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LA GUERRA COMIENZA AHORA

Por razones biográficas que no voy a detallar aquí (pertenecen a un periodo que espero mis futuros biógrafos denominen «años oscuros» o «años perdidos», de los que no encontrarán demasiada información y que conforman mi más preciado capital formativo) conozco relativamente bien a los spetsnaz y a los combatientes chechenos (es cierto que no directamente a los llamados kadyrovtsy) y puedo asegurar que, si en estos momentos fuera uno de los defensores de Kiev estaría a la par aterrorizado y confiado en la victoria.

Es cierto que ambos grupos, las fuerzas especiales rusas y los mercenarios islamistas chechenos, son enemigos terribles: muy bien entrenados, con un valor a prueba de bombas (nunca mejor dicho) y absolutamente feroces y acostumbrados a usar el terror como arma de guerra. Es cierto, también, que apoyados por tanques, helicópteros, aviones y misiles su misión a la hora de conquistar ciudades se facilita grandemente. Pero también es verdad que una cosa es el avance rápido de un poderoso ejército moderno que apoyado en la supremacía aérea y los misiles hace avanzar rápidamente sus columnas de tanques y blindados por amplias carreteras y otra, muy distinta, conquistar una ciudad. Ni los israelíes pudieron tomar Beirut en 1982 ni los propios rusos Grozny en 1995.

Insisto en que yo estaría aterrado si tuviera que defender Kiev en estas circunstancias y enfrentándome a spetsnaz y kadyrovtsy, pero también esperanzado. La guerra en Ucrania, si los ucranianos lo desean, empieza ahora. Una fuerza relativamente pequeña, que pueda asegurar suministros desde el exterior (y esto será lo más difícil) y dispuesta a combatir calle por calle, casa por casa, piso por piso, a llegar al cuerpo a cuerpo (al arma blanca y las manos desnudas) es capaz de enquistar la guerra, de frenar a la maquinaria militar rusa, de llegar, incluso, a vencer. La ciudad será destruida (pero puede reconstruirse mejor y más moderna), la población que no logre huir pagará un precio altísimo, horrible, pero la independencia nacional, el verdadero e insobornable bien buscado, se alcanzaría y con visos de infinito. Cuando combates contra un tigre y le vences, es difícil que ese mismo tigre u otros quieran arriesgarse a un nuevo encuentro. El dolor, la destrucción y la sangre son a menudo el precio de la libertad. Hay que pagarlo.

Por supuesto, que spetnaz y kadyrovtsy son unidades bien entrenadas, expertas y con excelente armamento, pero no son invencibles. Del mismo modo que el pueblo de Zaragoza pudo frenar, ya en el Coso, a los polacos y franceses de Napoleón que habían penetrado en la ciudad con banderas negras y tocando a degüello, consiguiendo una hazaña que nadie había logrado antes (frenar un asalto de tropas profesionales que ya habían penetrado en una ciudad defendida solo por civiles) los ucranianos pueden llegar a vencer a las fuerzas especiales rusas y a los mercenarios islamistas chechenos. Son fieros, pero no inmortales…Y, por cierto, que los Inmortales también fueron derrotados en las Termópilas.

En cuanto a las potencias occidentales, una pequeña reflexión: mirar hacia otro lado no sirvió con Hitler; las sanciones económicas no han derribado el régimen de Cuba después de sesenta años ni lograron tumbar a Sadam Hussein ni a Gadafi. Si la antigua Roma hubiera actuado como la OTAN o la UE no solo no hubiera creado un imperio, sino que ni siquiera la recordaríamos, habría sido una aldea borrada de la Historia. Claro que Roma formaba hombres fuertes y conscientes de sus deberes y obligaciones mientras que los regímenes liberales solo forman niñatos hedonistas y débiles. Europa va a perder esta guerra (y desaparecer) por su propia decadencia moral. Hay que empezar a identificar las causas de la misma y eliminarlas a toda prisa, si queremos sobrevivir al siglo XXI, cosa que parece a todas luces casi imposible. Nosotros tenemos nuestra propia Kiev que defender y reconquistar frente a los enemigos internos. La guerra comienza, también para nosotros, ahora.

© Fernando Busto de la Vega

UCRANIA Y EL FRENTE INTERIOR ESPAÑOL

Es triste, pero representa un deber moral inexcusable, tener que escribir esta entrada.

Me despierto este 24 de febrero de 2022 con la noticia de que Rusia ha invadido finalmente Ucrania. Podría parecer que desde mi posición (la ciudad de Zaragoza en España) el asunto es lejano y poco amenazador. Por desgracia, nada más lejos de la realidad. No se trata solo de que España pertenezca a la OTAN, lo que la sitúa de lleno en el interior del conflicto, ni de que la pista de aterrizaje del aeropuerto zaragozano sea una de las más largas de Europa y permanezca desde los ochenta al alcance de los misiles nucleares rusos y constituida como uno de sus objetivos, lo que, obviamente, dadas las circunstancias, resulta poco tranquilizador. Hay más y mucho más perturbador.

