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EL FEO VICIO DE ASALTAR PARLAMENTOS (BRASIL, ESTADOS UNIDOS…)

Del mismo modo que asaltar una frontera, sea con un ejército organizado con sus tanques y aviones, sea en turbamultas armadas con palos y navajas como suele suceder en Ceuta y Melilla, es siempre un acto de guerra y debe ser tratado como tal, asaltar un parlamento o cualquier institución del Estado es un golpe de Estado y debe ser tratado como tal, aunque lo ejecuten masas desarmadas.

Parece, en cualquier caso, que la táctica se está poniendo de moda, especialmente en América y entre cierta derecha extrema de vinculaciones evangelistas.

Sin embargo, quizá deberíamos observar con mayor atención el fenómeno (en apariencia nuevo) y ponerlo en perspectiva, aunque ello nos lleve a situarnos en las siempre incómodas y fangosas aguas de la conspiranoia.

El hecho es que la primera vez que yo (e imagino que muchos de mis lectores) escuché hablar de un proyecto semejante fue hace más de una década y en un contexto muy diferente: el 15-M.

Siempre, desde el primer momento en que empecé a comunicarme y tratar con la gente que daba la cara como inductores del movimiento, allá por noviembre-diciembre de 2010, tuve la impresión de que había gato encerrado, que alguien tiraba de los hilos detrás de escena y que lo que se cacareaba en los panfletos y manifiestos no era exactamente lo que se pretendía, por ese motivo procuré siempre quedarme en segundo plano y no figurar en ninguna convocatoria, documento oficial o tomar el más mínimo riesgo. Seguí apoyando el movimiento, en toda su complejidad, había grupos diversos, muchos genuinos y sinceros, porque era la única opción de agitar las sentinas irrespirables que conformaban el Estado en aquellos momentos y participé en las manifestaciones hasta que al salir de casa cierta mañana me encontré con unos individuos, seguramente policías, que me hicieron fotos y salieron corriendo. Hasta entonces mi cara no había aparecido ni siquiera en mi blog Disidente por Accidente que llevaba funcionando desde 2009, nunca he sido especialmente estúpido.

Mis sospechas se fueron confirmando cuando se sucedieron una serie de hechos llamativos: primero la ruptura con infiltrados, provocadores y disturbios de la manifestación de Juventud Sin Futuro en abril de 2011 (de la que todo el mundo parece haberse olvidado) que apestaba a manipulación policial y mediática y que, en la práctica, aunque pueda parecer otra cosa, quebró las piernas del movimiento antes del 15-M dejando este completamente en manos de quienes lo dirigían en la sombra. Después la manifestación de ese día, que también acabó en Madrid del modo esperado (reventada por alborotadores justo a la hora de los informativos de mayor audiencia)… y, finalmente, el “milagro” de las acampadas que la policía permitió (si lo hubieran deseado hubieran desmantelado la de Madrid, la primera de ellas, la misma noche del 15 al 16 de mayo de 2011 sin que hubiera sucedido nada) y que, de pronto, empezó a poblarse de retretes públicos “donados” gratuitamente por alguna empresa, de puestos informáticos y de prensa llenos de ordenadores y milagrosas conexiones a internet…En fin, a dejar de ser creíble como movimiento popular improvisado.

Desde ese momento mi sentido común y de supervivencia me aconsejó ir echándome a un lado y a no comprometerme en nada. Máxime cuando a principios de julio de 2011 tuvo lugar el incidente de los fotógrafos que salieron a la carrera después de hacer de paparazzi en la puerta de mi casa.

Con todo, aún tuve tiempo aquel verano de conocer diversas iniciativas extemporáneas y grupos radicales encabezados por descerebrados de escasas meninges algunos de los cuales apestaban a infiltrados y provocadores. Uno de esos grupos acabó sustanciándose primero como Ocupa el Congreso cambiando más tarde, ya en 2012, su nombre por Rodea el Congreso. Para entonces yo ya me había apartado del todo.

