Archivo de la etiqueta: longobardos

ROMILDA, UN TRUCULENTO DRAMA MEDIEVAL

INTRODUCCIÓN HISTÓRICA (NECESARIA, AUNQUE PRESCINDIBLE)

Desatendemos el periodo transcurrido entre los siglos V y IX de nuestra era y con ello perdemos la oportunidad de comprender adecuadamente nuestra historia continental y, a la vez, nos perdemos peripecias vitales apasionantes y a menudo trágicas de hombres y mujeres (ahora que está tan de moda buscar hasta debajo de las piedras mujeres que en su mayor parte resultan anodinas, irrelevantes y mediocres, pero que la propaganda feminista, siempre anclada en los métodos leninistas y en la profunda ignorancia y escasa cultura de sus fautoras tratan de colarnos como indispensables) que, sin embargo, todavía hoy tienen la capacidad de conmovernos, interesarnos y asombrarnos. En esta entrada hablaremos de una de esas mujeres desconocida por la mayoría del público y cuya historia nos removerá hasta los cimientos más íntimos de las entrañas: Romilda de Friul.

Para entender el devenir vital de Romilda hemos de comprender siquiera mínimamente el momento político en el que vivió. Nació a finales del siglo VI, para entonces los bizantinos habían derrotado a Teya, el último rey ostrogodo, en la batalla del Monte Lactarius, al sur de de Nápoles, allá por 553 y aplastado al último rebelde de esa etnia, Widin, en 562 cerca de Verona y controlaban toda Italia, aunque con un ejército escaso y agotado después de dos décadas de guerra continuada.

Paralelamente, y aprovechando que las guerras en Italia y los problemas en la frontera persa tenían casi desbordados a los emperadores de Oriente, desde 476 únicos del mundo romano, los ávaros, un pueblo compuesto por una oligarquía de origen tungús que huía de los chinos tras la destrucción de los yuan-yuan (o rourán) y a la que se adhirieron en su largo viaje hacia Europa innumerables restos de noblezas de origen escita, alano, huno, proto-húngaro, proto-búlgaro, eslavo y hasta germánico, se establecían en la llanura de Panonia donde, con la ayuda de los longobardos, aniquilaron al reino de los Gépidos, pueblo de origen germánico que representaba la paz y la estabilidad en el área desde la destrucción del imperio de Atila un siglo y medio antes.

El asentamiento de los ávaros en Panonia conllevó toda una política de alianzas, invasiones y movimientos de pueblos que condujo no solo a la destrucción de los gépidos, sino a la consolidación de una dinastía, la de los Agilolfingios, sobre los bávaros y la invasión de Italia por parte de los longobardos.

Ambas dinastías, la que se acababa de imponer sobre los bávaros y la de los longobardos eran escasamente prestigiosas. En comparación con la alcurnia de los Baltos o los Amalos godos o los Merovingios francos, no eran nadie, simples advenedizos.

Con todo, muy conscientes del seísmo político al que estaban asistiendo, los Merovingios trataron de captar para su órbita a los bávaros y los longobardos ofreciéndoles ventajosos matrimonios y alianzas que estos, ensoberbecidos por el poderoso apoyo ávaro, rechazaron. A la postre los bávaros acabarían siendo vasallos de los francos y los longobardos sometidos por ellos, pero a finales del siglo VI y comienzo del VII todo eso parecía lejano.

Los bávaros no existían antes del siglo VI, se conformaron con las migraciones de la gente procedente de la actual república checa que se fueron extendiendo hacia el sur y el oeste para dejar espacio a los nuevos amos ávaros ocupando las tierras baldías que habían dejado las migraciones y las guerras en la antigua frontera imperial del Danubio. Estos inmigrantes, restos a su vez de las migraciones y guerras de los últimos doscientos años, tenían un origen heterogéneo (germanos, sármatas, alanos, romanos, hunos…) que se homogeneizó y germanizó bajo el dominio de los Agilolfingios.

Los longobardos, por su parte, eran una antigua escisión de la confederación vándala que mantuvo su identidad, si bien no siempre su independencia, bajo la presión de pueblos más poderosos como los hunos o los sajones, por ello carecían de una dinastía persistente y afamada y sus reyes establecían efímeras líneas que no alcanzaban renombre ni estabilidad.

