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ROMILDA, UN TRUCULENTO DRAMA MEDIEVAL

INTRODUCCIÓN HISTÓRICA (NECESARIA, AUNQUE PRESCINDIBLE)

Desatendemos el periodo transcurrido entre los siglos V y IX de nuestra era y con ello perdemos la oportunidad de comprender adecuadamente nuestra historia continental y, a la vez, nos perdemos peripecias vitales apasionantes y a menudo trágicas de hombres y mujeres (ahora que está tan de moda buscar hasta debajo de las piedras mujeres que en su mayor parte resultan anodinas, irrelevantes y mediocres, pero que la propaganda feminista, siempre anclada en los métodos leninistas y en la profunda ignorancia y escasa cultura de sus fautoras tratan de colarnos como indispensables) que, sin embargo, todavía hoy tienen la capacidad de conmovernos, interesarnos y asombrarnos. En esta entrada hablaremos de una de esas mujeres desconocida por la mayoría del público y cuya historia nos removerá hasta los cimientos más íntimos de las entrañas: Romilda de Friul.

Para entender el devenir vital de Romilda hemos de comprender siquiera mínimamente el momento político en el que vivió. Nació a finales del siglo VI, para entonces los bizantinos habían derrotado a Teya, el último rey ostrogodo, en la batalla del Monte Lactarius, al sur de de Nápoles, allá por 553 y aplastado al último rebelde de esa etnia, Widin, en 562 cerca de Verona y controlaban toda Italia, aunque con un ejército escaso y agotado después de dos décadas de guerra continuada.

Paralelamente, y aprovechando que las guerras en Italia y los problemas en la frontera persa tenían casi desbordados a los emperadores de Oriente, desde 476 únicos del mundo romano, los ávaros, un pueblo compuesto por una oligarquía de origen tungús que huía de los chinos tras la destrucción de los yuan-yuan (o rourán) y a la que se adhirieron en su largo viaje hacia Europa innumerables restos de noblezas de origen escita, alano, huno, proto-húngaro, proto-búlgaro, eslavo y hasta germánico, se establecían en la llanura de Panonia donde, con la ayuda de los longobardos, aniquilaron al reino de los Gépidos, pueblo de origen germánico que representaba la paz y la estabilidad en el área desde la destrucción del imperio de Atila un siglo y medio antes.

El asentamiento de los ávaros en Panonia conllevó toda una política de alianzas, invasiones y movimientos de pueblos que condujo no solo a la destrucción de los gépidos, sino a la consolidación de una dinastía, la de los Agilolfingios, sobre los bávaros y la invasión de Italia por parte de los longobardos.

Ambas dinastías, la que se acababa de imponer sobre los bávaros y la de los longobardos eran escasamente prestigiosas. En comparación con la alcurnia de los Baltos o los Amalos godos o los Merovingios francos, no eran nadie, simples advenedizos.

Con todo, muy conscientes del seísmo político al que estaban asistiendo, los Merovingios trataron de captar para su órbita a los bávaros y los longobardos ofreciéndoles ventajosos matrimonios y alianzas que estos, ensoberbecidos por el poderoso apoyo ávaro, rechazaron. A la postre los bávaros acabarían siendo vasallos de los francos y los longobardos sometidos por ellos, pero a finales del siglo VI y comienzo del VII todo eso parecía lejano.

Los bávaros no existían antes del siglo VI, se conformaron con las migraciones de la gente procedente de la actual república checa que se fueron extendiendo hacia el sur y el oeste para dejar espacio a los nuevos amos ávaros ocupando las tierras baldías que habían dejado las migraciones y las guerras en la antigua frontera imperial del Danubio. Estos inmigrantes, restos a su vez de las migraciones y guerras de los últimos doscientos años, tenían un origen heterogéneo (germanos, sármatas, alanos, romanos, hunos…) que se homogeneizó y germanizó bajo el dominio de los Agilolfingios.

Los longobardos, por su parte, eran una antigua escisión de la confederación vándala que mantuvo su identidad, si bien no siempre su independencia, bajo la presión de pueblos más poderosos como los hunos o los sajones, por ello carecían de una dinastía persistente y afamada y sus reyes establecían efímeras líneas que no alcanzaban renombre ni estabilidad.

