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LOS AMANECERES DOMINICALES Y LA LITERATURA

Como sabéis, tengo la mala costumbre de anotar aquí los argumentos de novelas que jamás escribiré por si a alguien le resultan útiles. Esta entrada no será una excepción.

Frecuentemente, los domingos por la mañana, debido a lo que les queda de la madrugada de los sábados etílicos, lisérgicos, alucinógenos, eróticos, pasionales y desfasados, suelen ser fecundos semilleros de historias que pueden constituir el núcleo inicial de una novela, incluso en una tranquila ciudad de provincias como esta en la que habito: Zaragoza.

El último galimatías dominical que me hizo aguzar las orejas literarias sucedió hace ya unos meses y no condujo a nada, porque resultaba tan surrealista que ni siquiera yo fui capaz de encontrarle pies y cabeza para armar una historia coherente, no digo ya sensata o creíble.

El enigmático galimatías al que me refiero consistió en la concatenación en un mismo espacio geográfico y temporal de tres hechos por completo extraños y dispares que involucraron a una patrulla policial a eso de las siete de la mañana de un domingo cualquiera de primavera.

El lugar es preciso y no demasiado exótico: la calle Genoveva Torres Morales que corre encajonada entre lo que se conoce en la ciudad como El Rollo, antigua zona de bares y diversión juvenil, y el río Huerva, lugar que, por cierto, tiene su protagonismo en la próxima novela que pretendo publicar: El Incidente Lesmes.

Pues bien, una primaveral mañana de domingo de este mismo año 2022, una vecina vio desde su balcón como una mujer joven caminaba desnuda, magullada y llorando por este apartado callejón arrumbado en la periferia de barrios más poblados y de clase media. Le preguntó qué le sucedía y la caminante desnuda afirmó haber sido violada. Como es natural, la vecina llamó de inmediato a la policía y una patrulla uniformada se presentó a los pocos minutos allí haciéndose cargo de la supuesta víctima que, trasladada al hospital, resultó no haber sido agredida ni violada y tampoco soltó prenda de lo que le había sucedido.

Estando en el escenario de los hechos, mientras se ocupaban de la supuesta víctima, los agentes divisaron, caminando por ese mismo callejón, a un individuo que venía sin camisa y con los pantalones remangados. De inmediato sospecharon de él como violador y le dieron el alto. El tipo, ni corto ni perezoso, se dio a la fuga arrojándose al agua y uno de los policías se zambulló también en el Huerva para capturarlo, cosa que logró. Resultó que el tipo ni tenía nada que ver con lo sucedido a la caminante desnuda ni había cometido delito ninguno ni tenía antecedentes penales… simplemente, según confesó, se asustó al ser interpelado por la policía y saltó al río. Tampoco explicó por qué andaba por ahí medio desnudo.

Finalmente, y esta es la guinda del pastel y la percha literaria, la patrulla sufrió el ataque del Aprietahuevos.

El Aprietahuevos es un género extraño de terrorista, supervillano o demente cuya manía es emboscarse en los más inesperados lugares y cargar a la carrera sobre el primer policía varón que encuentra, entonces, por sorpresa, le agarra los testículos, se los aprieta con furia y se da a la fuga. Es una amenaza en la sombra a la que todavía no han podido capturar…lo cual ya de por sí daría para una buena novela.

Pero la concatenación de esos tres sucesos en el mismo lugar a la misma hora es demasiado surrealista y extraña como para que este humilde literato sea capaz de organizarlos en una novela. Como mucho podría utilizarlos como historias separadas.

No muy lejos de allí, en el paseo Fernando el Católico, hubo un tipo, hará un par de años, que amaneció el domingo paseándose también en cueros (qué manía), pero con un cuchillo en una mano y su propio pene amputado en la otra. Por supuesto lo puso todo perdido de sangre y, aunque sobrevivió, sigue internado en algún centro psiquiátrico.

Remataré la entrada con un hecho reciente. De este mismo domingo próximo pasado. El incidente implica a un tipo seguramente del género cretináceo y una prostituta no muy avispada y se explica en cuatro encuentros sucesivos a lo largo de este otoño, que resumiré:

1.- El tipo contrata los servicios de la prostituta y todo va como se supone que debe ir.

2.- El tipo vuelve a requerir los servicios de la prostituta, esta le hace un quiebro y, prometiéndole volver, le saca 50 euros para hacer una compra. Naturalmente se marcha y no regresa.

3.- El tipo desea venganza, telefonea a la puta y se cita con ella en una dirección inexistente obligándola a un viaje en balde.

