No lo negaré: resulta divertido manipular al manipulador, defenderse del narcisista con tácticas de guerrilla psicológica. Otorgarle un periodo de gracia durante el cual se crea vencedor y, en realidad, esté siendo derrotado. Al menos, neutralizado.
De pronto, después de meses de silencio y de que no hayas hecho el más mínimo esfuerzo por ponerte en contacto con ella (en este caso hablamos de una narcisista, hembra), cuando te necesita, la individua se pone en contacto contigo, por teléfono. Es una llamada secreta, la hace en un momento en que sabe que estarás solo para que no existan testigos si fracasa y menos aún si tiene éxito. Se muestra cordial, deseosa de tu amistad, incluso insinuante (utiliza todas las armas a su disposición) naturalmente, te toma por imbécil y piensa que no eres capaz de comprender lo que está sucediendo. Ni siquiera tiene la inteligencia (tanto te subestima) de colegir que dispones de información sobre ella, que sabes que ha llamado a otras personas para intentar conseguir lo mismo que quiere de ti, que anda reptando por las sentinas para obtener torticeramente lo que legítimamente se le niega.
En ese punto, lo cómodo y seguramente lo inteligente, es colgar. Con amabilidad, pero colgar y mantener las distancias.
Sin embargo, resulta tan tentador trasquilar a quien entra a por uvas…
Nada hay más detestable que la hipocresía, el egoísmo, que traten de utilizarte y manipularte…y, para mí, que me tomen por idiota. Podría haberlo ignorado todo, pero que me insulten suponiendo que se me puede engañar y manipular… que utilice un anzuelo erótico-sentimental pensando que de ese modo me cegará y caeré…
Aquella llamada significó la guerra.
Y lo repito: es divertido manipular y desorientar al (en este caso la) narcisista manipulador. Quebrar cada dos días el orden lógico de las cosas para que se vuelva loca y no sepa donde se encuentra. Para que su plan se venga abajo, quede demolido en el estupor y la confusión.
Por supuesto, este es un juego breve y de suma cero. Debe acabar donde empezó: en la separación radical y, para ello, no hay mejor estrategia que provocar al enemigo hasta que él mismo (ella en este caso) corte los puentes imposibilitándose el regreso.
De este modo se acaba con el problema rápidamente y de un modo definitivo. Y, además, uno se divierte.
Para empezar ¿ qué mierda es esa de la apropiación cultural?…Solo los ignorantes, los incultos y los estúpidos pueden manejar un concepto similar. A ver, cenutrios, la cultura es ante todo intercambio, diálogo, mezcla…
Leo con desdén e ironía que en ese dislate que ha sido convertir el break dance en deporte olímpico (de verdad: ¿ quién está a los mandos en esta sociedad grillada y degenerada?) andan los negros (estadounidenses, of course) encabronados porque la medallista de plata, una lituana (blanca, claro) ha usado una prenda de cabeza que utilizaban los negros esclavos para el trabajo y que los modernos, al parecer, siguen llevando como seña política de su interesada victimización pasivo-agresiva que caracteriza su racismo antiblanco y sus excusas para no prosperar (mientras la comunidad asiática que llegó a América en condiciones peores que ellos: no fueron esclavos sino obreros que salían más baratos que los esclavos, han alcanzado conjuntamente una posición holgada y respetada en la sociedad a través del estudio y del trabajo, los negros siguen mayoritariamente en sus guetos, quejándose y exigiendo ayudas en lugar de estudiar y trabajar para prosperar).
El uso que Nica, la medallista olímpica lituana, hace de esa prenda de cabeza podría entenderse como un homenaje al origen de la disciplina que practica, también como un signo de aculturación europea y de la influencia colonial de los Estados Unidos en el viejo continente, lo que debería llevarnos a plantearnos la degradación y declive en la que nos encontramos y la necesidad de iniciar una recuperación moral, cultural y política de Europa para evadirnos de la decadencia y próxima extinción que nos acecha. Pero, no. Ha acabado siendo la sempiterna queja vocinglera de los wokes internacionales para imponer sus desquiciados y nocivos puntos de vista.