En ese escenario, con los ávaros asentando sus posiciones en Panonia y fortificando sus flancos con la invasión de Italia por sus aliados longobardos (568) y el establecimiento del ducado de Baviera por los Agilolfingios, nació Romilda, hija del duque Garibaldo I de Baviera que había logrado contraer matrimonio con Waldrada, viuda del merovingio Teodebaldo I de Austrasia, hija del rey longobardo Waco que, a su vez, la había tenido con Ostrogoda, una princesa gépida que descendía al mismo tiempo de los Amalos y de Atila, lo que elevaba su prestigio a las más altas cotas de la realeza confiriendo a los longobardos y a los bávaros un estatus superior dentro del mundo nobiliario y real de la Europa del siglo VI.

Romilda, en virtud de las alianzas dinásticas del momento, contrajo matrimonio con el duque longobardo Gisulfo II de Friul, sobrino-nieto del rey Alboino, el que dirigió la invasión de Italia (568) y del drama de cuya esposa, Rosamunda, otra princesa gépida escribiremos en breve.

AHORA VIENE EL DRAMA DE ROMILDA

¿Qué podía ir mal? Romilda, hija de un oscuro duque bávaro, pero descendiente por vía de su abuela de Teodorico el Grande y Atila, lo que la convertía en una princesa de primera división, contrajo matrimonio con el sobrino-nieto del rey longobardo que había conducido a su pueblo desde la mediocridad de Eslovaquia, en la frontera de los gépidos, a la grandeza de Italia, y que, a su vez, era duque hereditario no solo de un conglomerado de clanes sino también de un territorio en la frontera con los aliados ávaros: Friul.

¿Qué podía ir mal? Pues, a la vista de los acontecimientos: todo.

En 601 los bizantinos habían logrado recuperar su iniciativa en los Balcanes y habían aplastado al Kan de los ávaros, Bayán, en una batalla cerca del Tisza donde murieron él y cuatro de sus hijos. Lo único que salvó a los ávaros fue el motín de las tropas bizantinas en 602, descontentas por tener que pasar el invierno al norte del Danubio. El emperador Mauricio fue asesinado y tomó el trono el centurión Focas, que, al dictado de sus compañeros de armas, abandonó el campo de batalla regresando al sur del Danubio y permitiendo la supervivencia de los ávaros.

Ello no obstante, la dinastía ávara había quedado muy debilitada y había clanes, entre ellos el Dulo, de origen onogur (huno, por lo tanto) que daría origen al pueblo búlgaro, que aspiraban al trono. Esto obligó al nuevo Kan, Bayán II, a mostrarse enérgico y restablecer el poder de su dinastía mediante la represión y en ese contexto, pero en circunstancias mal conocidas, aunque sin duda Gisulfo II andaba negociando con los Dulo o con otros conspiradores, acabó invadiendo el ducado de Friul en 610.

Gisulfo II murió en batalla y Cividale, la capital de su ducado, quedó cercada por los ávaros y defendida por Romilda, la princesa viuda, que decidió jugar la baza de su linaje. Ya sabemos que descendía de Teodorico el Grande y de Atila, además de toda la dinastía de Arderico, reyes gépidos, lo cual la convertía en un apetitoso trofeo que, como ya había sucedido con su madre Waldrada, bastaba para legitimar y dar prestigio a toda una dinastía advenediza y en problemas aunque fuera de origen tungús o yuan-yuan. Bien es cierto que los kanes ávaros decían pertenecer al clan Ashina, el más prestigioso y noble de toda la estepa, pero los Dulo no les iban a la zaga en nobleza y entroncar, estando asentados en los Balcanes y los Cárpatos, con aquellas tres prestigiosas ramas de la realeza no les vendría nada mal. Por lo tanto, Romilda, a cambio de ver respetada la vida de los hijos que había tenido con Gisulfo II y la ciudad que entregaba, ofreció a Bayán II matrimonio.

El kan ávaro aceptó el trato. Cividale se entregó con la promesa de no ser saqueada y Romilda contrajo matrimonio con él.