4.- Con la cantidad de putas que hay, el tipo llama de nuevo a la misma prostituta, se reúnen, discuten y la cosa acaba mal. El tipo la viola, le pega y la deja abandonada en los Pinares de Venecia, naturalmente él acaba detenido y ella en el hospital.

¿No os parece el inicio de una bonita historia de amor y venganza? Yo la escribiría, pero no tengo ganas ni tiempo. Os la cedo.

© Fernando Busto de la Vega.

LA VIRTUOSA FUNCIONALIDAD DEL MICROPENE

Tengo amigos que, vaya a saber usted por qué, se muestran exultantes al enterarse de que, como el propio actor porno ha confesado, el miembro viril de Nacho Vidal anda de capa caída, blandito y medio humillado. Será que el ocaso de los dioses siempre satisface a los humanos.

Uno puede soportar con más o menos calma y sumisión a un tirano, a un dictador corrupto y cruel (que suelen ser tipos pequeñajos y feos sin ningún atractivo), pero a esos actorcillos o cantantes guaperas que humedecen las entrepiernas de nuestras novias, y no digamos ya a esos actores porno con miembros elefantiásicos y desproporcionados que las inducen a esperanzas ilusorias; a esos, no. Esos, por arte del birlibirloque promocional los tenemos hasta en la sopa y sabemos a ciencia cierta que, aunque lo nieguen, nuestras contrapartes menstruantes fantasean y se tocan con ellos mientras a nosotros, bueno: nos soportan y nos compadecen…hasta que consiguen algo mejor, si lo consiguen, que a menudo ellas tampoco son la Venus de Milo…ni de ninguna otra parte.

Hay que decirlo: la fantasía del pene sobredimensionado vende. Triunfa.

Hace años yo tenía un amigo negro que disfrutaba de un enorme éxito con las mujeres, especialmente blancas, por las expectativas que estas albergaban sobre su órgano de apareamiento. Desgraciadamente para ellas y para él, el pobre joven no las cumplía. Al parecer, porque obviamente no hice comprobación alguna al respecto, el miembro viril de este amigo africano estaba por debajo de la media, incluso de países poco calificados en ese campo, y las chicas le desdeñaban de inmediato, muchas apenas le echaban mano al instrumento y comprobaban que no daba la talla.

—Y para colmo—confesaba mi compungido amigo—, ni bailo bien ni sé jugar al baloncesto.

Murió joven. De hastío y pena, quizá.

En ese orden de cosas, recuerdo también cierto individuo que, allá por el cambio de siglo, recorría la geografía hispana con un espectáculo consistente en mostrar su enorme falo que alcanzaba el medio metro de extensión. Según me dijeron algunas amigas constituidas en espectadoras de tan sórdido show, porque evidentemente yo tampoco acudí a presenciarlo, la cosa resultaba a la vez impactante y grimosa. Una minga de aquel tamaño daba cosilla…mala cosilla. Además, decían, tardaba una eternidad en ir alcanzando su tamaño inmenso y, en ocasiones, la acumulación de tanta sangre en aquel punto provocaba el desmayo del protagonista. Y por supuesto, ninguna de ellas hubiera estado dispuesta a dejarse penetrar por aquella monstruosidad, temían ser partidas en dos o ver afectados sus órganos internos. Un drama, vaya.

Carezco de noticias fidedignas, pero me da la sensación de que la carrera de aquel hombre-polla fue corta. A mí me sirvió para escribir un cuento en el cual un artista de semejantes características se veía acosado por la envidia de un jefe mafioso que enviaba a sus hombres para secuestrarlo, amputarle el miembro y hacerse un injerto, un trasplante. El cuento tuvo cierto éxito y alguna difusión, pero era muy malo y acabé por retirarlo de la circulación.

Sea como fuere, y, para terminar, el colofón a todo este asunto, que el inicio de las fiestas del Pilar con su reguero inextinguible de cervezas y cubatas en las largas noches zaragozanas ha propiciado e impulsado, me quedaré con el comentario de mi amigo Juanjo Zhao, chino-aragonés orgullosísimo de su micropene:

—Quien mucho abarca… las pichas pequeñas requieren menos esfuerzo y mucho menos mantenimiento para alcanzar su funcionalidad y duran más en activo y perfecto uso..

Juanjo Zhao, dixit. Yo me reservaré mi opinión… y vosotras, chicas, las que estáis en el secreto, no seáis malas, que nos conocemos y tenéis muy pérfida condición láctea.

© Fernando Busto de la Vega.