Debo confesar que en 2011 no veía mal un golpe revolucionario que nos permitiese quebrar la cleptocracia que sufrimos y nos impide avanzar, pero cuando los comunistas (algunos amigos míos a los que me encontré asombrados, perplejos y hostiles en la plaza del Pilar el mismo 15 de mayo de 2011 al final de la manifestación de Zaragoza y luego se convirtieron en líderes entusiastas), los independentistas (con los que tuve algún que otro encontronazo dialéctico y en ocasiones mucho más que palabras en Barcelona) y otras malas hierbas se infiltraron a lo largo del verano y el otoño de 2011 en el movimiento, junto con la persistente sensación de que alguien lo manejaba con fines espurios desde la sombra, pensé que era mejor dejarlo pasar. No obstante todavía mantuve algunos contactos con aquellos grupos iniciales que hablaban de ocupar el Congreso y que me parecieron compuestos por marujas y adolescentes sin experiencia política, operacional y, sobre todo, revolucionaria y militar. Después de unas cuantas charlas me quité de en medio. Afortunadamente siempre tuve un par de dedos de frente (desde que me rapo la cabeza muchos más, claro).

Pero en definitiva y resumiendo lo que quería decir: esto de asaltar parlamentos que parece estar poniéndose de moda, no es algo espontáneo, no es una táctica estrictamente de la ultraderecha y alguien lo estaba ya experimentando, meditando y poniendo de moda hace más de una década. Hay que preguntarse quién y para qué…¿a dónde nos quieren conducir? Hay mar de fondo y las olas no nos dejan verlo.

¡Atentos!…Vienen cosas, cosas malas…no creáis nada de lo que os cuenten en los próximos meses y años. Estamos asistiendo a una representación de títeres y no sabemos quien mueve los muñecos, diseña las escenas y con qué finalidad.

© Fernando Busto de la Vega.

EL GOLPE DE TOTO (ROMA,767. EN EL ORIGEN DE LOS ESTADOS PONTIFICIOS)

  • I.- CONTEXTO HISTÓRICO
  • II.- EL GOLPE DE TOTO DE NEPI
  • III.- LOS ACONTECIMIENTOS SE DESENCADENAN.
  • IV.- UN ÚLTIMO DATO DE INTERÉS

I. – CONTEXTO HISTÓRICO

Aspecto de los guerreros longobardos en el siglo VIII

A mediados del siglo VIII la situación de Roma y del papado estaba experimentando un cambio profundo. Hasta entonces, y desde la derrota de los ostrogodos a manos de los bizantinos en el siglo VI, había formado parte del Exarcado de Rávena, la zona de Italia controlada por el emperador de Constantinopla que, a su vez, nombraba al exarca.

Dicho Exarcado se dividía en ducados gobernados por un funcionario con atribuciones civiles y militares (el duque) que solía ser una personalidad local nombrada y depuesta a su vez por el exarca a quien debía rendir cuentas.

Así las cosas, la antigua capital del imperio y sede del obispado romano estuvo durante dos siglos bajo la autoridad del Ducado de Roma y del Exarcado de Rávena careciendo de poder político real. Eso cambió cuando los emperadores de Constantinopla intentaron imponer la iconoclasia, una herejía que censuraba la adoración de las imágenes sagradas. La medida, considerada demasiado afín a las posiciones ideológicas de los judíos y, lo que era peor, de los musulmanes que estaban expandiéndose en esos momentos, fue rechazada enérgicamente en todo el imperio, pero, con mayor fuerza, en Roma donde la estructura eclesiástica vio la oportunidad de librarse del yugo bizantino y asentar de una vez por todas la primacía del papa sobre el patriarca de Constantinopla y el emperador.

En 727 el papa Gregorio II se negó a asumir las tesis del emperador León III sobre la iconoclasia, dejó de acatar su gobierno y de pagar impuestos deponiendo al duque de Roma y nombrando otro afín. Lógicamente, el exarca de Rávena, Pablo, trató de someterlo, pero un motín dentro de su propio ejército lo costó la vida y barrió el poder bizantino de la Italia septentrional y central, permitiendo a Liutprando, el rey de los longobardos, conquistar Rávena y marchar sobre Roma en 728.