Desgraciadamente, los cronistas de estos acontecimientos son de origen longobardo, monjes de monasterios italianos, y no nos cuentan toda la historia. Omiten, desde luego, cualquier dato que pudiera ir en detrimento de la princesa Romilda y avalar los actos del khan Bayán II, pero hay puntos oscuros y que inducen a la sospecha en todo el relato que nos ha llegado.

En primer lugar, Romilda no debía confiar mucho en su nuevo esposo y tampoco debía ser muy sincera en su entrega cuando, antes de abrir las puertas de Cividale y proceder al casamiento, hizo que todos sus hijos huyeran poniéndose a salvo.

En segundo, algo muy grave que los monjes omiten, debió suceder para que las cosas adquirieran el rumbo que llevaron.

En efecto, Bayán II se casó con Romilda y el matrimonio se celebró con la pompa y alegría preceptivas. Sin embargo, a la mañana siguiente del himeneo el kan entregó a su nueva esposa a doce de sus rudos guerreros para que la sometieran a una salvaje violación en grupo mientras hacía saquear Cividale.

Concluida la prolongada y brutal violación de Romilda, totalmente inédita en una princesa de su rango, fue arrastrada desnuda y empalada. Mientras padecía su suplicio, elevada sobre un grueso palo que se abría paso por sus entrañas a través del recto, Bayán II se le acercó para decirle que era aquello lo que se merecía. Insisto: nuestros cronistas, italianos y bajo dominio longobardo, nos ocultan el motivo de la furia del ávaro a quien nos presentan como un psicópata demoniaco…y es cierto: sus actos no pueden despertar en absoluto nuestra simpatía ni cabe justificarlos, pero sí deberíamos explicarlos y en ese campo no es descartable que Romilda tratase de despacharle con veneno (ya veremos al hablar de Rosamunda que no se trataba de un procedimiento tan extraño e Ildico sigue bajo sospecha).

Pero, en cualquier caso, ese fue el truculento drama de Romilda.

Sus hijos, Taso y Caco, mantuvieron la revuelta contra los ávaros y llegaron a expulsarles de Italia ocupando parte del Tirol, pero acabaron aplastados por los bizantinos en la ciudad de Oderzo allá por el 617. Pero esto es ya otra historia.

© Fernando Busto de la Vega.

¿ENFERMEDADES INSIDIOSAS?

Un escritor que se precie debe dedicar gran parte de su tiempo a la formación constante en todos los campos de la vida, las letras y las ciencias, debe hacerse preguntas y permitir que las intuiciones, aunque parezcan absurdas, se manifiesten y muestren caminos inexplorados. Un escritor es también una antena de lo metafísico y un explorador de los extrarradios del conocimiento científico. Ello le abre horizontes de interés para su obra que, a menudo, simplemente será una expresión literaria, pero llevando en su seno la semilla de nuevas realidades, de un desarrollo humano tanto de índole espiritual como científico.

Pues bien, en el habitual reflexionar del insomnio, que tan fecundo suele resultar para el escritor, al menos para quien esto escribe, meditando sobre algunos hechos desastrados acaecidos a personas cercanas, especialmente a algunas mujeres destacadamente hermosas, buenas y tan adorables como deseadas he alcanzado ese instante de intuición deslumbrante, de conexión con las misteriosas fuentes de información en bruto, indiferenciada e innombrada, pero útil y fecunda que cimenta el progreso humano en todos los campos y, desde luego, obra como fermento básico del acto literario, eso que los románticos denominaban inspiración.

Dichas mujeres, todavía jóvenes, víctimas de diversas enfermedades, mentales unas simplemente físicas otras, eran y siguen siendo hermosas. Además, sus personalidades son deslumbrantes: poseen encanto, inteligencia, son cariñosas, divertidas, solidarias, de altas exigencias morales…lógicamente captan muchas voluntades y brillan como hembras deseadas y deseables.

En dicho contexto que la enfermedad, ciertas enfermedades, las quiebren en plena plenitud como si un rayo las hendiese o un demonio envidioso les saltase a la yugular impregnándolas de infortunio, llena de espanto y desolación a su entorno. ¿Cómo es posible que desde las más altas cimas sean arrojadas a los más deleznables y horribles abismos?¿Y si no fuera una casualidad? Y he aquí la intuición quizá absurda y ridícula, pero deslumbrante, apabullante y terrorífica…¿y si ciertas enfermedades buscasen asegurar la reproducción de los individuos para garantizarse su replicación y pervivencia? Sabemos que el factor genético es relevante y hasta definitivo en la aparición y desarrollo de muchas enfermedades, el cáncer sin ir más lejos. ¿Entonces?

