EL PRIMER POEMA (Y SUS TRISTES CONSECUENCIAS)

A los veintiún años sufrí una intensa crisis vital y creativa que condenó todo lo que había escrito, compuesto y fotografiado hasta entonces a la hoguera. Fue, sin duda, lo mejor que podía suceder. Digamos que no se perdió nada importante y el auto de fe sirvió como revulsivo para dar un salto de calidad y madurez.

No obstante, hay papelotes pertinaces que perduran en sus escondrijos durante décadas a pesar de los designios de sus propietarios. Así me sucedió a mí, que años después, durante una nueva limpia asociada a una mudanza me topé en el interior de una vieja carpeta cierta porción de folios manuscritos, viejos borradores de poemas de adolescencia no demasiado buenos que acabaron finalmente en la basura. Todos salvo uno: el primero que había escrito en mi vida. Lo reservé, naturalmente, por simple prurito sentimental. Y como entrañable curiosidad quiero compartirlo aquí con mis lectores.

Los inocentes ripios que vais a leer a continuación los escribí en la bisagra de los doce a los trece años, un mes de junio cuando todavía no me afeitaba, y están dedicados a la que fue mi primera novia: Belén.

Yo, entonces ferviente lector de Dante, solía compararla con Beatriz (Bice di Fosco Portinari), porque, como ellos, nos conocimos a los nueve años y desde ese primer instante nos amamos. Ella, que era muy guapa (tenía un rostro angelical, con grandes ojos verdes resaltados por una melena rubia de verdadero querubín desterrado a nuestro mundo inferior) y que, además, resultaba divertida, dulce y se conmovía con los animalitos abandonados y las injusticias del mundo, carecía por completo de sensibilidad artística y poética y ni entendía ni quería entender la referencia. Eso nos distanciaba ya cuando escribí este poema ñoño de primerizo con bozo de oro que paso a reproducir por pura añoranza (en una primavera como esta nos conocimos y en otra similar, exactamente un Viernes Santo…en fin).

El poema, recordemos, primerizo y escrito con doce años, dice así:

Hoy estoy triste, 
triste y oscura la tarde,
horizonte febril que arde.
Hoy sin verte, ni oírte.
hoy sin tenerte ni sentirte.
Hoy estoy triste,
abandonado y cobarde
¿Y tú, qué hiciste?

Como vemos, los versitos no merecieron escapar de su carpeta, pero, ya que lo hicieron, y por mera concesión a la melancolía, quiero otorgarles su pequeño espacio de protagonismo. ¡Ay, esos ripios vergonzantes de la adolescencia!...
Uso una fotografía de Kristina Primenova por no usar una real de Belén, a la que no tengo al alcance para pedirle su consentimiento. De todos modos, a esa edad, Belén era incluso más bonita que Kristina. Y después, mejoró.

Claro que, como en el caso de Dante y Beatrice, la historia, que se prolongó llena de idas, venidas y recovecos hasta más allá de los veinte, no tuvo un final feliz (las tristes consecuencias).

¿Contaré los trapos sucios? Solo si sois cotillas y me lo pedís. Diré solamente que es una historia sórdida, llena de pasión, traición y confusión e incluye la destrucción de la villa en el Lago Como, el Ferrari y el Maserati de cierto empresario milanés cincuentón…Bueno, lo de la villa y los deportivos igual no lo cuento, aunque ya habrá prescrito. Pero tengo una imagen de ciudadano gris y pacífico que mantener.

¡Fernando Busto de la Vega es un señor serio, aburrido y formal que nunca ha roto un plato!

© Fernando Busto de la Vega

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