En ese escenario, con los ávaros asentando sus posiciones en Panonia y fortificando sus flancos con la invasión de Italia por sus aliados longobardos (568) y el establecimiento del ducado de Baviera por los Agilolfingios, nació Romilda, hija del duque Garibaldo I de Baviera que había logrado contraer matrimonio con Waldrada, viuda del merovingio Teodebaldo I de Austrasia, hija del rey longobardo Waco que, a su vez, la había tenido con Ostrogoda, una princesa gépida que descendía al mismo tiempo de los Amalos y de Atila, lo que elevaba su prestigio a las más altas cotas de la realeza confiriendo a los longobardos y a los bávaros un estatus superior dentro del mundo nobiliario y real de la Europa del siglo VI.

Romilda, en virtud de las alianzas dinásticas del momento, contrajo matrimonio con el duque longobardo Gisulfo II de Friul, sobrino-nieto del rey Alboino, el que dirigió la invasión de Italia (568) y del drama de cuya esposa, Rosamunda, otra princesa gépida escribiremos en breve.

AHORA VIENE EL DRAMA DE ROMILDA

¿Qué podía ir mal? Romilda, hija de un oscuro duque bávaro, pero descendiente por vía de su abuela de Teodorico el Grande y Atila, lo que la convertía en una princesa de primera división, contrajo matrimonio con el sobrino-nieto del rey longobardo que había conducido a su pueblo desde la mediocridad de Eslovaquia, en la frontera de los gépidos, a la grandeza de Italia, y que, a su vez, era duque hereditario no solo de un conglomerado de clanes sino también de un territorio en la frontera con los aliados ávaros: Friul.

¿Qué podía ir mal? Pues, a la vista de los acontecimientos: todo.

En 601 los bizantinos habían logrado recuperar su iniciativa en los Balcanes y habían aplastado al Kan de los ávaros, Bayán, en una batalla cerca del Tisza donde murieron él y cuatro de sus hijos. Lo único que salvó a los ávaros fue el motín de las tropas bizantinas en 602, descontentas por tener que pasar el invierno al norte del Danubio. El emperador Mauricio fue asesinado y tomó el trono el centurión Focas, que, al dictado de sus compañeros de armas, abandonó el campo de batalla regresando al sur del Danubio y permitiendo la supervivencia de los ávaros.

Ello no obstante, la dinastía ávara había quedado muy debilitada y había clanes, entre ellos el Dulo, de origen onogur (huno, por lo tanto) que daría origen al pueblo búlgaro, que aspiraban al trono. Esto obligó al nuevo Kan, Bayán II, a mostrarse enérgico y restablecer el poder de su dinastía mediante la represión y en ese contexto, pero en circunstancias mal conocidas, aunque sin duda Gisulfo II andaba negociando con los Dulo o con otros conspiradores, acabó invadiendo el ducado de Friul en 610.

Gisulfo II murió en batalla y Cividale, la capital de su ducado, quedó cercada por los ávaros y defendida por Romilda, la princesa viuda, que decidió jugar la baza de su linaje. Ya sabemos que descendía de Teodorico el Grande y de Atila, además de toda la dinastía de Arderico, reyes gépidos, lo cual la convertía en un apetitoso trofeo que, como ya había sucedido con su madre Waldrada, bastaba para legitimar y dar prestigio a toda una dinastía advenediza y en problemas aunque fuera de origen tungús o yuan-yuan. Bien es cierto que los kanes ávaros decían pertenecer al clan Ashina, el más prestigioso y noble de toda la estepa, pero los Dulo no les iban a la zaga en nobleza y entroncar, estando asentados en los Balcanes y los Cárpatos, con aquellas tres prestigiosas ramas de la realeza no les vendría nada mal. Por lo tanto, Romilda, a cambio de ver respetada la vida de los hijos que había tenido con Gisulfo II y la ciudad que entregaba, ofreció a Bayán II matrimonio.

El kan ávaro aceptó el trato. Cividale se entregó con la promesa de no ser saqueada y Romilda contrajo matrimonio con él.

Desgraciadamente, los cronistas de estos acontecimientos son de origen longobardo, monjes de monasterios italianos, y no nos cuentan toda la historia. Omiten, desde luego, cualquier dato que pudiera ir en detrimento de la princesa Romilda y avalar los actos del khan Bayán II, pero hay puntos oscuros y que inducen a la sospecha en todo el relato que nos ha llegado.

En primer lugar, Romilda no debía confiar mucho en su nuevo esposo y tampoco debía ser muy sincera en su entrega cuando, antes de abrir las puertas de Cividale y proceder al casamiento, hizo que todos sus hijos huyeran poniéndose a salvo.