El papa Gregorio II logró evitar que Roma cayera en manos de los longobardos a cambio de reconocerles y entregarles Rávena y los demás territorios que habían conquistado, pero los ducados de Roma, Perugia y Toscana quedaron libres y en manos del papado que asentó su poder asumiendo el mando de los soldados bizantinos amotinados contra el exarca que se asentaron en los territorios que ahora controlaba el papa (y serían el núcleo de los nacientes Estados Pontificios) a guisa de nobleza territorial laica. Los generales y oficiales pasaron a convertirse en señores territoriales locales y comarcales al servicio del papa originando una clase social nueva que, desde el principio, se enfrentó a los próceres eclesiásticos, procedentes de la propia Roma y de la Italia central y del sur, que aspiraban a cimentar similares posiciones para ellos y sus familias.

La jugada de Gregorio II puso en manos del papado el centro de Italia, creó un poderoso partido romano-papal que perduraría décadas en el poder imponiendo varios papas y dio origen a un estado independiente, pero no tan fuerte como cabía esperar. Los longobardos, que habían invadido Italia en 568, y controlaban muchas de sus regiones, habían sido contenidos por el poder bizantino, pero desaparecido este en 728, quedaban con las manos libres para seguir apoderándose de los territorios en los que no habían podido asentarse hasta entonces. El propio Liutprando había conquistado Rávena, antigua capital imperial (desde 407) y de la Italia bizantina desde 562 y tratado de ocupar Roma.

Durante los quince años siguientes, Roma viviría en permanente lucha contra los longobardos encabezados por Liutprando y su nieto Hildebrando sin poder contar con la ayuda imperial. En esa guerra, larga y difícil, los longobardos acabaron llevando la mejor parte ocupando territorios en Toscana, Perugia y el propio ducado de Roma que perdían los soldados bizantinos pasados al papa y convertidos en nobleza territorial, lo que sembraba su descontento y favorecía las posiciones de los señores eclesiásticos, cuyos intereses y posesiones se concentraban principalmente en torno a la propia Roma resultando menos dañadas por la guerra.

Desde el principio, los papas miraron hacia los francos para que se convirtieran en la fuerza que les sacara las castañas del fuego en lugar de los bizantinos, pero en ese instante los francos se encontraban en medio de una profunda crisis que, a través de golpes de Estado y guerras civiles, conduciría a los Carolingios (encabezados por Carlos Martel y Pipino el Breve) a ocupar el trono que desde el siglo V había pertenecido a los Merovingios y, durante algunas décadas no pudieron obrar fuera de sus propias fronteras.

Ello condujo a los papas a intentar otras componendas políticas.

Gregorio III, que sucedió a Gregorio II en 731, trató primero de aplacar a Liutprando y, cuando esto no funcionó, se unió a la sublevación de los duques longobardos de Spoleto y Benevento contra él mientras se ponía en contacto con el franco Carlos Martel tratando sin éxito que atacara a los longobardos desde el norte.

El sucesor de Gregorio III, el papa Zacarías (741-752), continuó su política alentando las sublevaciones de los duques longobardos hasta lograr que Hildebrando fuera depuesto en 744 y sustituido por el duque de Friuli, Rachis, que presentaba un perfil político de lo más adecuado para trabajar en aras no solo de la paz sino, también, de la consolidación de un régimen longobardo-papal que reprodujese la simbiosis de intereses y la armonía política entre romanos y germanos que habían significado los reinos de Odoacro (476-493) y los ostrogodos (493- 553). Rachis estaba casado con Tassia, una romana de clase alta, y ello le permitía jugar un papel mediador entre ambos pueblos.