Puede parecer que ando diciendo tonterías, sin embargo existen parásitos que inducen al suicidio a sus huéspedes intermedios para alcanzar a los definitivos. Por ejemplo: Dicrocoelium dendriticum que se agazapa en los rastros de babas de los caracoles a la espera de ser ingerido, en su fase juvenil, por las hormigas alcanzando su cerebro y llevándolas a continuación a exponerse para ser ingeridas por los rumiantes, objetivo final del parásito que alcanzará su madurez en los estómagos bovinos reiniciando así su ciclo reproductivo. O Cardiocephaloides longicollis, trematodo parásito que infecta a los peces conduciéndoles después a aguas someras para dejarse capturar por las gaviotas, o Spinochordodes tellinii que hace que los saltamontes salten voluntariamente al agua para ahogarse y ser ingeridos por peces, o Toxoplasma Gondii que induce a los ratones a buscar la muerte a manos de sus depredadores…los casos son múltiples y no debemos descartar la posibilidad de que algunas enfermedades, incluso mentales, cuyo origen todavía no conocemos bien procedan precisamente de infecciones parasitarias que despreciamos en los diagnósticos o todavía ignoramos. Enfermedades insidiosas que nos manipulan, quizá haciéndonos más atractivos, para reproducirse en nuestra progenie antes de manifestarse en nosotros.

Es simplemente una intuición, pero hay que hacerse preguntas absurdas para encontrar realidades espeluznantes y los medios adecuados para domarlas y someterlas a nuestro control.

© Fernando Busto de la Vega.

CINCO AÑOS BASTAN PARA LA GLORIA: LA CARRERA NOVELÍSTICA DE DASHIELL HAMMETT.

RETRATO DE DASHIELL HAMMETT (1894-1961)

Cinco años y cinco novelas entre el 1 de febrero de 1929 y el 8 de enero de 1934, en periodo tan breve y canon tan parco se cimenta la posteridad de un autor como Dashiell Hammett, que nació en 1894 y murió alcoholizado en 1961. A lo largo de su trayectoria vital le dio tiempo a dejar la escuela con trece años, ejercer diversas profesiones, incluida la de rompehuelgas a sueldo de la Agencia Pinkerton, participar en dos guerras mundiales, casarse, divorciarse, tener varias amantes, hacerse comunista…y escritor.

Su llegada a la literatura, y esto resulta asombroso desde España, donde el escritor, sea quien sea, casi con seguridad se condena al hambre y la miseria, tuvo condicionamientos puramente crematísticos. Casado en 1921 necesitaba ingresos y comenzó a escribir bajo seudónimo (se trataba de un trabajo vergonzante) para la revista popular y sensacionalista Black Mask desde 1922. En aquellos cuentos ocasionales nacieron sus personajes más aclamados (El Agente de la Continental, Sam Spade…) y se decantó su estilo sencillo, conciso y directo.

FOTOGRAMA DE EL HALCÓN MALTÉS (1941)

El éxito de estos cuentos, que se compilarían a partir de los años cuarenta en libros destinados a aprovechar económicamente la fama alcanzada por Hammett como novelista, le abrieron las puertas de las editoriales que le despreciaban como producto cultural (si bien estaba destinado a revolucionar el concepto de «producto cultural» y crear todo un nuevo género, el de la novela negra) pero, como sucede ahora con muchas editoriales que cuentan el número de seguidores en redes de sus autores, le codiciaban como fuente de ingresos. Llegaron así, como disparos sucesivos, sus cinco únicas novelas: Cosecha Roja (1929), La Maldición de los Dain (1929), El Halcón Maltés (1930), La Llave de Cristal (1931) y El Hombre Delgado (1934)… nótese que en puridad el grueso de su obra vio la luz no en cinco, sino en dos años (1929-1931). Además, como correspondía a un autor que dirigía su obra hacia el público que podemos definir como «popular», sus obras fueron pronto llevadas al cine. Todos conocemos la versión de El Halcón Maltés que protagonizó Humphrey Bogart en 1941, pero antes de eso hubo dos versiones, hoy olvidadas, en 1931 y 1936, Cosecha Roja se llevó al cine en 1930, La Llave de Cristal en 1935 y 1942, El Hombre Delgado en 1934 y 1936…