Lo primero que debemos dejar claro es que existe una sola civilización, la que hicimos los mediterráneos y los habitantes de Oriente medio y expandimos universalmente los europeos (señaladamente los españoles), todo lo demás son subproductos irrelevantes que deben ceder y subsumirse en dicha civilización ecuménica y universal. Esos particularismos de etnias que no han sido capaces de aceptar y agradecer su inclusión gratia et amoris en la civilización universal, son quisicosas sin importancia. Niñerías ridículas que en modo alguno deben alcanzar voz ni capacidad de manipulación en el mundo real y que solo lo hacen a causa de la podredumbre intelectual que el maoísmo cultural al servicio del imperialismo chino ha logrado difundir en los medios intelectuales y políticos de los Estados Unidos y Europa, derrotados desde dentro por sus propios submarinos izquierdistas que deberían ser desalojados de las universidades, los institutos y las instituciones a la mayor velocidad. Es este el primer paso para el resurgir y por lo tanto para la supervivencia de la civilización.
Por otro lado, los negros estadounidenses que se molestan tanto por el hecho de que una lituana use una prenda que pretenden exclusiva porque representa una de las formas de expresión de su racismo antiblanco, deberían preguntarse qué ha pasado para que en una disciplina «deportiva» y «cultural» que inventaron ellos y que llega a deporte olímpico las primeras medallas se las repartan entre Japón, Lituania, China y Rusia. De los seis medallistas olímpicos de b-dance solo uno es estadounidense (bronce masculino) y ni siquiera es negro.
¿Qué estáis haciendo mal? Igual habría que dejarse de lamentos, quejas, odio racial y zarandajas y empezar a trabajar y ser serios. Ahí lo dejo.
¿La amaba? Es posible, pero eso no evitó que, llegado el momento, le clavara aquella estaca en el corazón.
Digo que es posible que la amara porque nada estaba claro en la penumbra negativa y ominosa que Vania irradiaba minando y envenenando su entorno, una penumbra que iba apartándote poco a poco de la realidad, arrastrándote, si lo permitías, hacia su torbellino autorreferencial, a su abismo de egoísmo y parasitismo. Una penumbra llena de fantasías y promesas de felicidad que nunca se cumplían porque solo existían como señuelo para la caza.
Vania era capaz de sumergirte en grandes representaciones que parecían la realidad misma. Abandonándote a su abyecto influjo podías vivir grandes y lujosas fiestas que surgían de la nada en medio de la noche, idílicos momentos que parecían tan reales, los placeres y pasiones más exaltadas, experimentar vívidamente con ella las más arrebatadoras escenas y promesas de amor…Pero toda esa realidad, que parecía la verdadera realidad sin serlo, aquel mundo estupefaciente y adictivo, ella misma resultaba adictiva cuando lo deseaba con su belleza, su sonrisa de niña inocente, su voz dulce y seductora, iba difuminándose con el avance de la madrugada. Según se acercaba el amanecer iba quedando en ella solo el egoísmo, el ansia de sangre, la depredadora, la criatura salvaje y psicopática que buscaba alimentarse no tanto por necesidad como por vicio.
Ya he dicho que Vania y las falsas realidades que destilaba como telas de araña eran adictivas y confieso que yo me dejaba llevar, disfrutándolas. El secreto para sobrevivir radicaba en ser muy consciente de que se trataba de alucinaciones, de recreaciones destinadas a convertirte en víctima, en sujeto parasitado. Bastaba con estar atento a los primeros síntomas de su cambio para evitar ser mordido. Afortunadamente, ella también disfrutaba de aquellas fantasías en las que podía olvidar su verdadera naturaleza experimentando la ficción de ser la mujer encantadora, hermosa y enamorada que fingía ser para seducirme. Le gustaba la idea de amar y ser amada, de vivir la quimera que creaba para cazarme y eso me beneficiaba. Yo le seguía el juego, dejaba pasar la noche, disfrutaba, me divertía…y el amanecer iba acercándose, de modo que su tiempo para la caza se agotaba casi sin que se diera cuenta.
