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EL LIBRO COMO OBJETO SENTIMENTAL

Actualmente trabajo en un centro de atención a disminuidos psíquicos, ello, naturalmente, me pone en contacto con todo tipo de historias de esas cursi y pomposamente denominadas de interés humano y, desde luego, me proporciona diariamente un sinfín de anécdotas entrañables y divertidas. Muchos pensarán que un lugar así es un sitio triste, nada más lejos de la realidad. Internos y personal (hasta yo, que pertenezco más al ala administrativa que asistencial, aunque suelo tener mi despacho lleno de pacientes que vienen a dar y recibir cariño, a charlar en la medida de sus capacidades y a pasar el rato echando unas risas) vivimos una cotidianeidad que, por descontado, no es idílica, pero sí bastante llevadera.

Sin embargo, resulta evidente, sí hay momentos duros e historias personales que golpean bajo a quien las conoce. Percuten y repercuten, haciendo reflexionar.

Precisamente, una de ellas ha conducido a la génesis de este artículo. La contaré con el debido respeto al anonimato de su protagonista y al acatamiento a las leyes vigentes en lo referente a protección de datos y mantenimiento de secretos. Ocultaré, en consecuencia, nombres, títulos y circunstancias innecesarias.

Hablamos de un exitoso ingeniero en la treintena. Un hombre aficionado a la montaña y destacado en la práctica del alpinismo que llega a escribir y publicar un libro-guía en el que incluye algunas vías y escaladas inauguradas por él mismo en los años anteriores. Todo le sonríe. Planea, incluso, su boda. Pero tiene mala suerte. Un resbalón, un mal anclaje, una caída desafortunada y un cerebro que revienta por el traumatismo y le deja en una situación próxima a la del vegetal, con severísimas secuelas físicas e intelectuales. También emocionales. Han pasado treinta años y tanto su familia como su novia de entonces, a pesar de haber terminado casándose con otro y formado su propia familia, siguen visitándole con asiduidad. El personal asistencial lo cuida con esmero, trata con ahínco de recuperarle en la medida de lo posible y de alegrarle la vida. Tras muchos años alguien localiza el libro de escalada que publicó, ya descatalogado y olvidado, y piensa que quizá leérselo pueda resultar terapéutico. Lo hace y se obtienen resultados. No demasiados, las lesiones del ingeniero-alpinista fueron graves y permanentes, pero lo suficiente para que vuelva a sonreír e interactuar. Bien. Alegría general. Hasta yo, que no he tenido arte ni parte en todo ello, experimento una íntima satisfacción revestida de regocijo.

Luego, junto a la máquina del café, taciturno y solitario (es domingo y todo el que no está de guardia está de fiesta), medito al respecto y sobre el poder evocador que algunos libros ejercen en nuestro ánimo con su simple presencia. Algunos adquieren la categoría de talismán, otros de criptonita. Son, en la práctica, más allá de su contenido, meros objetos sentimentales. En mi caso, puedo citar algunos y me gustaría, si ello es posible, que tú, lector, compartas conmigo y con los restantes lectores de este blog los tuyos en los comentarios.

El primero que me viene a la mente es un ejemplar de la primera (y única) edición de cierta novela que no viene al caso identificar. Su autor fue padre de una rama entera y frondosa de primos míos. Cuando publico su novela fue saludado en algunos foros como una de las grandes promesas literarias de su generación. Luego los problemas económicos y personales y una temprana enfermedad que le envío a la tumba en plena juventud, abortaron su evolución. Ahora ya nadie le recuerda (ser escritor es una labor absolutamente ingrata). Personalmente, jamás he podido leer más allá de la primera página de dicha novela. Cada vez que la tomo en mis manos me viene a la mente y a la boca el sabor salado de las lágrimas de mi prima Lola. Teníamos nueve años, ella lloraba desconsoladamente en el funeral. La abracé y la besé quedándome con ese regusto saladamente amargo de sus lágrimas. Después de eso, a lo largo de los años, durante la adolescencia y la juventud, pasamos muy buenos momentos que son los que habitualmente recuerdo, pero cuando el dichoso libro cae en mis manos,.. Es para mí un objeto sentimental…triste.

Figuran también en mi biblioteca una primera edición de El Criterio de Balmes (1845) y un ejemplar del Kempis, anterior, de la década de los treinta del siglo XIX, y ambos me remiten a un tatarabuelo carlista y trabucaire que participó en las dos primeras guerras y del que se conserva en la familia la historia de cuando su caballo, Capitán, le salvó la vida conduciéndolo a casa después de que saliese malherido (dos tiros en el pecho y un lanzazo en el estómago) de una escaramuza con los cristinos. Nada más sé de él, pero es muy probable que parte de mi innata afición a la Historia, la Literatura y el aventurerismo proceda de esos libros que, mudos y venerables, tan lejanos de mis propias opiniones, han estado siempre mirándome desde los estantes de mi humilde biblioteca.

Podría hablar a ese respecto del ejemplar del Quijote (edición de los años cuarenta del XX) en que aprendí a leer con tres o cuatro años y que permanece también en mi biblioteca. Pertenecía a mi padre y lo adquirió en Madrid cuando los avatares militares lo habían apartado ya de sus ambiciones taurinas y pictóricas. O de aquel ejemplar de Platero y Yo que fue el primer libro que leí a los cinco o seis años y me dejó una impresión tan profunda que jamás he querido borrarla leyéndolo de nuevo.