En segundo, algo muy grave que los monjes omiten, debió suceder para que las cosas adquirieran el rumbo que llevaron.

En efecto, Bayán II se casó con Romilda y el matrimonio se celebró con la pompa y alegría preceptivas. Sin embargo, a la mañana siguiente del himeneo el kan entregó a su nueva esposa a doce de sus rudos guerreros para que la sometieran a una salvaje violación en grupo mientras hacía saquear Cividale.

Concluida la prolongada y brutal violación de Romilda, totalmente inédita en una princesa de su rango, fue arrastrada desnuda y empalada. Mientras padecía su suplicio, elevada sobre un grueso palo que se abría paso por sus entrañas a través del recto, Bayán II se le acercó para decirle que era aquello lo que se merecía. Insisto: nuestros cronistas, italianos y bajo dominio longobardo, nos ocultan el motivo de la furia del ávaro a quien nos presentan como un psicópata demoniaco…y es cierto: sus actos no pueden despertar en absoluto nuestra simpatía ni cabe justificarlos, pero sí deberíamos explicarlos y en ese campo no es descartable que Romilda tratase de despacharle con veneno (ya veremos al hablar de Rosamunda que no se trataba de un procedimiento tan extraño e Ildico sigue bajo sospecha).

Pero, en cualquier caso, ese fue el truculento drama de Romilda.

Sus hijos, Taso y Caco, mantuvieron la revuelta contra los ávaros y llegaron a expulsarles de Italia ocupando parte del Tirol, pero acabaron aplastados por los bizantinos en la ciudad de Oderzo allá por el 617. Pero esto es ya otra historia.

© Fernando Busto de la Vega.

EL GOLPE DE TOTO (ROMA,767. EN EL ORIGEN DE LOS ESTADOS PONTIFICIOS)

  • I.- CONTEXTO HISTÓRICO
  • II.- EL GOLPE DE TOTO DE NEPI
  • III.- LOS ACONTECIMIENTOS SE DESENCADENAN.
  • IV.- UN ÚLTIMO DATO DE INTERÉS

I. – CONTEXTO HISTÓRICO

Aspecto de los guerreros longobardos en el siglo VIII

A mediados del siglo VIII la situación de Roma y del papado estaba experimentando un cambio profundo. Hasta entonces, y desde la derrota de los ostrogodos a manos de los bizantinos en el siglo VI, había formado parte del Exarcado de Rávena, la zona de Italia controlada por el emperador de Constantinopla que, a su vez, nombraba al exarca.

Dicho Exarcado se dividía en ducados gobernados por un funcionario con atribuciones civiles y militares (el duque) que solía ser una personalidad local nombrada y depuesta a su vez por el exarca a quien debía rendir cuentas.

Así las cosas, la antigua capital del imperio y sede del obispado romano estuvo durante dos siglos bajo la autoridad del Ducado de Roma y del Exarcado de Rávena careciendo de poder político real. Eso cambió cuando los emperadores de Constantinopla intentaron imponer la iconoclasia, una herejía que censuraba la adoración de las imágenes sagradas. La medida, considerada demasiado afín a las posiciones ideológicas de los judíos y, lo que era peor, de los musulmanes que estaban expandiéndose en esos momentos, fue rechazada enérgicamente en todo el imperio, pero, con mayor fuerza, en Roma donde la estructura eclesiástica vio la oportunidad de librarse del yugo bizantino y asentar de una vez por todas la primacía del papa sobre el patriarca de Constantinopla y el emperador.

En 727 el papa Gregorio II se negó a asumir las tesis del emperador León III sobre la iconoclasia, dejó de acatar su gobierno y de pagar impuestos deponiendo al duque de Roma y nombrando otro afín. Lógicamente, el exarca de Rávena, Pablo, trató de someterlo, pero un motín dentro de su propio ejército lo costó la vida y barrió el poder bizantino de la Italia septentrional y central, permitiendo a Liutprando, el rey de los longobardos, conquistar Rávena y marchar sobre Roma en 728.

