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LA VIRTUOSA FUNCIONALIDAD DEL MICROPENE

Tengo amigos que, vaya a saber usted por qué, se muestran exultantes al enterarse de que, como el propio actor porno ha confesado, el miembro viril de Nacho Vidal anda de capa caída, blandito y medio humillado. Será que el ocaso de los dioses siempre satisface a los humanos.

Uno puede soportar con más o menos calma y sumisión a un tirano, a un dictador corrupto y cruel (que suelen ser tipos pequeñajos y feos sin ningún atractivo), pero a esos actorcillos o cantantes guaperas que humedecen las entrepiernas de nuestras novias, y no digamos ya a esos actores porno con miembros elefantiásicos y desproporcionados que las inducen a esperanzas ilusorias; a esos, no. Esos, por arte del birlibirloque promocional los tenemos hasta en la sopa y sabemos a ciencia cierta que, aunque lo nieguen, nuestras contrapartes menstruantes fantasean y se tocan con ellos mientras a nosotros, bueno: nos soportan y nos compadecen…hasta que consiguen algo mejor, si lo consiguen, que a menudo ellas tampoco son la Venus de Milo…ni de ninguna otra parte.

Hay que decirlo: la fantasía del pene sobredimensionado vende. Triunfa.

Hace años yo tenía un amigo negro que disfrutaba de un enorme éxito con las mujeres, especialmente blancas, por las expectativas que estas albergaban sobre su órgano de apareamiento. Desgraciadamente para ellas y para él, el pobre joven no las cumplía. Al parecer, porque obviamente no hice comprobación alguna al respecto, el miembro viril de este amigo africano estaba por debajo de la media, incluso de países poco calificados en ese campo, y las chicas le desdeñaban de inmediato, muchas apenas le echaban mano al instrumento y comprobaban que no daba la talla.

—Y para colmo—confesaba mi compungido amigo—, ni bailo bien ni sé jugar al baloncesto.

Murió joven. De hastío y pena, quizá.

En ese orden de cosas, recuerdo también cierto individuo que, allá por el cambio de siglo, recorría la geografía hispana con un espectáculo consistente en mostrar su enorme falo que alcanzaba el medio metro de extensión. Según me dijeron algunas amigas constituidas en espectadoras de tan sórdido show, porque evidentemente yo tampoco acudí a presenciarlo, la cosa resultaba a la vez impactante y grimosa. Una minga de aquel tamaño daba cosilla…mala cosilla. Además, decían, tardaba una eternidad en ir alcanzando su tamaño inmenso y, en ocasiones, la acumulación de tanta sangre en aquel punto provocaba el desmayo del protagonista. Y por supuesto, ninguna de ellas hubiera estado dispuesta a dejarse penetrar por aquella monstruosidad, temían ser partidas en dos o ver afectados sus órganos internos. Un drama, vaya.

Carezco de noticias fidedignas, pero me da la sensación de que la carrera de aquel hombre-polla fue corta. A mí me sirvió para escribir un cuento en el cual un artista de semejantes características se veía acosado por la envidia de un jefe mafioso que enviaba a sus hombres para secuestrarlo, amputarle el miembro y hacerse un injerto, un trasplante. El cuento tuvo cierto éxito y alguna difusión, pero era muy malo y acabé por retirarlo de la circulación.

Sea como fuere, y, para terminar, el colofón a todo este asunto, que el inicio de las fiestas del Pilar con su reguero inextinguible de cervezas y cubatas en las largas noches zaragozanas ha propiciado e impulsado, me quedaré con el comentario de mi amigo Juanjo Zhao, chino-aragonés orgullosísimo de su micropene:

—Quien mucho abarca… las pichas pequeñas requieren menos esfuerzo y mucho menos mantenimiento para alcanzar su funcionalidad y duran más en activo y perfecto uso..

Juanjo Zhao, dixit. Yo me reservaré mi opinión… y vosotras, chicas, las que estáis en el secreto, no seáis malas, que nos conocemos y tenéis muy pérfida condición láctea.

© Fernando Busto de la Vega.