Durante un lustro la apuesta funcionó, pero, al cabo, Rachis se vio forzado por el partido nacionalista longobardo a reiniciar las políticas expansivas aprovechando la debilidad de los francos y los bizantinos. Era el momento de apoderarse de toda Italia y sin contar necesariamente con el papa, cuyo poder territorial todavía no se había consolidado. De modo que en 749, se vio obligado a invadir el ducado de Perugia y asediar su capital, hacia la que se dirigió el papa Zacarías para negociar. Ignoramos el contenido de aquellas conversaciones, pero conocemos su resultado: Rachis levantó el sitio de Perugia y regresó a su capital en el norte, Pavía, donde antes del final de año fue depuesto por el partido nacionalista que impuso en el trono a su hermano Astolfo huyendo él con su familia a Roma, donde encontró asilo político ingresando como monje en Montecassino.

Astolfo regresó a la política expansiva reconquistando Rávena (751) que habían recuperado años atrás los bizantinos y avanzando de nuevo hacia Roma.

La situación del papado llegó a ser tan apurada, que Esteban II, sucesor de Zacarías, en el 752, abandonó Roma viajando apresuradamente a las Galias, donde Pipino el Breve se había hecho finalmente con el poder entre los francos (en 750 el papa Zacarías le había autorizado a deponer al último rey merovingio, Childerico III, coronándose él mismo como tal, origen de la dinastía real de los Carolingios) para pedirle ayuda. Resultó una jugada maestra. A cambio de ser coronado por el propio papa y recibir títulos de gran prestigio para sí y sus hijos, como el de Patricio Romano, Pipino el Breve se convirtió en brazo ejecutor del papa a quien reconoció, además, los territorios que poseía y ambicionaba en el centro de Italia. Esteban II le presentó un documento falsificado (la llamada Donación de Constantino) en el que supuestamente dicho emperador le donaba al papa todos esos territorios. Puesto que eran zonas que Pipino no poseía e iba a tener muy difícil controlar, se dejó engañar. Para sus intereses políticos era preferible la consolidación del papado como un estado independiente y afín en la Italia central que tratar de conquistarla y mantenerla lo que, a la larga, le obligaría a una guerra directa contra el emperador bizantino.

Lo que sí hizo Pipino el Breve fue atacar a los longobardos invadiendo el norte de Italia a lo largo de varias campañas entre 755 y 758.

En el transcurso de las mismas murió el rey Astolfo (756) y el papa trató de volver a jugar la baza del prorromano Rachis, que salió de Montecassino, abandonó su condición de monje, viajó al norte y trató de hacerse de nuevo con el trono. No lo consiguió, el partido nacionalista seguía fuerte en Pavía, y más motivado que nunca a causa de la guerra y acabó imponiendo en el trono a uno de los suyos: Desiderio. Rachis hubo de regresar a Montecasino y no vuelve a saberse nada de él ni de su familia.

Desiderio hizo frente a las incursiones de Pipino el Breve y capeó el temporal quedando con las manos libres en Italia después de 758, lo que le condujo, inevitablemente, a seguir intentando el sometimiento de Roma.

En 757 el papa Esteban II había muerto y le sucedió su hermano Pablo I, cuyo pontificado iba a desembocar en el golpe de Toto de Nepi que nos ocupa.

II.- EL GOLPE DE TOTO DE NEPI

Al contrario que Esteban II, que procuró mantener el equilibrio entre los señores territoriales laicos y los próceres eclesiásticos, su hermano Pablo I se inclinó abiertamente por estos últimos causando el descontento de los primeros, los más afectados por las constantes guerras con los longobardos y, por lo tanto, los que más se sacrificaban para que los señores eclesiásticos no solo mantuvieran su poder y sus riquezas sino que los aumentaran a costa de aquella segunda generación de aristócratas guerreros procedentes de los desertores del ejército bizantino en el norte y centro de Italia. El descontento era palpable y no dejaba de crecer dándose la interesante circunstancia de que no se manifestó en modo de rebelión o de deserción sino de golpe de Estado. Los aristócratas que defendían los castillos y comarcas de los ducados de Perugia y Toscana se sentían identificados con el nuevo estado (el Pontificio) que habían ayudado a surgir y pretendían perpetuarlo, mudando tan solo la facción que lo dirigía. Este es ya un importante dato que indica a las claras no solo la consolidación de los Estados Pontificios como nación viable sino la base social y política de la que disfrutaba para surgir y perdurar durante más de mil años. Recordemos que existieron como tales hasta nada menos que 1870.