En resumen: cinco novelas y cinco años (en realidad, lo hemos visto, apenas dos) bastaron para sustentar la inmortalidad de un escritor que no deseaba serlo (ya hablamos en otras ocasiones de la contradicción entre los deseos del autor y la realidad social y literaria), crear un nuevo y fecundo género literario y cambiar la percepción cultural mundial.

Ahí es nada.

© Fernando Busto de la Vega.

EL EMPRESARIO ITALIANO QUE ESTUVO A PUNTO DE ACABAR CON EL TEATRO Y LA ÓPERA EN ESPAÑA: GIUSEPPE CROZE, 1776-1779.

Giuseppe Croze yace injustamente olvidado dada su enorme (y negativa) influencia en la historia de la ópera italiana y el teatro de todo género en España. En las apenas cuatro temporadas que perduró su empresa en nuestro país causó nada menos que tres incendios catastróficos en otros tantos teatros: Valencia (1777), Zaragoza (1778) y Murcia (1779) siendo parte muy importante sus desastres para que Carlos III tomara la decisión, vía decreto, de prohibir la actividad teatral ese mismo año 1779. Prohibición que perduró hasta la llegada al trono de Carlos IV en 1789.

Los Borbones, como sabemos, eran franceses y muy relacionados con Italia, de modo que sentían aversión por la tradición teatral española, que recordaba, además, demasiado a los Habsburgo y trataron desde muy temprano de finiquitar el legado de Lope, Calderón y Tirso de Molina sustituyéndolo por las modas francesas e italianas.

Fernando VI (1746-1759) introdujo en España a Scarlatti y Farinelli, el infante Luis Antonio a Boccherini…y, en fin, Carlos III (1759-1788) sostuvo la Compañía de Ópera Italiana de los Reales Sitios entre 1767 y 1776.

La Iglesia Católica, por su parte, siempre opuesta al fenómeno teatral, obstruyó en lo posible la expansión de los nuevos géneros y aun de los antiguos consiguiendo prohibiciones parciales y regionales de los mismos en distintos momentos y lugares no siendo la menor influencia en el ya citado decreto de prohibición de 1779.

En ese ambiente de renovación teatral muchos empresarios y artistas italianos vieron abierto un nuevo campo de oportunidades para subsistir y hasta prosperar probando suerte en España. Entre ellos encontramos al citado y malhadado Giuseppe Croze que en 1776 andaba ofreciéndose a distintos ayuntamientos para establecer su compañía. Gracias a sus instancias y correspondencia sabemos que entonces contaba para llevar a escena cinco óperas bufas, una seria (casi con toda seguridad el Artajerjes que tantos disgustos iba a causar con su escena de las estatuas vivientes en el jardín y sus fuegos escénicos asociados), ocho tonadillas y seis bailes de nueva invención. Dos años más tarde, en 1778, disponía nada menos que de veinte óperas y una compañía de ocho cantantes, doce bailarines y un número indeterminado de músicos, que no debía ser pequeño porque sabemos que en Murcia, en 1779, ocupaban nada menos que treinta y cuatro sillas.

Finalmente, en la temporada 1777-1778 consiguió una oportunidad en Valencia.

LOS INCENDIOS.

BODEGA DE LAS BALDAS (VALENCIA, 1777)

El arzobispo Andrés Mayoral impuesto por Felipe V en 1737 y que se mantuvo en el puesto hasta su muerte en 1769, era un eclesiástico eficaz y beligerante que, entre otras cosas, prohibió las procesiones de disciplinantes en 1762, ordenó que los libros parroquiales se escribieran en castellano y dirigió una guerra sin cuartel contra la influencia de los enciclopedistas franceses intentando poner el impulso ilustrado bajo el control del arzobispado, para lo cual creó diversos centros docentes.