La cosa viene de lejos, del llamado Contubernio de Múnich en 1962. Fue este una reunión de fuerzas políticas españolas procedentes del exilio y del interior, durante la dictadura de Franco, para organizar un escenario democrático posterior. El evento, dentro del IV Congreso del Movimiento Europeo, estuvo pilotado por los amos estadounidenses, ansiosos de reducir a España a la ortodoxia que habían impuesto en Europa occidental: la implantación de un sistema liberal-parlamentario al uso anglosajón y lo más débil posible. Ya dijo Churchill que los vencedores de la II Guerra Mundial, las potencias anglosajonas en primer término, deseaban una España débil. De ahí que se determinase un modelo de Estado tendente a lo federal, el autonómico consagrado en la Constitución de 1978, para enquistar los caciquismos a los que aludíamos en el artículo anterior y mantener a España en riesgo cierto de implosión. En ese marco, se admitió dentro del «contubernio» a los nacionalistas vascos (que habían colaborado con la CIA incluso antes de que se formara, cuando todavía era la OSS) y a los catalanes, que se las daban de dóciles democristianos afines a las innovaciones del Concilio Vaticano II.

Pero la política de integración y contentamiento de ambos nacionalismos, especialmente del catalán, por parte de los Estados Unidos tenía otras motivaciones de carácter estratégico en medio de la Guerra Fría. Se estimaba entonces que el desequilibrio de fuerzas militares, especialmente terrestres, permitiría a la Unión Soviética, si lanzaba un ataque masivo contra Europa occidental, alcanzar el Atlántico en menos de una semana y, entonces, solo los Pirineos podrían contenerlos permitiendo un último escalón de defensa en la península ibérica. Por ese motivo, la URSS, como previamente hizo Hitler, cortejaba a los nacionalismos pirenaicos (vascos, catalanes) con el fin de debilitar a España y de lograr, mediante revueltas independentistas al sur de los Pirineos, líneas seguras de acceso al sur de la cordillera que le permitieran franquear con facilidad la hipotética barrera militar allí establecida. Los Estados Unidos buscaban evitar este escenario protegiendo ellos mismos a dichos nacionalismos que, además, contribuían al ansiado debilitamiento de España.

La URSS cayó, pero los planes estratégicos rusos se perpetúan mientras que España mantiene su alianza-vasallaje con los Estados Unidos a través de la OTAN. Consecuentemente, el problema del frente interior a sueldo de los servicios secretos rusos que representan los independentistas pirenaicos, especialmente en estos días los catalanes, persiste.

No se trata de una fantasía, lo constató el Parlamento Europeo el otoño pasado en el seno de la investigación de una comisión parlamentaria que se ocupaba de las injerencias rusas para desestabilizar a países de la Europa Occidental integrados en la OTAN. El New York Times, por su parte, informaba de los viajes de José Luis Aloy, jefe de gabinete del golpista huido Carlos Puigdemont, a Rusia en 2019 y 2020 para entrevistarse con el viceministro de Asuntos Exteriores ruso, Oleg Syromolotov, responsable de los servicios secretos de aquel país, y de la financiación recibida del magnate cercano al Kremlin Alexander Dmitrenko. Más aún: investigaciones judiciales españolas sobre el intento de golpe independentista en Barcelona y otras ciudades de lo que no debemos seguir llamando Cataluña sino Aragón Oriental, constataron la presencia de agentes secretos rusos durante el ilegal y manipulado referendum del 1 de octubre de 2017 (especialmente Denis Sergeev) y del apoyo de hackers y bots rusos a la maniobra denominada Tsunami Democratic, así como remesas de dinero remitido, mediante intermediarios, desde Moscú. Se sabe también que otro miembro del círculo de Carlos Puigdemón, Víctor Terradellas estuvo en contacto con uno de los consejeros de Putin, Serguei Markov…

Lo anterior son solo unos pocos datos de los muchos que podrían enunciarse. Eso sin contar las relaciones del independentismo catalán con los servicios secretos marroquíes y otros que buscan la desmembración de España.

Hemos comprobado que en su discurso para justificar la invasión de Ucrania, Putin reclama la «autodeterminación de los pueblos» y sabemos cómo pueden utilizar esa declaración moscovita los independentistas a sueldo del Kremlin ( no hay que olvidar a este respecto que en España hay un solo pueblo: el español, lo demás son alharacas de caciques corruptos a los que se ha permitido prosperar bajo el régimen liberal-parlamentario cuasi federal que impusieron los Estados Unidos en colaboración con la República Federal Alemana).

Resumiendo: que la invasión de Ucrania por parte de Rusia ha abierto en España un frente interior en el Aragón Oriental, mal llamado Cataluña. Eso genera dos preguntas. La primera: ¿Está el actual Gobierno español en posición de anular y desgajar definitivamente ese frente interior a sueldo de nuestros enemigos extranjeros y compuesto íntegramente por traidores corruptos? y la segunda, mucho más inquietante: ¿podría hacerlo el régimen de 1978, independientemente del gobierno en el poder y de su aritmética parlamentaria, nacido expresamente para permitir el fortalecimiento de los mismos y propiciar la disolución de España a medio plazo, cosa que ya está ocurriendo?…Lo que conduce a una tercera: ¿debemos seguir manteniéndonos en la ortodoxia impuesta por los Estados Unidos o va siendo hora de salirnos del tiesto y establecer un nuevo régimen pensado para el fortalecimiento y perpetuación de España?

No responderé por el momento a estas preguntas. Estoy aún sin desayunar. Pero era moralmente obligado plantearlas.

© Fernando Busto de la vega