El papa Gregorio II logró evitar que Roma cayera en manos de los longobardos a cambio de reconocerles y entregarles Rávena y los demás territorios que habían conquistado, pero los ducados de Roma, Perugia y Toscana quedaron libres y en manos del papado que asentó su poder asumiendo el mando de los soldados bizantinos amotinados contra el exarca que se asentaron en los territorios que ahora controlaba el papa (y serían el núcleo de los nacientes Estados Pontificios) a guisa de nobleza territorial laica. Los generales y oficiales pasaron a convertirse en señores territoriales locales y comarcales al servicio del papa originando una clase social nueva que, desde el principio, se enfrentó a los próceres eclesiásticos, procedentes de la propia Roma y de la Italia central y del sur, que aspiraban a cimentar similares posiciones para ellos y sus familias.

La jugada de Gregorio II puso en manos del papado el centro de Italia, creó un poderoso partido romano-papal que perduraría décadas en el poder imponiendo varios papas y dio origen a un estado independiente, pero no tan fuerte como cabía esperar. Los longobardos, que habían invadido Italia en 568, y controlaban muchas de sus regiones, habían sido contenidos por el poder bizantino, pero desaparecido este en 728, quedaban con las manos libres para seguir apoderándose de los territorios en los que no habían podido asentarse hasta entonces. El propio Liutprando había conquistado Rávena, antigua capital imperial (desde 407) y de la Italia bizantina desde 562 y tratado de ocupar Roma.

Durante los quince años siguientes, Roma viviría en permanente lucha contra los longobardos encabezados por Liutprando y su nieto Hildebrando sin poder contar con la ayuda imperial. En esa guerra, larga y difícil, los longobardos acabaron llevando la mejor parte ocupando territorios en Toscana, Perugia y el propio ducado de Roma que perdían los soldados bizantinos pasados al papa y convertidos en nobleza territorial, lo que sembraba su descontento y favorecía las posiciones de los señores eclesiásticos, cuyos intereses y posesiones se concentraban principalmente en torno a la propia Roma resultando menos dañadas por la guerra.

Desde el principio, los papas miraron hacia los francos para que se convirtieran en la fuerza que les sacara las castañas del fuego en lugar de los bizantinos, pero en ese instante los francos se encontraban en medio de una profunda crisis que, a través de golpes de Estado y guerras civiles, conduciría a los Carolingios (encabezados por Carlos Martel y Pipino el Breve) a ocupar el trono que desde el siglo V había pertenecido a los Merovingios y, durante algunas décadas no pudieron obrar fuera de sus propias fronteras.

Ello condujo a los papas a intentar otras componendas políticas.

Gregorio III, que sucedió a Gregorio II en 731, trató primero de aplacar a Liutprando y, cuando esto no funcionó, se unió a la sublevación de los duques longobardos de Spoleto y Benevento contra él mientras se ponía en contacto con el franco Carlos Martel tratando sin éxito que atacara a los longobardos desde el norte.

El sucesor de Gregorio III, el papa Zacarías (741-752), continuó su política alentando las sublevaciones de los duques longobardos hasta lograr que Hildebrando fuera depuesto en 744 y sustituido por el duque de Friuli, Rachis, que presentaba un perfil político de lo más adecuado para trabajar en aras no solo de la paz sino, también, de la consolidación de un régimen longobardo-papal que reprodujese la simbiosis de intereses y la armonía política entre romanos y germanos que habían significado los reinos de Odoacro (476-493) y los ostrogodos (493- 553). Rachis estaba casado con Tassia, una romana de clase alta, y ello le permitía jugar un papel mediador entre ambos pueblos.

Durante un lustro la apuesta funcionó, pero, al cabo, Rachis se vio forzado por el partido nacionalista longobardo a reiniciar las políticas expansivas aprovechando la debilidad de los francos y los bizantinos. Era el momento de apoderarse de toda Italia y sin contar necesariamente con el papa, cuyo poder territorial todavía no se había consolidado. De modo que en 749, se vio obligado a invadir el ducado de Perugia y asediar su capital, hacia la que se dirigió el papa Zacarías para negociar. Ignoramos el contenido de aquellas conversaciones, pero conocemos su resultado: Rachis levantó el sitio de Perugia y regresó a su capital en el norte, Pavía, donde antes del final de año fue depuesto por el partido nacionalista que impuso en el trono a su hermano Astolfo huyendo él con su familia a Roma, donde encontró asilo político ingresando como monje en Montecassino.

Astolfo regresó a la política expansiva reconquistando Rávena (751) que habían recuperado años atrás los bizantinos y avanzando de nuevo hacia Roma.