Entre sus muchas acciones en la guerra cultural del momento se contó la de conseguir que Fernando VI prohibiera las representaciones teatrales y operísticas en Valencia, si bien acabó siendo derrotado y en 1761Carlos III, recién llegado de Nápoles, donde había impulsado la construcción del Real Teatro di San Carlo, atendió los requerimientos del ayuntamiento (que se lucraba arrendando el teatro que poseía o deseaba poseer) permitiendo de nuevo la actividad teatral y operística en la ciudad.

De inmediato, el ayuntamiento valenciano se lanzó a la construcción de la Casa de Comedias del Olivo, pero mientras esta se terminaba habilitó como teatro provisional la llamada Bodega de las Baldas, sita en la calle Trinitarios, no lejos de la Puerta de la Trinidad. Era este un almacén propiedad del marqués de Busianos, en la época Cristóbal de Valdá, y totalmente construido en madera, lo que no dejaría de tener sus consecuencias.

Como sabemos, en 1777 arrendó aquel teatro provisional Giuseppe Croze y no llegó a acabar la temporada. Antes de concluir el año (recordemos que las temporadas operísticas abarcaban de septiembre a junio) se produjo el incendio que redujo a cenizas la Bodega de las Baldas (o, en valenciano: Botiga de Valdà). El asunto, aunque grave, se consideró un accidente y Croze no sufrió ningún contratiempo legal, si bien quedó en la ruina y hubo de salir de Valencia con urgencia.

TEATRO DE NUESTRA SEÑORA DE GRACIA (Zaragoza, 1778)

En Zaragoza, la Casa de Misericordia, establecida en el actual Edificio Pignatelli, se sustentaba con la explotación de la plaza de toros adjunta (y todavía existente) fundada en 1764 y el Hospital de Nuestra Señora de Gracia con un modernísimo, elegante y reputado teatro a la nueva moda italiana fundado en 1771 situado en el lugar que ahora ocupa la sede del Banco de España haciendo esquina entre la plaza de España (entonces de San Francisco) y el Coso.

A la altura de 1778, con la reciente disolución de la Compañía de Ópera Italiana de los Reales Sitios dos años atrás, este espectáculo estaba experimentando una expansión por toda España ya que los cantantes y bailarines en paro buscaban nuevos acomodos en compañías privadas si bien, como de costumbre, Zaragoza sufría la dura competencia de Madrid y Barcelona a la hora de poner en marcha sus proyectos culturales. Pero la oportuna intervención del conde de Sástago hizo que se pudiera contratar a la compañía de Giuseppe Croze, recién huido de Valencia y el pavoroso incendio de la Bodega de las Baldas.

Tampoco en esta ocasión la compañía de Croze logró acabar el primer trimestre de la temporada. El 12 de noviembre de 1778 se produjo el incendio del Teatro de Nuestra Señora de Gracia que causó casi ochenta muertos.

CUADRO ATRIBUIDO A GOYA Y QUE REPRESENTA EL INCENDIO DEL TEATRO DE NUESTRA SEÑORA DE GRACIA, DEL QUE PARECE SER FUE TESTIGO PRESENCIAL

El fuego comenzó en el segundo acto de la ópera La Real Jura de Artaxerxes en el transcurso de la escena de las estatuas vivientes en el jardín.

Según parece esta ópera era una traducción al castellano (realizada por Antonio Banzo) del famoso y prolífico libreto «Artaserse» de Metastasio. Lo que no sabemos, porque nuestras fuentes no lo indican, es cual de las setenta y una versiones musicales que desde su estreno en el Teatro delle Dame de Roma el 4 de febrero de 1730 hasta aquel 12 de noviembre de 1778 se habían compuesto se escenificaba. Personalmente quiero pensar que se trataría de alguna de las últimas y más nuevas, a saber: la de Paisiello (estrenada en Módena en 1771), la de Vento (Londres, 1772), Giordani (Londres, 1772), Manfredini (Venecia, 1772), Myslivecek (Nápoles, 1774), Borghi (Venecia, 1775), Guglielmi (Roma, 1777) o Bertoni (Milán, 1777), si bien tampoco puede descartarse alguna versión ya conocida de algún compositor famoso, como Pórpora (Londres, 1734), Broschi (Londres, 1734), Gluck (Milán, 1741) o cualquiera de las de Hasse (Venecia, 1730; Londres, 1734; Dresde, 1740 o Nápoles, 1762).

