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EL PERRO DE WAGNER (1840)

No descubro nada al decir que Richard Wagner era un ser humano despreciable y muy poco recomendable. El mejor ejemplo de lo que digo se encuentra en su impulso del antisemitismo en sus años de gloria cuando su ascenso se debió precisamente al apoyo de muchos judíos alemanes y, muy especialmente, de Giacomo Meyerbeer al que estuvo años lamiéndole las botas para conseguir de su proverbial amabilidad el apoyo y los contactos que necesitaba y este podía proporcionarle. Alguna vez por las fechas que nos ocupan llegó a escribirle. «¡Solo usted puede ayudarme prometiéndole a Joly que escribirá una ópera para él!¡El terrorismo es el único medio y usted, mi venerado autócrata de todas las notas, el único que puede utilizarlo! (…) Seré su esclavo fiel y leal pues reconozco públicamente que llevo en mí la naturaleza del esclavo. ¡Cómpreme a ese precio, dueño mío, y no hará mala compra!»

Ese era su tono con sus protectores judíos, que en efecto le protegían, y así les pagó: sumándose a la ola antisemita del nacionalismo alemán cuando por fin se consagró (claro que para imponerse por completo en el mercado alemán, y aún en el mundial, necesitaba apartar del escenario a Meyerbeer, verdadera estrella del mismo desde aproximadamente 1849 hasta la Primera Guerra Mundial). Ya lo explicó Freud (otro sinvergüenza, lean mi ensayo ¡Está Vivo!…Espera, no): hay que matar al padre.

Ahora bien, si por algo se caracterizaba Richard Wagner era por ser muy mal pagador y básicamente un estafador. En 1839 hubo de huir de Riga para eludir la ira de sus acreedores que se multiplicaron también en los tres años siguientes en París hasta tal punto que el 25 de octubre de 1840 hubo de fingir un encarcelamiento por deudas (una pequeña estafa) para aplacar a sus acreedores e intentar que los amigos que ya ni le recibían ni contestaban sus cartas, hartos de prestarle dinero sin que él tuviera intención de devolvérselo, se ablandaran proporcionándole algunas sumas adicionales por pena. No le funcionó.

Si lo pensamos, todo el asunto y desarrollo del Festival de Bayreuth no dejó de ser una gran estafa (de cuento largo) en la que con la excusa de la «pureza alemana» en la música y el arte, Wagner consiguió un teatro propio, renombre y la entronización en los altares protonazis del nacionalismo alemán con el dinero de otros individuos a los que estructuró a guisa de secta.

Pero lo que más nos puede hablar a las claras del tipo de hijo de puta que era Richard Wagner (cuya música, lo confieso, a menudo escucho con fruición, aunque me parece en exceso ampulosa y pedante) es la anécdota que en relación con su perro Robber, un terranova, él mismo nos cuenta en su autobiografía «Mein Leben» y que sucedió, precisamente, en el invierno de 1840.

Como decíamos, Wagner, su esposa del momento, Minna Plamer, una hermosa actriz de 31 años a quien los celos de don Ricardo la obligaron a abandonar la escena viéndose sumida en la miseria y debiendo soportar, haciéndose adicta al láudano, las constantes infidelidades y desprecios de su marido, y el terranova Robber hubieron de huir de Riga acosados por sus acreedores (ya en años anteriores habían tenido que huir de Königsberg y Dresde por idénticos motivos). Lo hicieron en un barco que, asendereado por las tormentas del Báltico, estuvo varias veces a punto de hundirse y provocó, con sus cabeceos y golpes, el aborto de Minna, entonces embarazada y que quedó estéril a resultas del aborto.

Era 1839.

En cuanto llegaron a París ese mismo año, el propio Wagner nos cuenta que Robber, su terranova «le fue robado»…digamos más bien que huyó o fue vendido o abandonado por su amo.