Yo iba distrayéndola con arrebatadoras palabras de amor, con divertidas historias, escenas románticas, placeres eróticos…y el tiempo pasaba. Éramos felices en la tela de araña que ella tejía para mí y su conversión, su ansia, su hambre iba posponiéndose. Al final, inevitablemente, aparecía. Pero yo la conocía y estaba preparado.
Cuando emergía su verdadera naturaleza me encontraba prevenido. Había signos previos que avisaban. Vania iba perdiendo atención e interés, las escenas que recreaba perdían nitidez y coherencia, comenzaban a desvanecerse, ella misma se tornaba paulatinamente más agresiva, egoísta y taciturna…la mujer encantadora iba disolviéndose en el éter y el oscuro y desagradable vampiro tomaba progresivamente posesión de su rostro encantador y su cuerpo delicioso. Resultaba sencillo prevenir el brote. Una víctima deslumbrada quizá podía ser engañada y parasitada. Yo siempre mantuve el control.
Para dominar la furia vampírica de Vania no hacían falta crucifijos ni ajos, eso forma parte del folclore. Bastaba mantenerse firme, negarse con determinación a sus deseos, a sus ansias de sangre. En ocasiones, si se ponía demasiado agresiva, era preciso recurrir a la intimidación física. Reducirla y arrastrarla sin contemplaciones a su sótano y encerrarla allí.
Entonces volvía a mostrarse dulce y seductora. Trataba de engañarme con su preciosa voz y su actitud humilde e insinuante para que le abriera. Naturalmente, nunca conseguía engañarme. Cuando comprendía que no iba a lograr seducirme, aparecía de nuevo la furia y la rabia del monstruo. Comenzaba a gritar, a insultar, a golpear la puerta con fuerza sobrehumana, buscando derribarla para saltar sobre mí y devorarme…hasta el amanecer, luego parecía difuminarse, o dormirse, o esconderse…no sé. Nunca cometí la estupidez de abrir la puerta para mirar.
Ya he dicho que me gustaba vivir la fantasía que Vania generaba y que, a la vez, jamás dejé de experimentar el halo de negatividad y egoísmo malvado que irradiaba envenenando el ambiente a su alrededor, por eso la soporte aquellos meses con la certeza absoluta de cual sería el final. O yo acababa con ella o ella acababa conmigo. No había más.
Al final, una bestia del averno es siempre una bestia del averno por muy hermoso cuerpo y rostro de mujer que adopte, por muy embriagadoras que sean sus fiestas y muy convincentes y dulces sus simulacros de amor y sus arrebatos de pasión. Por eso acabé ensartándole aquella estaca de madera en el corazón. Lo de la estaca no es folclore, funciona.
¿Cómo la conocí?
Apareció una noche sin más en mi trabajo. Soy vigilante de seguridad con turno nocturno en un caserón antiguo que el ayuntamiento va a convertir en museo.
Una noche la encontré sonriente y seductora, vestida de negro, en la oscuridad de un rincón. Tenía la apariencia de una mujer hermosa y agradable, pero supe desde el primer momento que no era de este mundo y que buscaba mi perdición. Me aburría, sin embargo, y sentí curiosidad. Le hablé. Poco a poco, mientras reconocía su existencia, su realidad, conversando y hasta bromeando con ella, su presencia se afianzó y fue tomando posesión del espacio, de la realidad, como una niebla oscura y amenazante, pero terriblemente seductora. Yo mismo le permití conscientemente traspasar el umbral entre los dos mundos…y yo mismo acabé con ella cuando me harte de aguantarla y se hizo insoportable.
Decía llamarse Vania y no recordar el origen de su naturaleza parasitaria. Simplemente afirmaba que había aparecido en aquel rincón oscuro porque me amaba y el amor que sentía por mí la había traído a la vida (pero yo sabía que era mentira).
