamás respondió, ni siquiera cuando en 1827, encontrándose en la ruina y a las puertas de la muerte, Beethoven le suplicó por algún tipo de ayuda. Su odio era eterno e indomable. El amable Goethe era también rencoroso y cruel.

Este es el resumen de los amoríos de Goethe con la joven Bettina Von Armin, acaso su hija, frustrados por la injerencia de otro joven genio: Beethoven y los celos de un ama de casa fondona, poco inteligente, pero dispuesta a reclamar su lugar: Christiane Goethe (nacida Vulpius).

Me gusta recalcar lo de la posibilidad del incesto no por morbo (no solamente por morbo) sino por lo que tiene de tropo literario-artístico. Estoy pensando, por ejemplo, en los diarios de Anais Nin, en los que confesaba haberse convertido en amante de su padre tras su reencuentro después de veinte años sin verse, y teniendo ella treinta…extremo que niega su hermano, menos literato. Y, también, en la película Cosí Come Sei, protagonizada en 1978 por Marcelo Mastroianni y Nastasja Kinski y que también juega con esa posibilidad o fantasía…

NASTASSJA KINSKI EN COSÍ COME SEI (1978)

PONGO LA FOTOGRAFÍA DE ARRIBA POR NO ESCANDALIZAR A LOS PURETAS DE HOGAÑO CON ESTE GIF DE LA MISMA PELÍCULA. POR ESE MISMO MOTIVO TAMPOCO DIRÉ QUE EN ESA ÉPOCA NASTASSJA TENÍA 17 AÑOS.

Lo cierto es que iba a continuar esta entrada hablando de como ese tropo literario, esa fantasía más o menos libertina del romance con una adolescente o joven hija de una amante pasada y que acaso podría ser nuestra hija, obra a menudo en la vida ordinaria no literaria con una realidad mucho más perturbadora de la que los entes biempensantes pueden llegar a dar por válida, pero lo cierto es que la entrada ha alcanzado ya respetables dimensiones y mis lectores aman las cortas (hablo de entradas, de artículos…de lo otro me consta que no).

© Fernando Busto de la Vega.

ZELTER Y LA SALVACIÓN DE BACH PARA LA HISTORIA

Carl Friederich Zelter, el salvador de Bach para la Historia.

Hay cosas, hechos cotidianos, especialmente en el ámbito artístico y cultural, que damos por descontadas. Pero, amigos, nuestra historia artística y cultural, nuestra civilización, depende del azar, de las modas y de los gustos cambiantes del populacho (y con este remoquete tildo a las sucesivas intelligentsias dominantes en cada periodo) mucho más de lo que queremos admitir y creer.

Y hubo un periodo en que la obra de Johann Sebastian Bach estuvo perdida. A Bach, nacido en Eisenach en 1685 y fallecido en Leipzig en 1750, se le consideraba anticuado y sin interés a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Actualmente no sabríamos nada de él, o muy poco, si el berlinés Carl Friederich Zelter, amigo incondicional de Goethe y maestro de Mendelssohn y Meyerbeer entre otros, no hubiese desafiado el gusto común y vulgar y hubiese seguido enseñándole aquellas partituras ya pasadas de moda a sus discípulos. Gracias a él Mendelssohn llevó a los escenarios La Pasión Según San Mateo en 1829 poniendo de nuevo de moda a Bach y salvándolo de cara a la historia, permitiendo que nosotros, ahora, podamos escucharlo con mayor magnificencia y boato que en su propia época y lo contemos en el ámbito de nuestra herencia civilizatoria.

Dicho esto, queda advertir también de la limitación geográfica, cultural, política y moral de estos rescatadores centroeuropeos. El propio Zelter lo sabía casi todo de la música alemana y muchísimo sobre la francesa y la italiana, pero lo ignoraba todo sobre la española, razón entre otras similares, por la cual los compositores españoles del siglo XVIII y XVII no siendo en nada inferiores, y en muchos casos superiores, a los centroeuropeos son desconocidos incluso para nosotros mismos. Circunstancia que, por cierto, ni el mundo cultural español ni, lo que resulta más reprensible, las instituciones de nuestro país hacen nada por remediar.

Todavía recuerdo con furia el bicentenario de la muerte de Vicente Martín y Soler en 2006. Los actos en Rusia y en Austria y la total indiferencia en España. Añadiré que en esa época era ministra de Cultura Carmen Calvo y se acreditó de inculta y antiespañola con esa indiferencia. Quiero que dimita, que devuelva lo que le hemos pagado y pierda la nacionalidad por ello. Es culpable.

© Fernando Busto de la Vega.