Sea como fuere, el Teatro de Nuestra Señora de Gracia quedó reducido a cenizas y Croze ofreciendo sus servicios al ayuntamiento de Pamplona que, prudentemente, rechazó alquilarle su teatro, motivo por el cual, acabó en Murcia.

CASA DE COMEDIAS (Murcia, 1779)

Seguramente, una de las mejores bazas que Croze presentó ante el ayuntamiento de Murcia para conseguir el arrendamiento de su casa de comedias fue la de llevar como cabeza de cartel al alemán Mateo Lampruker, definido como «medio carácter» y procedente de la Compañía de los Reales Sitios. Además de este conformaban la compañía los bufos Claudio Gemni y Filippo Venti, el tenor Vincenzo Panchi, la primera dama Magdalena Ferraglioni; la segunda, Rosa Scavini; la tercera, Magdalena Carogga y toda una larga serie de bailarines de ambos sexos en su mayor parte pertenecientes a la familia Narici.

¿Resultado? Nuevo incendio, el tercero en tres temporadas, y de nuevo antes de concluir el primer trimestre de representaciones. Ahora bien, en Murcia la ruina, al contrario que en Valencia y en Zaragoza, no fue completa y la temporada pudo reanudarse, pero ya no con el peligroso Giuseppe Croze al frente sino con Giuseppe Pozzi que ya había sido empresario de aquella casa de comedias en temporadas anteriores.

Después de este tercer incendio poco o nada sabemos de Giuseppe Croze que debió volver a Italia cuando Carlos III prohibió las representaciones teatrales y operísticas, en gran medida a causa de los incendios que había ido provocando por los distintos teatros por los que pasaba, ese mismo año de 1779.

Confieso que no dejo de estar medianamente fascinado por este desastroso empresario y plenamente dispuesto a seguirle la pista antes de 1776 y después de 1779. Quién sabe, si tengo tiempo para investigar quizá le dediqué una monografía bien documentada dentro de unos años…lo que es seguro es que en algún momento será un personaje de alguna de mis novelas.

Quede aquí.

© Fernando Busto de la Vega.

ÉXITO Y TRIFULCAS EN EL TEATRO DEL XVIII (UN EJEMPLO: MARÍA LADVENANT)

Uno de los grandes pecados de España, y que debe atribuirse sobre todo a sus élites «cultas» de los últimos trescientos años, abducidas hasta mediados del XIX por lo francés y desde que los liberales se hicieron con las riendas del país para su decadencia y destrucción por lo anglosajón, es la absoluta indiferencia y consiguiente ignorancia sobre su historia en todos los aspectos y, muy especialmente, por el cultural y artístico.

Cuando cualquier paniaguado profesor de secundaria concibe la idea de poner a sus alumnos en contacto con el teatro clásico (cosa que sucede de pascuas a ramos) hay muchas más posibilidades (un noventa por ciento) de que piense en Shakespeare que en Lope o Calderón. En Música se enseñará a Haydn, Bach y Haendel, pero no a Nebra, Soler y Leal o Literes, que no les iban a la zaga en calidad, aunque son despreciados por su condición de españoles (los alemanes, italianos y franceses que conformaron el canon actual ignoraban y despreciaban la cultura española, de la que no obtenían réditos ni fama)… y así todo.

De hecho, sé que este artículo será uno de esos que muy pocos leerán porque ni siquiera los términos de sus etiquetas están en el mapa cultural y de intereses no ya de la mayoría sino incluso de un núcleo estimable de hispanos y españoles «cultos» . En suma: la abismal ignorancia hispana en lo referente a su propio pasado y cultura que facilita tanto que a uno y otro lado del Atlántico consumamos religiosamente las ruedas de molino eructadas por anglosajones y germanos en general. Una pena. Pero yo soy inasequible al desaliento. Seguiré intentando culturizar y civilizar a los arriscados hispanos hasta llevarlos al redil del necesario resurgimiento.

Hoy vamos a fijarnos en la corta, pero exitosísima carrera de la actriz y «autora», esto es: directora de compañía teatral, María Ladvenant.