La situación del papado llegó a ser tan apurada, que Esteban II, sucesor de Zacarías, en el 752, abandonó Roma viajando apresuradamente a las Galias, donde Pipino el Breve se había hecho finalmente con el poder entre los francos (en 750 el papa Zacarías le había autorizado a deponer al último rey merovingio, Childerico III, coronándose él mismo como tal, origen de la dinastía real de los Carolingios) para pedirle ayuda. Resultó una jugada maestra. A cambio de ser coronado por el propio papa y recibir títulos de gran prestigio para sí y sus hijos, como el de Patricio Romano, Pipino el Breve se convirtió en brazo ejecutor del papa a quien reconoció, además, los territorios que poseía y ambicionaba en el centro de Italia. Esteban II le presentó un documento falsificado (la llamada Donación de Constantino) en el que supuestamente dicho emperador le donaba al papa todos esos territorios. Puesto que eran zonas que Pipino no poseía e iba a tener muy difícil controlar, se dejó engañar. Para sus intereses políticos era preferible la consolidación del papado como un estado independiente y afín en la Italia central que tratar de conquistarla y mantenerla lo que, a la larga, le obligaría a una guerra directa contra el emperador bizantino.

Lo que sí hizo Pipino el Breve fue atacar a los longobardos invadiendo el norte de Italia a lo largo de varias campañas entre 755 y 758.

En el transcurso de las mismas murió el rey Astolfo (756) y el papa trató de volver a jugar la baza del prorromano Rachis, que salió de Montecassino, abandonó su condición de monje, viajó al norte y trató de hacerse de nuevo con el trono. No lo consiguió, el partido nacionalista seguía fuerte en Pavía, y más motivado que nunca a causa de la guerra y acabó imponiendo en el trono a uno de los suyos: Desiderio. Rachis hubo de regresar a Montecasino y no vuelve a saberse nada de él ni de su familia.

Desiderio hizo frente a las incursiones de Pipino el Breve y capeó el temporal quedando con las manos libres en Italia después de 758, lo que le condujo, inevitablemente, a seguir intentando el sometimiento de Roma.

En 757 el papa Esteban II había muerto y le sucedió su hermano Pablo I, cuyo pontificado iba a desembocar en el golpe de Toto de Nepi que nos ocupa.

II.- EL GOLPE DE TOTO DE NEPI

Al contrario que Esteban II, que procuró mantener el equilibrio entre los señores territoriales laicos y los próceres eclesiásticos, su hermano Pablo I se inclinó abiertamente por estos últimos causando el descontento de los primeros, los más afectados por las constantes guerras con los longobardos y, por lo tanto, los que más se sacrificaban para que los señores eclesiásticos no solo mantuvieran su poder y sus riquezas sino que los aumentaran a costa de aquella segunda generación de aristócratas guerreros procedentes de los desertores del ejército bizantino en el norte y centro de Italia. El descontento era palpable y no dejaba de crecer dándose la interesante circunstancia de que no se manifestó en modo de rebelión o de deserción sino de golpe de Estado. Los aristócratas que defendían los castillos y comarcas de los ducados de Perugia y Toscana se sentían identificados con el nuevo estado (el Pontificio) que habían ayudado a surgir y pretendían perpetuarlo, mudando tan solo la facción que lo dirigía. Este es ya un importante dato que indica a las claras no solo la consolidación de los Estados Pontificios como nación viable sino la base social y política de la que disfrutaba para surgir y perdurar durante más de mil años. Recordemos que existieron como tales hasta nada menos que 1870.

El descontento en los ducados de Toscana y Perugia fue creciendo desde el ascenso al solio pontificio de Pablo I en 757 y agudizándose a lo largo de la década siguiente, pero estos aristócratas del norte no podían abandonar sus fortalezas para intervenir en Roma ante el peligro cierto de una operación longobarda que les privase de ellas, lo cual condujo a que delegasen el mando de su golpe en uno de los suyos que tenía su base de poder en la localidad de Nepi, situada dentro del ducado de Roma a unos cuarenta kilómetros al norte de la ciudad y cien al suroeste de Perugia. Un movimiento militar desde allí, podía ser rápido, decisivo y resolverse antes de que se enterasen los longobardos que, de todos modos, podrían ser frenados, sin intentaban invadir los Estados Pontificios, por todos los aristócratas que quedaban en el norte.