Pero prefiero centrarme en otros dos libros (también primeras ediciones autografiadas de obras ya olvidadas y descatalogadas) de un tal Mosén Babil, tampoco quiero recordar su apellido, canónigo en Tarazona y amigo de mis padres.

El tal Mosén publicó tres libros de propaganda y adoctrinamiento católico entre mediados de los cincuenta y mediados de los sesenta del siglo XX. Libros bastante cínicos porque iban dedicados a predicar la moral cristiana a los adolescentes y, especialmente, a las jovencitas cuando el tipo, buen fumador de habanos y petas, impenitente bebedor de brandy y orujo, conocía de memoria todos los burdeles patrios desde sus tiempos de capellán en Regulares allá por la guerra civil y no había abandonado su costumbre de visitarlos. En cierta ocasión, de madrugada, se salió de la calzada y hundió el coche que conducía, en el que viajaba con tres o cuatro pilinguis metidas en juerga, en el canal Imperial a la altura del barrio de Torrero y no lejos del puente de América de Zaragoza. Para evitar el escándalo (recordemos que era cura y canónigo) ganó la orilla a nado y se fugó a la carrera dejando a las chicas a su suerte y al dueño del prestado vehículo en situación más que incómoda. Ese era el nivel.

Como digo, el tipo, Mosén Babil, publicó tres libros de cierto éxito, pero en mi biblioteca solo se guardan los dos primeros. El tercero nunca llegó a figurar en ella, en la de mis padres que heredé, como buen ejemplo de la ruptura de una amistad cuya consecuencia supuso graves complicaciones para mi familia.

Resulta que el mosén, en habla aragonesa “mosen”, a finales de los sesenta, allá por la época de Sor Citroen (yo todavía no estaba ni en proyecto, fui fruto tardío) decidió incrementar sus ingresos dedicándose a traficar con las obras artísticas de las iglesias de su contorno. Siendo canónigo tenía fácil el expolio y no faltaban guiris adinerados a los que venderles retablos, cálices y tallas. Necesitaba para su negocio locales donde guardar la mercancía antes de darle salida internacional y se daba la circunstancia de que mi padre disponía de algunos totalmente libres de sospecha por llevar años dedicados a una industria honrada y perfectamente conocida. De modo que el mosén se presentó en casa de mis padres y propuso desvergonzadamente su negocio con el resultado, previsible, de ser expulsado de inmediato por mi madre que, a lo largo de toda su vida, fue un ejemplo de firme rectitud moral. Se rompió así una amistad que se remontaba, en el caso de mi padre, hasta los años de la república cuando era un joven que trataba de abrirse paso en Madrid como torero y pintor al tiempo que, afiliado a la CNT, conseguía de este sindicato pistolas que después hacía llegar a los falangistas y al clero levantisco de índole carlista pasándoselas, precisamente, al tal Babil, entonces un joven seminarista aragonés no del todo alejado de la Academia DYA.

Aquella ruptura tuvo graves consecuencias. El “mosen”, ofendido y temeroso de verse denunciado, quiso vengarse, movió sus contactos y logró, en apenas unos años, dar al traste con los negocios de mi padre, que, de pronto, vio cercenados sus pedidos, cercados por la hostilidad institucional sus negocios…incluso hubo quien dejó de saludarle. Obviamente, cuando veo esos volúmenes en mi biblioteca, experimento una mezcla de desdén moral hacia el puñetero canónigo, de fatalidad estoica en lo referente a mi propio origen y destino y un enorme orgullo por la entidad moral de mi madre, capaz de desdeñar el mucho dinero que prometía el ilegal negocio, de desafiar el enorme poder de la Iglesia y el régimen franquista y de aquel canónigo en especial y de mantener la integridad en medio del desastre. Una de las más grandes lecciones que he recibido en mi vida (aunque todo esto, insisto, sucedió antes de mi nacimiento) y a la que siempre he tratado de hacer honor. Ambos volúmenes se han convertido en un recordatorio de lo que, moral y éticamente, se espera de mí. Verlos me pone instintivamente ante ejemplos a los que no puedo faltar.

Ahora bien, el libro-objeto sentimental de más significado al que puedo aludir no se encuentra en mi biblioteca. Es precisamente por eso, porque ya no está, por lo que ha adquirido tamaña relevancia. Lo que perdemos pesa siempre más que aquello que seguimos poseyendo.

Cuando cumplí los ocho años mi madre, Diamantina, me regaló una lujosa y bonita, casi espectacular, edición de Los Tigres de Mompracem, de Emilio Salgari y me la dedicó usando tinta verde, la única que pudo hallarse en el momento. Siempre guardé este volumen con el imaginable cariño. Desgraciadamente, andando el tiempo, muchos años después, alguien, faltándome al respeto y con la única intención de hacerme daño, robó e hizo desaparecer el preciado libro.

Todos los días me acuerdo de él (de su portada, de su dedicatoria en tinta verde…) y maldigo a quien me lo arrebató. Puedo asegurar que yo, que perdono casi todo, jamás podré perdonar semejante villanía. Triste y vergonzosa confesión para alguien que se precia de haber practicado con aprovechamiento el zen y de seguir la vía estoica. Pero la realidad es esa y no otra.

Podría seguir evocando libros que son para mí objetos sentimentales, pero este artículo ya se ha alargado en exceso. Ahora, si deseáis compartir los vuestros, os invito a ello.

© Fernando Busto de la Vega