Hija de actores, nació por accidente en Valencia, donde sus padres representaban, en 1741 y murió en Madrid en 1767, sin haber llegado a cumplir los 26 años. Vida breve, pero bastante para que sigamos recordándola.

Debutó en Madrid en 1759 como meritoria sin sueldo (para entonces ya estaba casada con el actor Manuel de Rivas)y al año siguiente ya era segunda dama y en 1762, estando ambas en la compañía de María Herrero (nótese que en el teatro del siglo XVIII las mujeres tenían las mismas posibilidades no solo de éxito sino de formar y dirigir compañías que los hombres, por mucho que nos quieran engañar las modernas e ignorantes feministas), estalló su rivalidad con otra joven actriz ascendente: Mariana Alcázar.

El enfrentamiento trascendió la simple rivalidad sobre las tablas puesto que en el momento existían dos grandes y combativas facciones entre el público: los chorizos y los polacos.

Hay que decir que los chorizos no se llamaban así por su propensión al robo. El origen de su nombre se encuentra en un lance de la escena, precisamente en el Corral del Príncipe. Allí, en 1742, actuaba el famosísimo cómico Francho que representaba un entremés muy popular en el que debía comer unos chorizos. Cierto día, al encargado de preparar la escena se lo olvidó colocarlos en el escenario y el cómico, improvisando, arrancó las risas del público en una larga escena en la que reclamaba sus chorizos al escenógrafo. Sus frases y ademanes causaron furor en el público y sus partidarios dieron en imitarlos ganándose el apodo.

Pues bien, a la altura de 1762 los chorizos, que se identificaban con un lazo azul en el brazo, se pusieron de parte de Mariana Alcázar y sus rivales, los polacos, que se identificaban con un lazo dorado, de María Ladvenant. Este enfrentamiento causaba tumultos y peleas en el interior de los teatros, especialmente en el Corral del Príncipe, donde actuaba preferentemente la compañía de María Hidalgo y, naturalmente, en tabernas y callejones. La gente, literalmente, se dejaba de hablar y se daba de navajazos a causa de dicha rivalidad que, de todos modos, acabó pronto.

En 1763 Mariana Alcázar, que por cierto también escribía sainetes con música y otras obras hoy en su mayor parte perdidas, pero que despertaron el respeto y la admiración de Moratín y De La Cruz, hubo de abandonar la compañía de María Hidalgo y su rival, María Ladvenant se atrevió a dar la campanada con solo 23 años. Ese año, la autora (es decir: propietaria de compañía) Águeda de la Calle se retiró del teatro y ella solicitó a las autoridades sucederla en su puesto. La petición causó enorme revuelo y gran rechazo por su excesiva juventud. Una vez más se le enfrentaron los chorizos encabezados esta vez por el primer galán Nicolás de la Calle (obviamente familiar de la jubilada que pretendía heredarla) y el primer «gracioso» Chinica y la apoyaron los polacos y algún discreto duque que acaso la tenía como amante y sería padre de alguno de los cuatro hijos que dejó a su muerte.

El caso es que Nicolás de la Calle y Chinica acabaron en la cárcel y, lo que es peor, encuadrados mal de su grado en la compañía de María Ladvenant cuando salieron de la misma al poco tiempo y la joven actriz sucedió a Águeda de la Calle como «autora» con sede en el Corral del Príncipe.

Desgraciadamente para ella las cosas cambiaron pronto. Su duque la abandonó allá por 1764 y Nicolás de la Calle y Chinica aprovecharon la circunstancia para contraatacar consiguiendo el primero la autoría que ansiaba y ambos el breve encarcelamiento de María Ladvenant que, al salir del calabozo, y tras un corto retiro, regresó a la escena con el mismo éxito de siempre, aunque muchas más deudas.

En abril de 1765 murió repentinamente (yo siempre he sospechado de un envenenamiento) dejando el camino libre a sus detractores y competidoras. Sin embargo, cuarenta años después seguían recordándola y admirándola quienes la habían visto actuar alguno de los cuales dejó un elogioso retrato de ella: hermosa de rostro y cuerpo, buena y exacta declamadora, actriz excepcional, excelente cantante…

Hoy, casi 260 años después de su muerte algunos seguimos recordándola y respetándola.

© Fernando Busto de la Vega.