El domingo 26 de julio de 1806, en Winkel, con Maguncia a la izquierda y Bingen (la abadía de Hildegarda) a la derecha, ambas en la orilla opuesta, la joven poetisa de 26 años Karoline Von Günderrode, desesperada por no conseguir que su amante, Georg Friederich Creuzer, que tendría el mal gusto de sobrevivirla hasta 1853, abandonara a su mujer, buscó un tranquilo y adecuado paraje en la rivera del Rin y llegó hasta él con un llamativo vestido rojo. Una vez allí, tras asegurarse de que se encontraba sola, extrajo de su faltriquera un estilete de plata y se lo clavó en el corazón dejándose caer, como una Ofelia travestida en amapola, en la corriente impetuosa del río, que la arrastró durante días hasta que la encontraron en un remanso. Había dejado escrito el siguiente poema:
Un escritor que se precie debe dedicar gran parte de su tiempo a la formación constante en todos los campos de la vida, las letras y las ciencias, debe hacerse preguntas y permitir que las intuiciones, aunque parezcan absurdas, se manifiesten y muestren caminos inexplorados. Un escritor es también una antena de lo metafísico y un explorador de los extrarradios del conocimiento científico. Ello le abre horizontes de interés para su obra que, a menudo, simplemente será una expresión literaria, pero llevando en su seno la semilla de nuevas realidades, de un desarrollo humano tanto de índole espiritual como científico.
Pues bien, en el habitual reflexionar del insomnio, que tan fecundo suele resultar para el escritor, al menos para quien esto escribe, meditando sobre algunos hechos desastrados acaecidos a personas cercanas, especialmente a algunas mujeres destacadamente hermosas, buenas y tan adorables como deseadas he alcanzado ese instante de intuición deslumbrante, de conexión con las misteriosas fuentes de información en bruto, indiferenciada e innombrada, pero útil y fecunda que cimenta el progreso humano en todos los campos y, desde luego, obra como fermento básico del acto literario, eso que los románticos denominaban inspiración.
Dichas mujeres, todavía jóvenes, víctimas de diversas enfermedades, mentales unas simplemente físicas otras, eran y siguen siendo hermosas. Además, sus personalidades son deslumbrantes: poseen encanto, inteligencia, son cariñosas, divertidas, solidarias, de altas exigencias morales…lógicamente captan muchas voluntades y brillan como hembras deseadas y deseables.
En dicho contexto que la enfermedad, ciertas enfermedades, las quiebren en plena plenitud como si un rayo las hendiese o un demonio envidioso les saltase a la yugular impregnándolas de infortunio, llena de espanto y desolación a su entorno. ¿Cómo es posible que desde las más altas cimas sean arrojadas a los más deleznables y horribles abismos?¿Y si no fuera una casualidad? Y he aquí la intuición quizá absurda y ridícula, pero deslumbrante, apabullante y terrorífica…¿y si ciertas enfermedades buscasen asegurar la reproducción de los individuos para garantizarse su replicación y pervivencia? Sabemos que el factor genético es relevante y hasta definitivo en la aparición y desarrollo de muchas enfermedades, el cáncer sin ir más lejos. ¿Entonces?
Puede parecer que ando diciendo tonterías, sin embargo existen parásitos que inducen al suicidio a sus huéspedes intermedios para alcanzar a los definitivos. Por ejemplo: Dicrocoelium dendriticum que se agazapa en los rastros de babas de los caracoles a la espera de ser ingerido, en su fase juvenil, por las hormigas alcanzando su cerebro y llevándolas a continuación a exponerse para ser ingeridas por los rumiantes, objetivo final del parásito que alcanzará su madurez en los estómagos bovinos reiniciando así su ciclo reproductivo. O Cardiocephaloides longicollis, trematodo parásito que infecta a los peces conduciéndoles después a aguas someras para dejarse capturar por las gaviotas, o Spinochordodes tellinii que hace que los saltamontes salten voluntariamente al agua para ahogarse y ser ingeridos por peces, o Toxoplasma Gondii que induce a los ratones a buscar la muerte a manos de sus depredadores…los casos son múltiples y no debemos descartar la posibilidad de que algunas enfermedades, incluso mentales, cuyo origen todavía no conocemos bien procedan precisamente de infecciones parasitarias que despreciamos en los diagnósticos o todavía ignoramos. Enfermedades insidiosas que nos manipulan, quizá haciéndonos más atractivos, para reproducirse en nuestra progenie antes de manifestarse en nosotros.
Es simplemente una intuición, pero hay que hacerse preguntas absurdas para encontrar realidades espeluznantes y los medios adecuados para domarlas y someterlas a nuestro control.
Eso de suicidarse debe tener su miga, y si ya eres exquisito…ahora bien, para mi gusto, y luego veremos por qué, a Jan Potocki (1761-1815) le faltó un poco de épica y hasta, si se me permite, de hidalguía sobrándole un tanto de garbancera entrega al bricolaje casero.
Potocki nació polaco en una tierra actualmente ucraniana y murió ruso en la misma región (Podolia), se formó militarmente en Viena y, bajo la protección del último rey polaco, Estanislao II Poniatowski, ingresó en la masonería para unirse más tarde a los rosacruces. Al parecer era de origen judío y ello le predispuso al obsesivo estudio de la Cábala. En resumen: era una figura inclinada al romanticismo décadas antes de que este se impusiera como moda y, consecuentemente, bonapartista.
Es cierto que los polacos tenían que ser casi por fuerza bonapartistas. Napoleón era el único que a comienzos del siglo XIX les prometía el restablecimiento de la nación sojuzgada y dividida en 1798.
Potocki, como buen noble acaudalado de tendencia romántica, fue un viajero incansable, un turista vocacional y amigo de lo exótico, por eso viajó a Italia y al norte de África demorándose después en España y sacando de todo ello una amalgama fantástico-gótica-cañí-panderetera en forma de novela que se tituló El Manuscrito Encontrado en Zaragoza, publicado en San Petersburgo en 1804 y reeditado como nueva versión en París en 1813.
A pesar de su nacionalismo polaco acabó al servicio del zar y, tras Waterloo decidió suicidarse, desesperando de ver una Polonia restituida.
Lo interesante del caso es el método que eligió.
Retirado en sus posesiones de Podolia (actualmente en Ucrania, entonces una provincia polaca sometida a Rusia) decidió volarse la cabeza con una bala de plata, pero, amigos, no la fundió. Por eso decía al principio que le faltó épica. No adquirió un lingotito de plata y lo fundió en un molde adecuado para obtener la bala de plata letal y definitiva, como hubiera debido hacer un noble romántico y, por añadidura, escritor. No. En lugar de eso, mutiló el asa de un azucarero de plata y la fue lijando hasta conseguir que encajara en el calibre de su pistola. De ahí su entrega prácticamente burguesa, con todo lo que eso representa de vulgaridad y tacañería, al bricolaje…
El método resultó efectivo, pero vergonzante. Cuando se aspira a la grandeza y la originalidad con suicidio efectista mediante una bala de plata, y se la saca de un azucarero que se mutila y lija para acomodarla al cañón de la pistola…en fin…queda cutre.