La población de Nepi, enriquecida en los tiempos del Exarcado (568-728) a causa de que la atravesaba la Via Amerina, la única que unía Roma con Rávena, y cuyo duque Leoncio había participado ya en la defensa de Roma contra los longobardos con un numeroso ejército en 592, estaba entonces bajo el poder de un nuevo duque: Toto.

El título ducal, en el caso de Leoncio o Toto, era más virtual que legal. En el ducado de Roma solo podía haber un duque, el nombrado por el exarca o, ya en el siglo VIII, por el papa (que detentaba en persona y de facto dichas funciones), de tal modo que Toto nunca portó legalmente dicho título. Ahora bien, puesto que el significado lato de la palabra era el de «jefe militar» cualquiera que tuviera un ejército, aunque fuera pequeño, a sus órdenes y quisiera mostrar sus aspiraciones, su soberbia y su ambición podía arrogárselo. Era como si en los tiempos que corren el jefe de una guerrilla o una banda criminal se hiciese llamara general.

Sea como fuere, Toto, detentaba el poder efectivo en Nepi contando con el apoyo de sus hermanos Constantino, Pascual y Pasivo, y se había situado al frente de la basta conspiración de señores laicos y militares de los ducados de Perugia y Toscana para restablecer sus intereses frente a las políticas del papa Pablo I en beneficio de los señores eclesiásticos del ducado de Roma. El golpe de Estado estaba en marcha.

Y no era ningún secreto.

En Roma cundía la preocupación porque una reacción militar de ese tipo podía llevarse por delante a todo el partido que venía dirigiendo los destinos del naciente estado desde hacía cuarenta años. Convenía restaurar la alianza entre señores eclesiásticos y laicos removiendo el principal factor de desequilibrio: el papa Pablo I.

De modo que el primicerius notariorum (en la práctica el jefe de la administración civil del papa, una especie de primer ministro) Cristóbal, decidió intervenir, naturalmente no a título personal sino como portavoz del partido eclesiástico instalado en el poder desde los tiempos de Gregorio II. Urgía buscar un pacto que evitase la guerra civil y garantizar la supervivencia y permanencia en el poder de los jerarcas eclesiásticos romanos.

Cristóbal, con muy poco recato, marchó a Nepi para negociar con Toto.

Los jerarcas romanos no se oponían al golpe, aceptaban que Toto impusiese a un nuevo papa, pero le pedían que no invadiese la ciudad con soldados habituados a combatir en el norte contra los longobardos, que evitase los saqueos y el derramamiento de sangre y que no asesinase al papa. Pablo I en ese momento, verano del 767, se encontraba ya muy enfermo y se preveía su muerte en breve. Cristóbal le prometió a Toto que el sínodo subsiguiente, elegiría como papa al candidato que él designase, que resultó ser su hermano Constantino, que ni siquiera era sacerdote.

III.- LOS ACONTECIMIENTOS SE DESENCADENAN.

Confiando en el pacto con Cristóbal, en cuanto la salud del papa Pascual I empeoró, Toto y sus hermanos entraron en Roma para aguardar pacientemente el deceso y el subsiguiente sínodo amañado. Lo hicieron de noche, por la puerta de San Pancracio y sin armar alboroto, se trataba en suma, de sorprender a los rivales cuando fuese preciso.

Cristóbal, sin embargo, maniobraba secretamente en contra de Toto para conseguir el papado para sí que ya ocupaba el número dos del organigrama papal y contaba con el apoyo del partido de los señores eclesiásticos.

Toto no era tonto y comprendía muy bien las maniobras de Cristóbal de modo que, pocos días antes de la muerte del papa Pascual I decidió tomar por sorpresa al partido rival ocupando de madrugada los puntos estratégicos de la ciudad con sus hombres. Al amanecer convocó a los notables romanos (incluyendo a Cristóbal que en lugar de acudir a la reunión decidió esconderse) y proclamó a su hermano Constantino sucesor del papa agonizante. Para salvar el pequeño inconveniente de que ni siquiera estaba ordenado como sacerdote hizo que un obispo , Jorge de Palestrina, lo ordenara sucesivamente sacerdote, subdiácono y diácono en el oratorio de San Lorenzo.

Muerto Pascual I, el 5 de julio del 767, el propio Jorge de Palestrina, junto con otros dos obispos de la facción de los señores eclesiásticos, Eustacio de Albano y Citonato de Porto, consagraron papa a Constantino (II) a quien hoy en día se considera antipapa.