Decía que necesitaba, ansiaba, mi sangre para consumar una unión mística en la que todas las fantasías que era capaz de conjurar cada noche se convertirían en realidad eterna. Fui más listo que ella, nunca la obtuvo y, llegado el momento, la eliminé.
El conde-duque de Olivares, don Gaspar de Guzmán y Pimentel, es sin ningún lugar a dudas uno de las más grandes estadistas de la historia de España. Quizá por eso se le suele preterir, arrumbar al olvido y aun a la burla. Eso se debe a las persistentes fuerzas de la anti-España que hemos dejado prosperar y actuar en nuestro ecosistema político, social y cultural durante demasiado tiempo y cuya erradicación será un paso indispensable para el restablecimiento de nuestra grandeza y auge.
No fue Olivares el primero en comprender la extrema necesidad de centralización y coordinación para conseguir la eficiencia en la gestión de los problemas y el destino de España (como ilustre antecedente podemos citar a Fernando II de Aragón), pero sí fue el primero en arbitrar políticas para avanzar en ese sentido. Precisamente, en 1626 intentó implementar la Unión de Armas, proyecto que unía en sí mismo dos de las grandes líneas de acción para el asentamiento y engrandecimiento de España: por un lado trataba de laminar los particularismos creando una unidad de acción y convirtiendo a los súbditos hispanos de la Corona en españoles más allá de cualquier exclusión jurídica y política (así un aragonés podía acceder a honores y puestos castellanos y a la inversa) y, naturalmente, generalizaba la contribución económica al Estado. Oligarquías egoístas como las catalanas o las vascas ya no quedaban exentas de contribuir al gasto de la grandeza del Estado de la que se beneficiaban. Quedaban obligados a sostener su parte del esfuerzo, a dejar de ser parásitos.
Tal política quedó abortada por el poder institucional de las oligarquías egoístas, sin visión de Estado ni de futuro y provincianas en los territorios no castellanos y por la sublevación de algunas de estas oligarquías parásitas dispuestas a todo con tal de no contribuir a la grandeza común, de no perder sus privilegios. Así Portugal, con la ayuda de Inglaterra, se sublevó en 1640 y ese mismo año la oligarquía catalana se entregó a Francia en uno de sus habituales actos de traición y deserción. Los catalanes pudieron ser reducidos al orden en 1652, los portugueses, en cambio, consumaron su traición en 1668. En conjunto, la larga guerra dentro de la península dejó en agua de borrajas el muy necesario proyecto de Unión de Armas.
Hoy en día, por mor de las nocivas fuerzas políticas españolas (hay que incluir al PP, siempre dispuesto a negociar con independentistas y nacionalistas) nada ha cambiado. Seguimos en 1626, necesitados de una enérgica política de unificación y coordinación para desarrollar un proyecto común y unívoco sin tolerancia para los díscolos y con ejemplar rigor para eliminar o reconducir a los traidores. En suma, como siempre explicamos en estas páginas: somos un Estado fallido al borde de la disolución.
Luego habrá que arreglarlo a sangre y fuego y los de siempre, los enemigos, la anti-España, se quejarán de los justos y duros castigos que han cosechado y sin duda se les aplicaran. Pero no se puede construir España desde la culpabilidad, la inoperancia y la mano blanda.
Me sucede a menudo: comenzar a leer cualquier voluminoso (y siempre pretencioso) ensayo anglosajón inducido por amigos entusiastas que cifran su formación e información en los engendros «culturales» de la anglosfera y acabar arrojándolo con desidia y desdén poco después de pasar las primeras cien páginas o, con suerte, las doscientas. ¿El motivo? Siempre el mismo: la limitación intelectual de los anglosajones y, por ende, su indigencia cultural y la falta de tino y de interés en sus conclusiones.