El descontento en los ducados de Toscana y Perugia fue creciendo desde el ascenso al solio pontificio de Pablo I en 757 y agudizándose a lo largo de la década siguiente, pero estos aristócratas del norte no podían abandonar sus fortalezas para intervenir en Roma ante el peligro cierto de una operación longobarda que les privase de ellas, lo cual condujo a que delegasen el mando de su golpe en uno de los suyos que tenía su base de poder en la localidad de Nepi, situada dentro del ducado de Roma a unos cuarenta kilómetros al norte de la ciudad y cien al suroeste de Perugia. Un movimiento militar desde allí, podía ser rápido, decisivo y resolverse antes de que se enterasen los longobardos que, de todos modos, podrían ser frenados, sin intentaban invadir los Estados Pontificios, por todos los aristócratas que quedaban en el norte.

La población de Nepi, enriquecida en los tiempos del Exarcado (568-728) a causa de que la atravesaba la Via Amerina, la única que unía Roma con Rávena, y cuyo duque Leoncio había participado ya en la defensa de Roma contra los longobardos con un numeroso ejército en 592, estaba entonces bajo el poder de un nuevo duque: Toto.

El título ducal, en el caso de Leoncio o Toto, era más virtual que legal. En el ducado de Roma solo podía haber un duque, el nombrado por el exarca o, ya en el siglo VIII, por el papa (que detentaba en persona y de facto dichas funciones), de tal modo que Toto nunca portó legalmente dicho título. Ahora bien, puesto que el significado lato de la palabra era el de “jefe militar” cualquiera que tuviera un ejército, aunque fuera pequeño, a sus órdenes y quisiera mostrar sus aspiraciones, su soberbia y su ambición podía arrogárselo. Era como si en los tiempos que corren el jefe de una guerrilla o una banda criminal se hiciese llamara general.

Sea como fuere, Toto, detentaba el poder efectivo en Nepi contando con el apoyo de sus hermanos Constantino, Pascual y Pasivo, y se había situado al frente de la basta conspiración de señores laicos y militares de los ducados de Perugia y Toscana para restablecer sus intereses frente a las políticas del papa Pablo I en beneficio de los señores eclesiásticos del ducado de Roma. El golpe de Estado estaba en marcha.

Y no era ningún secreto.

En Roma cundía la preocupación porque una reacción militar de ese tipo podía llevarse por delante a todo el partido que venía dirigiendo los destinos del naciente estado desde hacía cuarenta años. Convenía restaurar la alianza entre señores eclesiásticos y laicos removiendo el principal factor de desequilibrio: el papa Pablo I.

De modo que el primicerius notariorum (en la práctica el jefe de la administración civil del papa, una especie de primer ministro) Cristóbal, decidió intervenir, naturalmente no a título personal sino como portavoz del partido eclesiástico instalado en el poder desde los tiempos de Gregorio II. Urgía buscar un pacto que evitase la guerra civil y garantizar la supervivencia y permanencia en el poder de los jerarcas eclesiásticos romanos.

Cristóbal, con muy poco recato, marchó a Nepi para negociar con Toto.

Los jerarcas romanos no se oponían al golpe, aceptaban que Toto impusiese a un nuevo papa, pero le pedían que no invadiese la ciudad con soldados habituados a combatir en el norte contra los longobardos, que evitase los saqueos y el derramamiento de sangre y que no asesinase al papa. Pablo I en ese momento, verano del 767, se encontraba ya muy enfermo y se preveía su muerte en breve. Cristóbal le prometió a Toto que el sínodo subsiguiente, elegiría como papa al candidato que él designase, que resultó ser su hermano Constantino, que ni siquiera era sacerdote.