Mientras tanto, Cristóbal y su hijo Sergio lograron huir de Roma refugiándose en Spoleto, capital del poderoso ducado de ese nombre que estaba en manos de los longobardos desde hacía un siglo y, a menudo, funcionaba como estado independiente y siempre autónomo en relación a los reyes de Pavía. En ese momento el duque de Spoleto era Teodicio, que les acogió y les acompañó personalmente a Pavía para recabar el apoyo del rey longobardo Desiderio contra los golpistas de Nepi.

Constantino II, sostenido por las tropas de su hermano Toto, se puso en contacto con Pipino el Breve solicitando reconocimiento y presentándose como sucesor del partido que había venido gobernando Roma desde hacía cuarenta años. Pero los golpistas no tuvieron tiempo de beneficiarse de su respuesta.

De inmediato, Desiderio ordenó al sacerdote longobardo Valdiperto que avanzase hacia el sur con un contingente de tropas en el que se contaba Sergio, el hijo de Cristóbal, con su propio séquito y, contra todo pronóstico, pudieron avanzar por Toscana y Perugia sin oposición. Aquellos que habían incitado el golpe de Toto el año anterior se ponían ahora de perfil ante la intervención de los poderosos longobardos.

Puerta de San Pancracio, Roma.

Valdiperto y Sergio entraron en Roma por la misma puerta de San Pancracio el 28 de julio de 768, apenas un año después del golpe de Toto y mientras Pipino el breve agonizaba en París (concretamente en el monasterio de Saint-Denis) estallando una revuelta en el interior de Roma durante la cual Gracioso, cuñado de Sergio, asesinó por la espalada a Toto tras fingir ponerse de su lado.

Tras la muerte de Toto y mientras los combates continuaban en las calles de Roma, Constantino II y sus hermanos supervivientes se hicieron fuertes en el palacio de Letrán mientras Valdiperto, siguiendo órdenes de Desiderio, que deseaba un papa adicto a los longobardos, y a espaldas de Cristóbal y Sergio, sacó del monasterio de San Vito al monje Felipe y lo instauró como papa. No obstante, el partido de los señores eclesiásticos estaba bien organizado y devolvió por su parte el puesto de primicerio a Cristóbal quien, de nuevo al frente del aparato estatal, obligó a Felipe a regresar a su convento al día siguiente dejando a Valdiperto y sus tropas longobardas en una situación difícil: aislados en medio de un territorio hostil, de modo que no les quedó más opción que hacerse fuertes en el Panteón, donde fueron asediados, capturados, torturados, mutilados y asesinados. Del mismo modo, los obispos y cargos que había nombrado Constantino II eran apresados, mutilados y asesinados por los partidarios de Cristóbal.

El propio Constantino, asediado en Letrán, fue capturado tras la muerte de sus hermanos Pasivo y Pascual, arrastrado por las calles de Roma y encerrado, a la espera de juicio, en el monasterio de Cellanova.

Había llegado el momento de elegir un nuevo papa. Cristóbal pensaba que la elección recaería en él, pero se encontró con la sorpresa de que dentro de su propio partido tenía enemigos que se opusieron a su nombramiento. Finalmente hubo que llegar a un acuerdo eligiéndose como fórmula de compromiso entre facciones a otro importante miembro del gobierno papal: Esteban III.

Esteban III juzgó a Constantino II en 769, en Letrán. Todo el mundo esperaba que el depuesto pontífice se presentara al sínodo humilde con la esperanza de salvar la vida a cambio de ser cegado y encerrado en un monasterio, pero Constantino se mostró altivo, defendiendo sus derechos y la legalidad de su nombramiento, de modo que acabó ejecutado.

Mientras tanto, Desiderio casaba a una de sus hijas con Carlomagno, hijo y sucesor de Pipino el Breve, lo que dejaba al papado, sobre todo teniendo en cuenta que en el concilio de Letrán, además de condenarse a Constantino II se había condenado también la iconoclasia que perduraba en el imperio de Oriente con apoyo imperial, imposibilitado de encontrar aliados frente al dominio longobardo.

Pero eso es ya otra historia.

IV.- UN ÚLTIMO DATO DE INTERÉS

A día de hoy, en Nepi, existe la Via Totone, un minúsculo callejón entre la Vía Garibaldi, tampoco demasiado ancha, y la recóndita Piazza Padella, si es que no recuerdo mal…que bien pudiera ser, porque hace mucho que no me dejo caer por Italia.

© Fernando Busto de la Vega