Sea como fuere, cierta noche fría y neblinosa del invierno de 1840, cuando salía de su casa para, también confesión del propio Wagner, dedicarse a una larga tanda de sablazos entre sus amistades parisinas (que ya empezaban a huirle cuando le veían a lo lejos) se topó en la misma puerta de su casa con Robber. Lo llamó, quiso abrazarlo y el perro, al reconocerle, huyó de él. Don Ricardo, que reconocía que seguramente el bicho recordaba «los pocos castigos que tontamente le había infringido durante la última parte de nuestra camaradería», le siguió, pero cuanto más corría el genio de la música más desesperadamente huía el chucho, hasta que logró perderse finalmente en la niebla y en la oscuridad.

Un perro que reencuentra a su amo y, en lugar de saltar a sus brazos y regresar jubilosamente a casa, huye de él con pánico y desesperación. Eso nos habla a las claras de la naturaleza y dureza de los «pocos castigos» que había tenido que sufrir por parte de Wagner, ese hijo de puta. Esta anécdota, que el propio don Ricardo nos narra, nos da el tono exacto de su inmundicia como ser humano.

Porque no nos vale la excusa de que «era otra época». Desde la noche de los tiempos el buen trato a los perros de la casa y su inclusión en la familia ha sido un principio indeclinable de la moral humana. Quien ha maltratado a su perro siempre ha sido repudiado y despreciado por sus vecinos.

La reacción de Robber es mucho más que elocuente.

Un terranova como fue el desgraciado Robber de Wagner.

© Fernando Busto de la Vega.

ZELTER Y LA SALVACIÓN DE BACH PARA LA HISTORIA

Carl Friederich Zelter, el salvador de Bach para la Historia.

Hay cosas, hechos cotidianos, especialmente en el ámbito artístico y cultural, que damos por descontadas. Pero, amigos, nuestra historia artística y cultural, nuestra civilización, depende del azar, de las modas y de los gustos cambiantes del populacho (y con este remoquete tildo a las sucesivas intelligentsias dominantes en cada periodo) mucho más de lo que queremos admitir y creer.

Y hubo un periodo en que la obra de Johann Sebastian Bach estuvo perdida. A Bach, nacido en Eisenach en 1685 y fallecido en Leipzig en 1750, se le consideraba anticuado y sin interés a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Actualmente no sabríamos nada de él, o muy poco, si el berlinés Carl Friederich Zelter, amigo incondicional de Goethe y maestro de Mendelssohn y Meyerbeer entre otros, no hubiese desafiado el gusto común y vulgar y hubiese seguido enseñándole aquellas partituras ya pasadas de moda a sus discípulos. Gracias a él Mendelssohn llevó a los escenarios La Pasión Según San Mateo en 1829 poniendo de nuevo de moda a Bach y salvándolo de cara a la historia, permitiendo que nosotros, ahora, podamos escucharlo con mayor magnificencia y boato que en su propia época y lo contemos en el ámbito de nuestra herencia civilizatoria.

Dicho esto, queda advertir también de la limitación geográfica, cultural, política y moral de estos rescatadores centroeuropeos. El propio Zelter lo sabía casi todo de la música alemana y muchísimo sobre la francesa y la italiana, pero lo ignoraba todo sobre la española, razón entre otras similares, por la cual los compositores españoles del siglo XVIII y XVII no siendo en nada inferiores, y en muchos casos superiores, a los centroeuropeos son desconocidos incluso para nosotros mismos. Circunstancia que, por cierto, ni el mundo cultural español ni, lo que resulta más reprensible, las instituciones de nuestro país hacen nada por remediar.

Todavía recuerdo con furia el bicentenario de la muerte de Vicente Martín y Soler en 2006. Los actos en Rusia y en Austria y la total indiferencia en España. Añadiré que en esa época era ministra de Cultura Carmen Calvo y se acreditó de inculta y antiespañola con esa indiferencia. Quiero que dimita, que devuelva lo que le hemos pagado y pierda la nacionalidad por ello. Es culpable.

© Fernando Busto de la Vega.