III.- LOS ACONTECIMIENTOS SE DESENCADENAN.

Confiando en el pacto con Cristóbal, en cuanto la salud del papa Pascual I empeoró, Toto y sus hermanos entraron en Roma para aguardar pacientemente el deceso y el subsiguiente sínodo amañado. Lo hicieron de noche, por la puerta de San Pancracio y sin armar alboroto, se trataba en suma, de sorprender a los rivales cuando fuese preciso.

Cristóbal, sin embargo, maniobraba secretamente en contra de Toto para conseguir el papado para sí que ya ocupaba el número dos del organigrama papal y contaba con el apoyo del partido de los señores eclesiásticos.

Toto no era tonto y comprendía muy bien las maniobras de Cristóbal de modo que, pocos días antes de la muerte del papa Pascual I decidió tomar por sorpresa al partido rival ocupando de madrugada los puntos estratégicos de la ciudad con sus hombres. Al amanecer convocó a los notables romanos (incluyendo a Cristóbal que en lugar de acudir a la reunión decidió esconderse) y proclamó a su hermano Constantino sucesor del papa agonizante. Para salvar el pequeño inconveniente de que ni siquiera estaba ordenado como sacerdote hizo que un obispo , Jorge de Palestrina, lo ordenara sucesivamente sacerdote, subdiácono y diácono en el oratorio de San Lorenzo.

Muerto Pascual I, el 5 de julio del 767, el propio Jorge de Palestrina, junto con otros dos obispos de la facción de los señores eclesiásticos, Eustacio de Albano y Citonato de Porto, consagraron papa a Constantino (II) a quien hoy en día se considera antipapa.

Mientras tanto, Cristóbal y su hijo Sergio lograron huir de Roma refugiándose en Spoleto, capital del poderoso ducado de ese nombre que estaba en manos de los longobardos desde hacía un siglo y, a menudo, funcionaba como estado independiente y siempre autónomo en relación a los reyes de Pavía. En ese momento el duque de Spoleto era Teodicio, que les acogió y les acompañó personalmente a Pavía para recabar el apoyo del rey longobardo Desiderio contra los golpistas de Nepi.

Constantino II, sostenido por las tropas de su hermano Toto, se puso en contacto con Pipino el Breve solicitando reconocimiento y presentándose como sucesor del partido que había venido gobernando Roma desde hacía cuarenta años. Pero los golpistas no tuvieron tiempo de beneficiarse de su respuesta.

De inmediato, Desiderio ordenó al sacerdote longobardo Valdiperto que avanzase hacia el sur con un contingente de tropas en el que se contaba Sergio, el hijo de Cristóbal, con su propio séquito y, contra todo pronóstico, pudieron avanzar por Toscana y Perugia sin oposición. Aquellos que habían incitado el golpe de Toto el año anterior se ponían ahora de perfil ante la intervención de los poderosos longobardos.

Puerta de San Pancracio, Roma.

Valdiperto y Sergio entraron en Roma por la misma puerta de San Pancracio el 28 de julio de 768, apenas un año después del golpe de Toto y mientras Pipino el breve agonizaba en París (concretamente en el monasterio de Saint-Denis) estallando una revuelta en el interior de Roma durante la cual Gracioso, cuñado de Sergio, asesinó por la espalada a Toto tras fingir ponerse de su lado.

Tras la muerte de Toto y mientras los combates continuaban en las calles de Roma, Constantino II y sus hermanos supervivientes se hicieron fuertes en el palacio de Letrán mientras Valdiperto, siguiendo órdenes de Desiderio, que deseaba un papa adicto a los longobardos, y a espaldas de Cristóbal y Sergio, sacó del monasterio de San Vito al monje Felipe y lo instauró como papa. No obstante, el partido de los señores eclesiásticos estaba bien organizado y devolvió por su parte el puesto de primicerio a Cristóbal quien, de nuevo al frente del aparato estatal, obligó a Felipe a regresar a su convento al día siguiente dejando a Valdiperto y sus tropas longobardas en una situación difícil: aislados en medio de un territorio hostil, de modo que no les quedó más opción que hacerse fuertes en el Panteón, donde fueron asediados, capturados, torturados, mutilados y asesinados. Del mismo modo, los obispos y cargos que había nombrado Constantino II eran apresados, mutilados y asesinados por los partidarios de Cristóbal.