Cuando uno se enfrenta a cualquier tipo de ensayo procedente del mundo anglosajón sabe que van a suceder dos cosas: la primera, y muy significativa, es el absoluto borrado de los logros e influencias de España en cualquier campo cultural, filosófico, científico o político. En España se coció la modernidad desde el siglo XV hasta bien entrado el XVIII, pero eso jamás lo van a aceptar los anglosajones.
El problema anglosajón, que puede extenderse al común de los germánicos es, por un lado, su racismo, por otro su envidia y su odio a lo latino (y no hablo de los sudamericanos sino del mundo mediterráneo que implementó y vehiculó la civilización desde Atenas hasta El Escorial durante dos mil años) y su absoluto provincianismo, son paletos.
He explicado ya en algunas otras entradas de este blog como la repulsa de Lutero a lo que encontró en Roma durante su viaje de 1510 no se debía, como después quiso explicar, a la decadencia moral y espiritual de la ciudad. Lo que le horrorizó fue el Renacimiento, el retorno a la civilización que para un monje alemán racista y paleto solo podía suponer el anatema. Toda la reforma protestante, que en la práctica vino a suponer una vía de escape de los germanos a su sumisión moral, política y cultural a la civilización mediterránea, continúa esa línea hasta nuestros días: la repulsa a la civilización haciendo hincapié en el comarcalismo autorreferencial, limitado, xenófobo, supremacista y alicorto de la insulsa pedantería, vacua charlatanería y escasa profundidad intelectual del mundo germano, así como una exaltación de su avaricia y rapacidad.
Los germanos, hay que decirlo, fueron deficientemente civilizados. El hecho, triste, de que permanecieran fuera del Limes romano tuvo, y sigue teniendo, nocivas consecuencias políticas, sociales, culturales y de todo tipo que se traducen, ya en el Romanticismo, en la sesgada, limitada y ruin interpretación de la cultura y el arte europeos (dejando a España fuera y aceptando a Italia solo con reticencias a causa de la influencia de especialmente los músicos italianos en las lerdas y provincianas cortes alemanas) y continúa hasta nuestros días.
Como decíamos, cualquier ensayo o estudio de origen anglosajón que decidamos leer va a tener este defecto: la ignorancia (a menudo no voluntaria, sino ocasionada por la misma falta de conocimientos del pomposo autor habitualmente con doctorados y diplomas en las mejores universidades anglosajonas) de todo el legado mediterráneo y, especialmente, español. Pero no solo este defecto. Además, en su provincianismo autorreferencial que solo mediante el respaldo del poder imperial y económico oculto tras él no despreciamos universalmente (de hecho Inglaterra y Estados Unidos son los dos imperios más provincianos, menos universales y más anquilosados intelectualmente de la historia, incluyendo a los asirios y a los árabes), estos ensayos tienden a ignorar (de nuevo por desconocimiento de los autores, verdaderos eruditos en los parvos campos anglosajones, pero absolutos ignorantes en el resto del ancho mundo) las aportaciones, opiniones y avances de competidores. Ignoran todo sobre Rusia, no saben nada de China, del islam solo guardan imágenes estereotipadas…
En suma, y para no extenderme: es triste que nuestros intelectuales, a los que, como se sabe, desprecio con todo el alma (mientras ellos me ignoran y si llego a inquietarles recurrirán al desprestigio), se nutran precisa y casi exclusivamente de la cultura anglosajona y sigan considerando a la fauna intelectual y universitaria de los decadentes centros anglosajones a ambos lados del Atlántico como referencias principales y ciertas (por cierto que esto sucede tanto en la izquierda como en la derecha) de sus opiniones. Ello demuestra la tantas veces denunciada en estas páginas, decadencia moral e intelectual de nuestra «intelligentsia» y la urgente y perentoria necesidad de enviarla colectivamente al muladar de la historia para dar paso a un renacimiento hispano y civilizatorio.
Aviso: la próxima vez que un tipo culto (o una tipa culta, me de igual) me induzca a la lectura de un cantamañanas anglosajón abandonaré la educación y la moderación para ser didáctico a la antigua. ¡Vienen collejas, tontos del haba!… Y quien avisa no es traidor.