El propio Constantino, asediado en Letrán, fue capturado tras la muerte de sus hermanos Pasivo y Pascual, arrastrado por las calles de Roma y encerrado, a la espera de juicio, en el monasterio de Cellanova.

Había llegado el momento de elegir un nuevo papa. Cristóbal pensaba que la elección recaería en él, pero se encontró con la sorpresa de que dentro de su propio partido tenía enemigos que se opusieron a su nombramiento. Finalmente hubo que llegar a un acuerdo eligiéndose como fórmula de compromiso entre facciones a otro importante miembro del gobierno papal: Esteban III.

Esteban III juzgó a Constantino II en 769, en Letrán. Todo el mundo esperaba que el depuesto pontífice se presentara al sínodo humilde con la esperanza de salvar la vida a cambio de ser cegado y encerrado en un monasterio, pero Constantino se mostró altivo, defendiendo sus derechos y la legalidad de su nombramiento, de modo que acabó ejecutado.

Mientras tanto, Desiderio casaba a una de sus hijas con Carlomagno, hijo y sucesor de Pipino el Breve, lo que dejaba al papado, sobre todo teniendo en cuenta que en el concilio de Letrán, además de condenarse a Constantino II se había condenado también la iconoclasia que perduraba en el imperio de Oriente con apoyo imperial, imposibilitado de encontrar aliados frente al dominio longobardo.

Pero eso es ya otra historia.

IV.- UN ÚLTIMO DATO DE INTERÉS

A día de hoy, en Nepi, existe la Via Totone, un minúsculo callejón entre la Vía Garibaldi, tampoco demasiado ancha, y la recóndita Piazza Padella, si es que no recuerdo mal…que bien pudiera ser, porque hace mucho que no me dejo caer por Italia.

© Fernando Busto de la Vega

LA INVASIÓN RUSA Y LA REVOLUCIÓN DE LOS CLAVELES

Un conquistador debe serlo. Un ejército victorioso es siempre un ejército leal y dispuesto a afrontar los sacrificios de la guerra sean estos cuales sean. Las cosas cambian cuando la victoria se demora y el orgullo se quiebra. Entonces el “conquistador” que lo rige puede empezar a temer por su propia cabeza (ya sea metafóricamente o no).

El ejército de los Estados Unidos perdió la guerra de Vietnam cuando sus miembros dejaron de poder pasearse orgullosamente por su propio país vistiendo el uniforme militar y Atila difícilmente hubiera muerto de un infarto en su noche de bodas allá por el 453 si después de la derrota en los Campos Catalaunicos (451) no hubiera logrado destruir Milán y Aquilea (452), esta última, hay que decirlo, de pura chiripa.

Del mismo modo, la guerra colonial portuguesa (1961-1975), que no parecía poder ganarse, fue un factor fundamental para el golpe de Estado contra la dictadura de aquel país en 1974. La llamada Revolución de los Claveles se produjo por el hartazgo del ejército portugués en una prolongada guerra sin gloria en las colonias y desembocó en una inmediata (y, para mí, vergonzosa) rendición en todos los frentes.

Putin se encuentra ahora mismo en esa misma situación, con muchos soldados de reemplazo llenos de rencor por haber sido arrojados al estercolero de una guerra difícil de ganar y sin gloria y con muchos oficiales y jefes (han muerto ya tres generales, dos de ellos rusos, checheno el otro) preguntándose qué demonios hacen en semejante laberinto y avizorando un futuro todavía más sacrificado y complejo para ellos.

Nos acercamos a los idus de marzo. Y añado: ¿nos acercamos a los idus de marzo?

© Fernando Busto de la Vega